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No ocurre así con Pedro cuando confiesa a Jesús como «el Cristo, el Hijo de Dios vivo» ( Mt 16:16) porque este le responde con solemnidad «no te ha revelado esto ni la carne ni la sangre, sino mi Padre que está en los cielos» ( Mt 16:17). Paralelamente Pablo dirá a propósito de su conversión en el camino de Damasco: «Cuando Aquél que me separó desde el seno de mi madre y me llamó por su gracia, tuvo a bien revelar en mí a su Hijo para que le anunciase entre los gentiles...» ( Gal 1:15-16). «Y en seguida se puso a predicar a Jesús en las sinagogas: que él era el Hijo de Dios» ( Hch 9:20). Este será, desde el principio (cf. 1Ts 1:10), el centro de la fe apostólica (cf. Jn 20:31) profesada en primer lugar por Pedro como cimiento de la Iglesia (cf. Mt 16:18).
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