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Sólo la identidad divina de la persona de Jesús puede justificar una exigencia tan absoluta como ésta: «El que no está conmigo está contra mí» ( Mt 12:30); lo mismo cuando dice que él es «más que Jonás ... más que Salomón» ( Mt 12:41-42), «más que el Templo» ( Mt 12:6); cuando recuerda, refiriéndose a que David llama al Mesías su Señor (cf. Mt 12:36-37), cuando afirma: «Antes que naciese Abraham, Yo soy» ( Jn 8:58); e incluso: «El Padre y yo somos una sola cosa» ( Jn 10:30).
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