Adriano VI (9 enero 1522 - 14 septiembre 1523)
Personalidad y carrera eclesiástica. Adriano Florensz nació en Utrecht el 2 de marzo de 1459. Hijo de un carpintero, hizo los primeros estudios en la escuela de Utrecht, donde recibió la influencia de la devotio moderna, y en 1476 se matriculó en la Universidad de Lovaina, doctorándose en teología. En la misma universidad fue profesor y vicecanciller. En 1507 el emperador Maximiliano I le nombró preceptor de su nieto el archiduque Carlos, que por entonces contaba siete años.
En 1515 vino a España en calidad de embajador para hacer valer los derechos del archiduque Carlos a la corona de los Reyes Católicos, sus abuelos, lo que consiguió fácilmente con la ayuda de Jiménez de Cisneros (1436-1517). En 1516 recibió como recompensa el obispado de Tortosa y un año después el capelo cardenalicio. Acompañó a Carlos I en su primer viaje por los reinos de España y, cuando éste marchó a Alemania para recibir la corona imperial, fue nombrado regente y gobernador general de los reinos de España.
El cónclave que siguió a la muerte de León X eligió papa, ante la sorpresa general, al cardenal obispo de Tortosa el 9 de enero de 1522. Adriano de Utrecht, que se hallaba en España, recibió la noticia el 9 de febrero y, después de un mes de reflexión, aceptó el nombramiento y se embarcó para Roma. Llegó a la ciudad eterna el 30 de agosto y al día siguiente fue coronado sin gran concurrencia de pueblo.
El nuevo papa era un hombre culto, piadoso y de costumbres austeras; era un papa reformista como requerían los tiempos. Pero Adriano, justo en razón de su piedad y de su disposición reformista, halló pocas simpatías en Roma. Curiales y literatos se burlaban de él, lanzando contra él todo tipo de calumnias. De este modo, el último papa no italiano hasta 1978 se convirtió en «víctima del sarcasmo romano», según expresión de Burckhardt.
El avance del luteranismo. Los dos objetivos de su pontificado, expuestos en el discurso de entronización, fueron la continuación de la cruzada contra los turcos (lo que suponía la reconciliación de los príncipes cristianos) y la reforma de la Iglesia, en un momento en que el movimiento luterano todavía no había triunfado de forma definitiva. Pero no tuvo éxito. El enfrentamiento entre Carlos V y Francisco I hizo inviable la cruzada, y los turcos se apoderaron de Belgrado y de la isla de Rodas. Ante el avance del luteranismo, envió como legado a Francisco Chicrcgati a la Dieta de Nuremberg (1522-1523) para que rogase a los Estados del Imperio que aplicasen el edicto de Worms de 1521 e impidieran la difusión de la doctrina de Lutero, a la vez que hizo una sincera confesión de culpabilidad. En nombre del papa reconoció la culpa de la curia romana en las calamidades que todos lamentaban y afirmó que «todos nosotros, prelados y clérigos, nos hemos apartado del camino de la justicia, y hace ya mucho tiempo que no hay nadie que obre bien» (R. García-Villoslada, Raíces históricas del luteranismo, Madrid, 1976, pp. 94-95). Aunque esta confesión tuvo un profundo eco en la conciencia de todos, las pasiones estaban demasiado enfrentadas y el resultado conseguido fue prácticamente nulo, pues los príncipes exigieron la convocatoria de un concilio en el plazo de un año para abolir los abusos de la Iglesia.
Adriano VI concedió a Carlos I tres privilegios sustanciosos para la corona: la incorporación definitiva de las mesas de las órdenes militares, el patronato y presentación a la iglesia de Pamplona y a todas las restantes iglesias de España. El privilegio sobre los maestrazgos lo había conseguido parcialmente Fernando el Católico en diferentes ocasiones, pero con la bula Dum intra nostrae mentís (4 mayo 1523) Adriano VI concedió la incorporación de modo irrevocable y a perpetuidad. La bula Dum ínter nostrae mentís, de 14 de abril de 1523, otorgaba el privilegio de patronato y de presentación a la iglesia de Pamplona, y la Eximiae devotionis affectus (6 septiembre 1523) la concedía para todas las iglesias metropolitanas, catedrales y monasterios consistoriales de Castilla y Aragón. Este privilegio, sumado a los obtenidos para el reino de Granada y Canarias de Inocencio VIII y para América de Julio II, cerraba el círculo de una de las prerrogativas más singulares concedidas a la corona española en el Antiguo Régimen.
Adriano VI murió el 14 de septiembre de 1523, a la edad de 64 años, después de veinte meses de papado. Sepultado en la iglesia nacional alemana de Santa María del Ánima, en Roma, resultan atinadas las palabras que se leen en su mausoleo: «¡Ay, cuánto importa la época en que se desarrolla la acción del varón más insigne!»
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