Sepultura
acción de enterrar a un difunto; lugar de su enterramiento.
Dar s. a un difunto era un deber sagrado para los hebreos Si 38, 16; incluso los cadáveres de los reos condenados a muerte debían enterrarse el mismo día de la ejecución, Dt 1, 23; Jos 8, 29; 10, 27; Jn 19, 31.
Existían normas de pureza con respecto al contacto con cadáveres muy estrictas sobre todo con los sacerdotes, y quien lo tuviera quedaba impuro y debía someterse a unos ritos para quedar limpio, Lv 21, 1-4; Nm 6, 912; 19, 11-16; 31, 19-20; Ez 44, 25-27.
Existen en las Escrituras varias narraciones que dan a conocer algunas de las costumbres que acompañaban el enterramiento de un difunto, su preparación y el acto de la s. Por ejemplo, cerrar los ojos al difunto, abrazarlo, besarlo, Gn 46, 4; 50, 1; para luego proceder a amortajarlo, embalsamarlo, aunque no según la costumbre egipcia, que implicaba un proceso dispendioso y lento, como sucedió con el cadáver de Jacob en Egipto, su embalsamamiento duró cuarenta días, Gn 50, 3. En el duelo los hebreos, como los pueblos orientales, prorrumpían en lamentos y lloros, en grandes y ruidosas manifestaciones de dolor, como golpes de pecho, se contrataban las plañideras; el duelo podía durar varios días, Si 22, 12; 38, 17; Jr 9, 16-17; Am 5, 16; Ez 24, 15-24; Mt 9, 23; Mc 5, 38. El cortejo fúnebre se distinguía también por las manifestaciones de dolor, 2 S 3, 31; Lc 7, 12. Para lo reyes muertos en paz con Dios, se acostumbraba un rito funerario, quemar junto al lugar de la s. aromas, 2 Cro 16, 14; Jr 34, 15; este honor le fue negado a Ocozías, rey de Judá, 2 Cro 21, 19.
Los israelitas no tuvieron la costumbre de otros pueblos de incinerar los cadáveres, pues se consideraba una deshonra; era una pena reservada para ciertos delitos, como el adulterio, Gn 38, 24; para quien tomara por esposas a una mujer y a su madre, Lv 20, 14; para la prostitución de las hijas de los sacerdotes, Lv 21, 9.
Para la época de la dominación romana se introdujeron entre los israelitas muchos de los usos de la metrópoli. Los cadáveres se lavaban, Hch 9, 37; se embalsamaban con perfumes y aromas, Mc 16, 1; Lc 24, 1; Jn 19, 39; se envolvía el cuerpo en lienzos o sábanas, Mt 27, 59; Mc 15, 46; Lc 23, 53; Jn 11, 44; 19, 40; de Lázaro dice Juan que tenía atados los pies y las manos con vendas, cuando salió del sepulcro, pero no se sabe si esto era costumbre judía; la cabeza del difunto se envolvía con un sudario, Jn 11, 44; 20, 6.
En cuanto a los sepulcros existen varias formas a través de la historia de Israel, así como también variaban según la condición social del difunto; estos estaban situados en las afueras de los poblados. Las familias, por lo general, tenían un s. familiar para todos sus miembros. Se empleaban las cuevas o cavernas naturales como lugar de s., como la cueva de Makpelá comprada por Abraham, frente a Hebrón, donde enterró a su mujer Sara, Gn 23, 19; esta cueva se convirtió en la tumba de los patriarcas, allí fue sepultado Abraham, Gn 25, 8-10; igualmente Isaac, Jacob y sus mujeres, Gn 49, 29-31. De aquí la expresión muy común de descansar, reunirse con los antepasados, cuando alguien moría. Era ignominioso, un castigo, no ser enterrado en el sepulcro familiar, 1 R 13, 22. De muchos personajes bíblicos se dice que sus restos fueron a reposar en el mismo sitio de sus padres, como Sansón, Jc 16, 31; Asahel, uno de los veteranos de David, 2 S 2, 32; Saúl y Jonatán, 2 S 21, 13-14; Matatías, el padre de los Macabeos, fue sepultado en la tumba de sus padres, 1 M 2, 70.
También se abrían tumbas en la tierra en las cuales se hacía un fondo o lecho de piedra para colocar el cadáver, que después fue un nicho en el que se enterraba al difunto en un sarcófago; se levantaban estelas conmemorativas sobre la s.; Débora, la nodriza de Rebeca, fue sepultada debajo de una encina, Gn 35, 8 y 19.
En la época monárquica existió el sepulcro de los reyes, en la Ciudad de David, donde fueron enterrados el rey David y su hijo Salomón, 1 R 2, 10; 1 R 11, 43. De los reyes de Judá se dice que también fueron enterrados aquí, Roboam, 1 R 14, 31; Abías, 1 R 15, 8; Asá, 1 R 15, 24; Ocozías, 2 R 9, 28; Amasías, 2 R 14, 20; Ozías, 2 R 15, 7; Jotam, 2 R 15, 38; sin em bargo, de algunos reyes de Judá se dice en Crónicas, que fueron enterrados en la Ciudad de David, mas no en el sepulcro de los reyes, por su infidelidad a Yahvéh, como Joram, 2 R 8, 24; 2 Cro 21, 20; Joás, 2 R 12, 22; 2 Cro 24, 25; Ajaz, 2 R, 16 20; 2 Cro 28, 27. El rey Ozías, quien murió enfermo de lepra, fue enterrado “en el campo de los sepulcros de los reyes”, es decir, en la tierra, 2 Cro 26, 23. El rey Ezequías fue sepultado “en la subida de los sepulcros de los hijos de David”, lo cual podría significar un lugar preeminente en la necrópolis de los reyes de Judá, 2 Cro 32, 33. Manasés y su hijo Amón fueron sepultados en el jardín de su palacio, el jardín de Uzzá, 2 R 21, 18 y 26; Manasés fue sepultado en su casa, 2 Cro 33, 20. En las reparaciones de las murallas de Jerusalén, en tiempos de Nehemías, se mencionan las “tumbas de David”, Ne 3, 16; el apóstol Pedro, en su discurso el día de Pentecostés, dijo: “Hermanos, permitidme que os diga con toda libertad cómo el patriarca David murió y fue sepultado y su tumba permanece entre nosotros hasta el presente”, Hch 2, 29; basada en este texto, en la colina occidental de Jerusalén, llamada en los primeros siglos del cristianismo Sión, la tradición ha creído que está la tumba del rey David, que hoy aún es venerada; esto es una confusión con la fortaleza de Sión, conquistada por el rey a los jebuseos, 1 R 2, 10.
La gente pudiente podía levantarse sepulcros lujosos los cuales fueron variando de acuerdo con la influencias culturales de otros pueblos. Tal el caso de José de Arimatea, quien había hecho excavar uno en la roca, Mt 27, 57. Existían las tumbas de los pobres, “del pueblo llano”, como se mencionan en 2 R 23, 6; así como las fosas comunes, Jr 26, 23.
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