Comunidad cristiana
Es verdad que como cuerpo de Cristo! como comunidad cristiana, somos un pequeño rebaño, un grano de mostaza, un puñado de levadura, con respecto a la inmensa incredulidad del mundo y al extraordinario poderío de la pasiones mundanas puestas al servicio de intereses distintos a los del evangelio. Sin embargo, lo importante no es perderse en comparaciones, sino proclamar: Señor, tú reinas en nosotros, somos tu cuerpo, tú vives a través de las distintas realidades que lo configuran. Y la contemplación de esta plenitud de Dios en nosotros nos dará fuerza y serenidad para llevar a cabo nuestro camino y ser instrumentos del evangelio donde y como Dios nos quiera. Esta realidad viva del cuerpo de Cristo es reveladora del misterio de Dios. Nosotros somos la prolongación en el tiempo de la misión del Hijo, la manifestación del amor con el que el Padre ama al Hijo y el Hijo ama al Padre. En medio de nosotros y a través de nosotros se están produciendo cosas cuyo significado apenas somos capaces de balbucear, porque superan infinitamente nuestra inteligencia: sólo podemos intuir su valor límite que da valor a cualquier otra cosa en la tierra, el valor supremo y absoluto que da sentido a la existencia de todo hombre. Es el misterio trinitario del Padre que ama al Hijo, del Hijo que ama al Padre con ese amor perfecto y personal que es el Espíritu Santo. Pobres y limitados como somos, podemos mostrar en nuestra vida «el infinito poder del Espíritu Santo que de forma admirable actúa en la iglesia». Amados por Dios, indultados y perdonados por él, caminamos juntos, acogiéndonos y perdonándonos: así revelamos al mundo el amor de Dios.
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