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Jesús, al aceptar en su corazón humano el amor del Padre hacia los hombres, «los amó hasta el extremo» ( Jn 13:1) porque «Nadie tiene mayor amor que el que da su vida por sus amigos» ( Jn 15:13). Tanto en el sufrimiento como en la muerte, su humanidad se hizo el instrumento libre y perfecto de su amor divino que quiere la salvación de los hombres (cf. Hab 2:10. 17-18; Hab 4:15; Hab 5:7-9). En efecto, aceptó libremente su pasión y su muerte por amor a su Padre y a los hombres que el Padre quiere salvar: «Nadie me quita la vida; yo la doy voluntariamente» ( Jn 10:18). De aquí la soberana libertad del Hijo de Dios cuando él mismo se encamina hacia la muerte (cf. Jn 18:4-6; Mt 26:53).
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