Promesa
en las Escrituras es la palabra de salvación dada por Yahvéh al hombre. Yahvéh creó el mundo y puso en él al hombre, en el paraíso, en armonía con la naturaleza. Sin embargo el hombre rompió ese equilibrio, pues pecó y fue expulsado del paraíso. Pero tras la caída, Yahvéh le anuncia al hombre la salvación, aunque lejana, “Enemistad pondré entre ti y la mujer, entre tu linaje y tu linaje: él te pisará la cabeza mientras acechas tú su calcañar”, Gn 3, 25. Este versículo afirma el enfrentamiento entre la humanidad y la serpiente, pero permite ver la victoria de la primera; a este versículo se le ha llamado el protoevangelio, o primer buen anuncio, la salvación lejana, pasaje éste cargado de mesianismo. Aquí la primera p. de Yahvéh, aunque tácita. La maldad aumenta en la humanidad, y Yahvéh manda el castigo, el diluvio; pero salva a un hombre justo, Noé. Y con Noé la p. de Yahvéh se hace explícita, p. hecha a todos los hombres, la de un nuevo orden en el mundo, la de salvar la creación, ya no habrá más diluvio en la tierra, p. que se garantiza con la alianza, cuya señal será el arco iris. Pero esta alianza es iniciativa de Dios, pura gracia de Dios, inmerecida por el hombre. Yahvéh llama a Abraham y esta vocación está prefigurada la elección del pueblo de Israel, Yahvéh hace la p. a Abraham e darle un numerosa descendencia, así como la posesión de la tierra de Canaán. Abraham es el destinatario de un don gratuito de Dios, por puro amor, que no solamente promete dones sino una relación personal con él, “Y estableceré mi Alianza entre nosotros dos, y con tu descendencia después de ti, de generación en generación: una Alianza eterna, de ser yo tu Dios y el de tu posteridad”, Gn 17, 3-8. La señal de esta Alianza es la circuncisión, por la cual se acepta el pacto, que es pura iniciativa divina.
La p. hecha por Yahvéh a Abraham se renueva en su descendencia, en Isaac, en Jacob, a quien llama Israel, del cual descenderá el pueblo, el pueblo elegido gratuitamente por Yahvéh, en un acto amoroso. Yahvéh sólo exige fidelidad y le da al pueblo la Ley en el Sinaí. La p. se mantiene a pesar de las infidelidades del pueblo, la p. parece cumplirse con la entrada y conquista de Canaán, la Tierra Prometida, Jos 23. Pero los pecados del pueblo la comprometieron, lo que recordarán permanentemente los desterrados en Babilonia, el apremio de la Ley, testigo contra Israel, “Tomad el libro de la Ley. Ponedlo al lado del arca de la alianza de Yahvéh vuestro Dios. Ahí quedará como testimonio contra ti”, Dt 31, 26. Así continúa al pueblo israelita hasta Jesucristo, término hacia el cual tendía la historia de la salvación, y quien le da todo su sentido. La fidelidad de Dios a sus promesas se manifiesta plenamente en Cristo, “Pues todas las promesas hechas por Dios han tenido un sí en él; y por eso decimos por él Amén”, 2 Co 1, 20. La p. en el N. T., en la Nueva Alianza, ya no es exclusiva de un pueblo, es para todos los que viven la misma fe en Jesucristo, pues son herederos de Abraham, de la p., no por la carne sino por la fe, Rm 4, 16.
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