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Juan Bautista, después de haber aceptado bautizarle en compañía de los pecadores (cf. Lc 3:21; Mt 3:14-15), vio y señaló a Jesús como el «Cordero de Dios que quita los pecados del mundo» ( Jn 1:29; cf. Jn 1:36). Manifestó así que Jesús es a la vez el Siervo doliente que se deja llevar en silencio al matadero ( Isa 53:7; cf. Jer 11:19) y carga con el pecado de las multitudes (cf. Isa 53:12) y el cordero pascual símbolo de la Redención de Israel cuando celebró la primera Pascua ( Ex 12:3-14; cf. Jn 19:36; 1Co 5:7). Toda la vida de Cristo expresa su misión: «Servir y dar su vida en rescate por muchos» ( Mc 10:45).
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