Marcos 6
Biblia de Jerusalén 4 Edición (2009) ›Guarda este contenido en tu perfil
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1Salió de allí y se dirigió a su patria, seguido por sus discípulos.
2Cuando llegó el sábado, se puso a enseñar en la sinagoga. La multitud, al oírle, quedaba maravillada, y se preguntaba: «¿De dónde le viene esto? ¿Quién le ha dotado de esta sabiduría? ¿Y esos milagros hechos por sus manos?
3¿No es éste el carpintero * , el hijo de María y hermano de Santiago, Joset * , Judas y Simón? ¿Y no están sus hermanas aquí, entre nosotros?» Y se escandalizaban a causa de él.
4Jesús les dijo: «Un profeta sólo carece de prestigio en su patria, entre sus parientes y en su casa.»
5Y no pudo hacer allí ningún milagro, a excepción de la curación de unos pocos enfermos, a quienes sanó imponiéndoles las manos.
6Jesús se quedó asombrado de su falta de fe. Jesús recorría los pueblos del contorno enseñando.
7Llamó a los Doce y comenzó a enviarlos de dos en dos, dándoles poder sobre los espíritus inmundos.
8Les ordenó que nada tomasen para el camino, a excepción de un bastón * : ni pan, ni alforja, ni calderilla en la faja;
9y que fueran calzados con sandalias y no vistieran dos túnicas.
10Les dijo además: «Cuando entréis en una casa, quedaos en ella hasta marchar de allí.
11Si en algún lugar la gente no os acoge ni os escucha, marchaos de allí y sacudid el polvo de la planta de vuestros pies como testimonio contra ellos.»
12Ellos, yéndose de allí, iban predicando a la gente la conversión.
13Expulsaban a muchos demonios y curaban a muchos enfermos ungiéndolos con aceite.
14El rey Herodes se enteró de todo esto, pues su nombre se había hecho célebre. Algunos decían * : «Juan el Bautista ha resucitado de entre los muertos, y por eso actúan en él fuerzas milagrosas.»
15Otros decían: «Es Elías»; otros: «Es un profeta como los demás profetas.»
16Al enterarse Herodes, comentó: «Seguro que aquel Juan, a quien yo decapité, ha resucitado.»
17Es que Herodes había ordenado prender a Juan y le había encadenado en la cárcel por causa de Herodías, la mujer de su hermano Filipo, con quien Herodes se había casado.
18Porque Juan decía a Herodes: «No te está permitido tener la mujer de tu hermano.»
19Herodías le aborrecía y quería matarle, pero no podía,
20pues Herodes temía a Juan; sabía que era hombre justo y santo, y lo protegía. Cuando le oía hablar, quedaba muy perplejo * , y le escuchaba con gusto.
21Pero llegó el día oportuno, cuando Herodes, con ocasión de su cumpleaños, dio un banquete a sus magnates, a los tribunos y a los principales de Galilea.
22Entró la hija de la misma Herodías, que danzó y gustó mucho a Herodes y a los comensales. El rey, entonces, dijo a la muchacha: «Pídeme lo que quieras y te lo daré.»
23Incluso le juró: «Te daré lo que me pidas, hasta la mitad de mi reino.»
24Salió la muchacha y preguntó a su madre: «¿Qué quieres que pida?» Ella le respondió: «La cabeza de Juan el Bautista.»
25Entrando al punto apresuradamente adonde estaba el rey, le pidió: «Quiero que ahora mismo me traigas, en una bandeja, la cabeza de Juan el Bautista.»
26El rey se llenó de tristeza, pero no quiso desairarla a causa del juramento y de los comensales.
27Así que mandó al instante a uno de su guardia, con la orden de traerle la cabeza de Juan. El guardia fue y le decapitó en la cárcel;
28trajo su cabeza en una bandeja y se la dio a la muchacha, que a su vez se la entregó a su madre.
29Al enterarse sus discípulos, vinieron a recoger el cadáver y le dieron sepultura.
30Los apóstoles se reunieron con Jesús y le contaron todo lo que habían hecho y lo que habían enseñado.
31Él, entonces, les dijo: «Venid también vosotros aparte, a un lugar solitario, para descansar un poco.» Y es que los que iban y venían eran tantos que no les quedaba tiempo ni para comer.
32Así que se fueron en la barca, aparte, a un lugar solitario.
33Pero les vieron marcharse y muchos se dieron cuenta. Así que fueron allá corriendo, a pie, de todos los pueblos y llegaron antes que ellos.
34Al desembarcar, vio tanta gente que sintió compasión de ellos, pues estaban como ovejas que no tienen pastor, y se puso a enseñarles muchas cosas.
35Era ya una hora muy avanzada, cuando se le acercaron sus discípulos y le dijeron: «El lugar está deshabitado y ya es hora avanzada.
36Despídelos para que vayan a las aldeas y pueblos del contorno a comprarse de comer.»
37Él les contestó: «Dadles vosotros de comer.» Ellos le dijeron: «¿Vamos nosotros a comprar doscientos denarios de pan para darles de comer?»
38Jesús les preguntó: «¿Cuántos panes tenéis? Id a ver.» Después de haberse cerciorado, le dijeron: «Cinco, y dos peces.»
39Entonces les mandó que se acomodaran todos por grupos sobre el césped.
40La gente se acomodó por grupos de cien y de cincuenta.
41Tomó Jesús los cinco panes y los dos peces, y, levantando los ojos al cielo, pronunció la bendición, partió los panes y se los fue dando a los discípulos para que, a su vez, se los sirvieran a la gente. También repartió entre todos los dos peces.
42Comieron todos y se saciaron.
43Y recogieron doce canastos llenos de sobras (también lo de los peces).
44Los que comieron los panes fueron cinco mil hombres.
45Inmediatamente obligó a sus discípulos a subir a la barca y a ir por delante hacia Betsaida * , mientras él despedía a la gente.
46Después de despedirse de ellos, se fue al monte a orar.
47Al atardecer, estaba la barca en medio del mar. Él, que se hallaba solo en tierra,
48vio que se fatigaban remando, pues el viento soplaba en contra. Entonces, a eso de la cuarta vigilia de la noche, vino hacia ellos caminando sobre el mar, e hizo ademán de pasar de largo.
49Pero ellos, viéndole caminar sobre el mar, creyeron que era un fantasma y se pusieron a gritar,
50pues todos le habían visto y estaban turbados. Pero él, al instante, les habló así: «¡Tranquilos!, que soy yo. No temáis.»
51Subió entonces junto a ellos a la barca y amainó el viento. Ellos quedaron en su interior completamente estupefactos;
52y es que no habían entendido lo de los panes, pues su mente estaba embotada.
53Terminada la travesía, llegaron a tierra en Genesaret y atracaron.
54Apenas desembarcaron, le reconocieron en seguida.
55Recorrieron entonces toda aquella región y comenzaron a traer a los enfermos en camillas adonde oían que él estaba.
56Y dondequiera que entraba, en pueblos, ciudades o aldeas, colocaban a los enfermos en las plazas y le pedían que les dejara tocar siquiera la orla de su manto; y cuantos la tocaron quedaron curados.