Conciencia
La pequeña y misteriosa palabra «conciencia» ha ido surgiendo poco a poco en la historia de la humanidad. Es sorprendente, por ejemplo, que el Antiguo Testamento no tenga un término concreto para indicar lo que nosotros llamamos «conciencia»; sin embargo, indica esta realidad, conocida desde siempre, con una palabra que nos llama más la atención, la palabra «corazón». De hecho, también nosotros, cuando decimos «mi conciencia», nos ponemos instintivamente la mano sobre e! corazón. Es evidente que con esto pretendemos expresar algo que está dentro de nosotros, que es inalienable, precioso, algo a lo que no renunciaríamos por nada del mundo. La conciencia no es una cosa que nos es dada una vez, como una especie de piedra preciosa que tenemos en el corazón y de la que nos basta con recoger los reflejos. La conciencia tiene un desarrollo histórico en los individuos y en la humanidad. Empieza a formarse en nosotros desde la más tierna infancia, cuando estamos todavía en los brazos de nuestros padres; se va formando en la escuela, en la catequesis; son los padres y educadores los que forman la conciencia. No podemos fiarnos de la conciencia como de algo caído del cielo, porque tiene una historia que está hecha de responsabilidades educativas. Es nuestro raciocinio, nuestro conocimiento del bien y del mal, el que se va educando a lo largo de las experiencias buenas y positivas, y que se deseduca cada vez que lo pisoteamos o cada vez que llevarnos a cabo voluntariamente experiencias negativas y alienantes. La conciencia crece y se vuelve cristalina, hasta llegar a lo que dice Jesús: «Bienaventurados los limpios de corazón, porque verán a Dios». Pero también podemos cegarla o sofocarla, hasta merecer aquella advertencia de Jesús: «¡Ay de vosotros, ciegos y guías de ciegos!».
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