Hechos 26
Nuevo Testamento (AFM 1995) ›1Agripa dijo a Pablo: «Se te permite hablar en tu defensa». Entonces Pablo, extendida la mano, comenzó su defensa:
2«Me considero dichoso, rey Agripa, de poder defenderme hoy ante ti de todas las acusaciones de los judíos,
3sobre todo porque tú conoces todas las costumbres y controversias de los judíos. Te ruego, por tanto, que me escuches con paciencia.
4Todos los judíos saben cómo ha sido mi vida desde el principio de mi juventud en Jerusalén, en medio de mi pueblo.
5Me conocen desde entonces, y si quieren pueden dar testimonio de que he vivido como fariseo, según la secta más estricta de nuestra religión.
6Y ahora estoy sometido a juicio por la esperanza en la promesa hecha por Dios a nuestros padres,
7la que esperan alcanzar nuestras doce tribus, sirviendo a Dios con perseverancia día y noche. ¡Por esta esperanza, oh rey, soy acusado por los judíos!
8¿Por qué parece increíble entre vosotros que Dios resucite a los muertos?
9También yo me creí en el deber de hacer muchas cosas contra el nombre de Jesús Nazareno.
10Lo hice en Jerusalén y, habiendo recibido poderes de los sumos sacerdotes, encarcelé a muchos santos; y cuando los mataban, yo daba la aprobación.
11Por todas las sinagogas, repetidas veces, los obligaba con castigos a blasfemar; y, enfurecido contra ellos, los perseguí hasta en ciudades extranjeras.
12Empeñado en estas cosas, mientras caminaba hacia Damasco con poder y autoridad de los sumos sacerdotes,
13vi al mediodía en el camino, oh rey, una luz del cielo, más brillante que la del sol, que me envolvió a mí y a los que me acompañaban.
14Caímos todos por tierra y oí una voz que me decía en hebreo: “Saulo, Saulo, ¿por qué me persigues? Duro es para ti dar coces contra el aguijón”.
15Yo contesté: “¿Quién eres, Señor?” Y el Señor dijo: “Yo soy Jesús, a quien tú persigues.
16Pero levántate y ponte en pie, pues para esto me he aparecido a ti: para hacerte ministro y testigo de lo que has visto y de aquello por lo que me apareceré ante ti.
17Te libraré de tu pueblo y de los gentiles, a los que te envío.
18Para abrir sus ojos, para que se conviertan de las tinieblas a la luz, y del poder de Satanás a Dios, y reciban por la fe en mí el perdón de los pecados y la herencia entre los santificados”.
19Así pues, rey Agripa, no fui desobediente a la visión celestial,
20sino que, primero a los de Damasco y Jerusalén, y luego por toda la región de Judea y también a los gentiles, he predicado que se arrepientan y se conviertan a Dios, haciendo obras dignas de penitencia.
21Por esto los judíos, tras prenderme en el Templo, intentaron matarme.
22Pero, con la ayuda de Dios, hasta hoy me he mantenido firme dando testimonio a pequeños y grandes, sin enseñar nada fuera de lo que los Profetas, y también Moisés, dijeron que iba a suceder:
23que el Mesías debía padecer y que, tras resucitar el primero de entre los muertos, había de anunciar la luz al pueblo y a los gentiles».
24Mientras decía esto en su defensa, dijo Festo en alta voz: «¡Estás loco, Pablo! Las muchas letras te han llevado a la demencia».
25Pablo contestó: «No estoy loco, excelentísimo Festo; lo que digo son palabras de verdad y sensatez.
26El rey, a quien hablo con confianza, sabe bien estas cosas; pues no creo que ignore nada de esto, ya que no sucedieron a escondidas.
27¿Crees, rey Agripa, en los profetas? Sé que crees».
28Agripa contestó a Pablo: «Por poco me convences para que me haga cristiano».
29Pablo respondió: «¡Quiera Dios que por poco o por mucho, no solo tú sino todos estos que hoy me escuchan se hicieran como yo soy, a excepción de estas cadenas!»
30Se levantó el rey, el gobernador, Berenice y los que con ellos estaban sentados,
31y al retirarse comentaban entre ellos: «Nada hizo este hombre digno de muerte o de prisión».
32Agripa dijo a Festo: «Podía haberse soltado a este hombre si no hubiera apelado al Cesar».