Nuestra alma inteligente es además espiritual e inmortal
Dios
10. Nuestra alma inteligente es además espiritual e inmortal
10,1. Se prueba que el alma es espiritual porque realiza actos intelectuales con los que capta lo que no impresiona a los sentidos, lo que no se ve ni se toca, lo que no tiene color, ni forma, ni peso; lo que no es material: el deber, la justicia, la nobleza, el honor, la virtud, el heroísmo. Los sentimientos de envidia, odio, venganza, avaricia, ambición, orgullo, son de carácter espiritual. Lo mismo que la amabilidad, generosidad, bondad, etc..
Es propio del ser humano tener ilusiones. La ilusión no tiene nada de material. Es propiedad exclusiva del alma espiritual.
Los conceptos abstractos no están sujetos al tiempo y al espacio. Son de ayer y de hoy, de aquí y de allí. No como la flor que veo aquí y ahora. Ayer era capullo y mañana se secará. En cambio, los conceptos abstractos son invariables en el espacio y en el tiempo. El concepto de triangularidad se aplica exactamente igual a todos los triángulos posibles de todos los tiempos y de todas las formas: sean equiláteros, isósceles o escalenos.
Cuando yo digo «madre», «hijo», «hermano», además del proceso físico y fisiológico de ondas sonoras y nerviosas que llegan de mis cuerdas vocales a tu tímpano, y de tu oído al cerebro, hay algo muy distinto de la materia que sale de tu corazón y se traslada donde está tu madre, tu hijo o tu hermano. Decir «te amo» y «I love you» suenan de modo totalmente diferente. Sin embargo el español y el inglés entienden la misma idea. El proceso físico-biológico de ondas sonoras y sensitivas es distinto. Pero la idea que expresan es la misma. Lo que pertenece al orden material es distinto, pero la idea que se capta con el alma espiritual es la misma. El alma compara dos ideas y ve su conformidad o disconformidad.
Si yo escribo en una pizarra «el azúcar es rojo y el clavel es dulce», tú captas la desconexión de las ideas; pues lo rojo no es el azúcar sino el clavel, y lo dulce no es el clavel sino el azúcar. Esto lo captas porque tienes una potencia espiritual que capta las ideas. El proceso físico-fisiológico de la pizarra a la retina y al cerebro es igual en los dos casos. Si alguien insulta a tu madre, te duele; pero si la frase va dirigida a un magnetófono, éste graba la frase pero no se ofende.
Una computadora puede hacer operaciones matemáticas. Pero solamente las operaciones para las que ha sido previamente programada.
Por otra parte la máquina es incapaz de sentir responsabilidad, pundonor, agradecimiento, amor, odio, miedo, tristeza, pena, vergüenza, remordimiento, arrepentimiento, etc.71. Estos son sentimientos de rango espiritual superiores a lo meramente material.
«El espíritu existe en el hombre, porque la ciencia no puede explicar el raciocinio, ni tampoco el libre albedrío... El ser humano conoce, además de los objetos concretos, las nociones abstractas y universales, lo que solamente puede conseguirse con un imponderable principio espiritual».
Un animal puede distinguir por los sentidos cosas concretas, por ejemplo, un triángulo equilátero de otro isósceles o escaleno. Pero nunca podrá captar la idea de «triangularidad» que es de orden espiritual.
Ahora bien, el efecto no puede ser de naturaleza superior a la causa que lo produce: un huevo de gallina no puede salir de un pino. Nadie da lo que no tiene. Si tú no tienes mil pesetas no puedes prestármelas. Si el alma es capaz de actos espirituales es porque es espiritual. Lo espiritual no puede salir de la materia. El alma espiritual es superior a la materia, no puede salir de la materia. La materia engendra sólo materia. El espíritu no está sujeto a las leyes de la materia. Un juicio, un raciocinio o un acto de voluntad no se pueden ver, oler o pesar.
10,2. El alma produce operaciones espirituales, luego es espiritual.
Es más, «el hombre puede conocer su propio potencial psíquico; puede darse cuenta de que piensa y de que sabe. La conciencia y el juicio no son un simple cambio de grado o calidad con respecto al instinto animal, sino un cambio absoluto de naturaleza y de estado».
Los animales conocen; pero no saben que conocen. El hombre es el único que puede reflexionar y darse cuenta de que sabe.
«Sólo el hombre, entre todos los vivientes de la Tierra, conoce su propio conocer: sabe que sabe».
Por eso, mejor que llamar al hombre «animal racional» como dijo Aristóteles, sería más exacto decir que «el hombre es un animal reflexivo». El hombre no es sólo un «ser que sabe» sino también un «ser que sabe que sabe». Lo que caracteriza al hombre es la conciencia reflexiva.
«El hombre es un ser que se pregunta por el último sentido de lo que hace y de lo que es. Ésta es una pregunta que no se hace el animal».
El hombre es un ser que se plantea problemas. Por esto se distingue de los otros seres que componen el Universo.
Lo lógico del hombre es que se haga preguntas transcendentes: «Es irrenunciable que el hombre se pregunte sobre el origen del Universo... La negativa a razonar sobre este problema es irracional: contradice la propia esencia de la razón»
«La materia inerte no se plantea ninguna cuestión sobre sí misma. La mesa es lo que es, sin inquietarse por lo que es, o lo que debe ser. El animal tampoco discurre. Vive, ejerce sus apetitos y sus instintos, pero sin reflexionar, sin interrogarse sobre ellos: sobre su objeto y sobre su valor.
El hombre, por el contrario, es capaz de reflexionar, de volver sobre sí y sobre sus actos. «En la interrogación y en la reflexión, nacen y maduran nuestras acciones auténticamente humanas».
Le oí decir al Padre Pilón, S.I., en un Congreso de Parapsicología en Toledo el 28 de febrero de 1988, que la conciencia es totalmente distinta de las sensaciones propias del mundo animal. Estas sensaciones pueden medirse materialmente, pero no así la percepción de la conciencia.
A propósito de la diferencia entre el alma y el cuerpo le oí decir a Julián Marías en una conferencia que pronunció en el Colegio Oficial de Médicos en Madrid, estas ideas:
El cuerpo me dice qué soy, pero no quién soy. El quién es propio del alma. El cuerpo me dice que estoy hecho de carbono, oxígeno, nitrógeno, calcio, hierro, etc. Pero la personalidad, la simpatía, la cordialidad, la amabilidad, la sinceridad, el orgullo, la soberbia, la mentira, el odio, la venganza, son defectos y virtudes espirituales. Un chequeo médico descubre mi cuerpo enfermo: que soy diabético, que tengo colesterol, o que soy miope; pero al mismo tiempo mi espíritu, mi ánimo, mi alegría, mi optimismo pueden ser muy saludables. Aunque haya cierto influjo entre el cuerpo y el alma, evidentemente que el hombre no se reduce a lo que es su cuerpo, sino que es más importante quién es su persona: esto es algo que trasciende la materia.
Vivimos ajetreados. Queremos hacer muchas cosas y no tenemos tiempo para nada. Giramos en círculo y no avanzamos. Y es que no hay horizonte. Muchos ignoran el sentido de la vida. Ignoran el porqué y para qué de la vida. Sin embargo todo ser racional debería preguntarse; ¿Qué hago en la vida? ¿A dónde voy? ¿Qué hay después de esta vida?
Sólo quien tenga una respuesta clara puede vivir con optimismo. Esa idea clara, segura, optimista, sólo la proporciona la fe.
Toda persona con sentido común tiene que darle un sentido a su vida. Hay que saber por qué y para qué vivo. Mi vida me la hago yo con mis actos. Si no tengo una finalidad es como amontonar ladrillos sin saber lo que se quiere construir. No es lo mismo realizar un trabajo absurdo que trabajar para algo que merece la pena.
No tener una meta en la vida es como subirse a un tren sin saber a dónde me lleva. Tener un ideal en la vida nos da esperanza, alegría y optimismo.
Muchos ponen su ideal en el dinero y en disfrutar. Pero antes o después reconocen su desilusión, porque la componente espiritual del hombre no se satisface con cosas materiales. Lo único que llena al hombre es Dios y el servicio del prójimo. Y estas dos cosas las ofrece la religión. Por eso el creyente que vive su fe es la persona más feliz de la tierra.
10,3. La espiritualidad del alma se prueba, además, porque el hombre es libre. Que el hombre tiene libertad es dogma de fe.
«Libertad significa autodeterminación. Ausencia de determinación tanto interna como externa.
Nuestra libertad podrá verse influenciada por diversas circunstancias externas o internas a nosotros mismos.
La Endocrinología estudia, por ejemplo, el influjo del tiroides en el psiquismo.
Pero siempre quedará en pie que, en condiciones normales, tenemos libertad. Y lo probamos con la propia experiencia.
Yo soy consciente de que tengo libertad para rascarme la nariz, o cualquiera de las dos orejas, indistintamente. En cambio, sé que no puedo detener libremente las palpitaciones de mi corazón.
Tampoco soy libre para dejar de tener hambre, si dejo de comer.
Es decir, nadie puede discutirme que soy libre para algunas cosas, aunque no para todo.
El ser humano, al ser persona racional, tiene la facultad de poder disponer de su voluntad de un modo intransferible, de modo que ningún otro ser puede suplantar.
Y la prueba de que todos los hombres creemos en la libertad humana, es que nos indignamos ante ciertas acciones monstruosas que suponen libertad y responsabilidad: un hijo que apuñala a su madre para robarle. En cambio, si la acción se hace sin libertad (el que apuñala a su madre estaba loco) esto no provoca indignación, sino que da lástima.
Si el hombre no es libre, es tan impotente para modificar su conducta, como lo es para modificar la ruta del Sol. En este caso, no tienen sentido ni las sanciones ni las condecoraciones. Si las hay, es porque todo el mundo está de acuerdo en que el hombre es libre y responsable de algunos de sus actos.
Si el hombre tiene libertad es porque es algo más que materia. La materia no tiene libertad: obedece indefectiblemente a las leyes físicas. «Es materia, dice Weizsäcker, lo que se atiene a las leyes físicas». La libertad humana trasciende las leyes físicas. Una máquina responde siempre de la misma manera a los mismos estímulos, en las mismas circunstancias. Si el motor de la moto no arranca, no es porque no quiera. Será que no tiene gasolina, o que no tiene la bujía en condiciones. Pero si no arranca, no la castigas; porque sabes que no tiene libertad. Buscas la causa y la remedias, porque sabes que si todo está es condiciones el motor arranca necesariamente. En cambio, el hombre puede obrar con libertad. Por eso al asesino se le mete en la cárcel; pero no se encarcela a una máquina que ha triturado a un hombre, pues no tiene responsabilidad.
10,4. Los animales tampoco tienen libertad. Sus movimientos espontáneos se deben a los impulsos de sus diversos instintos de conservación del individuo y de la especie: buscar alimento, defender su vida y reproducirse.
El hombre, al ser libre, puede escoger lo que quiera entre dos cosas. El animal, como no es libre, no puede escoger. Sigue necesariamente lo que más atrae su sensibilidad: el estímulo más fuerte de sus instintos. El hombre puede renunciar a su apetito. El animal no. El animal no puede subordinar lo placentero a lo honesto. El hombre, sí. El hombre puede oponerse a las inclinaciones de sus instintos para servir a un ideal.
«Dice un famoso texto de Scheler que el hombre es “el único animal capaz de decir NO a la satisfacción de sus apetencias instintivas”».
No es lo mismo libertad que libertinaje.
La libertad es un bien.
El libertinaje, un mal.
La libertad se convierte en libertinaje cuando se olvida de los derechos de los demás.
La libertad personal debe estar siempre subordinada al bien común.
La libertad, lo mismo que el fuego o el agua, son buenos cuando están controlados. Pero cuando actúan sin control, lo devoran todo.
Eulogio López, en la revista Hispanidad de INTERNET, SEÑALA TRES NIVELES DEL MODERNISMO:
a) Lo que es real, debe ser legal: uniones de hecho, homosexualidad.
b) Lo que es legal es bueno: ABORTO, EUTANASIA.
c) Lo que no está en la ley, no existe: la justicia no lo puede perseguir: satanismo.
10,5. Pero además, la existencia del alma espiritual es algo que se percibe.
Dice San Pablo: «Siento en mi cuerpo bajos instintos contrarios a mi espíritu. Me encuentro prisionero de la ley del pecado que está en mi cuerpo. Por eso actúo no como yo quiero, sino según el pecado que llevo dentro. El bien que quiero hacer, no lo hago; el mal que no quiero hacer, eso es lo que hago. Cuando quiero hacer lo bueno, me encuentro con lo malo en mis manos».
Dice Ovidio: «Video meliora proboque, deteriora sequor»: Veo lo mejor y lo apruebo, pero hago lo peor.
«El hombre debe seguir la ley moral que le impulsa a hacer el bien y evitar el mal. Esta ley resuena en su conciencia. Pero herido en su naturaleza por el pecado original, está sujeto al error e inclinado al mal en el ejercicio de su libertad».
Todos notamos en nuestro ser dos partes: una baja y otra alta; una que prefiere lo cómodo, y otra que prefiere lo heroico; una que se inclina al placer, y otra que frena ante lo que está prohibido; una que huye ante el dolor, y otra que se enfrenta con la misma muerte cuando lo exige el deber.
Ahora bien, el instinto de conservación es esencial a toda naturaleza. La planta se agarra con sus raíces a la tierra; los animales se defienden como fieras.
En cambio, el hombre, cualquiera que sean su religión y sus ideas, estima que hay ocasiones en las que vale la pena dar la vida por otros valores no materiales. Y los que así lo hacen son llamados héroes. Esto significa que el hombre es algo más que materia. Si el hombre fuera exclusivamente materia, el bien supremo del hombre sería la vida terrena, y vemos que no lo es.
La motivación del actuar es triple: a) Por placer: propio de los animales que siguen sus instintos. b) Por utilidad: propio de las personas inteligentes que no hacen cosas inútiles.
c) Por moralidad: propio de las personas virtuosas que procuran agradar a Dios
Por otra parte, en el hombre tiene más importancia lo que pertenece al espíritu que lo que pertenece al cuerpo. Una bofetada en público duele más por lo que tiene de humillación que por el dolor físico que produce. El remordimiento de una mala acción se siente en el alma. El cuerpo puede quedarse satisfecho, y el alma no.
Si Dios es justo, no pueden estar igual el terrorista que ha puesto una bomba que sus víctimas inocentes.
Y sabemos que Dios es justo.
Pero vemos que en el mundo no hay justicia: muchos malos triunfan, y muchos buenos no reciben la recompensa de sus buenas obras. Luego tiene que haber después otra vida, donde Dios dé a cada uno el premio o el castigo que mereció.
Es decir, que el alma tiene que sobrevivir al cuerpo.
Si el alma sobrevive al cuerpo, es porque no necesita del cuerpo para existir, es decir, porque es espiritual.
Se llama espiritual todo lo que no depende intrínsecamente de la materia para existir.
Todo lo que puede existir separado de la materia, como ocurre con el alma, es espiritual.
En 1972, el jesuita español, P. Oscar González de Quevedo, Profesor de Parapsicología en las facultades de Anchieta en San Paulo (Brasil) y en la Pontificia Universidad Católica de Río de Janeiro, estuvo en España dando cursillos de Parapsicología. Dio conferencias y realizó pruebas en las que resulta clara la existencia del alma espiritual. Por eso en uno de sus libros hace esta afirmación: «Hoy no hay en ninguna parte del mundo un parapsicólogo materialista».
Todos saben que tenemos alma espiritual.
La psiquiatra suiza, doctora Elizabeth Kübler-Ross, tanatóloga, es decir, especialista en el estudio de la muerte, que ha entrevistado a más de veinte mil moribundos, muchos de los cuales han sido reanimados después de una muerte clínica, afirma que la realidad de otra vida, después de la muerte, es algo absolutamente cierto.
Es curioso el libro del doctor norteamericano médico-psiquiatra Raymond A. Moody, titulado Vida después de la vida, donde recoge los relatos de un centenar de personas, que estuvieron clínicamente muertas, y después volvieron a la vida.
Exponen unas interesantes experiencias en las que se vieron fuera de su cuerpo físico, hablando con seres queridos ya difuntos, y sobre todo, en contacto con un ser luminoso que les interroga amorosamente sobre su vida pasada.
Uno de ellos termina diciendo: «Después de aquello ya no tengo dudas. Sé que hay vida después de la muerte». Expresiones similares se repiten frecuentemente en estos relatos.
Hechos similares a los que narra Moody se han investigado repetidamente, como pudimos ver por Televisión Española el 8 de octubre de 2003 en el espacio DOCUMENTOS TV.
Varias personas que habían pasado por la muerte dijeron cómo se vieron fuera de su cuerpo y contaron detalles de su operación que no pudieron ver ni oír.
Los médicos que explicaban el suceso hablaban de que la mente sigue actuando después de la muerte cerebral (electroencefalograma plano). Ninguno habló del alma. Sin embargo lo que sigue vivo después de la muerte es el alma. La mente es la acción en el cerebro del alma. Sin cerebro no hay mente, como no hay visión sin ojo.
10,6. El alma es también inmortal porque es espiritual.
Lo espiritual no tiene partes como la materia.
Por lo tanto lo que es espiritual no puede morir, ni por descomposición y corrupción de sus partes (que no tiene por ser espiritual), ni por corrupción del cuerpo (del que no necesita para existir)102.
El cuerpo muere, y se lo comen los gusanos.
Pero el alma no muere porque es espiritual, y lo que no es material, no muere, no desaparece, permanece eternamente. Por ejemplo: yo puedo multiplicar ayudándome de una calculadora. Esa calculadora la puedo destrozar de un martillazo, pues es material.
Pero yo no puedo destrozar de un martillazo la tabla de multiplicar, porque no es material.
En el sistema decimal 2x3=6.
Y esto es así eternamente.
Siempre ha sido así y siempre será así.
Esta verdad no tiene final en el tiempo como la materia.
El alma, al no ser material, permanece eternamente: es inmortal.
La Iglesia afirma la supervivencia y la subsistencia del alma después de la muerte, de un elemento espiritual que está dotado de conciencia y de voluntad, de manera que subsiste el mismo yo humano.
Además, Dios nos ha dado a todos los hombres un ansia tal de felicidad que exige la inmortalidad.
Felicidad que se acaba, no es verdadera felicidad: si a un ciego le devolvieran la vista sólo por un día, y si a un prisionero le pusieran en libertad sólo una hora, ni el ciego ni el prisionero serán felices sólo con esto. Les atormentaría el pensamiento de que pronto se les acabaría esa felicidad. La felicidad, para que sea completa, debe serlo para siempre.
Como dice Aristóteles, todos los hombres queremos ser felices y en el grado máximo. Sin embargo, en este mundo nadie es totalmente feliz. Todos tenemos nuestras penas. En unos serán dificultades materiales. En otros, enfermedades. En otros, disgustos morales. Pero todos tenemos en la vida nubes que nos oscurecen ese sol de la felicidad que tanto ansiamos. Es que nuestra alma está hecha para el cielo, y sólo allí encontrará esa felicidad infinita y eterna que la sacie por completo.
Nadie es feliz sólo con los bienes de la tierra. El famoso cantante y actor cinematográfico Frank Sinatra lo tuvo todo en este mundo: fama, dinero, casas lujosas, automóviles, aviones, helicópteros, yates, etc.; sin embargo, a los cincuenta y dos años se divorció por tercera vez. Y es que la felicidad no está en los bienes de la tierra.
Dice Enrique Rojas en ABC: «El hombre es un ser descontento. Su existencia es una toma de conciencia permanente de sus limitaciones. Ortega decía que la esencia del hombre era la soledad.
»Para Zubiri, la inquietud.
»Para Unamuno, el sentimiento trágico.
»Para Heidegger y Kierkegaard, la angustia.
»Para Sartre, la náusea.
»Todo lo humano es deficitario, indigente».
El investigador español Dr. Manuel Losada, Profesor de la Universidad de Sevilla, el 10 de Junio del 2001, a las 10:30 de la mañana, dijo en televisión (Canal Sur), en una entrevista que le hizo José Mª Javierre: «Para Ramón y Cajal, uno de los mayores talentos de nuestra generación, había que partir de dos postulados: la existencia de Dios y la inmortalidad del alma».
Si Dios ha puesto en el alma humana esta tendencia irresistible de felicidad, es porque está dispuesto a darnos los medios de poder satisfacerla. Lo contrario iría contra su Sabiduría y su Bondad. Es así que la felicidad que apetecemos exige la inmortalidad, y nuestro cuerpo es mortal, luego nuestra alma tiene que ser inmortal.
El Concilio Vaticano II dice: «El afirmar la espiritualidad e inmortalidad del alma no es un espejismo ilusorio, sino una profunda realidad».
La Sagrada Congregación de la Fe, el 17 de mayo de 1979, publicó un documento sobre cuestiones de escatología en cuyo nº 3 se dice: «La Iglesia afirma la continuación tras la muerte de un elemento espiritual del Yo que carece, durante este tiempo, del complemento corporal».
La inmortalidad del alma es dogma de fe113
10,7. Los Testigos de Jehová niegan la inmortalidad del alma porque la palabra del Génesis néphesh significa principio vital común a los animales y a los hombres.
Pero en el salmo 49,16 se dice que Dios librará al néphesh del justo del sheol. «La palabra néphesh que había significado hálito vital, vida, toma así el significado de alma, núcleo personal del justo, que Dios toma consigo cuando el justo muere»
Es que la revelación del mensaje bíblico es progresiva. Dios se acomodaba a la mentalidad del pueblo al que se dirigía.
«En su revelación a los hombres, Dios sigue una lenta pedagogía. (...) Era importante la exclusión de un culto a los muertos (...) paralelo al que tenían los pueblos paganos vecinos, en el que se incluía una cierta “divinización” de los muertos.
»Se explica, por ello, que Dios haya levantado a Israel muy poco a poco el velo que cubre los misterios del más allá».
La distinción entre alma y cuerpo no aparece hasta Daniel, en el siglo II antes de Cristo.
Después, en el Libro de la Sabiduría ya aparece clara la idea de inmortalidad: «Dios creó al hombre para la inmortalidad».
El cuerpo se muere y desaparece.
Lo que permanece es el alma.
Por eso Saúl habla con el espíritu de Samuel, que ya había muerto.
Dijo Jesucristo: «No temáis a los que solamente pueden matar el cuerpo; temed más bien al que puede perder el alma en el infierno». «Quien cree en Mí, aunque muera vivirá; quien cree en Mí, no morirá jamás». Con estas palabras Jesús confirma el pensamiento que tenían los judíos de que el alma seguiría viva después de la muerte.
La supervivencia del hombre después de la muerte la expresa Cristo en la parábola del rico Epulón.
10,8. Últimamente ha circulado una teoría de que la separación almacuerpo era un dualismo de origen platónico, y que por lo tanto el hombre resucita en el momento de la muerte.
«Pero no debe olvidarse que tan categorías humanas son las semíticas como las helenísticas, y en este sentido son igualmente aptas para ser instrumento de la revelación de Dios».
Eso de que la resurrección es inmediatamente después de la muerte, es una doctrina rechazada por la mayor parte de los teólogos católicos, e incluso por los protestantes de la talla de Oscar Cullmann, Profesor de la Universidad de París, y una de las primeras figuras de la teología protestante.
A su vez el Cardenal Ratzinger, Prefecto de la Congregación Vaticana para la Doctrina de la Fe, afirma: «La hipótesis de una resurrección en el momento de la muerte no se puede probar ni lógica ni bíblicamente».
10,9. Cristo habla de que el hombre sigue vivo más allá de la muerte: la parábola de Lázaro y el rico Epulón habla de la realidad del infierno después de la muerte; y al buen ladrón le promete el paraíso después de la muerte.
Antes había dicho: «Si quieres entrar en la vida eterna, guarda los mandamientos». «Los impíos irán al suplicio eterno, y los justos a la vida eterna». «Alegraos y regocijaos, porque es grande vuestra recompensa en el cielo».
El Evangelio dice que el Dios de Abrahán, de Isaac y de Jacob, no es Dios de muertos sino de vivos.
Luego si Abrahán, Isaac y Jacob están vivos es porque su alma es inmortal.
También San Pablo dice que en esta vida conocemos a Dios imperfectamente, pero que en la gloria lo veremos cara a cara; y añade: «deseo morir y estar con Cristo lo cual es muchísimo mejor». «Es indescriptible la felicidad del cielo».
Es decir, está claro que seguiremos vivos más allá de la muerte.
El Papa Juan Pablo II les dijo a los jóvenes en Vancouver (Canadá) el 18 de Septiembre de 1984:«No dejéis que nadie os engañe acerca del verdadero sentido de la vida. La vida viene de Dios. Dios es la fuente y la meta de vuestras vidas.
»En el Evangelio Jesús nos avisa de que en el mundo hay ladrones que vienen a robar.
» Encontraréis estos ladrones que intentan engañaros.
»Os dirán que el sentido de la vida está en el mayor número de placeres posibles. Intentarán convenceros de que este mundo es el único que existe, y que debéis atrapar todo lo que podáis ahora. »Habrá quien os diga que vuestra felicidad está en acumular dinero y disfrutar de la vida. Nada de esto es verdadero. »Nada de esto proporciona la auténtica felicidad de la vida. La auténtica felicidad de la vida no se encuentra en las cosas materiales. »La auténtica vida se encuentra en Dios. Y vosotros descubriréis a Dios en la persona de Jesucristo. »Amadle y servidle ahora para que pueda ser vuestra la plenitud de la vida eterna».
10,10. Tenemos alma inmortal. Nos guste o no nos guste. Esto es una verdad indudable. Y además, dogma de fe. Y el que no lo crea, se va a enterar, porque se va a morir. Negar que tenemos alma es como el que niega que tiene hígado porque no lo ve o no lo siente. Somos como somos, independientemente de cómo quisiéramos ser. Dentro de mil millones de años estaremos todavía vivos: felices en el cielo, o sufriendo en el infierno; pero vivos. Y vivos para siempre. Y para siempre felices, o para siempre sufriendo. Y esta felicidad o este tormento, depende de los años de vida en este mundo.
Por otra parte, ante la afirmación de Cristo-Dios, de que el hombre sigue vivo más allá de la muerte, es lógico y prudente tener esto en cuenta.
Si voy por la carretera y me encuentro un letrero que dice «Carretera cortada después de la curva: puente hundido», lo lógico es frenar. Tomar esa curva a toda velocidad es suicida.
Quien vive en esta vida sin preocuparse de la otra es un loco. Lo lógico, lo racional, lo inteligente, es vivir aquí pensando en lo que ciertamente ha de venir después de la muerte.
Nos preocupamos mucho de nuestro futuro inmediato: seguro de accidentes, de enfermedad, de vejez. Y nos olvidamos de nuestro futuro definitivo: la vida eterna. La póliza de este seguro son las buenas obras.
Nos preocupamos de mantener la salud, la buena presencia física, el capital, etc. Por conservar o mejorar todo esto hacemos esfuerzos, sacrificios y gastamos dinero. ¿Y abandonamos la salvación del alma? Si la perdemos, lo hemos perdido todo y para siempre. Si la salvamos, nos hemos salvado para siempre.
La preocupación por nuestra salvación nos impedirá vivir en pecado mortal, pues una muerte repentina nos llevaría a una condenación eterna.
Son frecuentísimas las muertes repentinas: accidentes, enfermedades inesperadas y fulminantes, etc. ¿Quién dormiría tranquilo con una víbora en su cama?
Muchos habrá en el infierno que dejaron su conversión para después, y ese después no llegó nunca porque ellos murieron antes. Jesucristo nos lo avisa repetidas veces en el Evangelio: «No sabéis el día ni la hora».
yerro.
Y nos lo jugamos todo a una sola carta, pues sólo se muere una vez. No hay segunda oportunidad. Y todo a cara y cruz. No hay término medio entre salvarse y condenarse. O cielo o infierno. Y esto para toda la eternidad. El equivocado en el momento de morir, jamás podrá rectificar su
Una persona consecuente aprovecha esta vida para hacer todo el bien posible. En la hora de la muerte nos arrepentiremos no sólo del mal que hayamos hecho, sino también del bien que pudimos hacer y tontamente no hicimos.
No debemos hacer las cosas porque nos gustan, sino porque nos conviene para el bien del alma y del cuerpo; y para bien de los demás. Cada día deberíamos hacer una buena acción. Y cada día hacer también una cosa que no me apetece, sobre todo si es en bien del prójimo. Si alguien estuviera cierto que pronto sería trasladado a otro lugar para el resto de sus días, ¿no sería lógico que trasladase allí todos los bienes que pudiera?
Por lo mismo el cristiano procura atesorar para el cielo.
10,11. El dogma de la inmortalidad del alma no tiene nada que ver con la hipótesis de la reencarnación, propia del hinduismo y del budismo, que es inaceptable para un católico (ver n. 104,3).
Tampoco hay que confundir el orar por los difuntos o la invocación a los santos como mediadores ante Dios con la evocación a los espíritus, propia del espiritismo, que repetidas veces ha sido condenada por la Iglesia. No es lícito «evocar las almas de los muertos, recibir respuestas, descubrir cosas lejanas y desconocidas, etc».
«Hay una diferencia fundamental entre invocación y evocación: ésta pretende siempre una comunicación perceptible; aquélla no es más que una forma de oración o súplica».
Las prácticas espiritistas pretenden contactar con los muertos. Pasquali aduce el testimonio de Bozzano, espiritista de fama europea, quien afirma que el 98% de los casos son fraudulentos. Pero puede haber casos reales con intervención diabólica.
El Sr. Obispo de Stockton, California, (EE.UU), Donald W. Montrose publicó una Carta Pastoral interesantísima sobre el ocultismo, el satanismo y las supersticiones. En ella empieza diciendo: «Por "ocultismo" entendemos una influencia suprahumana o sobrenatural que no es de Dios y comúnmente lo asociamos con lo que tiene influencia demoníaca».
En el juego de la «ouija» consta de las intervenciones diabólicas.
El sacerdote exorcista de la novela histórica El exorcista dijo por la televisión mejicana que la posesión diabólica en la que él intervino tuvo lugar jugando a la «ouija».
Así me lo dijo a mí en Méjico quien lo oyó directamente.
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