603
Jesús no conoció la reprobación como si él mismo hubiese pecado (cf. Jn 8:46). Pero, en el amor redentor que le unía siempre al Padre (cf. Jn 8:29), nos asumió desde el alejamiento con relación a Dios por nuestro pecado hasta el punto de poder decir en nuestro nombre en la cruz: «Dios mío, Dios mío, ¿por qué me has abandonado?» ( Mc 15:34; Sal 22:2). Al haberle hecho así solidario con nosotros, pecadores, «Dios no perdonó ni a su propio Hijo, antes bien le entregó por todos nosotros» ( Rm 8:32) para que fuéramos «reconciliados con Dios por la muerte de su Hijo» ( Rm 5:10).
CCE Catechismus Catholicae Ecclesiae ®.
Guarda este contenido en tu perfil
Inicia sesión o crea tu cuenta para guardarlo.