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Jesús pidió a las autoridades religiosas de Jerusalén creer en él en virtud de las obras de su Padre que el realizaba ( Jn 10:36-38). Pero tal acto de fe debía pasar por una misteriosa muerte a sí mismo para un nuevo «nacimiento de lo alto» ( Jn 3:7) atraído por la gracia divina (cf. Jn 6:44). Tal exigencia de conversión frente a un cumplimiento tan sorprendente de las promesas (cf. Isa 53:1) permite comprender el trágico desprecio del sanhedrín al estimar que Jesús merecía la muerte como blasfemo (cf. Mc 3:6; Mt 26:64-66). Sus miembros obraban así tanto por «ignorancia» (cf. Lc 23:34; Hch 3:17-18) como por el «endurecimiento» ( Mc 3:5; Rm 11:25) de la «incredulidad» ( Rm 11:20).
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