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Hebreos 8

Nuevo Testamento (AFM 1995)

1Este es el punto capital de lo que decimos: que tenemos un Sumo Sacerdote tal, que se ha sentado a la derecha del trono de la Majestad en los cielos,

2como ministro del Santuario y del verdadero Tabernáculo, que erigió el Señor, no el hombre.

3Pues todo sumo sacerdote es constituido para ofrecer dones y sacrificios; por lo que era necesario que también él tuviera algo que ofrecer.

4Por tanto, si estuviera en la tierra no sería sacerdote, porque hay ya quienes ofrecen dones según la Ley.

5Estos dan culto en lo que es imagen y sombra de las realidades celestes, según le fue revelado a Moisés cuando iba a construir el Tabernáculo: «Mira, le dice, harás todo conforme al modelo que te ha sido mostrado en el monte».

6Mas ahora ha obtenido un ministerio tanto mejor cuanto él es mediador de una alianza más excelente, fundada en promesas mejores.

7Pues si la primera estuviera exenta de defecto, no habría lugar para una segunda.

8Porque les dice en tono de reproche: «He aquí que vienen días, dice el Señor, en que concluiré con la casa de Israel y con la casa de Judá una alianza nueva;

9no como la alianza que hice con sus padres el día en que los tomé de la mano para sacarlos de la tierra de Egipto, pues como ellos no permanecieron fieles a mi alianza, también yo me desentendí de ellos, dice el Señor.

10Porque esta es la alianza que estableceré con la casa de Israel, después de aquellos días, dice el Señor; pondré mis leyes en su mente, las grabaré en su corazón, y yo seré su Dios y ellos serán mi pueblo.

11Y ninguno enseñará a su conciudadano, ni tampoco nadie a su hermano, diciendo: “Conoce al Señor”; porque todos me conocerán, desde el más pequeño hasta el mayor.

12Porque seré indulgente con sus iniquidades y de sus pecados ya no me acordaré».

13Al decir «nueva», declaró envejecida la primera. Ahora bien, lo anticuado y viejo está a punto de desaparecer.

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