Mansedumbre
Nos preguntamos en qué consiste esta actitud de la que el Nuevo Testamento nos habla con tanta insistencia y que nos parece, a primera vista, tan poco popular, tan poco actual. Quizá nos resulte más familiar en su versión de noviolencia. Hay una traducción moderna del pasaje de Mateo que nos ofrece esta versión: «Bienaventurados los que no son violentos porque Dios les da la tierra prometida». En cambio, en su acepción de «blandura» o «mansedumbre», esta palabra tiene escasa aceptación en nuestros tiempos, y se confunde a menudo con debilidad, una fácil condescendencia, por tanto, una virtud únicamente negativa o pasiva, no apta para el combate moral del hombre en una sociedad dura y difícil como la nuestra. Se puede confundir, incluso, con el carácter jovial, pacífico, con la ataraxia, la imperturbabilidad del que sabe controlarse siempre, tal vez por cálculo, por diplomacia. Al contrario, la mansedumbre de Cristo —y la de los santos— es el respeto, la verdad de la actitud humana ante la esfera del espíritu; es la capacidad de distinguir el mundo de la materia —donde actúa la fuerza— del mundo del espíritu —donde se manifiestan la persuasión y la verdad—. La mansedumbre es la capacidad de reconocer que en las relaciones personales —las que constituyen el nivel propiamente humano de la existencia— la coacción o la prepotencia no sirven, que es más eficaz la persuasión, el calor del amor. La mansedumbre es la capacidad de creer en la fuerza transformadora de la amistad. Por tanto, el hombre manso según el evangelio es aquel que, a pesar del ardor de sus sentimientos, es dúctil y flexible, no es posesivo; es interiormente libre, siempre sumamente respetuoso con el misterio de la libertad, imitando en esto a Dios, que todo lo hace respetando exquisitamente al hombre, al que mueve a la obediencia y al amor, sin forzarle nunca.
Guarda este contenido en tu perfil
Inicia sesión o crea tu cuenta para guardarlo.