Comunión
La comunión es un don. No se basa en nuestros esfuerzos de colaboración pastoral, ni siquiera en un sincero deseo de amistad. Estas cosas son importantes, y siempre tenemos que volver a proponérnoslas. Pero la comunión de la que hablan los Hechos de los Apóstoles y la Primera carta de san Juan, ese estar juntos tan característico de la primitiva comunidad, es don de Dios, es el nuevo modo de ser que nos viene de lo alto. Es la participación que Dios nos da de su misteriosa «comunión» en la Trinidad. Es la participación, por la gracia, de esa comunión que une a Jesús con sus discípulos, llamados «para estar con él». Este don se basa, ante todo, en la gracia bautismal. El bautismo nos hace «estar en comunión», en la Iglesia dispersa por el mundo, con el papa y con los obispos sus hermanos, con todos los bautizados, con todos aquellos que Dios llamará. Dios concede a la Iglesia el don de su comunión de vida trinitaria, y en la Iglesia cada uno tiene su propia experiencia de comunión. La comunión fraterna es fruto de las peticiones «venga a nosotros tu Reino», «danos hoy nuestro pan de cada día», «perdona nuestras ofensas como también nosotros perdonamos a los que nos ofenden».
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