Religiones
Las religiones son una extraordinaria fuerza de paz. Cuando apuran su experiencia genuina, se revelan capaces de diálogo, de escucha mutua, capaces de favorecer la fraternidad entre los hombres y de contribuir a la superación de las barreras que los separan. Como muestra la Sagrada Escritura en la historia de José, cuando los hijos de Jacob fueron encontrados y reconocidos como hermanos por aquel que habían pretendido matar, ya no quedaba sitio para el odio, sino para el arrepentimiento y el perdón. Cuando se toma verdaderamente conciencia de un Padre común, se ponen las premisas para un abrazo fraternal. En los procesos de pacificación que están actualmente en marcha en distintas partes del mundo, las grandes religiones pueden y deben llevar a cabo una importante tarea: la de tender puentes entre las personas y entre los pueblos. Su fuerza es débil, no tiene nada que ver con la fuerza de las armas o de los sistemas económicos. Es una fuerza que transforma al hombre desde dentro para convertirlo en imitador de Dios, justo y misericordioso. Una fuerza que no procede de los hombres, sino que viene de lo alto. Las religiones, en su pobreza, tienen la riqueza de una aspiración universal. Precisamente por ser débiles, no tienen que inspirar miedo a nadie, sino poder hablar a todos con rostro y corazón de amigo. Su fuerza consiste en que ellas, si son fieles a su vocación original y a sus fundadores, están exentas de los grandes intereses que dominan las sociedades humanas. Su fuerza no viene del hombre, sino de Dios. La tierra de los hombres, en la que vivimos, está llena de sufrimientos, injusticias, abusos. Es un espacio geográfico disputado, en el que las dificultades para la convivencia son muchas: políticas, étnicas, religiosas. Es un planeta que se está estropeando, cuyo equilibrio se ve cada vez más comprometido por el derroche de los recursos naturales y la contaminación. La tierra de los hombres es pesada, y parece velar la visión del cielo. Ahora bien, es desde esta tierra envuelta en la niebla, de donde suben las invocaciones a Dios, y hacia ella baja un haz de luz procedente de lo alto. Las religiones son estos haces de luz. Las religiones purifican la tierra, la hacen ser más ligera, más dulce, más habitable, proporcionan a los que tenían la cara marcada por la angustia, la neurosis y el luto, la fuerza de mirar hacia arriba y de esperar.
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