Seguimiento
«Ven y sigúeme.» Son las últimas palabras de Jesús al joven rico. Estas palabras expresan la novedad del evangelio. Son la proclamación del primer mandamiento de la ley: «Escucha Israel, el Señor nuestro Dios es el único Señor. Amarás al Señor tu Dios con todo tu corazón», etc. Amar al Señor —el único bueno— consiste en concreto en ir hacía Jesús y seguirle. Después de desprenderse de lo que le aleja de Jesús y le separa de los hermanos, el discípulo está llamado a acercarse a él y seguirle. Puede hacerlo porque ha descubierto el tesoro, y su corazón está donde está su tesoro. Para él, «la vida es Cristo», y le mueve un único deseo, principio y fin de su camino: estar «con él». Por eso Jesús reunió a los Doce. «Estar con» Jesús, el Hijo, constituye para nosotros la meta final para la que hemos sido creados: de él tomamos nuestra verdadera identidad, recuperamos nuestro rostro de hijos, hechos a imagen y semejanza de Dios. Estar con Jesús implica una unión personal con él que constituye la vida del discípulo, y que en el evangelio se expresa de distintas maneras. En primer lugar, con nuestros ojos (la fe), que le contemplan, dejándole entrar en nosotros y atrayéndonos hacia él. Después con los pies (la esperanza), que se ponen a caminar para llegar hasta aquel que nos ha robado el corazón. Finalmente con las manos (la caridad), que lo tocan, para curarnos de todo el mal que nos ha ocasionado su ausencia. Nuestro ir hacia Jesús y seguirle es una respuesta a su mirada: «Lo miró y lo amó». Ésta es la fuente de nuestro deseo de él, que no cesará jamás.
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