Profeta
en hebreo nabî’, palabra que posiblemente procede de una raíz que significaba llamar, anunciar. Profeta, entonces, es “el llamado”, o “el que anuncia”, y ambos significados dicen lo esencial del profetismo israelita. El p. es un intérprete y el mensajero de la palabra de Dios. Un pasaje que ilustra lo dicho está en el Éxodo, cuando Moisés le dice a Yahvéh que él es torpe para hablar y el Señor le designa a su hermano Aarón para que hable por él ante el faraón y ante el pueblo; Moisés le dirá a su hermano lo que debe decir y Aarón será la boca de Moisés: “él será tu boca y tú serás su dios”, Ex 4, 15-16. Es decir, Aarón será el profeta de su hermano Moisés, su nabî’. En Jeremías se encuentra esta misma idea: “Mira que he puesto mis palabras en tu boca”, Jr 1, 9. Los profetas son llamados por Dios, y es imposible resistirse a ese llamado: Jeremías dice, en su lucha vana por resistirse al llamado: “Me has seducido, Yahvéh, y me dejé seducir; me has agarrado y me has podido”, Jr 20, 7-9; Amós dice: “Habla el Señor Yahvéh, ¿quién no va a profetizar?”, Am 3, 8; 7, 15; a este respecto el mejor ejemplo es de Jonás, que quiso evadir el llamado a profetizar en Nínive y terminó en el vientre de una ballena y después de ser vomitado por el cetáceo, debió tomar el camino de aquella ciudad y anunciar la palabra de Yahvéh. Los profetas son enviados para manifestar la palabra y la voluntad de Dios, Jr 26, 2. El mensaje que debe transmitir el p. puede llegarle de diferentes maneras, en visiones, como la de Isaías, Is 6; en sueños, Dn 7; Za 1, 8-17; por inspiración, Jr 1, 11; 18, 1-4. El mensaje, igualmente, se transmite de diferentes formas, en prosa, el verso, por medio de parábolas, empleando la sátira, el sarcasmo, el sermón, la lamentación, etc. Igualmente, el mensaje puede ser oral o escrito. El mensaje se dirige al pueblo o a todos los pueblos, Is 6, 9; Jr 1, 10; Ez 2, 3; Am 7, 5; excepción hecha del monarca, que es jefe de su pueblo, pues lo que el p. le anuncia son cosas que incumben a la nación que gobierna; y el sacerdote, que dirige a la comunidad; rara vez a un individuo en particular, Is 22, 15. El mensaje del profeta puede referirse al presente o al futuro, es decir, puede rebasar al mismo p., hasta que el tiempo lo devele; puede referirse a castigos por el pecado o a la salvación, como recompensa por la conversión; a tristezas o alegrías.
Han existido muchos simuladores que han pretendido pasar por profetas.
En las Escrituras encontramos varios casos en que los profetas verdaderos deben luchar contra los falsos, como le sucedió a Miqueas ben Yimlá con los profetas del rey Ajab, 1 R 22, 8-28; Jeremías debió enfrentarse a Ananías, Jr 28; Ezequiel debió enfrentar a varios profetas y profetisas falsos, Ez 13. Las Escrituras dan dos criterios para distinguir al p. verdadero del falso: por el cumplimiento de lo anunciado, Dt 18, 22; Jr 28, 9; y por la conformidad de lo dicho con lo prescrito por Yahvéh, Dt 13, 2-6; Jr 23, 9-40.
Las mujeres excluidas de tantas actividades, no lo están de este ministerio de la profecía, y así encontramos varias a través de las Escrituras, como María, la hermana de Moisés y Aarón, Ex 15, 20; Débora, Jc 4, 4; Judá, 2 R 22, 14; 2 Cro 34, 22; la mujer de Isaías era profetisa, Is 8, 3; en el N. T., Ana, Lc 2, 36; las cuatro hijas de Felipe, Hch 21, 9. En el Apocalipsis se menciona una pseudoprofetisa de la Iglesia de Tiatira, cuyo nombre simbólico es Jezabel, perteneciente a la secta de los nicolaítas, Ap 2 , 20.
En cuanto a los profetas de los cuales tenemos el testimonio escrito en la Biblia, se han clasificado por la extensión de los textos únicamente, en Mayores, que son: Isaías, Jeremías, Ezequiel y Daniel; y los doce Menores, grupo llamado en la Biblia griega Dodecapropheton: Amós, Oseas, Miqueas, Sofonías, Nahúm, Habacuc, Ageo, Zacarías, Malaquías, Abdías, Joel y Jonás.
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