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En consecuencia, S. Pedro pudo formular así la fe apostólica en el designio divino de salvación: «Habéis sido rescatados de la conducta necia heredada de vuestros padres, no con algo caduco, oro o plata, sino con una sangre preciosa, como de cordero sin tacha y sin mancilla, Cristo, predestinado antes de la creación del mundo y manifestado en los últimos tiempos a causa de vosotros» (1
P 1, 18-20). Los pecados de los hombres, consecuencia del pecado original, están sancionados con la muerte (cf. Rm 5:12; 1Co 15:56). Al enviar a su propio Hijo en la condición de esclavo (cf. Flp 2:7), la de una humanidad caída y destinada a la muerte a causa del pecado (cf. Rm 8:3), Dios «a quien no conoció pecado, le hizo pecado por nosotros, para que viniésemos a ser justicia de Dios en él» ( 2Co 5:21).CCE Catechismus Catholicae Ecclesiae ®.
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