Agapito II (10 mayo 946 - diciembre 955)
La reforma acerca a Alemania. Nacido en Roma, Agapito permite comprender cómo los nombramientos efectuados por Alberico, al ir recayendo en clérigos idóneos, llevaban poco a poco a los papas hasta un punto en que recuperaban la dirección de la Iglesia universal.
Un síntoma de esa paulatina afirmación se encuentra en el hecho de que en las monedas apareciese únicamente su nombre. También pudo influir el alejamiento del peligro sarraceno: los últimos ataques a las costas italianas, a cargo del emir al-Hassan de Sicilia, tuvieron lugar los años 950, 952 y 956; a partir de esta fecha la iniciativa cambió de mano y fueron los cristianos los que pasaron a la ofensiva. Por otra parte, Alberico y el papa estaban de acuerdo en cuanto al impulso de la reforma de la vida monástica, y religiosos venidos de Gorze se instalaron en San Pablo Extramuros. Su legado, Marino, presidió en Ingelheim un sínodo conjunto de alemanes y franceses confirmando la amistad entre Otón I (936-973) y Luis de Ultramar (936-954) y regulando la disputa del obispado de Reims en favor del candidato del segundo, Amoldo. Se amenazó a Hugo Capeto con la excomunión si no se sometía al legítimo rey. Todas estas decisiones fueron después confirmadas en el sínodo romano del 949.
La tarea más importante vinculaba cada vez más a la Sede Apostólica con Alemania. El 2 de enero del 948 el papa concedió al obispo de Hamburgo plenos poderes para organizar las Iglesias que estaban surgiendo en Escandinavia. Envió el pallium a Bruno, arzobispo de Colonia, hermano de Otón I, significando de este modo la autoridad que se le otorgaba. Confirmó el proyecto del rey que quería convertir el monasterio de San Mauricio, en Magdeburgo, fundado el 937, en sede metropolitana para los países eslavos: un amplio espacio dentro del cual se autorizaba a Otón a erigir nuevas sedes episcopales. En aquellos momentos ni la protección a monasterios ni la investidura laica parecían inconvenientes; antes bien resultaban ventajosos para el avance de la reforma que oslaba consiguiendo un renacer de la vida cristiana.
Otón, rey de Italia. Hugo, rey de Italia, mostraba síntomas de creciente debilidad. Había una vacante en el título imperial, pero no deseaba Alberico que se restableciera. Los nobles enemigos de Hugo, que se agrupaban en torno al marqués Berenguer de Ivrea, acudieron a Otón I despertando su atención hacia la península y, en definitiva, hacia el Imperio; pero pasaron bastantes años sin que el monarca alemán, absorto en los problemas de reforma y expansión de la cristiandad, prestara atención. El año 947 murió Hugo, dejando su herencia a Lotarío, que falleció a su vez el 950. Entonces Berenguer de Ivrea concibió un proyecto distinto: casar a Adelaida, viuda de Lotario, con su propio hijo Adalberto, proclamar a ambos reyes de Italia y, eventualmente, lograr una coronación imperial. Pero Adelaida rechazó el plan, fue encerrada en prisión y objeto de malos tratos para convencerla. El 20 de agosto del 951 la dama huyó y, atríncherándose en el castillo de Canosa, pidió a Otón que acudiera a recoger su mano y su corona. Rápidamente las tropas alemanas quebraron la resislencia de Berenguer y Otón pudo coronarse rey de Italia el 23 de septiembre del 951.
Desde Pavía, insinuó Agapito la conveniencia de restaurar el título de emperador. Alberico, que sentía acercarse el fin de su existencia, comprendía que el Imperio era el fin de aquello por lo que tanto luchara, un principado soberano y autocéfalo en Roma. Poco antes de morir (31 de agosto del 954) llamó al papa y a los clérigos de su entorno y les hizo jurar que, cuando se produjera la vacante en el solio, elegirían a su propio hijo, Octaviano; de este modo la Sedo Apostólica y el principado se unirían, garantizando la independencia. Una solución con ventajas políticas, sin duda, y con desastrosas consecuencias para la Iglesia.
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