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El Espíritu Santo nos hace discernir entre la prueba, necesaria para el crecimiento del hombre interior (cf Lc 8:13-15; Hch 14:22; 2Ti 3:12) en orden a una «virtud probada» ( Rm 5:3-5), y la tentación que conduce al pecado y a la muerte (cf Stg 1:14-15). También debemos distinguir entre «ser tentado» y «consentir» en la tentación. Por último, el discernimiento desenmascara la mentira de la tentación: aparentemente su objeto es «bueno, seductor a la vista, deseable» ( Gn 3:6), mientras que, en realidad, su fruto es la muerte.
Dios no quiere imponer el bien, quiere seres libres ... En algo la tentación es buena. Todos, menos Dios, ignoran lo que nuestra alma ha recibido de Dios, incluso nosotros. Pero la tentación lo manifiesta para enseñarnos a conocernos, y así, descubrirnos nuestra miseria, y obligarnos a dar gracias por los bienes que la tentación nos ha manifestado (Orígenes, or. 29).CCE Catechismus Catholicae Ecclesiae ®.
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