Reino
El Reino de Dios es una pequeña semilla, que se coge y se siembra en el huerto. Es un poco de levadura que se esconde en la masa del mundo. Sus características son las mismas de Jesús, y tienen que reflejarse en el discípulo y en la Iglesia que quiera dar testimonio de él. Pequeño e insignificante desde el punto de vista mundano, despreciable desde el punto de vista religioso, Jesús «se dejó crucificar en su débil naturaleza humana». Escondido en el sepulcro, hizo fermentar la tierra, la partió e hizo germinar en ella el gran árbol de la vida, que ahora se levanta hasta el cielo. La forma en la que Jesús realiza el Reino es la de la solidaridad y la compasión, que lo lleva a padecer con nosotros nuestro mismo mal. Esta forma revela su identidad y la verdad misma de Dios: la misericordia. ¿Es éste el tiempo del Reino? La pregunta significa también: ¿qué sentido tiene esta historia nuestra, que parece siempre la misma? ¿Cuál es la salvación ofrecida a este mundo que está inmerso en el mal? Jesús nos contesta. Y por primera vez nos dice: «No os toca a vosotros conocer los tiempos y los momentos que el Padre se ha reservado». Eso significa que los tiempos y las oportunidades del Reino están totalmente en manos de aquel del que nos podemos fiar, porque es nuestro Padre y Señor de lo creado. ¡El Reino de Dios es de Dios y no del hombre! Baste esto para librarnos de toda tensión, de todo miedo. Dios está antes que este mundo y que esta historia; sólo él la conoce hasta el fondo y la conduce en beneficio de todos sus hijos, a los que ama infinitamente. Hay que abandonar la idea de un tiempo o de un momento privilegiado en el que empieza el Reino o se acaba el mundo. El único tiempo privilegiado es el que tenemos ahora: el momento presente, en el que estamos llamados a vivir como hijos y hermanos. El que sueña con otros tiempos, le quita a la fe cristiana su conexión con la realidad.
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