Agatón, san (27 junio 678 - 10 enero 681)
Las líneas generales. Monje siciliano, manejaba con igual soltura el griego y el latín. Los deseos bizantinos de alcanzar la reconciliación se manifestaron en la prontitud con que le fue enviada la confirmación desde Rávena. Constantino IV, a quien llamaban Pogonato (nacido con barba), estaba decidido a abandonar el monotelismo, inútil para lograr la reconciliación con los monofisitas y perjudicial en las provincias occidentales, de las que, tras la pérdida del Próximo Oriente, esperaba un refuerzo para sostener lo que aún quedaba de su Imperio. San Agatón recibió la invitación destinada a Domno y respondió favorablemente al proyecto de gran asamblea teológica en Constantinopla. Antes promovió sínodos en las Iglesias occidentales, como los de Milán y Heathfield (Inglaterra) y uno especialmente en Roma (680), al que concurrieron más de 150 obispos. Se trataba, pues, de fijar con claridad los términos en que se expresaba la fe en Occidente. Estuvo presente también el metropolitano de Rávena, Teodoro, que a cambio del reconocimiento como primado del norte de Italia dejó a un lado sus pretensiones de aulocefalia. Se acordó que, en adelante, los electos ravennatas serían consagrados por el papa de quien recibirían el pallium.
La «Epístola de san Agatón». En el sínodo se redactaron las instrucciones para los legados que iban a viajar a Constantinopla. Entre ellos, muy numerosos, figuraban dos futuros papas. Llegaron a la capital del Imperio el 10 de septiembre del 680 y fueron recibidos con entusiasmo. Eran portadores de dos cartas de san Agatón, una dirigida al emperador y la otra explicatoria de la doctrina de las dos voluntades en Jesucristo que toda la Iglesia occidental había ya suscrito. En la entregada a Constantino había una invitación para que asumiese un nuevo papel como cabeza de la cristiandad en el orden temporal. «Sólo la Iglesia, dirigida por el sucesor de Pedro, puede garantizar al Imperio aquel carácter universal que le ha hecho perder la aparición de nuevos reinos germánicos, sustituyendo la antigua unidad política por el vínculo de la unidad religiosa.» En la mente del papa se dibujaba ya una gran teoría, tendente —como apunta Walter Ullmann (The Growth ofpapal Government in the Middle Ages. A study in the Ideological Relation of Clerical to Lay Power, Londres, 1955)— a definir la cristiandad como una pluralidad de poderes políticos unidos por el fuerte vínculo de la Iglesia a la que todos pertenecen; en ella al papa, en cuanto custodio del orden moral y de la doctrina revelada, corresponde la auctoritas; pero al emperador, cabeza de todos los soberanos temporales, corresponde una potestas eminente que le coloca por encima de todos los demás, siendo el signo de unidad temporal en esa misma cristiandad.
El concilio, al aprobar la Epístola de Agatón, que repetía muchos de los conceptos del Tomus de san León Magno, llegó a decir: «Era el primero de los Apóstoles quien combatía con nosotros. Teníamos para fortalecernos a su discípulo y sucesor que en sus Epístolas nos explicaba la ciencia de Dios.» Y concluía: «Es Pedro quien habla por Agatón.» Lo que se había proyectado como una conferencia doctrinal, se convirtió en el VI concilio ecuménico, tercero de los celebrados en Constantinopla. Se le conoce también como Trullano porque, presidido por Constantino IV, tuvo sus sesiones en la sala del palacio imperial llamada Trullo. En la sesión decimotercera del mismo fueron condenados los principales defensores del monotelismo, entre los que se colocó al papa Honorio. Agatón había fallecido antes de que las deliberaciones concluyeran, el 16 de septiembre del 681, pero hubo un reconocimiento público de que a él, y también al emperador, se debía el restablecimiento de la unidad en la verdadera fe.
Una de las características de este pontificado es la atención que durante él se prestó a las finanzas pontificias. Graves pérdidas territoriales, consecuencia de las conquistas musulmanas, junto con alteraciones políticas, habían reducido drásticamente la tesorería real. Desconocemos en absoluto las relaciones con España, reducidas a un mínimo en aquellas postrimerías del reino visigodo. Prestó en cambio mucha atención a la Iglesia de Inglaterra, donde habían surgido conflictos entre Wilfrido, obispo de York, y Teodoro de Tarso, el de Canterbury. De todo fue cumplidamente informado el papa por Benedicto Biscop, que hizo para ello un viaje a Roma. Fue entonces enviado a las islas el abad Juan, del monasterio de San Martín, encargado de informar y, sobre todo, de acomodar la liturgia a los usos romanos. Entonces se introdujo en las islas británicas el canto gregoriano.
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