Agapito I, san (13 mayo 535 - 22 abril 536)
La prisión y posterior asesinato de Amalasunta dieron a Justiniano la oportunidad que desde hacía tiempo buscaba para desencadenar su ofensiva sobre Italia: dos ejércitos, desde África y desde Dalmacia, participaron en la invasión. En este clima de duros presagios tuvo lugar la elección de Agapito, hijo del presbítero Gordiano, que había muerto a manos de los partidarios de Lorenzo el año 502. Archidiácono, era un hombre cultísimo, poseedor de una importante biblioteca estudiada por I. Marrou («Autour de la biliothéque du papa Agapit», Mel. Archéologie et Hist., 48, París, 1931) y ubicada en su casa del Monte Celio. Gran colaborador de Cassiodoro, con él había construido el primer plan de enseñanza orgánica que conocemos como trivium (gramática, retórica, dialéctica) y quatrivium (aritmética, geometría, astronomía y música) y que es el fundamento de la escolástica europea. En este ámbito es el antecedente de san Isidoro. Una de sus primeras decisiones fue rehabilitar la memoria de Dióscoro.
De carácter muy independiente, desplegó una gran energía en la defensa del primado romano. Así, cuando Contumelioso de Riez apeló la sentencia pronunciada contra él por Cesáreo de Arles, admitió la apelación y luego confirmó la sentencia. Justiniano le pidió concesiones en relación con los arríanos de África vueltos al catolicismo, pero él mantuvo firmemente la legislación romana, especialmente la que impedía a los sacerdotes arríanos ser luego sacerdotes católicos. En octubre del 535 fueron confirmados todos los cánones que regulaban la cuestión arriana.
Teodahado pidió a san Agapito que encabezara una misión de paz en Constantinopla. él aceptó porque era consciente, al igual que sus antecesores, de los graves daños que la guerra iba a significar para la Iglesia. Tenía el ejemplo de África: muchos clérigos y laicos se habían refugiado en Italia huyendo de las tropas bizantinas. Introdujo entonces una disposición que obligaba a dichos clérigos a proveerse de cartas de excardinación de sus propios obispos antes de incorporarlos al servicio de Roma. Aceptó, pues, la embajada, pero no quiso recibir dinero alguno: hubo de empeñar vasos de oro y plata de las iglesias de Roma para hacer frente a los gastos del viaje.
En Constantinopla fue recibido con muestras de afecto y sumisión muy grandes (febrero del 536). Pero en relación con la guerra Justiniano le advirtió que las órdenes estaban ya cursadas y no era posible cambiarlas. Conoció Agapito que el patriarca Antimo de Constantinopla, designado a instancias de la emperatriz Teodora, era un monofisita, como ella misma, y le negó la comunión. Se sucedieron halagos y amenazas, igualmente resistidos hasta conseguir que se celebrara un debate público en que pudo demostrar que Antimo, efectivamente, sostenía doctrinas que ya habían sido condenadas. Justiniano, que no podía en aquellos momentos prescindir de Roma y de lo que la Sede Apostólica significaba, depuso a Antimo. San Agapito se encargó de consagrar a su sucesor, Menas, pero después de que éste hubiera firmado la «Fórmula de Hormisdas». Como compensación, confirmó el decreto de Justiniano de marzo del 533, pero advirtiendo que los laicos no tenían autoridad para predicar.
Agapito no volvió a Roma: murió en Constantinopla el 22 de abril del 536. Un concilio celebrado poco después en esta ciudad, al que asistieron los miembros de su séquito, hizo la solemne condena del monofisismo. El cadáver del papa, encerrado en una caja de plomo, fue trasladado a Roma para recibir sepultura en San Pedro.
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