Reconciliación
El cultivo de la vida espiritual nos hace estar atentos a los obstáculos pecaminosos que nosotros oponemos a la guía del Espíritu Santo. De ahí procede la actitud penitencial, que encuentra su sello y sustento en la celebración del sacramento de la penitencia. Se dice que este sacramento está en crisis, porque está en crisis la conciencia de los valores morales y, por consiguiente, la conciencia de los pecados que niegan los valores morales. Puede que haya que considerar también una perspectiva complementaria: estamos atravesando una peligrosa crisis de la conciencia moral, porque está en crisis la celebración del sacramento de la penitencia. En efecto, la percepción de nuestros pecados está relacionada con la percepción del bien que es violado por el pecado. La percepción del bien, a su vez, sólo se produce en esa actitud espiritual rica y compleja, con la que nosotros, a partir de la experiencia de los bienes parciales, provisionales, secundarios, nos abrimos al reconocimiento y a la acogida del Bien último y definitivo, que es el misterio de Dios. El Bien, por tanto, más que descrito y precisado, puede ser buscado, invocado, celebrado, acogido. En particular, el cristiano busca, celebra, acoge la revelación definitiva del Bien en Jesús, en su vida y en su pascua. También el descubrimiento, el reconocimiento, la superación de los pecados, aunque radiquen en actitudes que salen del interior del corazón, al final se producen en presencia de Jesús y se sellan en la celebración del amor misericordioso del Padre. Por eso la tradición considera la celebración de este sacramento no solamente como un acontecimiento excepcional por culpas muy graves, que han producido una ruptura irreparable de la alianza, sino también como un gesto que se ha de repetir con frecuencia para tomar conciencia de nuestra cotidiana miseria ante Dios, para intuir la distancia entre nuestra vida y los ideales evangélicos, para experimentar la fuerza renovadora de la pascua, para disipar esa niebla interior que no nos permite descubrir y llevar a cabo las tareas que el evangelio nos encomienda.
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