Es obligatorio recibir el bautismo, la confesión y la comunión; pero, además, deben recibir el matrimonio los que quieran casarse, y todos…
Otros sacramentos
97. Es obligatorio recibir el bautismo, la confesión y la comunión; pero, además, deben recibir el matrimonio los que quieran casarse, y todos la unción de los enfermos en la hora de la muerte
97,1. La confirmación no es absolutamente obligatoria para salvarse, pero todos los que aún no la hayan recibido deben recibirla, si se les presenta la ocasión oportuna, pues ayuda a conseguir con mayor facilidad la salvación eterna.
El sacramento del orden es sólo para los que quieran hacerse sacerdotes.
«El matrimonio y el orden sacerdotal son sacramentos de estado. Lo cual significa que ambos sacramentos no se reciben tanto con vistas a la salvación individual, como para ocupar un determinado estado dentro de la Iglesia, para, dentro de él, servir a la comunidad.
De modo que estos sacramentos los recibe el individuo menos para sí mismo que para los demás: los esposos deberían partir siempre del supuesto de que cada uno consigue las gracias necesarias más bien para el otro cónyuge que para sí mismo».
97,2. BAUTISMO. Es un sacramento por el que lavándonos con el agua e invocando a la Santísima Trinidad, se nos borra el pecado original.
El bautismo, además de lavar el pecado original, perdona cualquier otro pecado personal que tuviere el que se bautiza, si recibe el bautismo después de tener uso de razón (con tal que tenga el debido arrepentimiento), y todas las penas debidas por ellos
El bautismo nos introduce en la Iglesia haciéndonos cristianos, miembros de la Iglesia, hijos adoptivos de Dios y herederos del cielo.
Por el bautismo nacemos a una nueva vida, a la vida de la gracia, a la vida de la fe.
Como el bautismo es la puerta para entrar en la Iglesia, «sin haber recibido el bautismo no se puede recibir válidamente ningún otro sacramento».
Los Testigos de Jehová imponen el bautismo de inmersión (por medio del baño) considerando inválida toda otra forma, basados en que Cristo lo recibió así en el Jordán.
Pero desde los primeros tiempos del cristianismo, en la Iglesia se empleó también el de ablución, como lo hace hoy la Iglesia.
Si San Pablo bautizó en la cárcel al carcelero, no es probable que lo hiciera por inmersión. El mismo San Pablo fue bautizado por Ananías en una casa, y tampoco es probable que fuera por inmersión.
Lo mismo San Pedro cuando el día de Pentecostés bautizó a tres mil; no es fácil fuera por inmersión.
En las Enseñanzas de los Apóstoles, escritas en el año 70 del siglo I, se habla del modo de bautizar derramando agua sobre la cabeza.
El catecismo más antiguo que se conoce, con la Doctrina de los Apóstoles, es la Didajé, escrito el año 70 de nuestra era, cuando todavía vivían muchísimos discípulos de Cristo, dice 63:«si no hay agua corriente, para bautizar se derrama agua tres veces en la cabeza».
Es decir, desde los primeros años del cristianismo el bautismo se realizaba por infusión, derramando agua sobre la cabeza del bautizando.
«El bautismo se ha de administrar por inmersión o por infusión, de acuerdo con las normas de la Conferencia Episcopal».
Cuando un niño nace, debe ser bautizado enseguida, para que se le perdone el pecado original y quede hecho cristiano.
La Comisión Vaticana para la Doctrina de la Fe afirma que «sigue en todo su vigor la obligación de bautizar, cuanto antes, a los niños nacidos de padres cristianos normales; si bien actualmente por el avance de la medicina y por haber disminuido mucho la mortalidad infantil, esa forma de “cuanto antes” puede entenderse con mayor amplitud».
Pero «privar voluntariamente a los niños durante largo tiempo de este sacramento puede ser un pecado grave».
El actual Código de Derecho Canónico dice que los hijos deben bautizarse en las primeras semanas.
«Ya desde los primeros tiempos, la Iglesia introdujo la práctica del bautismo de los niños. Orígenes (siglos III y IV) y San Agustín (siglos IV y V) ven en esta costumbre una tradición recibida de los Apóstoles.
No es absolutamente cierto que puedan salvarse los niños que mueren sin bautismo.
Como tampoco es absolutamente cierto que no puedan salvarse.
Dios puede tener para salvarlos medios extraordinarios que nosotros desconocemos.
Por eso la Iglesia tiene una misa para estos niños, confiándolos a la misericordia de Dios.
«La misericordia de Dios nos hace confiar que haya un camino de salvación para los niños que mueren sin bautismo».
Pero es claro que si en caso de enfermedad mortal se dispone de dos medicinas, una que cura y otra que no estamos seguros de que cura, todo el que tenga sentido común aplicará la primera.
La existencia de limbo no es dogma de fe.
El limbo es «el lugar o estado de los que han muerto sólo con el pecado original.
No pueden entrar en el cielo; ni tampoco ir al infierno ni al purgatorio, pues no tienen pecados personales».
«El limbo es un estado de felicidad natural. pero sin la visión de Dios, que es el elemento esencial del cielo».
Esta carencia de Dios en el limbo no supone sufrimiento, como en el infierno, pues los del limbo carecen de razón, y nadie desea lo que desconoce.
El limbo es una conclusión teológica defendida hoy por casi todos los teólogos católicos.
Pero no sabemos si Dios tiene modo de salvar a los niños que han muerto sin bautismo y que por lo tanto no tienen derecho al cielo.
Dice Monseñor Alessandro Maggiolini, teólogo, y uno de los redactores del Catecismo de la Iglesia Católica: «Sobre los niños muertos sin bautismo, la Iglesia no puede sino confiarlos a la misericordia de Dios que quiere que todos los hombres se salven.
»Tiene que significar algo la ternura de Jesús por los niños.
»Dios nos ha revelado su sincera y eficaz voluntad de tener junto a sí a todos, y espera también a estos pequeños.
»Es de esperar que estén en la paz de Dios a través de caminos que Dios no nos ha comunicado».
Al bautizar a un niño conviene ponerle un nombre que no sea «ajeno al sentir cristiano».
Estos nombres son los de Jesús, de la Santísima Virgen en sus principales advocaciones y devociones, y de los santos. «El patrocinio de un santo ofrece un modelo de caridad y asegura su intercesión».
Al hijo bautizado hay que educarle cristianamente con la palabra y con el ejemplo (rezar habitualmente en casa, ir a misa los domingos y fiestas de precepto, confesar con frecuencia, vivir la justicia social, cumplir las obligaciones profesionales, respetar los bienes ajenos, ser responsable en la vida pública y social, etc.); y cuando llegue al uso de razón debe preparársele bien a la Primera Comunión.
Antes de bautizar a un niño debe constar que hay garantías de que será educado cristianamente.
Por eso es problemático bautizar hijos de no creyentes, o poco practicantes, o casados civilmente, etc. Hay que estudiar cada caso.
Pero si hay peligro de muerte para el niño, se le puede bautizar, incluso contra el parecer de sus padres; «pues el derecho del niño a salvarse es superior a la voluntad de los padres».
Dice el Código de Derecho Canónico: «Para bautizar lícitamente a un niño, se requiere:
1: que den su consentimiento los padres, o al menos uno de los dos, o quienes legítimamente hacen sus veces;
2: que haya esperanza fundada de que el niño va a ser educado en la religión católica; si falta por completo esa esperanza debe diferirse el bautismo, según las disposiciones del derecho particular, haciendo saber la razón a sus padres.
§ 2.: El niño de padres católicos, e incluso de no católicos, en peligro de muerte, puede lícitamente ser bautizado, aun contra la voluntad de sus padres».
Para darle una buena formación cristiana conviene llevarlo a la catequesis parroquial, ponerlo en un colegio donde se le enseñe la
Religión Católica, seguir de cerca la formación religiosa que recibe en el colegio, formarle rectamente la conciencia (descubrirle el valor del cumplimiento del deber, acostumbrarle a ayudar a los demás, hacerle ver que las cosas no son buenas o malas porque las hagan muchos o pocos, etc.)
Para ayudar a la educación cristiana del bautizado se eligen los padrinos que suplen a los padres, si éstos faltan.
Para que puedan ejercer bien su cometido, deben llevar una vida congruente con la misión que van a asumir, no estar impedidos por el derecho de la Iglesia, tener conciencia de que su misión no es un mero trámite, sino que deben estar dispuestos a cumplirla honradamente; por lo cual deben ser católicos practicantes, aceptar la doctrina del Magisterio de la Iglesia, no militar en partidos políticos que tienen una ideología opuesta al Evangelio, realizar su trabajo profesional según criterios morales y no incompatibles con la enseñanza de la Iglesia Católica, etc.
Privar a los hijos del bautismo y de la educación católica pensando que así se les deja con mayor libertad para que ellos elijan de mayores, es tan absurdo como el no enseñarles ninguna lengua, para que así, de mayores puedan ellos elegir la lengua que prefieran.
Si un niño se pone enfermo, se le pone el tratamiento que dice el médico para que recupere la salud sin pedir al niño su opinión.
Lo lógico es que los padres transmitan a sus hijos todo lo que ellos consideran bueno: educación, cultura, lengua y fe.
Después, de mayores, cada cual hace suyo todo esto libremente o lo rechaza responsablemente.
«Llegados al uso de razón habrán de aceptar ellos personalmente el don recibido».La inhibición de los padres en este punto puede después ser censurada por sus propios hijos.
Según documento de la Sagrada Congregación para la Doctrina de la Fe, el bautismo debe administrarse en la niñez, debiendo asegurarse una verdadera educación en la fe y en la vida cristiana.
Si a un niño le tocara una gran herencia, los padres la aceptarían enseguida para que empiece a disfrutarla, y no esperarían a que fuera mayor. El bautismo vale más que la mayor de las herencias. Para hacer un gran favor a alguien no hay que pedirle permiso. A un niño se le vacuna sin pedirle permiso. Pero un adulto no puede ser bautizado sin su consentimiento. La Biblia nos cuenta que en cuatro ocasiones San Pablo bautizó a familias enteras. Es lógico que en esas familias hubiera niños.
El encargado de bautizar es el párroco; pero, si hay peligro de que el niño muera antes de que llegue el sacerdote, debe bautizarlo cualquiera, hombre o mujer, aunque no sea católico, y aunque ni siquiera esté él mismo bautizado. Basta con que tenga uso de razón y quiera hacer lo que instituyó Cristo bautizando en el nombre de la Santísima Trinidad.
Para bautizar se derrama agua natural sobre la cabeza del niño, diciendo, con intención de bautizar: «Yo te bautizo el nombre del Padre, y del Hijo y del Espíritu Santo». No sería válido bautizar con vino, pero sí lo sería con agua de mar.
Las palabras se pronuncian al mismo tiempo que se derrama el agua. Ésta debe mojar la piel de la cabeza y correr por ella. A ser posible, delante de dos testigos.
Con todo, si después el niño sale de peligro, hay que llevárselo al párroco, explicándole lo ocurrido, para que complete los requisitos que faltan.
Pero el bautismo sólo se puede recibir una vez, pues imprime carácter y deja el alma sellada para siempre.
Voy a añadir aquí algunas normas sobre el bautismo de urgencia.
Aunque no es frecuente que tenga que realizarse, pues en las clínicas suele haber gente que tiene mucha práctica en hacerlo, me basta que por darlas a conocer aquí pueda una persona más conseguir la gloria eterna.
La Iglesia desea que se bauticen los fetos abortivos.
Así lo manda en el Código de Derecho Canónico.
Cuando en un aborto se está cierto de que se trata de un ser humano vivo, se bautiza absolutamente según la fórmula que acabo de indicar.
Pero si hay duda, se hace bajo condición: «Si eres capaz..., si vives...».
Especial dificultad presentan las molas o embriones.
Para bautizarlos se pueden coger con las dos manos y con los dedos rasgar la envoltura que los rodea y sumergirlos en un recipiente con agua de modo que ésta toque todo el contenido, pronunciando la fórmula la misma persona que hace esta acción. Cuando el feto presenta figura humana se bautiza la cabeza.
Si presenta señales de vida, con la fórmula ordinaria.
Si se duda de que viva, se hace bajo condición.
Solamente en caso de cierta y plena corrupción se ha de omitir el bautismo.
Si el feto tiene forma monstruosa debe bautizarse siempre, al menos bajo condición. Y si se duda de si es uno o varios, bautizar uno absolutamente y los otros bajo condición.
Si es claro que se trata de varias personas unidas entre sí, se bautiza cada uno por separado.
Si por las dificultades del parto hay peligro de que el niño muera antes de salir, debe bautizarse en el seno materno; y si lo primero que sale es una mano o un pie, bautícese ahí, y después, si nace con vida, bautícese de nuevo en la cabeza, bajo condición. Y si la madre muere antes de que el niño nazca, el feto debe ser extraído, por aquellos a quienes corresponda, y bautizado, absolutamente si ciertamente vive, o bajo condición si es dudoso que viva: no se olvide que el feto humano puede sobrevivir a la madre una o varias horas, según los casos.
El bautismo es necesario para salvarse. Pero en caso de imposibilidad, puede ser suplido por el bautismo de deseo, por lo menos implícito, el cual se contiene en un acto de sincero amor a Dios.
Es claro que el martirio es un acto excelente de amor a Dios.
«Los que padecen la muerte a causa de la fe, los catecúmenos y todos los hombres que, bajo el impulso de la gracia, sin conocer la Iglesia, buscan sinceramente a Dios y se esfuerzan por cumplir su voluntad, pueden salvarse aunque no hayan recibido el bautismo».
La necesidad del bautismo para salvarse está claro en el Evangelio. Le dice Jesucristo a Nicodemo: «El que no naciere del agua y del Espíritu no puede entrar en el Reino de Dios».
Pero desde los primeros siglos del cristianismo, en la Iglesia, se habla del bautismo de deseo; pensando no sólo en los catecúmenos que morían antes de recibir el bautismo, sino también en todo hombre que, ignorando el Evangelio de Cristo y su Iglesia, buscaba la verdad y hacía la voluntad de Dios según él la conocía; pues se podía suponer que semejantes personas habrían deseado explícitamente el bautismo si hubiesen conocido su necesidad. El bautismo de deseo lo amplía hoy la Iglesia a todos los infieles que nunca faltaron a su conciencia y estuvieron siempre en disposición de hacer lo que Dios les pidiera.
Para éstos Dios tiene que tener el modo de que puedan salvarse. Así opinaba Santo Tomás.
Aunque sea posible que los no católicos puedan vivir toda su vida sin faltar a su conciencia, esto les resulta mucho más difícil que a los católicos, pues carecen del auxilio de la gracia de los sacramentos. De ahí el interés de la Iglesia en evangelizar a los infieles.
Los adultos que reciban el bautismo deben tener intención de recibirlo «Para que pueda bautizarse a un adulto, se requiere que haya manifestado su deseo de recibir este sacramento, esté suficientemente instruido sobre las verdades de la fe y las obligaciones cristianas y haya sido probado en la vida cristiana mediante el catecumenado; se le ha de exhortar además a que tenga dolor de sus pecados». »A no ser que obste una causa grave, el adulto que es bautizado debe ser confirmado inmediatamente después del bautismo y participar en la celebración eucarística, recibiendo también la comunión».
97,3. CONFIRMACIÓN. Dice San Lucas en los Hechos de los Apóstoles que los samaritanos que ya estaban bautizados recibieron el Espíritu Santo con la imposición de manos de los Apóstoles.
Se trataba de la confirmación.
La confirmación es un sacramento por el que, con la unción del santo crisma, hecha en la frente con la mano del ministro, y las palabras prescritas, se concede a los bautizados el Espíritu Santo para creer firmemente, ser testigos de Cristo en las palabras y las obras, y defender intrépidamente la fe que recibimos en el bautismo.
El sacramento de la confirmación nos hace madurar como cristianos, nos perfecciona como persona humana, y nos hace mejores templos del Espíritu Santo. Este sacramento, de ordinario, lo administra el Sr. Obispo; pero si él lo delega, puede administrarlo un sacerdote.
La gracia recibida en el bautismo debemos fortalecerla con el sacramento de la confirmación.
Así podremos cumplir mejor los deberes del cristiano, y vencer las dificultades que se nos presenten en el camino de nuestra salvación.
La vida cristiana está en abierta oposición con la vida mundana.
El cristiano vive en tensión continua: en el interior lucha contra las malas inclinaciones, y en el exterior contra el mundo y el demonio.
La confirmación imprime en el alma el carácter de soldado de Jesucristo, y vigoriza para el combate cristiano.
La «confirmación nos vincula más perfectamente con la Iglesia. Nos enriquece con una fortaleza especial del Espíritu Santo. Es un obligarse más seriamente a difundir y defender la fe de palabra y de obra».
En el nº 75 te hablé del apostolado de los seglares.
La confirmación hay que recibirla en estado de gracia113.
El que recibe la confirmación, a sabiendas, en pecado grave comete un sacrilegio.
Si el confirmado tiene uso de razón, debe estar suficientemente instruido en la Religión Católica
Aunque la confirmación no es necesaria, absolutamente, para la salvación peca mortalmente quien la desprecia.
97,4. PENITENCIA. También suele llamarse confesión o sacramento de la reconciliación.
Es un sacramento en el que por la absolución del sacerdote se le perdonan, al cristiano arrepentido que se acusa rectamente, los pecados cometidos después del bautismo. (Ver números 53-94)
97,5. EUCARISTÍA. Es un sacramento en el que, bajo las apariencias de pan y vino, se contiene verdadera, real y substancialmente el Cuerpo y la Sangre de Cristo, para alimento espiritual del alma que los recibe en la Sagrada Comunión con las debidas disposiciones. (Ver números 45-52)
97,6. ORDEN SACERDOTAL. Es un sacramento que, por la imposición de las manos del Obispo, y sus palabras, hace sacerdotes a los
hombres bautizados, (que no tengan un impedimento que se lo prohiba ) y les da poder para perdonar los pecados y convertir el pan y el vino en el Cuerpo y en la Sangre de Nuestro Señor Jesucristo.
El sacramento del orden lo reciben aquellos que se sienten llamados por Dios a ser sacerdotes para dedicarse a la salvación eterna de sus hermanos los hombres. Esta ocupación es la más grande de la Tierra, pues los frutos de sus trabajos no acaban en este mundo, sino que son eternos.
Sobre el sacerdocio femenino te he hablado en el nº 68,12
La vocación al sacerdocio lleva consigo el celibato, recomendado por el Señor
La obligación del celibato no es por exigencia de la naturaleza del sacerdocio, sino por ley eclesiástica.
En la Iglesia Católica latina, los sacerdotes están obligados a guardar perpetuamente el celibato.
El celibato sacerdotal en la Iglesia Católica se remonta al siglo II
«Al principio el celibato no era obligatorio, a pesar de la alta consideración de que gozaba. La primera ley al respecto fue el canon 33 del Concilio de Elvira en Granada». La obligación del celibato se impuso en el Concilio de Nicea el año 325.
La Iglesia quiere que los candidatos al sacerdocio abracen libremente el celibato por amor de Dios y servicio de los hombres.La Iglesia quiere a sus sacerdotes célibes para que puedan dedicarse completamente al bien de las almas, sin las limitaciones, en tiempo y preocupaciones, que supone sacar adelante una familia.
El sacerdote debe estar libre para dedicarse, cien por cien, al cuidado de las almas.
Aunque es verdad que en algún caso una esposa podría ayudarle, también es verdad que en otros muchos, una esposa podría absorberle su tiempo por estar enferma física o psíquicamente, o por exigir de él mayor atención, etc.
La atención a la familia requiere un tiempo que el sacerdote tendría que quitarlo al dedicado al apostolado.
Y por supuesto, los hijos exigirían de él, no sólo tiempo, sino destinos en los que la educación de ellos fuera más fácil, o evitar atender a enfermos contagiosos, etc.
Y además necesitaría unos ingresos económicos muy superiores para atender a los gastos familiares.
Es decir, el sacerdote sin familia está más libre para el apostolado; y la Iglesia, en dos mil años de experiencia, así lo ha advertido, y por eso exige el celibato a sus sacerdotes.
Un amigo mío, corresponsal de televisión en Marruecos, me contó que haciendo un reportaje sobre el Sahara, fue a una iglesia católica en El Aiun. Allí se encontró a dos ancianos jesuitas que estaban allí desde que esa zona era una provincia española. Vivían en la mayor pobreza, rozando la miseria. Si hubieran estado casados, se hubieran marchado, pues sus hijos allí no tenían futuro.
Pero, sobre todo, el celibato sacerdotal tiene un fundamento teológico: Cristo fue célibe, y el sacerdote es alter Christus, es decir, «otro Cristo».
El fundamento del celibato sacerdotal está en la fe y en el amor a Jesucristo.
El amor de Jesucristo es universal, igual para todos; sin los exclusivismos propios del amor matrimonial. Así debe ser el amor del sacerdote.
Simón Decloux dice: «Éste es el sentido del celibato: se trata de algo muy distinto de encerrarse en una sequedad afectiva o en un aislamiento autosuficiente.
»La gracia de esta llamada está esencialmente ligada en el “compañero de Jesús” a su participación decidida en la misión del Señor».
Me contaron este caso histórico:
Un niño norteamericano, metodista como sus padres, le preguntó en clase a la profesora:
- ¿Por qué Cristo no se casó?
- Para entregarse mejor a la evangelización.
- Entonces comprendo por qué los sacerdotes católicos no se casan.
Con el tiempo este niño se convirtió al catolicismo y hoy es sacerdote católico.
En ALFA Y OMEGA, semanario de información religiosa de ABC, Efstathios Kollas, Director de la Unión Panhelénica de sacerdotes, en el diario ateniense Kathimerini, afirma que el número de sacerdotes casados en la Iglesia greco-ortodoxa disminuye cada vez más, y se aproxima el clero célibe, como el de los católicos.
Y según el P. Vasileios Voroudakis, Director del Liceo Eclesiástico de Atenas, “docenas de estudiantes de nuestro seminario tienen problemas para encontrar esposa, y esto les lleva a optar por el celibato”.
O sea que “esto de los sacerdotes casados es una especie en peligro de extinción”».
Un sacerdote que pidió la secularización y se casó, después de unos años de casado dijo a sus antiguos condiscípulos de seminario: «Os confieso y os autorizo para que lo divulguéis que no se puede comparar la alegría interior y la felicidad que siente un sacerdote en su ministerio con todas las satisfacciones de la vida matrimonial».
La vocación no consiste en recibir una «llamada telefónica» de Dios.
La vocación consiste en tener cualidades y buena intención.
Si un muchacho tiene buena salud (no es necesario ser un «superman»); es capaz de hacer estudios (no es necesario ser un genio); puede vivir habitualmente en gracia, con la ayuda de Dios (no hace falta ser ya un santo); tiene buena intención (no se trata de buscar el modo de «ganarse la vida»); es decir, busca su propia perfección y la salvación de las almas, debe preguntarse si Dios le llama al sacerdocio.
No se trata de preguntar «¿me gustaría ser sacerdote?» sino, «¿me querrá Dios sacerdote?».
En caso de duda preguntar a persona imparcial y formada.
Hay que pedirle a Dios que haya muchas vocaciones sacerdotales y religiosas, pues hacen falta muchos párrocos, muchos misioneros, predicadores, confesores, maestros, etc., y también muchas Hermanitas de los Pobres, de la Caridad, en los hospitales, en los asilos, religiosas en las escuelas, colegios etc.; y otras en los conventos de clausura que alaben a Dios y pidan por los pecadores.
Por eso es un gran apostolado ayudar económicamente a la formación de futuros apóstoles, y a los conventos de clausura.
En una sociedad en la que se mide a las personas por lo que hacen, no se entiende la vida contemplativa.
Pero ésta es fundamental en la Iglesia.
En una entrevista de Javier Mariategui al P. Clemente de la Serna, Abad de Silos, le preguntó:
- ¿Qué puede aportar un monje, como Vd., a la sociedad?
- Lo que aporta una célula sana al cuerpo humano: vida y salud.
- Las órdenes contemplativas, ¿no deberían hacer más labores sociales?
- En el mundo de la especialización cada uno tiene su misión. Sería como decir que el corazón no sirve para nada porque no anda ni piensa. Sin embargo gracias a él todo el cuerpo funciona.
Todos debemos pedir a Dios que sean muchos los jóvenes que sigan la voz de Dios, pues hacen falta muchos y buenos sacerdotes y religiosos
«Los padres deben acoger con alegría y acción de gracias el llamamiento del Señor a uno de sus hijos».
Los padres tienen obligación grave de dejar en libertad a sus hijos que quieran consagrarse a Dios.
Pero también sería pecado -y gravísimo- el inducir a sus hijos, por motivos humanos, a abrazar, sin vocación, el estado eclesiástico.
«Los padres deben cuidar de no presionar a sus hijos en la elección de una profesión y estado de vida».
«Preguntas frecuentes sobre el sacerdocio
¿PARA QUÉ HACEN FALTA SACERDOTES?
1. Para enseñar la Palabra de Dios y garantizar la calidad de la educación cristiana.
2. Para anunciar el Evangelio aquí y en países de misión.
3. Para perdonarnos los pecados en nombre de Jesús.
4. Para presidir la Eucaristía y darnos el Pan de la Vida.
5. Para animar la comunidad cristiana, la Parroquia y los grupos de fe, procurando ser ejemplo y apoyo.
6. Para estar cerca y ayudar a los pobres, los necesitados, los que sufren, como hizo Jesús.
7. Para enseñarnos a rezar y relacionarnos con Dios como Padre y a ver lo que el Espíritu quiere de cada uno y descubrirnos que estamos llamados a la felicidad eterna.
8. Para orientar con criterios morales y evangélicos en los problemas de la vida y el mundo actual.
9. Para impulsar la responsabilidad de los seglares en la sociedad y dentro de la Iglesia.
10. Para servir a la unidad eclesial, coordinando a todos en comunión con el Obispo.
¿QUÉ CUALIDADES SE NECESITAN PARA SER SACERDOTE?
No hace falta ser un "súper", pero sí estar con ganas de "superarse" cada día y "superar" los propios defectos. Ser una persona equilibrada, que le gusta la verdad y hacer el bien a los demás. Tener una inteligencia normal, con capacidad para estudios universitarios. Gustarle lo relacionado con Jesucristo, su Evangelio y la Iglesia. Estar dispuesto a buscar la voluntad de Dios y cumplirla. Prepararse durante unos años en el Seminario, adquiriendo una base suficiente de formación humana, teológica, espiritual, pastoral y comunitaria.
¿QUÉ PASOS HAY QUE SEGUIR PARA ENTRAR EN UN SEMINARIO?
1º Cuando uno siente inquietud, inclinación o dudas sobre si Dios lo llamará a ser sacerdote, conviene pedirle al Espíritu Santo que lo ilumine. Ayuda mucho rezar a la Virgen.
2º Hablar con un sacerdote que conoces y contarle lo que sientes, para que te pueda aconsejar.
3º Tener una entrevista con el Rector del Seminario de la Diócesis a la que perteneces.
4º Se acuerda un tiempo de entrevistas y de reuniones con otros jóvenes que están en situación parecida, para clarificarse y pasar un tiempo de experiencia o de introducción a la vida del Seminario.
¿QUÉ ESTUDIOS HACEN FALTA PARA SER SACERDOTE?
Los estudios necesarios para acceder a la Universidad. Existen los Seminarios Menores, donde se puede hacer la ESO, el BUP y el COU. Con FP 2 también se puede acceder.
Los Estudios Eclesiásticos se hacen en el mismo Seminario o en Centros Teológicos Superiores o en Facultades de Teología. Son seis años, que se distribuyen así:
Dos años de Filosofía y Ciencias humanas (para conocer la historia del pensamiento, la cultura actual y materias de interés para el futuro sacerdote, como psicología, pedagogía, sociología, etc.).
Cuatro años de Teología: Biblia, fundamentación de la fe, Dios, Jesucristo, la Iglesia, el hombre, los Sacramentos, la Moral cristiana, la Espiritualidad, Hª de la Iglesia, Liturgia, Derecho Canónico, Pastoral, Catequesis, etc. (lo que necesita saber un sacerdote para anunciar el Evangelio hoy y animar la vida cristiana en la Parroquia, en los grupos, etc.). Estos estudios, además de la titulación eclesiástica, tienen un reconocimiento civil de Diplomatura y Licenciatura.
¿QUÉ MÁS SE HACE ANTES DE SER SACERDOTE?
Los estudios son importantes, pero no lo es todo.
El tiempo de Seminario es como la experiencia de los Apóstoles con Jesús: hay que ir creciendo en madurez humana, en hondura de fe y parecerse a Jesucristo, en relación y convivencia comunitaria, en capacidad para la vida pastoral.
Para eso en el Seminario hay un plan de formación y unos sacerdotes que acompañan, orientan y animan.
En los últimos cursos se reciben los ministerios de Lector y de Acólito, para practicar los servicios que uno va aprendiendo.
Normalmente, al acabar los estudios se recibe el Sacramento del Orden en el grado de Diaconado, que permite ejercer muchas funciones en la Iglesia.
Es cuando se adquiere el compromiso público de guardar el celibato.
Durante un año aproximadamente se ejerce el diaconado y se hace el curso de prácticas pastorales viviendo en una parroquia con otros sacerdotes y continuando con alguna clase teórico-práctica en el Seminario.
Al final el Obispo ordena de Presbítero y encomienda una responsabilidad pastoral.
Pero la formación no acaba, porque ha de ser permanente.
El sacerdote ha de estar en constante renovación para ser un fiel servidor del Evangelio y continuador de Jesús, Buen Pastor, en el mundo de hoy.
¿Y CUÁNTO DINERO CUESTA?
La residencia, el profesorado, la Biblioteca, etc. cuesta dinero.
Pero eso nunca es un obstáculo para ir al Seminario y seguir la vocación sacerdotal. Porque hay muchos cristianos que colaboran económicamente con el Seminario para que los seminaristas no tengan que pagar los gastos reales, sino lo que puedan.
Cada Seminario tiene establecida una mensualidad, que es lo que pagan los seminaristas o sus familias, si pueden.
Además la mayoría suelen disfrutar de becas del Estado, porque tienen los mismos derechos que los demás estudiantes universitarios».
97,7. MATRIMONIO. a) Sacramento: El matrimonio es un sacramento en el cual -contraído según las leyes de la Iglesia- por el mutuo consentimiento de los contrayentes, expresado legítimamente con libertad y sinceridad, se les concede la gracia para santificar su unión conyugal y para cumplir bien los deberes matrimoniales, como son: la armonía conyugal, la fidelidad del corazón, el control de la concupiscencia, el dominio de carácter, ayuda y consuelo mutuos, la educación de los hijos, el sostenimiento del hogar, etc.2.
La gracia no realizará de ordinario milagros, cuando las condiciones para un amor serio y auténtico han fallado en su base; pero puede evidentemente potenciar y robustecer el amor humano para que supere sus propias debilidades y deficiencias
El matrimonio, más que un frío contrato, es una alianza, una comunidad de vida y amor, una convivencia en la que la procreación, siendo algo muy importante, no tiene finalidad primordial. El amor y la mutua ayuda no pueden relegarse a segundo plano.
«El matrimonio constituye una íntima comunidad de vida y de amor conyugal».
«El amor entre el hombre y la mujer es algo natural. Llega un momento en que un hombre y una mujer se aman, deciden entrar en una comunión estable de vida y amor, para llegar a formar una familia.
»A esta comunión de vida y amor se le llama matrimonio.
»En el matrimonio los esposos entran libremente, pero ninguno de los dos, ni por separado ni de común acuerdo, pueden romperlo».
«El matrimonio viene a ser un convenio por el cual un hombre y una mujer, jurídicamente hábiles, se entregan legítima y mutuamente el derecho perpetuo y exclusivo sobre sus cuerpos, en orden a los actos de suyo aptos para la generación.
»Este acuerdo debe ser mutuo, consciente, libre y responsable.
»Efecto de este convenio es el vínculo conyugal; o sea la unión permanente, perpetua y exclusiva de un varón con una mujer para engendrar y educar hijos».
Por eso se ha dicho acertadamente que el matrimonio es «uno con una y para siempre».
Este vínculo conyugal dura mientras dure la vida de los dos cónyuges.
«Son propiedades esenciales del matrimonio la unidad y la indisolubilidad». «La unidad, la indisolubilidad y la apertura a la fecundidad son esenciales al matrimonio».
El amor es muy importante en el matrimonio.
Pero «el amor no hace el matrimonio.
»Puede haber amor sin matrimonio y matrimonio sin amor.
»El matrimonio da estabilidad a una serie de derechos y deberes contraídos libremente. (...) »El matrimonio no es un refrendo del presente: “nos queremos mucho”; sino un compromiso en un proyecto de futuro».
«El matrimonio es una entrega irrevocable de varón y mujer». Por eso el matrimonio es indisoluble, pues lo que se ha entregado total y definitivamente, de modo voluntario, no se puede entregar a otra persona sin quitárselo injustamente a la primera.
Los que no quieren formalizar el matrimonio es para tener las manos libres y romperlo sin compromisos cuando les apetezca. Es decir, no hay amor.
«Para asegurar la validez del matrimonio basta con que los contrayentes no ignoren que se trata de una sociedad permanente entre el hombre y la mujer, para tener hijos: y que el consentimiento sea libre y sincero, manifestado según la fórmula eclesiástica establecida».
La infidelidad matrimonial y el libertinaje han acabado con el verdadero amor. Esto es una tremenda desgracia. Las comodidades y las diversiones no pueden suplir el amor de unos esposos y de unos hijos.
El matrimonio es uno con una para siempre. El amor familiar exige unidad e indisolubilidad matrimonial. ¿Cómo se van a amar unos esposos que ni se guardan fidelidad, ni le dan importancia al adulterio? ¿Cómo va a ser posible ir al matrimonio con ilusión cuando se sabe que lo que allí se va a recibir son cuerpos ya exprimidos en aventuras amorosas con otros? ¿Cómo se van a amar unos hijos sin tener la seguridad de que sean los propios? Es lógico que estos matrimonios sean un fracaso. Por querer gozar de la vida han perdido el mayor goce de la vida: el amor de un hogar.
Los pensadores no tardarán en lanzar la voz de que esa libertad de costumbres es un camino equivocado, y de que si queremos recuperar la felicidad de la vida hay que volver al matrimonio uno e indisoluble de la Iglesia Católica; llegando a él por camino de una juventud pura.
Una vez más la sociedad le dará la razón a la Iglesia.
Los catastróficos resultados de una libertad de costumbres demuestran que la pureza en la juventud y la fidelidad matrimonial que manda la Iglesia, aunque exige renuncias y sacrificios, es el único camino para llegar a la felicidad de un hogar con amor.
La gracia sacramental del matrimonio es como una póliza de seguro sobrenatural para proteger los riesgos de la vida conyugal.
La cuota de esta póliza es el espíritu cristiano.
Cuanto mayor sea el espíritu cristiano, más garantías de éxito tiene este seguro. Y la prueba está en esos matrimonios innumerables de ancianos venerables que después de muchísimos años de casados todavía se aman con ilusión: él te dice que ella es una santa, y se le llenan los ojos de lágrimas; ella te asegura de mil formas que no hay hombre como él, y no acaba de contarte casos concretos para demostrarlo.
Más de cincuenta años de compenetración, de mutua ayuda, de cariño desinteresado, de sufrimiento mutuo, de sobrellevarse los defectos mutuamente y de muchísimo espíritu cristiano les han dado en este mundo la mayor felicidad que aquí pude gozarse.
En cambio, ¡qué vejez tan distinta van a tener esos matrimonios materialistas y sensuales!
Y no sólo la vejez, que cuando falta el espíritu cristiano es muy fácil que se harten muy pronto el uno del otro, y el hogar se convierta en una casa de fieras.
No es lo mismo vivir en matrimonio que en pareja.
Los animales viven en parejas, más o menos duraderas, pero no en matrimonio como las personas.
Hoy se da lo que se llama «parejas de hecho».
Viven matrimonialmente, como casados, sin estarlo.
Y quieren los derechos de los casados. Pero para tener derechos hay que asumir los deberes correspondientes.
«De lo contrario se corre el peligro de caer en “un egoísmo entre dos”».
Dice el Nuevo Catecismo de la Iglesia Católica: «Hay unión libre cuando el hombre y la mujer se niegan a dar forma jurídica y pública a una unión que implica la intimidad sexual.
»La expresión, en sí misma, es engañosa: ¿qué puede significar una unión en la que las personas no se comprometen entre sí, y testimonian con ello una falta de confianza en el otro, en sí mismo o en el porvenir?
»Esta expresión abarca situaciones distintas: concubinato, rechazo del matrimonio en cuanto tal, incapacidad de unirse mediante compromisos a largo plazo.
»Todas estas situaciones ofenden la dignidad del matrimonio, destruyen la idea misma de la familia, debilitan el sentido de la fidelidad.
»Son contrarias a la ley moral: el acto sexual debe tener lugar exclusivamente en el matrimonio.
»Fuera de éste constituye siempre un pecado grave y excluye de la comunión sacramental».
«Todo lo que sea poner en el mismo nivel a la familia tradicional con otro tipo de uniones nos parece aberrante» ha dicho Mons. José Sánchez, Secretario General de la Conferencia Episcopal Española, a propósito de las uniones de homosexuales. No pueden tener los derechos de los matrimonios porque no lo son.
Dice el Diccionario de la Real Academia Española de la Lengua: «Matrimonio es la unión de un hombre y de una mujer concertada mediante determinados ritos o formalidades legales».
El estudio realizado por Wirthlin Worldwide para el Centro Howard de la Universidad de Brigham Young, en septiembre y octubre de 1999, en diecinueve países representativos de los cinco continentes, constata que más del 80% de la población mundial está de acuerdo en que la definición del matrimonio supone un hombre y una mujer.
Las leyes que rigen el matrimonio son independientes de la voluntad de los que lo contraen.
Estos tienen que aceptarlo tal como lo instituyó Jesucristo.
Cuando un católico quiere casarse es necesario santificar la unión con las bendiciones del sacerdote en el sacramento del matrimonio.
La presencia del sacerdote, testigo cualificado de la Iglesia, es esencial para la validez del sacramento del matrimonio.
El único matrimonio válido entre católicos es el sacramento.
El matrimonio civil es absolutamente inválido entre católicos; sólo vale para efectos jurídicos civiles: asuntos de apellidos, herencias, etc.
Esto lo puede garantizar el Estado reconociendo el matrimonio religioso, o bien añadiendo el matrimonio civil al matrimonio religioso.
El católico que se casa sólo por lo civil se autoexcluye de la comunión él mismo. Lo mismo que el divorciado que se vuelve a casar, que no puede comulgar mientras no arregle su situación.
Es doctrina de la Iglesia, que ha mantenido a través de los siglos, que un bautizado no puede separar el matrimonio del sacramento. Si no hay sacramento, no hay matrimonio. Un católico que se casa solamente por lo civil, para la Iglesia no está casado, es un concubinato. Por eso no lo admite a la Sagrada Comunión.
Todo matrimonio válido es indisoluble intrínsecamente, es decir, no puede ser disuelto por el mutuo y privado acuerdo de los cónyuges. Pero no todo matrimonio es indisoluble extrínsecamente; es decir, que hay casos excepcionales en los que algunos matrimonios pueden ser disueltos por la Autoridad Eclesiástica, si se trata de matrimoniosacramento, o por la Autoridad Civil si se trata de un matrimonio solamente civil. Por eso es indiscutible que el Estado nunca tiene autoridad para romper el vínculo del matrimonio sacramental. Lo único que puede hacer el Estado es dar leyes para la nueva situación de los matrimonios rotos, pero dejando el vínculo intacto.
Al matrimonio canónico están obligados todos los católicos que no se hayan apartado de la Iglesia por acto formal.
Es decir: no mera falta de práctica religiosa; pero tampoco hace falta la adscripción a una religión no católica.
Sí lo sería un rechazo de la Iglesia en un documento escrito, o declaración pública; pero como dijo el Sínodo de 1980 «la fe es necesaria para el sacramento del matrimonio».
El matrimonio de una persona católica con otra que no lo es requiere especiales cautelas.
«En peligro de muerte, si no pueden conseguirse otras pruebas, basta, a no ser que haya indicios en contra, la declaración de los contrayentes, bajo juramento según los casos, de que están bautizados y libres de todo impedimento».
En circunstancias extraordinarias en las cuales durante más de un mes no habrá sacerdote que los case, los futuros esposos pueden contraer matrimonio ante dos testigos que tengan uso de razón.
Este matrimonio es verdadero sacramento, pues los ministros del sacramento del matrimonio son los mismos contrayentes.
El sacerdote es tan sólo un testigo cualificado. Y la Iglesia autoriza esta forma de contraerlo en tales circunstancias.
Pero después hay que dar cuenta, para que se registre en los libros parroquiales.
Este sacramento hay que recibirlo en estado de gracia27.
Quién recibe el sacramento del matrimonio, a sabiendas, en pecado grave, comete un sacrilegio. Con todo, este matrimonio, aunque sea un sacrilegio, es válido y verdadero.
Antes de recibir el sacramento del matrimonio es conveniente que los contrayentes hayan recibido el sacramento de la confirmación, si pueden hacerlo sin grave incomodidad.
Para que el matrimonio sea lícito y válido es necesario que los contrayentes no estén ligados con ninguno de los impedimentos que señalan las leyes de la Iglesia, como sería, por ejemplo, coacción, engaño sobre la persona o cualidad importante que puede perturbar gravemente la vida conyugal. O carecer de madurez humana suficiente para valorar los derechos y deberes esenciales del matrimonio. O quienes no pueden asumir las obligaciones esenciales del matrimonio por causas de naturaleza psíquica. Las causas de nulidad han aumentado, hoy día, con los avances de la psicología. Sobre todo por defectos de consentimiento. También es impedimento para la validez del matrimonio el no aceptar las propiedades esenciales el matrimonio (unidad e indisolubilidad)36: como sería querer tener derecho al divorcio.
«No podrán contraer lícitamente matrimonio canónico el varón y la mujer que no hayan cumplido los 18 años». Antes de los 18 años, generalmente, se engendran hijos enfermizos y débiles. «Son incapaces de consentimiento los que no tienen uso de razón».
Si se tratase de una persona con la cual es imposible la convivencia, podría estudiarse la posibilidad de declarar nulo ese matrimonio. El matrimonio, como dice el Concilio Vaticano II, es «comunidad en vida y en amor» Si la impotencia sexual es causa de nulidad matrimonial, también puede serlo la incapacidad de poder realizar esa «comunidad de vida» por tener una personalidad desestructurada. Sería como una impotencia psicológica. Hay personas neuróticas, psicopáticas, esquizofrénicas, con las cuales es imposible convivir, y que pueden justificar una declaración de nulidad matrimonial. Así lo reconoce el Nuevo Código de Derecho Canónico que dice:
«Son incapaces de contraer matrimonio quienes tienen un grave defecto de madurez de juicio sobre los deberes y derechos del matrimonio que van a contraer; y quienes no puedan asumir las obligaciones esenciales del matrimonio por causas de naturaleza psíquica», como serían las obligaciones del acto conyugal, la convivencia amorosa y la educación de los hijos.«Puede haber matrimonios que no son válidos por diversos motivos, como son: porque los esposos tiene un impedimento al que la Iglesia, o la ley natural, o la Revelación, hacen nulo el matrimonio. O porque la forma establecida por la Iglesia no se ha observado en la celebración del mismo. O porque uno de los cónyuges no ha prestado el consentimiento matrimonial con las debidas condiciones, por ejemplo, porque se ha casado bajo el impulso de un miedo grave».
Hay casos excepcionales en los cuales la Iglesia señala la ausencia del vínculo matrimonial por algunos de estos impedimentos. Entonces declara el matrimonio nulo.
No es que anule un matrimonio válido, sino que demuestra que ese matrimonio nunca existió. El eco que hacen las revistas del corazón de las anulaciones concedidas a ciertas personas célebres, puede parecer que esto se consigue a base de dinero.
Es verdad que conseguir la declaración de nulidad cuesta dinero, porque hay personas cuya profesión es estudiar estos casos.
Pero esto no cuesta millones, como algunos creen. Según el Vicario Judicial del Obispado de Cádiz, Guillermo Domínguez, en 1996 cuesta unas 80.000 pesetas.
Sin embargo, si no hay dinero, pero hay razones, se puede conseguir gratis. En 1977 se otorgaron en España 534 sentencias de nulidad. De estas anulaciones, el 30% se concedieron gratuitamente, según dijo el Vicario de Madrid, Padre Martín Patino, el 23 de octubre de 1980, por Radio Nacional en el espacio Estudio 15-1746. Pero los medios de comunicación no se hacen eco de estas anulaciones gratuitas, sino sólo de las concedidas a personajes famosos a quienes les ha costado algún dinero.
El 18 de noviembre de 1998 le oí una conferencia, en el Hotel Atlántico de Cádiz, al Profesor José María Díaz Moreno,S.I., Catedrático de Derecho Canónico en la Universidad Comillas de Madrid, sobre fracasos matrimoniales. En ella aludió a la declaración de nulidad del matrimonio de Camilo José Cela, Premio Nobel, a la que se dedicaron multitud de comentarios en los medios de comunicación, cuya causa él había conocido y consideraba correcta; pero ese mismo año se concedió también la nulidad gratuitamente a una limpiadora de una clínica madrileña, por los mismos motivos, y sin embargo de este segundo caso nada se dijo en la medios de comunicación.
Por otra parte «el 80% de las sentencias de la Rota Romana han sido gratuitas».
b) Divorcio: El divorcio es un mal. Si fuera bueno Dios no lo prohibiría. Dios ha hecho el matrimonio indisoluble.
Pero el matrimonio hay que contraerlo con responsabilidad.
Muchos matrimonios fracasan porque se han hecho a la ligera, por vanidad, por capricho, por despecho, para hacer rabiar a una tercera persona, o sencillamente, por lujuria o egoísmo.
Muchos matrimonios fracasan porque nunca debieron realizarse.
El divorcio no es solución para un católico. Cristo dice: «el que deja a su mujer y se casa con otra, comete adulterio», «y el que se case con la divorciada comete adulterio». El adulterio se castigaba con la pena de muerte entre los hebreos, es decir, era algo muy grave.
La prohibición evangélica del divorcio es tan clara que el Papa Clemente VII no se lo concedió a Enrique VIII de Inglaterra,que quería divorciarse de su esposa Catalina de Aragón para casarse con Ana Bolena; aunque esta prohibición llevó consigo que la Iglesia Católica perdiera el reino de Inglaterra, pues Enrique VIII, por esta prohibición, se separó de la Iglesia Católica y se autoproclamó Fundador y Cabeza de la Iglesia Anglicana en 1534.
San Mateo pone una excepción: «en caso de concubinato». Porque si no estaban casados, la separación no sólo es lícita: es conveniente.
A no ser que decidan casarse.
«Los autores apuntan a interpretar correctamente la expresión porneía, que utiliza San Mateo.
»Ésta no sería simple fornicación ni adulterio, sino propiamente el estado de concubinato.
»El término rabínico empleado por Cristo habría sido zenut, que designa la unión ilegítima de concubinato. (...)
»En tal caso, es evidente que no sólo es lícito la separación, sino obligatoria, puesto que no hay matrimonio sino unión ilegal.
»Esta explicación se refuerza tomando en cuenta que San Pablo, en su carta a los Corintios, califica la unión estable incestuosa del que se había casado con su madrastra como porneía. A esto mismo haría referencia el Concilio de Jerusalén al exigir que los fieles se abstengan de porneía, o sea de las uniones ilegales aunque estables. Ésta última es, tal vez, la más plausible de las interpretaciones, y la sostuvieron autores como Cornely, Prat, Borsirven, Danieli, McKenzie; también algunas versiones de la Biblia».
La Iglesia católica sólo permite la separación de los esposos si la vida en común resulta insostenible, pero no volver a casarse mientras viva el otro cónyuge; porque el vínculo matrimonial permanece hasta la muerte de uno de los dos.
Por lo tanto hay que escoger entre seguir viviendo juntos, o la soledad hasta la muerte.
La separación es el comienzo de un camino que conduce a problemas mayores. Antes de separarse, los cónyuges deberían acudir a un especialista por si sus problemas tienen solución.
El vivir los esposos separados, aunque no se unan a otra persona (lo cual sería un pecado de adulterio) puede ser un pecado contra la caridad para con el cónyuge y los hijos.
Algunos acusan a la Iglesia de que no admite el divorcio y, sin embargo, anula por dinero muchos matrimonios. Esto se puede responder largamente. Para hacerlo con brevedad me limitaré a dos cosas: El divorcio rompe el vínculo matrimonial y la declaración de nulidad demuestra que no hubo tal vínculo, lo cual es totalmente distinto. Por otra parte, es cierto que la declaración de nulidad cuesta dinero, pues hay personas dedicadas a ese trabajo, que viven de ello. Pero no basta el dinero para lograr de la Iglesia una declaración de nulidad matrimonial, si no hay razones para ello. El Padre Kelleher, que ha dedicado casi toda su vida a los tribunales eclesiásticos matrimoniales, en su libro «Divorcio y matrimonio», dice: «No he conocido ni un solo caso en el cual el dinero hay sido un factor influyente en la obtención de una declaración de nulidad». La declaración de nulidad siempre se debe a la existencia de algún impedimento: coacción, engaño substancial, etc. Ahora bien, si para lograr esta nulidad hay personas que juran en falso, sólo de ellas es la culpa. Los jueces juzgan según la declaración de los testigos. Y si alguno jura en falso, logrará arreglar los papeles, pero es inútil, porque delante de Dios todo sigue como antes.
El divorcio civil, que pretende romper el vínculo sacramental, es totalmente inválido ante Dios..
El poder civil no tiene autoridad ninguna sobre el matrimonio canónico.
«Pero si el divorcio civil representa la única manera posible de asegurar ciertos derechos legítimos, el cuidado de los hijos o la defensa del patrimonio, puede ser tolerado sin constituir una falta moral».
Los divorciados vueltos a casar no pueden acercarse a la Sagrada Comunión, porque ellos mismos se autoexcluyen de la Iglesia, pues viven en situación de adulterio público y permanente.
«Es muy triste la situación de los divorciados vueltos a casar. Su situación moral irregular les impide recibir la Sagrada Comunión.
»Con todo, hay casos en los que no parece prudente romper este segundo matrimonio.
»En este caso podrían acercarse a comulgar, después de haberse confesado y prometido interrumpir su vida sexual; comulgando en una iglesia donde no sean conocidos, para evitar el escándalo».
«Sólo podrían acercarse a comulgar si, evitado el escándalo y recibida la absolución sacramental, se comprometen a vivir en plena continencia», ha dicho la Sagrada Congregación para la Doctrina de la Fe.
En el discurso de Juan Pablo II en la clausura del Sínodo celebrado en Roma en octubre de 1980, dijo que había que mantener la práctica de la Iglesia de no admitir a la comunión eucarística a los divorciados vueltos a casar.
A no ser que cuando no puedan separarse, prometan vivir en total continencia, siempre que no sea motivo de escándalo.
En todo caso, añade el Papa, deben perseverar en la oración para conseguir la gracia de la conversión y de la salvación.
hijos.
Sin embargo esto no lleva consigo el que no puedan bautizar a sus
Hay que estudiar cada caso y ver qué posibilidades ofrecen de educar en católico a sus hijos.
Se les debe animar a que participen lo más posible de la vida cristiana.
Y sobre la situación de los divorciados vueltos a casar dice Juan Pablo II: «Exhorto cordialmente a los pastores y a toda la comunidad de fieles a que ayuden a los divorciados que se han vuelto a casar. (...)
»Se les invitará a escuchar la Palabra de Dios, a asistir al Santo Sacrificio de la Misa, a perseverar en la oración, a aportar su contribución a las obras de caridad y a las iniciativas de la comunidad en favor de la justicia, a educar a sus hijos en la fe cristiana, y a hacer obras de penitencia, a fin de implorar, día tras día, la gracia de Dios».
El divorcio es un mal. Mal para los hijos.
Mal para la mujer, que fácilmente quedará abandonada, y a partir de cierta edad, sin posibilidades de rehacer su vida con otro hombre.
También mal para los maridos, que aunque de momento no es raro que una chica joven se enamore de un hombre maduro, a la larga se cansará del viejo, y se buscará otro más joven y a su gusto, y el marido «engañado». Y también mal para todos, porque si el 80% de los delincuentes juveniles son hijos de divorciados, cada vez será más peligroso andar por la calle.
Algunas piensan que el divorcio las libera, pero la realidad es que el divorcio ha perjudicado a muchas mujeres abandonadas. Los estudios de
Hackstaff y Deutsch señalan que las mujeres necesitan familias en las que los hombres estén comprometidos con los roles de esposo y padre.
Lo que algunos se preguntan es si puede considerarse como un mal menor que en ciertas circunstancias podría permitirse para evitar males mayores.
Lo mismo que una operación quirúrgica es un mal, pero se acepta para evitar males mayores.
Otros opinan que la licitud del divorcio traería a la sociedad peores males que los que se siguen de su prohibición, pues aunque el divorcio pueda solucionar algún caso concreto, trae grandes perjuicios al bien común, y no es solución lo que empeora una situación, sino lo que la resuelve.
Las soluciones deben atender al bien general y ser conformes a las normas morales, como dijo Juan Pablo II en Nueva York.
El bien común a veces exige el sacrificio de un particular.
La fácil solución del divorcio haría que se rompieran muchos matrimonios con problemas perfectamente superables, que no deberían haberse roto nunca.
Por eso el divorcio hace más daño que bien.
Una solución que hace más daño que el mal que remedia no es solución.
No sirve una medicina para quitar las pecas pero que al mismo tiempo produce cáncer de piel.
La posibilidad del divorcio lleva al malestar familiar.
No hay persona sin defectos. Las decepciones irán seguramente en aumento.
Es muy posible que cambiando de pareja se repitan los mismos conflictos. «Los divorciados suelen llevar sus problemas de una relación a otra», dice Howard Markman.
Según la revista norteamericana Newsweek, en Estados Unidos, seis de cada siete matrimonios de divorciados, vuelven a divorciarse de nuevo; y ocho de cada diez matrimonios divorciados dos veces, se divorcian por tercera vez.
Es decir, el divorcio da paso a una poligamia sucesiva.
Muchos matrimonios se salvarían del divorcio si hubieran sabido exponer con calma en común los conflictos y reconocer cada uno sus errores. «Cada uno debe admitir su responsabilidad en los conflictos. De lo contrario, no los solucionarán», dice John Gottman.
Algunas feministas consideran el divorcio como liberación de la mujer; sin embargo, la Iglesia al prohibir el divorcio defiende a la mujer.
Es trágica la situación de mujeres casadas abandonadas por sus maridos que han encontrado una jovencita atractiva que les ha entusiasmado, y por ella abandonan a su esposa y a sus hijos.
Pero estas jovencitas también serán abandonadas cuando lleguen a mayores y sean suplantadas por otras más jóvenes y atractivas que ellas.
Según los datos del censo de los Estados Unidos, en los últimos años han aumentado en un 66% los norteamericanos que viven solos.
La mayoría son hombres que se separaron de sus esposas.
Según las mismas estadísticas, uno de cada diez hogares en que hay niños, el padre se ha ido.
El divorcio engendra divorcio.
En Francia, Alemania, Suiza y Dinamarca, en catorce años se han duplicado los divorcios.
En Inglaterra, Estados Unidos, Canadá y Suecia, los divorcios se han multiplicado por tres.
Y en Holanda se han multiplicado por cuatro.
En Francia hay un divorcio por cada dos matrimonios.
En Estados Unidos más del 50% de los matrimonios se divorcian.
Frank Furstenberg, sociólogo de la Universidad de Pensylvania en EE.UU., afirma que hoy en Estados Unidos, ante las funestas consecuencias del divorcio vuelve a estar de moda el matrimonio estable y el casarse por la Iglesia.
Incluso proliferan cursos como los de la Universidad de Denver, Colorado, para superar la falta de comunicación y mutua incomprensión en el matrimonio, que es la causa principal de fracasos matrimoniales.
En todos los matrimonios hay altibajos y momentos de crisis. Pero estos momentos hay que superarlos con aguante y con virtud. El que vaya al matrimonio pensando que nunca tendrá nada que aguantar es un iluso. En todos los matrimonios hay algo que tolerar y no se soluciona, lo que es intrínseco a todos los matrimonios, cambiando de persona; pues no hay persona sin defectos. Y no se va a estar cambiando de persona en el matrimonio, como quien cambia de camisa.
El divorcio hace que los esposos difícilmente se soporten sus defectos, y con facilidad creen que cambiando de persona va a desaparecer lo que no puede desaparecer, pues es inherente a las deficiencias del carácter humano.
Una aventura amorosa, de momento, puede parecer maravillosa; pero a la larga es fácil que caiga en las mismas dificultades que el matrimonio estable. Las aventuras sexuales sin amor, duran más o menos; pero antes o después terminan, y generalmente, de mala manera. En cambio «el amor fiel de una pareja estable, que ha madurado en su familiaridad, es fuente de un placer mucho más profundo que lo que pueda dar de sí una aventura amorosa».
Es verdad que el divorcio podría solucionar algún caso concreto, pero es malo para el bien común; y el bien particular hay que subordinarlo al bien general.
Si la nación necesita autopistas, habrá que hacerlas, aunque salga perjudicado un señor que tiene un huerto por donde tiene que pasar la autopista.
El divorcio, aunque solucione algún caso concreto, hace más daño a la sociedad, porque la posibilidad del divorcio es una invitación a que se rompan matrimonios que nunca debieron romperse. Todos los matrimonios tienen sus momentos de crisis, que deben superarse con amor y virtud; pero la posibilidad del divorcio facilita que en esos matrimonios se busque la salida fácil del divorcio con perjuicio de ellos mismos. Me dijo un señor en Torrevieja: «Yo doy gracias a Dios de que la Iglesia no permita el divorcio, porque si yo hubiera podido haberme divorciado, en un momento de crisis por el que pasó mi matrimonio, lo hubiera hecho. Y hoy, superada la crisis, nos queremos muchísimo, me siento muy feliz con mi mujer y no podría vivir con sin ella. Si entonces me hubiera divorciado, se la habría llevado otro, y yo la habría perdido»
Muchos matrimonios fracasados se hubieran salvado con un poco de esfuerzo.
Decía un divorciado vuelto a casar:
«Mi segundo matrimonio marcha bien.
»Pero reconozco que si hubiera hecho los mismos esfuerzos con mi primera mujer, como los estoy haciendo con esta segunda, estoy seguro de que no nos habríamos separado, y quizás sería más feliz de lo que soy ahora. Pero entonces era incapaz de aceptar la parte de renuncia que es indispensable para que una pareja pueda tener éxito».
Aunque los medios de comunicación airean los casos de matrimonios fracasados de artistas, sin embargo, las estadísticas dan que en España los matrimonios a quienes beneficia el divorcio son solamente el 0’4%27.
En España el 90% de las familias viven un matrimonio estable, como dijo la Directora General de la Juventud, después de una encuesta realizada por el Centro de Investigaciones Sociológicas.
El 89% de los casados españoles asegura no haber sido jamás infiel a su pareja; y el 84% afirma que ni siquiera lo ha deseado.
A pesar de la publicidad que se da al divorcio de personas famosas, el sociólogo de la Universidad de Chicago, Andrew Grelley, ha hecho un estudio según el cual en 1995 han vivido en fidelidad matrimonial el 86% de los norteamericanos, el 89% de los británicos, y el 92% de los franceses.
«En Estados Unidos han empezado a disminuir los divorcios».
Aunque en teoría sólo se permita el divorcio para casos especiales, inevitablemente se va aumentando el número de casos hasta que se abra la puerta del todo; y el menor disgusto puede atolondradamente llevar a un divorcio irreparable, y fácilmente quedar abandonado el cónyuge inocente y los hijos perjudicados.
Dice Isidoro Martín, Catedrático de la Facultad de Derecho de la Universidad Complutense de Madrid: «Aunque las leyes del divorcio al principio exijan causas restrigidísimas, después se amplían desorbitadamente. Esto es un hecho incontrovertible».
El doctor alemán Maximiliano Bajoc ha realizado un estudio según el cual en Alemania se divorcian al año dieciséis mil matrimonios porque uno de los dos ronca.
Es decir, que los motivos del divorcio se van ampliando desmesuradamente.
Lo que teóricamente se implantó para remediar casos de matrimonios fracasados, en la práctica hará fracasar a muchos matrimonios que podían haberse salvado.
Desde luego, es doctrina común en la Iglesia Católica que el matrimonio sacramental es indisoluble intrínsecamente, es decir, que no se puede disolver por la voluntad libre de los contrayentes, pero algunos católicos se preguntan si es también indisoluble extrínsecamente, es decir, si no se podría disolver a juicio de una autoridad extrínseca a los contrayentes; después de ponderar las razones que se aduzcan.
Sólo el matrimonio sacramental consumado es también indisoluble extrínsecamente.
El Nuevo Código de Derecho Canónico dice: «El matrimonio rato y consumado no puede ser disuelto por ningún poder humano, ni por ninguna causa fuera de la muerte».
Algunos dicen que por qué los católicos, que no admiten el divorcio, van a imponer sus ideas a todos los demás ciudadanos. Hablando de esto, el Cardenal Primado D. Marcelo González, dijo en una conferencia pronunciada en el Club Siglo XXI: «Eso de que los católicos no tienen derecho a imponer a los demás su concepción de la unión conyugal, es un sofisma. No se trata de imponer nada a nadie, sino de defender lo que ellos creen que es bueno, y que si se deteriora, ellos mismos serán víctimas de la nueva situación».
Sin embargo, aun en naciones de mayoría católica, a veces hay una ley civil que regula el divorcio. Pero, «el cristiano debe seguir siempre los imperativos de la fe, sea cual fuere la evolución de las leyes del Estado sobre el matrimonio».
Algunos dicen que el divorcio es un derecho de la persona humana.
Esto es falso.
Los derechos de la persona humana, lo mismo que las leyes de la Física, tienen valor objetivo, no dependen de lo que a cada uno le parezca.
Lo que es derecho de la persona humana es el matrimonio; uno es libre para casarse o no casarse; pero si se casa debe admitir el matrimonio como es: indisoluble.
Las cosas son como son, independientemente de nuestra opinión personal sobre ellas. Las cosas se imponen por su propia naturaleza.
La unidad, la indisolubilidad y la fidelidad son básicas para la defensa del matrimonio y de la familia.
Nadie tiene derecho a manipular el matrimonio a su capricho, como nadie puede manipular a su antojo las leyes de tráfico.
Uno es libre para salir a la carretera o para quedarse en casa, pero si sale a la carretera, tiene que someterse a las leyes de tráfico; hechas para el bien común. Lo mismo, cada cual es libre de casarse o no, pero no para cambiar la naturaleza del matrimonio.
Por lo tanto, quien libremente se casa no puede libremente romper el vínculo matrimonial. El matrimonio no es de institución humana, sino de institución divina, no pudiendo, por lo tanto, estar sujeto al capricho subjetivo y cambiante de los hombres.
Decir que el matrimonio puede disolverse por mutua voluntad de los contrayentes, es inadmisible.
El matrimonio no es sólo un compromiso entre un yo y un tú. Tiene una función social ineludible. Por eso la Iglesia y los políticos no renuncian a incidir en él.
«Matrimonio y familia son considerados como la base de la comunidad humana: no se dejan, por lo tanto, en manos del capricho o del interés de los hombres».
«El vínculo matrimonial no depende del arbitrio de los casados. Su consentimiento es irrevocable, y de éste nace una institución confirmada por la ley divina que la sociedad debe respetar».
«La unión libre de un hombre y una mujer que se niegan a dar forma jurídica y pública a su intimidad sexual, constituye siempre un pecado grave, y excluyen de la comunión sacramental, pues el acto sexual debe tener lugar exclusivamente en el matrimonio».
Para casarse, lo fundamental es amarse.
Pero el matrimonio es una cosa muy seria, con implicaciones en la sociedad. Y cuando el hombre hace una cosa seria ante la sociedad lo formaliza con un contrato. Para un católico, vivir matrimonialmente sin haber recibido el sacramento del matrimonio es una vida de pecado continuo que no puede traer al hogar la bendición de Dios. Y esto es gravísimo.
Los experimentos que se han hecho de comunas de amor libre, donde todos son de todos, al fin han terminado formándose parejas cerradas dentro de la comuna, o se han ido de la comuna para formar pareja con otra persona de fuera. El «todos para todos» sólo es posible cuando no hay amor y el sexo se realiza sólo por apetito.
Pero en cuanto nace el amor se busca la pareja estable. Es decir, que la pareja humana estable es algo natural.
Los mismos divorcistas que quieren romper una pareja humana, es con el deseo de formar otra pareja, pensando que el cambio de persona iba a acabar con las imperfecciones inherentes a todas persona humana.
La solución no está en pensar en una persona sin defectos, que no la hay, sino en amar a una persona a pesar de sus defectos, y sobrellevarlos con virtud.
Los que se casan pensando en divorciarse, si las cosas no van bien, es que no aman; y si no se aman es seguro que fracasarán. Pues el matrimonio si no es con amor es un infierno.
Nadie pone plazo a su amor. El amor quiere serlo para siempre. El que piensa poner término a su amor, es que no ama. Quien admite una fidelidad quebradiza, tendrá pasión pasajera, pero eso no es verdadero amor. El amor exige exclusividad. De ahí la razón de los celos. Quien cambia fácilmente de amor, lo que tiene son caprichos sentimentales o sexuales. Como quien se encapricha con un juguete y luego lo deja por otro. El amor es otra cosa.
El auténtico amor quiere ser eterno. El amor no es algo pasajero que sólo interesa mientras sirve, como si se tratara de un objeto que se abandona cuando sale un nuevo modelo en el mercado. Para muchos el matrimonio es una unión efímera que puede romperse ante cualquier dificultad para iniciar una nueva aventura cambiando de persona.
Eso de que el matrimonio monógamo produce tedio es sólo verdad cuando está ausente el amor. Los sacerdotes conocemos muchísimos matrimonios que se aman y son felices a los cincuenta años de casados.
Naturalmente estos matrimonios no van al psiquiatra, y por lo tanto no están reflejados en las estadísticas de los matrimonios fracasados.
En cambio, es notable el hecho de que los fracasados en el primer matrimonio, suelen fracasar en los siguientes; por eso es tan frecuente que los divorciados vuelvan a divorciarse. El Anuario Demográfico norteamericano afirma que el 70% de los divorciados reinciden.
«Estadísticas puntuales han demostrado que en los países donde el divorcio está a merced de cualquier contrariedad, del más fútil pretexto, se da un elevado y creciente porcentaje de jóvenes inadaptados socialmente, delincuentes, desorientados, descentrados, proclives al gamberrismo, inútiles para la vida de trabajo y convivencia, por haber estado privados de ambiente y medios familiares adecuados».
«Que el divorcio lo pagan los hijos es una verdad que pone de manifiesto el estudio realizado por Martin Richards que dirige el Centro de Investigación de la Familia de la Universidad de Cambridge, que ha realizado un ambicioso estudio sobre el desarrollo psico-social de diecisiete mil niños británicos. La conclusión es demoledora: a los hijos de los divorciados les va mucho peor en la vida».
«Una estadística publicada por el Tribunal de Menores de Chicago afirma que el 80% de los menores que comparecen ante este Tribunal, son hijos de divorciados».
Según un reportaje del semanario Newsweek del 11-II-80, en Estados Unidos hay doce millones de menores de dieciocho años hijos de divorciados, y según el Uniform Crime Report (1976) de los menores procesados por delitos comunes en Estados Unidos, el 82% son hijos de divorciados. Los grandes perjudicados del divorcio son los hijos, que necesitan de un hogar que los ame; y nunca puede ser lo mismo el amor que reciben de sus propios padres, que el que puedan recibir de la persona que ha sustituido a su verdadera madre o a su verdadero padre. Por eso se suele decir que los hijos de los divorciados son «huérfanos de padres vivos» (Dr. Carnot); y esto es lógico que produzca en ellos traumas psicológicos y afectivos que los convierten en hostiles a la sociedad y en delincuentes. Los hijos de los divorciados son más huérfanos que los verdaderos huérfanos; pues éstos, al menos, pueden vivir de un recuerdo y guardar a sus padres difuntos todo su respeto y todo su amor. Los divorciados buscan egoísticamente su libertad, pero a costa del bien de sus hijos.
Las estadísticas dicen que se ha podido comprobar perturbaciones psíquicas en casi la mitad de los hijos de los divorciados.
En el Segundo Congreso Mundial de Derecho Familiar, celebrado en San Francisco (California) en Junio del 97, la psicóloga norteamericana Judith Wallerstein presentó un estudio sobre las desastrosas consecuencias que tiene el divorcio para los hijos.
«El divorcio suele tener efectos demoledores en los hijos. Entre otros, se han descrito manifestaciones depresivas».
Según Gerald Caplan Profesor de la universidad norteamericana de Harvard, el 40% de los hijos de padres divorciados sufre psicopatologías. Entre otras cosas afirmó: «Los hijos de padres divorciados son tres veces más propensos a sufrir trastornos mentales que el resto de los niños».
Los hijos tienen derecho a un hogar y a unos padres que les amen y eduquen. El divorcio les priva de ese elemental derecho.
Muchísimos divorciados son responsables de que sus hijos terminen en la delincuencia, faltos de educación, de hogar, de familia y de amor.
Un gran porcentaje de delincuentes juveniles son la consecuencia del divorcio de sus padres. «El 95% de los delincuentes juveniles proceden de familias rotas» Según el «Uniform Crime Rapport USA» del 1977, el 82% de los delincuentes juveniles en Estados Unidos, son hijos de divorciados. El divorcio aumenta además el número de hijos ilegítimos, según el «Demographic Year Book» de 1969.
Para la buena educación de los hijos es fundamental que se sientan amados. Muchos traumas se deben a la falta de amor.
El divorcio lleva también al suicidio y al desequilibrio mental. Según el «Demographic Year Book» de 1972, publicado por la O.N.U., de 28 países, 7 países no divorcistas ocupan los últimos puestos en la tasa de suicidios.
Los divorciados buscaron egoístamente su libertad, pero a costa del bien de sus hijos. «Estadísticas conocidas dicen que se ha podido comprobar perturbaciones psíquicas en casi la mitad de los hijos de los divorciados».
Según un estudio realizado en Londres, el divorcio es malo para la salud tanto de los divorciados como de sus hijos. Y el 65% de los enfermos mentales son personas divorciadas.
Según un estudio del Centro de Políticas Familiares de Londres, realizado con 17.000 niños, resulta que los hijos de padres divorciados y vueltos a casar tienen más problemas psicológicos.
Dice el conocido psiquiatra Dr. Juan Cardona Pastor: «Una familia estable es requisito indispensable para el equilibrio psíquico normal de la persona».
Según un estudio del Centro de Investigaciones de la Realidad Social (CIRES) «es indiscutible» la vigencia del matrimonio en España. El 77% de los entrevistados no cree que el matrimonio sea una institución pasada de moda. Aseguran que para el éxito matrimonial lo más importante es la fidelidad, y que la convivencia en pareja dura menos que la de los matrimonios.
Suele decirse que el divorcio nos pone a nivel europeo. Eso es una falacia. Si el divorcio es malo, es absurdo copiar lo que es malo. En Europa hay muchas cosas buenas que podemos imitar y que son más importantes para el desarrollo de la nación, pero imitar lo malo es de tontos. Y que la ley del divorcio lo que hace es legalizar la situación de los matrimonios ya rotos, es otra falacia. No se puede legalizar todo lo que es frecuente. Las cosas no se convierten en buenas por ser frecuentes. En ese caso habría que legalizar los atracos a los Bancos y los atentados terroristas. Esto es absurdo. Y decir que debemos admitir el divorcio porque es propio de países civilizados, es tan ridículo como decir que puesto que el terrorismo se da en países civilizados, debemos consentirlo. Cuantas más facilidades se den para disolver matrimonios rotos, más matrimonios se romperán.
c) Adulterio: El pecado de adulterio es uno de los más execrables. «Se comete cuando un hombre y una mujer, de los cuales, al menos uno está casado, establecen una relación sexual, aunque sea ocasional»
El adulterio es ya una falta grave desde el momento mismo en que se desee deliberadamente. Ya hay adulterio cuando hay infidelidad de corazón: cuando se pone a alguien por encima del propio consorte.
Tal es el sentido de las palabras de Nuestro Señor: «Quien mira a una mujer con deseos deshonestos, ya ha cometido adulterio en su corazón».
Como pecado externo es uno de esos crímenes enormes que ya entre los judíos y los paganos era castigado con la pena de muerte.
Las personas casadas deben ser de una prudencia extrema en este punto, y cerrar cuidadosamente la puerta de su corazón al menor síntoma de un afecto desordenado naciente hacia tercera persona.
Los antiguos amores de la juventud, los actuales amigos de la familia, los subordinados, los superiores, los compañeros de trabajo, pueden constituir un verdadero peligro para la virtud de los esposos.
Enrique Rojas, psiquiatra, en su libro El amor inteligente, cuenta el caso de una joven esposa, de 32 años, con dos hijos, que a los seis años de casada se enamoró frívolamente, de un compañero de trabajo casado. Se encaprichó con él y dejó a su marido, excelente persona, que nunca le había negado nada, y que la tenía en un pedestal. Pero ella se cansó de él. No supo apreciar los detalles que tenía con ella, y se fue con el otro.
Pero, como dice el Dr. Enrique Rojas: el pronóstico de la nueva relación es incierto. El tiempo dirá. Es muy fácil que al poco tiempo ella se desilusione de su nuevo amor como se desilusionó de su marido, a quien tenía tantos motivos para amar. Enamorarse es fácil. Lo difícil es mantenerse enamorado. El mejor amor se desmorona si no se cuida. Es enorme la importancia de los pequeños detalles. Es necesario mantener la admiración sobre la otra persona. La comunicación es una pieza clave. No hay felicidad sin amor, y no hay amor sin renuncias. Es fundamental el respeto mutuo de palabra y de obra. La mujer, con su coquetería, es una artista para seducir al hombre; pero esto no basta para un amor auténtico. El amor debe apoyarse en valores.
Hoy no se valora la fidelidad matrimonial. «La perseverancia en el amor no está considerada, en la sociedad hedonista y permisiva, pero es de capital importancia. (...) La fidelidad hace a la persona coherente, y la coherencia es una de las puertas por las que se accede a la felicidad».
Hay que evitar los celos infundados, pero también el ser bobalicones poniendo en peligro la fidelidad del otro cónyuge.
Una aventura amorosa extramatrimonial puede hundir la felicidad de la familia, que no podrá recuperar el cariño de antes. Y esto no tiene precio.
No se llega ordinariamente al adulterio de golpe, sino después de una serie de ligerezas, de imprudencias y de concesiones.
Al principio se resiste, y se ve con horror avecinarse la tragedia. Pero si se empieza a hacer concesiones pequeñas está todo perdido. Cada vez se cederá más. Siempre menos de lo que la tentación pide, pero las concesiones irán en aumento. La tragedia será casi irremediable.
Por eso deben tomarse toda clase de precauciones antes de que sea demasiado tarde. Los esposos deben ayudarse en este punto evitando las ocasiones. Pero también deben evitar el no menos grave peligro de celos infundados que son la ruina de la paz conyugal.
Los pasos del adulterio pueden ser éstos: Un marido absorbido por su trabajo.
Su mujer se siente sola. Ella se encuentra casualmente con un hombre que resulta amable y atento. Se deja llevar con la imaginación lo que sería un matrimonio con este segundo hombre. Una circunstancia ocasional y un beso furtivo con este segundo hombre. Necesidad de repetir este momento. Después, el adulterio, una familia deshecha, y, puede ser, que la condenación eterna.
Es un proceso lento pero seguro, si no se corta al principio radicalmente.
El sentimentalismo suele ser una de las causas por las que una persona buena puede llegar también al adulterio: Se encuentra con otra que atraviesa una situación difícil. Su buen corazón le inclina a ayudarla, no viendo ningún peligro en ello. Nace el afecto entre los dos. Ella se siente agradecida y comprometida a complacerle en todo, etc. Si el hombre, premeditadamente, la engaña para encariñarla y aprovecharse de ella, eso es una canallada.
Hay imprudencias afectivas que comienzan por pequeñeces, pero que se van enredando y terminan con que una persona se mete en la cabeza de modo inconcebible y termina por destrozar un matrimonio.
El adulterio puede arruinar un matrimonio.
Recuerdo que un hombre, cuya mujer había tenido una aventura amorosa con otro, me decía llorando, lleno de dolor y de rabia: «nunca más podré hacer el amor con ella. No podré evitar el pensar que ella está pensando en el otro».
En ambientes pervertidos, algunos matrimonios practican el intercambio de parejas, como un juego inofensivo: pero con esto han preparado una bomba de relojería que, antes o después, hará saltar, hecho añicos, su matrimonio.
A veces se dan casos de un triste final de maridos infieles que, teniendo una esposa maravillosa, se encaprichan con amoríos de «quita y pon», que son pasajeros, pero que agostan el amor de sus esposas, y ellos terminan en la soledad y el desamparo.
La amante del hombre puede ser una profesional que va buscando hombres casados para vaciarles la cartera. Es una mujer de cuatro letras, que en lugar de trabajar en la calle lo hace en lugares lujosos: es una profesional del vicio. Otras veces puede ser una mujer ingenua que insensiblemente se enreda en un amor prohibido. Aunque ingenua no deja de ser culpable pues sabe que aquel corazón ya tiene dueño.
Una aventura amorosa extramatrimonial, al principio, puede resultar maravillosa; pero a la larga es muy fácil que resulte peor que el matrimonio del que se huía.
d) Armonía matrimonial: Los casados deberían examinarse con humildad y lealtad para ver si deben corregirse de algún defecto que obstaculice la armonía matrimonial.
Pocos matrimonios habrá en los que alguna vez siquiera no haya habido un disgusto serio. A veces los disgustos son frecuentes.
Las causas pueden ser muchas: orgullo, egoísmo, frivolidad, obstinarse en querer tener siempre la razón, sensualidad desenfrenada, sensibilidad exagerada, palabras imprudentes, celos enfermizos, desorden negligente, etc.
Rara vez la culpa será de uno solo.
Un silencio cariñoso, el saber ceder con prudencia, el explicarse con calma, el olvidar cristianamente, etc., ayudan a pasar por encima de muchas dificultades.
Los pequeños disgustos, al prolongarse, pueden terminar en algo grave.
Lo mejor es acabar con ellos cuanto antes, con un poco de humor, espíritu de conciliación y capacidad de olvido.
Al cabo del tiempo puede que un día aparezca la decepción del cónyuge. Evitar toda palabra descalificadora: «Eres inaguantable». «No se puede vivir a tu lado». «Ya no te aguanto más». «No te soporto». «Que sea la última vez». «Tu actitud es inadmisible». Etc.,etc.
Hay palabras que nunca deberían pronunciarse: «Contigo es imposible hablar». «Siempre quieres tener la razón». «Nada de lo que te digo te parece bien».
Estas generalizaciones y frases radicales ahondan más las discrepancias.
Y si a esto se añade traer una lista de antiguos agravios, sin digerir, lanzados como proyectiles, el efecto es demoledor para el amor.
Nunca eches en cara errores pasados. El que ama, perdona. Y si tú te equivocas, reconócelo, porque todos nos equivocamos.
Las palabras agresivas, humillantes y ofensivas hacia el cónyuge o su familia son de efecto destructivo para la armonía conyugal.
Nunca expresar a tu pareja tus sentimientos de agresividad. Para desahogarte podrías escribirle una carta manifestándole todos tus sentimientos. Pero una vez escrita, la rompes. No se la entregues. Ya te has desahogado.
Ya sabes que «dos no discutes si uno no quiere». Si discutís de cosas intrascendentes, dale la razón. Tu derrota se convertirá en victoria.
El amor no se impone. Se da y se merece cultivándolo cada día. Dile algo amable, por lo menos una vez al día. Y cuida de los detalles que le gustan o le disgustan. Dijo Foerster: «un pequeño detalle, a la larga, vence al amor».
Para la armonía matrimonial es importante: - Nunca levantar la voz ni gritar al cónyuge. - Nunca decir palabras ofensivas o hirientes. - Siempre mantener un comportamiento correcto, delicado, educado. - Siempre mostrar un trato afable, bondadoso, cordial.
«Ser comprensivos al máximo. »Ponernos en lugar del otro. »No tener miedo a mostrar nuestras debilidades y defectos. »Permitir que el otro sea él mismo, y recordar que su dignidad de persona es su mayor valor. »No olvidar jamás que quien no respeta, no ama. El respeto es la base de la felicidad. »Antes de corregirle y criticarle con amor, reconócele sus virtudes. »Jamás utilizar los hijos contra el otro. Es una vileza que se paga. »Si los dos estáis enfadados y pretendéis tener razón, la tendrá quien antes abandone la discusión. »Reconocer privada y públicamente las cualidades del otro para ayudarle a potenciarlas. »Una forma segura de dinamitar el mutuo amor y la paz conyugal y familiar es recordarle al otro sus errores y debilidades del pasado: pasarle factura. ¿No hay nada bueno que se pueda decir del otro? »El amor y la convivencia es comunicación. Hay que saber escucharle con interés. Contarle nuestras cosas y que nos cuente las suyas. »Amar es también unirse en el dolor, y hacer frente común en los momentos más graves».
«La vida conyugal, que es fuente de grandes alegrías, también puede ser causa de grandes sufrimientos. Y el riesgo de fracasar es tan grande como las posibilidades de felicidad. No hay vida matrimonial sin crisis. (...)
»No hay vida conyugal perfecta. »Muchos son víctimas del espejismo de la pareja modelo, sin fallos ni miserias. »Pero crisis no es sinónimo de fracaso. »Muchas parejas se imaginan, a la primera dificultad un poco seria, que su vida común ha quedado rota. »Eso se debe a una concepción idílica de la vida en pareja, según la cual la vida conyugal sería como una especie de luna de miel permanente».
El amor matrimonial no excluye los conflictos. Pero hay que solucionarlos. Aclarar las cosas sin herir. Más que buscar culpables, hay que buscar soluciones. En esos momentos es muy importante la comunicación mutua. Quizás preguntarle: «¿En qué te he decepcionado?».
El amor, como las plantas, hay que regarlo para que florezca. Si no lo cuidas, terminará por secarse. ¿Le das muestras de cariño? ¿Le dices, de cuando en cuando, palabras agradables? ¿Fomentas la comunicación? ¿Evitas lo que sabes no le gusta? ¿Cuidas tu higiene? ¿Valoras su familia? Etc., etc.
A veces puede surgir el deseo de buscar fuera del matrimonio una compensación, que puede ser desde una santa ocupación hasta el adulterio. Ni siquiera la atención a los hijos puede justificar la desatención a la pareja. Aunque puede ser perfectamente compatible con la armonía conyugal una actividad en servicio de los demás.
Hay que procurar siempre, con prudente habilidad, que las disensiones -a veces inevitables- no se prolonguen. Si no se pone a tiempo remedio se producen heridas muy profundas.
El desacuerdo serio y continuado en el matrimonio es una de las mayores cruces de la vida terrena.
Conviene saber llevar la cruz del matrimonio sobrellevando mutuamente las deficiencias de carácter, defectos, etc.
En el matrimonio no todo es disfrutar.
Está hecho también de comprensión y renuncia: conocerse y animarse, comprenderse y perdonarse.
En el matrimonio hay que saber tolerarse. Cada uno tiene su modo de ser, sus gustos y preferencias. Esto puede ser causa de fricciones en el matrimonio. Es muy difícil que la armonía sea al 100%. Esto sería maravilloso, pero es casi imposible. Por eso hay que ser tolerante en las cosas que no son importantes. Y la mayoría de los choques matrimoniales lo son por cosas insignificantes.
«También es verdad que la tolerancia tiene otro extremo tan peligroso como la intolerancia. Es cuando «te tolero porque te ignoro, porque no me afectas, porque lo que hagas tú me da igual, porque no me importas».
El respeto mutuo es esencial.
Si uno de los dos falta a él, es preferible que el otro guarde silencio hasta que pase la tormenta.
Después, con calma, puede reconocer que se ha pasado.
Conviene no olvidar que el hombre es muy distinto de la mujer.
El hombre y la mujer son iguales ante la ley por tener la misma dignidad personal, pero son distintos corporal y psíquicamente, para poder complementarse. Por eso la mujer que no tiene feminidad es un marimacho, y el hombre sin masculinidad, una damisela.
Las diferencias fisiológicas entre el hombre y la mujer llegan hasta el cerebro.
Eso de que las diferencias de modo de ser entre hombre y mujer sean consecuencia de la educación recibida, no es cierto.
Es verdad que la educación influye en el modo de ser, pero hay una base en la naturaleza.
Lo mismo que fisiológicamente el hombre no puede dar a luz un hijo, psicológicamente la mujer está dotada de unas cualidades propias de la maternidad, que el hombre no tiene.
La ternura femenina para con el niño es algo muy distinto de lo que el hombre es capaz de dar.
La mayoría de los hombres son capaces de tener una vida sexual sin amor; en cambio la mayor parte de las mujeres sólo son capaces de entregarse a un hombre cuando lo aman. El hombre es más carnal, la mujer más tierna. El hombre debe saber que ella no encuentra placer en el amor físico, sino a través del amor psíquico. La mujer es más detallista, el hombre mira las cosas en síntesis. Al hombre le gusta conquistar, a la mujer ser conquistada. A la mujer no le importa ser dominada por la personalidad, el hombre prefiere ser dominado por el cariño. La mujer ha nacido para amar y el hombre para luchar. No exclusivamente, pero sí preferentemente. El hombre es más seco que la mujer en manifestar sus sentimientos. Los expresa más con las obras que con las palabras. Siente rechazo a expresar su intimidad. Le desagrada aparecer «sensible». Se muestra más interesado por las cosas que por las personas. La mujer es al revés. Le interesa más todo lo relacionado con la persona. El hombre se entusiasma con las ideas, la política, el deporte, su coche o su ordenador..Por el contrario, la mujer goza hablando de sus intimidades, y necesita ser oída. «El hombre se manifiesta, sobre todo, por su carácter activo, emprendedor, creativo; la mujer, más bien, por su carácter acogedor, receptivo. Hasta la constitución física, de alguna manera, está moldeada para expresar esta diversa manera de estar en el mundo». El hombre razona, la mujer intuye. El hombre es más cerebral, la mujer más cordial, más sentimental: incluso puede dejar que los sentimientos influyan en su razón. El hombre tiene tendencia a lo universal, la mujer a lo concreto. El hombre se interesa más por las ideas, la mujer por los afectos. El hombre quiere que lo valoren, la mujer que la amen. El hombre vence por la fuerza, la mujer por la lágrimas. La mujer se deja dominar por los sentimientos mucho más que el hombre. Mientras ella manifiesta sus sentimientos fácilmente, el hombre suele sentir pudor en manifestarlos: por eso es frecuente que los oculte. La mujer ama y sufre con más intensidad que el hombre. Por eso cuando odia es temible: su maldad, su espíritu de venganza y su ingenio para hacer daño son terribles.
El hombre es estable, la mujer voluble. Ya lo dijo Virgilio en la Eneida (IV,559) «la mujer es variable y tornadiza».
Y también Verdi en su famosa ópera Riggolletto (Acto IV,4º): «la donna `e mobile»: la mujer es variable.
Tan mudable que muchas veces ni ella misma se entiende. Como está hecha para la maternidad su psicología está afectada por los cambios fisiológicos del ciclo reproductor. La pérdida periódica de sangre la debilitan.
Psíquicamente busca el apoyo del hombre. La protección del hombre le da seguridad. Le gusta el hombre fuerte, varonil. No sólo físicamente, sino también espiritualmente.
«La lógica en el hombre es reflexiva, en la mujer intuitiva. El hombre que tropieza con lo imprevisto, se desorienta y tiene que estudiar de nuevo el asunto. La mujer, en un caso similar, emplea la lógica de la adaptación o mutación.
»Esta discrepancia matrimonial parece que les aleje al uno del otro.
»El hombre debe imponer su criterio razonadamente, sin humillar a su mujer; la mujer, con intuición, debe ayudar a su marido procurando aunar opiniones.
»La felicidad matrimonial se consigue no mandando ni el uno ni el otro, sino obedeciendo los dos.
»La imaginación y sensibilidad es más acusada en la mujer. En el arreglo del hogar lo demuestra. Su gran sensibilidad hace que lo nimio la haga feliz o la haga llorar. Cosas al parecer insignificantes para el hombre, a la mujer le producen gran disgusto.
»La mujer es fácilmente feliz con ilusiones pequeñitas, detalles, delicadezas, etc. El hombre generalmente le da menos importancia a todo esto, y vive más las grandes ideas de la fe, de la política, de los negocios, etc.
»La imaginación masculina es de ideas y, por lo tanto, es intelectiva; menos expuesta a error por apoyarse en la realidad y no en el sentimiento, que es lo propio de la mujer.
»Esta discrepancia a veces produce disgustos. El hombre debe comprender a la mujer y apreciar sus sentimientos.
»El juicio de la mujer es más rápido, y juzga según odie o ame; en cambio, el hombre juzga después de madura reflexión.
»Esta divergencia puede conducir a que la mujer considere al marido demasiado calculador, y él a su mujer ligera y alocada.
»Sin embargo, no debe el marido despreciar el juicio de su mujer, pues ella capta detalles que el hombre desprecia y pueden conducir al fracaso.
»Estas discrepancias las impone la diferenciación sexual; y el milagro del matrimonio presidido por el amor hace que se adivinen los pensamientos.
»La mujer aceptando lo que el hombre dice.
»El hombre comprendiendo lo que la mujer quiere decir.
»Ella es dichosa si el marido adivina sus deseos.
»La diplomacia con que Dios ha dotado a la mujer puede emplearla siendo el ángel tutelar de su marido, pero sin que se resienta su orgullo de varón.
»La propia estimación del hombre es lícita, pero con exageración caería en un salvaje egoísmo; cualidad ésta que usada ponderadamente hace que la mujer se sienta protegida con sensación de paz y seguridad.
»La mujer es feliz si lo son los que ella ama. El deseo de agradar es innato en la mujer. Ella va a la conquista del hombre. En esta actitud debe continuar toda su vida matrimonial. Ello será un medio para que el marido conserve su castidad.
»El amor conyugal es mixto, con tres factores: primero, amor sensible; segundo, amor espiritual y, tercero, amor sobrenatural.
»El sensible es el que acerca los dos sexos y cumple la función sexual del débito matrimonial.
»El espiritual valora las cualidades anímicas y desea para el ser amado el mayor bien, entregándose a él en cuerpo y alma.
»El sobrenatural ofrece nuestro amor para la propia santificación y hace la continuación de nuestra propia vida en nuestra descendencia con miras a la eternidad.
»La felicidad matrimonial no se logra aturdiéndose con fiestas y riquezas, sino con el hogar ordenado, el cariño de los hijos y la paz en el alma de ambos cónyuges, dejando las adversidades y alegrías en manos de Dios».
Muchos matrimonios fracasan porque se han contraído con ligereza y frivolidad; sin conocerse y sin amarse. Por sólo apetito sexual. Y esto no basta para hacer feliz un matrimonio.
Otros fracasan por inmadurez. Se casan sin estar preparados para la unidad matrimonial, sin haberla siquiera entendido. Siguen dentro del matrimonio viviendo su individualidad, y los casados deben vivirlo todo «con y para» el otro.
Para que un matrimonio vaya bien, hace falta la colaboración de los dos; pero para hundirlo, basta con uno.
«La convivencia es un trabajo costoso que exige comprensión y generosidad constantes».
El matrimonio no es un contrato de servicios sino una comunidad de vida y amor, como dice el Concilio Vaticano II. La huida de todo sacrificio quita al amor el sello de su autenticidad.
Cuando vaya pasando el tiempo de tu matrimonio, encontrarás en tu cónyuge defectos de carácter que no advertiste en el noviazgo. No se los eches en cara de una manera desagradable. Eso sería contraproducente.
Tampoco los consideres como de gran importancia.
Es preferible que atiendas las virtudes que te movieron a elegir esa persona para unirte en matrimonio, y que sirven de contrapeso.
En este mundo nadie es perfecto, y hemos de resignarnos a sobrellevar los defectos de nuestros prójimos.
Procura portarte como si fuera tal como tú deseas. Esto le ayudará a que llegue, a la larga, a ser como tú deseas.
Durante el noviazgo sólo se ven las buenas cualidades de la persona a quien se ama. Con los defectos hay mucha indulgencia. En cambio de casados ocurre al contrario: hay cierta tendencia a olvidar las buenas cualidades y a aumentar los defectos.
«El mayor obstáculo para el ajuste en el matrimonio es el miedo de ser dominado. (...)
»Es éste un miedo peligroso, porque hace que ambos se pongan a la defensiva en lugar de preocuparse por el mayor bienestar del otro.
»Tan pronto como uno traslada la atención de la persona amada a uno mismo, el verdadero amor está amenazado. (...) Si una persona tiene miedo de ser dominada, la otra queda contagiada del mismo miedo, y surge un conflicto».
El orgullo desempeña un papel muy importante en las disputas matrimoniales.
El remedio es la humildad, reconocer los errores y dar explicaciones aprovechando un rato de calma.
Y si se domina el buen humor es un modo magnífico de terminar muchas disputas.
Las dificultades conyugales son menos graves de lo que parecen, y pueden superarse con buena voluntad.
«Supongamos dos esposos que después de algunos años de convivencia se encuentran en plena discordia, pero de tal modo exasperados y furiosos que quieren separarse lo antes posible y a costa de lo que sea.
»Al principio estaban muy contentos, se consideraban felices; ahora, en cambio, maldicen el día en que se casaron.
»¿Cómo ha sido eso?
»Los dos tienen defectos, pasiones, errores, pero, ¿quién no los tiene? ¡Cuántos tienen los mismos defectos que ellos, o acaso más, y sin embargo viven en paz! ¿Qué es lo que les ha conducido a la infidelidad y a la ruina?
»El esposo, algún tiempo después del matrimonio, ha comenzado a darse cuenta de las lagunas y defectos de su esposa, y esto le ha disgustado y le ha irritado.
»Bondadosamente, le ha hecho notar estas cosas, pensando que su mujer se enmendaría pronto de sus defectos. ¡Le parecía tan sencillo y tan fácil! Pero ella no se ha corregido...
»Entonces la atención del marido se ha centrado más y más sobre las faltas y errores de ella, con lo que su desagrado, y luego su mal humor, han ido en aumento.
»Parecíale que ella no tenía buena voluntad y no le amaba, pues nada cambiaba su conducta, ni su modo de hacer; lo cual cada vez le disgustaba, irritaba y hería más vivamente.
»Pero también el marido tenía lagunas, defectos, errores; y la mujer en ese mismo tiempo ha fijado su atención en ellos, y se ha desarrollado en su alma un drama igual al que se producía en el ánimo del marido.
»Pensaba que él pretendía mucho de ella y no se preocupaba de cambiar ciertas maneras suyas que la ofendían y amargaban. ¡Hubiera costado tan poco!... Y así llegaron a donde llegaron.
»Algún juez imparcial dirá inmediatamente que la conducta de los dos ha sido estúpida, y ambos han sido los autores de su desdicha.
»Si cada uno de ellos, en lugar de atender a los defectos y agravios del otro, en lugar de emperrarse en la pretensión de que el otro se corrigiera, hubiese observado sus propios defectos y se hubiera esforzado en quitar de sí lo que disgustaba al otro, habrían vivido en paz y la buena armonía se habría consolidado cada vez más.
»Ésta era la única conducta práctica razonable; era también la única cosa que cada uno podría hacer, ya que no tenía ningún poder sobre la voluntad del otro. Pero no han hecho lo que podían; han pretendido cada uno que fuese el otro el que lo hiciese, y así han llegado a ser desgraciados».
«En este proceso de mutua “domesticación” que tiene que sufrir todo matrimonio, es esencial, por una parte, la constancia y, por otra, la mutua delicadeza.
»Nada de impaciencia con los defectos del otro; mucho tacto y, sobre todo, no restregárselo con dureza, ironías o ridículos.
»Las moscas no se cazan con vinagre.
»Tampoco tratéis de rehacer el otro a vuestra imagen y semejanza.
»Por parte de cada uno de vosotros, el esfuerzo debe ser contrario: no tratar tanto de rehacer al otro, cuanto de adaptarse al otro».
La mayor parte de los conflictos en el matrimonio son causados por falta de mutua adaptación.
Para que el matrimonio progrese los dos deben remar en la misma dirección.
Si cada uno rema en sentido contrario, la barca girará sobre sí misma.
Quien no esté dispuesto a adaptarse al otro, más vale que no se case.
Sin esfuerzo de mutua adaptación, el matrimonio no hay quien lo aguante.
El continuo choque de opiniones, deseos, planes, gustos, etc., convierte al matrimonio en un infierno.
Es posible que no coincidáis en gustos, planes, deseos, etc.
Pero si quieres a la persona, de buena gana aceptarás lo que ella prefiera. Cuando los dos quieren dominar, el choque es inevitable. Cuando los dos quieren adaptarse, la armonía es maravillosa.
El Dr. Vallejo-Nájera dijo por Televisión Española que la raíz de muchos matrimonios desgraciados es porque esperan demasiado del otro y quedan defraudados.
«Exigir del otro que se adapte, que procure mejorar su personalidad, querer que luche contra sus defectos y consolide sus cualidades, bien está.
»Pero exigir que eso se realice enseguida, y que la transformación sea inmediata, sería nefasto.
»Se obligaría entonces al cónyuge a contentarse con cambiar las apariencias, se le conduciría a adoptar unas actitudes que serían forzosamente superficiales; el resultado no tardaría en manifestarse con un retorno a las costumbres antiguas y un mutuo desengaño.
»Si hay algo que debe evitarse es eso.
»Más vale proceder gradualmente, contar con el tiempo y obtener resultados ciertos.
»Esta paciencia será sin discusión, una de las formas superiores del amor y un testimonio irrecusable de desinterés. Saber esperar a que el cónyuge logre superar sus defectos, animándole sin hostigarle, ayudándole sin desquiciarle, éste es uno de los primeros pasos en el camino del acuerdo de las personalidades.
»Este acuerdo se efectuará con tanta mayor seguridad cuanto con más calma se proceda.
»Excitarse no servirá de nada; lo más que se conseguirá es exasperarse uno mismo y exasperar al otro.
»En tal ambiente, el acuerdo, en vez de progresar, retrocedería multiplicando los roces y exacerbando los choques.
»Todo esto no quiere decir que se encierre uno en la pasividad esperando que el cónyuge se decida de una vez, a realizar un esfuerzo para adaptarse, sino que significa que al exigir de él unas manifestaciones de buena voluntad, se impondrá uno a sí mismo una paciencia a toda prueba, respetando el curso del tiempo y contando con la lentitud normal de toda evolución humana.
»Saber repetir una corrección.
»Repetirla sin dejar traslucir que está uno harto y a punto de estallar.
»Repetirla, por el contrario, con incansable afabilidad, con una pizca de buen humor, pero nunca fuera de tiempo.
»Domeñar esta impaciencia, esta precipitación, e imponerse contar con el tiempo.
»Esperar que poco a poco se efectúe la evolución requerida.
»El tiempo destruye siempre lo que se hace sin él.
»En toda observación evitar las palabras agrias; en toda crítica, evitar las palabras ultrajantes; en todo reproche, evitar la aspereza; tales son las condiciones que se requieren previamente para el acuerdo conyugal.
»Éste no puede realizarse más que en un clima en que el afán de comprensión recíproca sea evidente.
»Este ambiente se creará si de una parte y de otra se emplea la destreza necesaria para hablarse con provecho.
»La preocupación por proceder con tacto conducirá a no hablar nunca bajo el efecto de la emoción violenta que acompaña habitualmente a la primera reacción. Le sucede a nuestro espíritu lo que al agua: cuando ésta se enturbia ya no se puede ver nada en ella; hay que dejarla reposar para que recobre su limpidez».
La crítica mutua en el matrimonio es buena y ayuda a mejorar.
Pero debe ser una crítica que nace del amor y se hace con amor.
No una crítica-reproche que molesta al otro. Éstas son inútiles y perjudiciales, porque deterioran la convivencia.
Una crítica que es un desahogo de la agresividad, produce agresividad en el otro. La finalidad de la crítica debe ser ayudar al otro a ser mejor.
Por eso, no pedir imposibles; ni hablar con vaguedades que no concretan lo que debe cambiar; ni en plan exigente, sino sugiriendo.
Y en el momento oportuno. Una crítica a destiempo es perjudicial, o, por lo menos, inútil.
«Es necesario, a todo precio, vencer el mal humor y, para conseguirlo, cultivar el arte del perdón recíproco.
»Que no se tema ir demasiado lejos en este sentido, porque si es peligroso perdonar demasiado, mucho más peligroso es no perdonar lo suficiente.
»De tener que elegir entre los dos excesos habría que optar sin titubeo por el primero; porque un exceso de bondad sólo puede servir al amor, mientras que, por el contrario, éste no podría sobrevivir a una negativa del perdón.
»En la vida conyugal es donde tiene más aplicación la respuesta de Cristo: hay que perdonar setenta veces siete.
»Es decir, ¡siempre!
»Solamente en la medida en que el uno y el otro hagan de esta ley cristiana norma de su vida cotidiana florecerá la comprensión en la vida común.
»Cualquier otra orientación sólo puede acarrear endurecimientos y choques que acabarán por destruir la felicidad.
»Para que la vida en común sea bella, para que sea armoniosa y reine en ella la alegría, para que el amor sea fácil, es preciso que marido y mujer se traten con toda caridad, concediéndose recíprocamente un perdón renovado sin cesar.
»Cuando tengas que reprender a tu cónyuge, no lo hagas con reproches duros, que suelen motivar reacciones violentas. »Es preferible una suave sugerencia que facilite la disculpa, el acuerdo, la avenencia. »Con mucha frecuencia en el origen del enojo está el orgullo. »Algunas torpezas inconscientes y repetidas traen como consecuencia que la mujer ofendida se refugie en una protesta silenciosa. »Se encierra en sí misma, negándose a avanzar por el camino de la comprensión. No admite el perdón. »Pensando que ha iniciado ella demasiadas veces los pasos de la reconciliación, se repliega ahora a la defensiva y manifiesta su protesta con una terquedad irreductible.
»No posee ella, sin embargo, el monopolio del malhumor. »Hay que reconocer que el hombre, a su vez, lo utiliza con frecuencia, impulsado también por el orgullo. »En él también, puede triunfar la fobia a dar el primer paso. Ésa es la manera mejor de hacer la vida común insostenible.
»El triunfo de la terquedad, del orgullo, y malhumor, actúa sobre el amor como un cáncer. »Muchos de los fracasos matrimoniales se deben a la falta de comunicación. Porque la mujer no encuentra en el marido atención a lo que ella necesita comunicar. »Muy cercana al malhumor está la taciturnidad. »Es un estado de espíritu en el cual no se encuentra nada que decir. »Este defecto es, la mayoría de las veces, patrimonio del hombre. »Aun no siendo siempre consecuencias de mala voluntad, no por ello debe dejar de ser corregido. »Hay maridos que no comprenden que imponen así a su mujer un verdadero suplicio. »A lo largo de todo el día, ella no tiene nadie con quien hablar. »Cuando llega el marido, siente una necesidad muy comprensible de comunicarse con él. »Pero éste cansado y rendido, no se encuentra con ganas de conversar. »Se atrinchera tras el periódico o se dedica a la televisión. »Cuando esto se repite con regularidad llegan a ser extraños entre sí.
»Están al borde del fracaso. »El marido debe hacer un esfuerzo para salir de sí mismo y dedicar a su esposa una atención parecida a cuando era su novia. »Hay que conseguir que en el hogar brille la alegría. Es la mejor salvaguardia del amor».
El doctor Enrique Rojas, Catedrático de Psiquiatría en Madrid, en su libro El amor inteligente, cuenta el caso de un matrimonio, con tres hijos, a punto de separarse, porque él, excelente profesional, sólo vivía para su trabajo, y su mujer se sentía abandonada. Él dice que le gusta ser responsable de lo que lleva entre manos, aunque reconoce que habla poco; pero considera que para hablar hay que tener algo que decir, que hablar por hablar es ridículo, y que para hablar de cosas insulsas prefiere estar callado. Pero ella no aguanta esa falta de comunicación. Y él se queja de que ella está siempre protestando de todo. Total, que la falta de comunicación iba a acabar con ese matrimonio.
En el matrimonio no basta coexistir, hay que convivir. Y esto no es posible si no tienen nada en común. Hay que compartir gustos, ideas, valores. No basta que los cuerpos estén juntos, si las almas están separadas. Para la armonía matrimonial es fundamental la comunicación. Muchos matrimonios fracasan por falta de comunicación. El hablar aclara las cosas. El silencio enreda cosas que no debían haber sido problema.
lado.
Un día, una esposa ve pasar a su marido en su coche con una joven al
Es una compañera de trabajo, y la lleva al médico. Pero su mujer se imagina lo peor. Cuando él llega a casa, con toda naturalidad, y como siempre, va a besar a su esposa. Ella con la idea que tiene en la cabeza lo recibe displicentemente. Él se extraña, pero calla. Ella también calla. Al día siguiente él se acerca a darle el beso de costumbre, y nota en ella la misma reacción.
Al tercer día, se va directamente a su habitación sin besarla. Ella saca su conclusión: «no hay duda que se ha liado con la otra». Ya tenemos una tragedia que se hubiera evitado sin el silencio de los dos.
Hay mujeres que se quejan de que sus maridos no hablan; pero no caen en la cuenta de que ellas no dejan hablar, pues son interminables narrando sus cosas. Otras interrumpen continuamente lo que a ellos les parece interesante contar, con multitud de «cositas»: ¿cómo te has hecho esa mancha? ¿Está buena la sopa? ¡Ten cuidado con la ceniza!, etc. Así dan a entender a su marido que lo que él les cuenta no tiene para ellas ningún interés, y al marido se le quitan las ganas de hablar.
Escuchar no es lo mismo que alternancia en el monólogo, donde cada uno aprovecha una pausa del otro para retomar el hilo de lo que estaba diciendo. No es lo mismo oír que escuchar. Al escuchar intentas comprender al otro. Quien se siente escuchado se siente querido. Escuchar a una persona es valorarla. Todos necesitamos ser valorados por los demás. Si a una persona no se la hace caso, no se la valora, se sentirá frustrada. Esto la llevará a fracasar en la vida y a vivir amargada.
También es importante amar lo que el otro ama: su familia, su profesión, sus aficiones. Despreciar estas cosas enfría el afecto y distancia las personas.
La comunicación es indispensable, pero debe hacerse en el momento
oportuno. Empeñarse en tenerla inoportunamente es contraproducente.
Y, desde luego, no confundir la comunicación con el reproche. Hay personas que siempre están poniendo defectos al otro. Resultan insoportables. Para que el reproche sea eficaz debe ser oportuno. Y, por supuesto, nunca delante de terceras personas.
Para remediar las desavenencias en el matrimonio te recomiendo este libro excelente: Felicidad conyugal: sus obstáculos; su éxito.
Además de ser un libro provechosísimo para los casados, también lo es para los que se acercan al matrimonio; para que sepan, desde el principio, evitar todos los pasos que les aparten de la felicidad conyugal.
El matrimonio, como todas las cosas, tiene su lado negro; y es necesario soportarlo. El sufrimiento es en esta vida inevitable, y hay que aceptarlo.
Nunca deberemos olvidar que incluso en un matrimonio en el que reine un verdadero amor, siempre habrá lugar para el sacrificio. A veces puede ser necesaria una autodisciplina, tan recomendada por la ascética cristiana, para el control sexual de los esposos. Incluso en la formación integral prematrimonial, siempre deberá promocionarse el sacrificio como elemento indispensable del matrimonio cristiano.
La felicidad de un matrimonio no se hunde porque en alguna ocasión pueda haber un disgusto. Son consecuencia de la fragilidad humana. Pero siempre sale el sol después que pasan los nubarrones. Cuando hay amor y virtud las dificultades son más llevaderas. Es muy difícil que en un matrimonio no surjan problemas. Lo importante es que se mantenga el amor, y se sobrelleven con virtud los defectos de la otra persona. Y no contar a terceros las desavenencias conyugales; a no ser para pedir consejo a persona amiga e imparcial.
Los esposos deben saber apreciarse mutuamente. Que la mujer aprecie el trabajo de su marido, su prestigio social, su responsabilidad, sus éxitos, etc. Que el marido sepa apreciar lo que supone la consagración total de la mujer a los hijos y al hogar. Jamás decir nada que pueda suponer menosprecio del otro, aunque sea una pequeñez. Dar siempre a entender, en el hablar, que se siente admiración por el cónyuge. «Uno de los puntos esenciales para mantenerse enamorado es seguir admirando al otro y alimentando las bases positivas que hicieron nacer ese amor. (...) »El amor es como el fuego. Hay que avivarlo. Si no, se apaga. Hay que nutrirlo de detalles pequeños».
«A una persona se la conoce cuando sabemos qué valores tiene. Compartir sus valores es el primer paso para el amor».
No es raro el enfrentamiento entre nuera y suegra. Las dos aman al mismo hombre y pueden surgir celos entre ellas. El perjudicado es el hombre que quiere hacer feliz a su mujer, pero no puede desatender sus obligaciones de hijo. El ideal sería que las dos fueran comprensivas. La nuera comprendiendo que su marido tiene que atender a su madre. Y la suegra no entrometiéndose en el matrimonio. Muchos matrimonios han fracasado por las intromisiones de las suegras. Los matrimonios deberían colocar el cartelito de PRIVADO sin que por eso la suegra se sienta rechazada.
Otra dificultad puede estar en los antiguos amigos de cada cónyuge. A veces son de ambientes muy distintos, pero ambos deberían ser agradables con los amigos del otro. Pero ambos, también, ser prudentes para evitar que un antiguo amigo o amiga sea un «intruso» en su matrimonio.
¿Cómo hacer fracasar un matrimonio? 1º Abandonar las muestras de amor al otro cónyuge.
2º Dejarse llevar del amor a tercera persona.
3º Supervalorar los defectos del otro cónyuge.
4º Contestarle mal y alzarle la voz.
5º Prolongar los pequeños enfados, mantener la mala cara y ser difíciles para perdonar y pedir perdón, cuando sea necesario.
6º Desinteresarse de las cosas del otro.
Armonía matrimonial 7º Despreocuparse de hacerle feliz. 8º Molestarle continuamente. Para salir del conflicto matrimonial: 1º Tomar conciencia del problema. Nada se resuelve si no se conoce su existencia. 2º Que los dos quieran resolverlo. 3º Buscar las causas que lo han originado. 4º No echarse la culpa mutuamente. 5º Perdonar: pedir perdón; ofrecer perdón. 6º Partir de lo que los une, y apoyarse en ello. 7º Buscar posible solución. 8º Diálogo: Ponerse a hablar. Preguntarse, ¿qué nos pasa? 9º Escuchar. Aguantar. Tolerar. 10º Buscar ayuda en tercera persona (amigo, consejero, sacerdote); pero no para que nos dé la razón a nosotros. La
felicidad del hogar no puede buscarla cada uno independientemente del otro. Ha de ser felicidad de los dos al mismo tiempo. El amor es un encuentro interpersonal de un «yo» con un «tú» para formar un «nosotros». «El auténtico amor no busca que la otra persona le haga feliz a uno, sino que uno busca hacer feliz a la otra persona, y en hacerla feliz encuentra su propia felicidad». La felicidad conyugal es una conquista diaria.
hogar.
Fuego que no se alimenta, se apaga.
Lo mismo ocurre con el amor
Exige a uno y otro un empeño continuo para bien de la pareja y del
No siempre es fácil comprenderse.
Hace falta cierto esfuerzo para salir de sí mismo y encontrar el camino de la armonía.
Hay matrimonios que se van a pique por culpa del trabajo. Él vuelve muy cansado y no tiene tiempo para ella. Ella, muy dedicada a sus hijos, no tiene tiempo para él. Así el matrimonio se va enfriando, y terminan por acostumbrarse a vivir bajo el mismo techo como dos personas solitarias. Son vidas paralelas. No es una vida en común.
Amar es, ante todo, buscar el bien del otro.
Hay matrimonios que, después de muchos años, se quieren más que en sus primeros tiempos, precisamente por el mutuo perfeccionamiento conseguido con este continuo vencimiento para hacerse mutuamente felices.
Si quieres evitar muchos disgustos en el matrimonio, busca complacer y hacer feliz a tu cónyuge antes que tus gustos y comodidades.
Cuando los dos esposos procuran complacerse mutuamente, por encima de los intereses y gustos particulares de cada uno, el matrimonio es mucho más suave.
Extremar la delicadeza en todo momento, la higiene íntima, los modales educados.
La grosería, el descuido, la indelicadeza, la suciedad, llevan al fracaso matrimonial.
La mayor intimidad exige el máximo cuidado en la persona y en los actos, si no se quiere labrar la propia desgracia, destrozando afectivamente el matrimonio.
Mujer, para tu armonía matrimonial:
1. Acepta a tu marido como es.
2. Admíralo en sus valores. Un hombre se siente feliz al verse admirado por su mujer. En cambio una de las cosas que más le humilla es ver que ella le desprecia. El desprecio mata el amor.
3. Adáptate a su vida y no intentes que la cambie por ti.
Para procurar la felicidad de tu esposo, debes caer en la cuenta de que su psicología es muy distinta de la tuya.
«La clave de la psicología masculina está precisamente en el predominio de las facultades de acción (razón y voluntad) y en el desarrollo menor de la sensibilidad. (...)
»La diferenciación sexual es algo que va con la naturaleza. No todo se debe a la educación.
»Aunque ésta puede influir también.
»Si una niña de cuatro años coge el lápiz de labios para pintarse delante de un espejo, piensas: «esta niña va a ser presumidilla».Y no te preocupas. Pero si esto lo hace un niño, te preocupas de que vaya a resultar afeminado. En cambio no te preocupas si le ves jugar con coches y aviones.
»El hombre, tiene necesidad de trabajar, organizar, construir.
»Puede pasar durante el noviazgo o los primeros meses de casado, por un período en que el amor lo ocupe todo. De ordinario esto no le dura mucho tiempo.
»Un hombre, verdaderamente tal, que pueda vivir del amor, no existe. Una mujer no puede ser más feliz que si se entrega a seres de carne y hueso.
»El hombre no tiene más dicha que cuando se entrega a los negocios, a la actividad, a una obra, sin que esto excluya su dedicación a la familia.
»Por eso debes comprender esta necesidad de acción de tu marido. Y no debes asombrarte de que tu marido no piense tanto en ti, como tú piensas en él o en tus hijos.
»No acoses a tu marido exigiéndole que te dedique más tiempo. Agobiarle así es contraproducente.
»Todo hombre se vuelve hacia la actividad exterior. Es feliz cuando construye, crea algo.
»La mujer no desenvuelve su verdadera naturaleza más que cuando se entrega a un gran amor, y puede sacrificarse por los seres a quienes ama».
va».
No exijas a tu marido una delicadeza y una ternura que «a él no le
Los hombres son más fáciles a expresar su desagrado que su satisfacción.
Tú procura hacer bien todas las cosas. Pero no esperes una alabanza de tu marido por ello. Él está acostumbrado a que en su trabajo no se le suele felicitar por lo que está bien hecho. Eso suele ser lo normal. En cambio se le reprende si algo no está bien. Fácilmente él emplea la misma táctica en casa. Es lógico que a ti te gustaría que te agradezca el esmero que pones en tus cosas. Pero a él, ni se le ocurre. No lo lleves a mal. Es el modo de ser del hombre.
La esposa debe ayudar al marido a que vaya conociéndola cada vez mejor «descubriéndole cada vez más el alma femenina: sus anhelos íntimos, sus quejas, sus ilusiones, lo que le duele, desanima o humilla, lo que espera o desencanta de él».
Tu marido quiere que necesites de su amor. Disfruta, si tú disfrutas con él. Procura conseguirlo y decírselo. Le llenará de satisfacción. Puede ocurrir que tu amor no sea tan apasionado como el suyo; pero siempre puedes mostrarte cariñosa y complaciente. No es el momento de hablarle de temas que nada tienen que ver con este asunto.
Cuando tengas que negarte, hazlo con delicadeza. Que quede bien claro que no lo rechazas a él, que estás deseando complacerle, pero en otro momento.
El hombre es consciente de su fuerza física en contraposición a su esposa.
Y no es haciendo prueba de fuerza como la esposa obtendrá algo de su marido, sino tomándolo en el momento oportuno por la ternura.
La mujer es débil ante el marido cuando pretende usar la fuerza; es fuerte y omnipotente sobre él cuando obra por la ternura. Dulzura, paciencia y tiempo hacen más que fuerza y rabia.
Para saber interpretar diversas actitudes de tu esposo, te conviene saber que el hombre es más amigo de sus comodidades y de su bienestar, que la mujer.
Es sensual en todo el sentido de la palabra.
La mujer sacrifica regularmente sus comodidades a su vanidad. Es capaz de hacer grandes sacrificios para estar bella.
El hombre, por el contrario, sacrifica alegremente su vanidad a sus comodidades: se quita la corbata, o crea modas que la suprimen; se pone en mangas de camisa, se instala cómodamente en el mejor sillón, ronca allí. Y no se molestará en echar la ceniza dentro del cenicero.
He aquí unas normas para tu vida como esposa y madre:
Serás una celosa y prudente administradora. No permitas lujos que tu posición no te admita.
Tampoco pasarás la vida protestando porque los cortos ingresos de tu marido te impiden competir socialmente con amigas tuyas.
No le darás demasiada importancia a tu propia familia, ni le darás demasiada poca a la de tu esposo.
Aunque ames a los tuyos como siempre y te encante visitarlos frecuentemente, tendrás presente que el primero y más grande amor de tu vida es tu marido.
No amargues la vida de tu esposo manteniendo relaciones tirantes con su familia.
A sus padres, míralos como si fueran los tuyos.
Nunca hables mal a tu marido de su familia, y menos de su madre. Instintivamente cogemos antipatía a las personas que nos hablan mal de quienes amamos.
La esposa no debe tener celos de que su marido tenga con su madre las atenciones que no pueden faltar en todo buen hijo; ni de que su suegra tenga por su hijo el interés natural en toda madre.
Embellecerás tu hogar y serás tú misma el motivo central de la decoración.
Con eso lograrás que tu esposo no pierda el gusto hacia el hogar y hacia ti.
Por muy modesto que sea tu hogar, si despliegas tu ingenio y tu buen gusto, puedes convertirlo en un bello retiro lleno de luz y alegría, donde tu esposo ansíe refugiarse después de las largas jornadas de trabajo.
Que el marido esté en casa cómodo y a gusto. Los griegos decían: «Mucho hogar, esposo firme».
En el modo de arreglarte, no te olvides que debes resultar atractiva sólo para tu marido.
Ante las demás personas basta que estés presentable. Domina tu vanidad.
e) Cariño matrimonial: Cuéntale a tu mujer las cosas que creas pueden interesarle. Pídele a veces su parecer sobre asuntos en que pueda darlo. Esto aumenta la unión y la compenetración.
El hombre prefiere expresar su amor con hechos (trabaja para su esposa, le es fiel, etc.) pero no debe olvidar que a ella le gusta oír que se la quiere. Y mucho más si lo oye sin haberlo preguntado.
No debes olvidar que la mujer es mucho más sentimental y afectuosa que le hombre, y que, por consiguiente, está mucho más necesitada de muestras de cariño. Dáselas, pues, a menudo. Es notable que muchos que en el noviazgo tuvieron manifestaciones de amor incluso excesivas, después de casados, precisamente cuando estas manifestaciones eran más necesarias para reforzar la unión y el amor matrimonial, se portan con sus mujeres de una manera fría, seca y hasta desagradable.
La mujer es difícil de comprender. A veces, ni ella misma se comprende. Pero quien la ama, debe esforzarse por comprenderla. Ella no puede exigir que se la comprenda. Pero sí que él haga esfuerzos por comprenderla.
No olvides que durante la menopausia es cuando la mujer está más necesitada de amor, atención, aprecio y comprensión.
Has de saber que hay días del ciclo menstrual de la mujer y del embarazo en que la encontrarás más nerviosa, irritable, rara, inestable, triste, deprimida, malhumorada, caprichosa, propensa a las discusiones o lágrimas, etc. Hay que tener paciencia con ella. En estos días él debe mostrarse especialmente conciliador, comprensivo, lleno de ternura y delicadeza. Esos días ni ella misma se entiende. Hasta las caricias es posible que la molesten y cansen. Lo mejor es dejarla en paz y esperar.
El amor exige respeto, ternura, delicadeza, generosidad, fidelidad.
Muchos matrimonios fracasan, no por falta de conocimientos sexuales, sino porque marido y mujer no han llegado a valorarse y respetarse como personas. Conocer el funcionamiento del sexo es fácil. Pero esto no basta para querer al otro como persona.
El amor es un ejercicio de jardinería: hay que arrancar lo que hace daño, preparar el terreno, sembrar, esperar, regar, cuidar. Es decir, aceptar a su pareja, valorarla, respetarla, admirarla, comprenderla, darle afecto y ternura, etc.
El amor se alimenta con pequeños detalles.
El acto matrimonial no debe ser una relación mecánica cuerpo a cuerpo, sino una relación amorosa persona a persona. Debe ir saturado de amor a la persona.
Este amor es fundamental para que haya familia. «Para que haya familia tiene que haber matrimonio. Y el matrimonio queda constituido con la entrega comprometida y definitiva ante Dios y ante la comunidad de dos personas que así se convierten en esposo y esposa».
El marido no debe considerar su casa como una fonda a la que sólo va a dormir. Debe dedicar tiempo a su mujer y a sus hijos. Debe saber hacer sentir a su mujer que necesita de ella. El sentirse necesaria, la llenará de satisfacción.
Procura reconocer y agradecer las atenciones y delicadezas que tu mujer tenga contigo. Dile que la comida que te ha preparado está muy buena. Pero nunca le digas que tu madre lo hacía mejor, aunque sea verdad. Que no se sienta menospreciada, sino animada a hacer las cosas a tu gusto.
Y si las cosas no están a tu gusto, no hagas por ello una escena: dáselo a entender a ella, pero con cariño.
Cuando tengas que reprenderla, no lo hagas nunca en el mismo instante en que te ha molestado. Lo más probable es que en ese momento seas excesivo en tus reproches, ella se resista y la cosa empeore.
Espera un momento oportuno, y en la soledad y con cariño dile dulcemente lo que quieres.
Dale a tu mujer de buena gana el dinero suficiente para los gastos de la casa, dejándole un poco de libertad en el modo de gastarlo, y no exigiendo cuentas demasiado detalladas, aunque ella debe consultar contigo cuando haya de tomar una resolución importante.
Algunos matrimonios, para evitar conflictos en la administración del dinero, hacen, de los ingresos destinados a gastos, tres partes desiguales:
a) una cuota fija para los gastos necesarios de la casa que administra la mujer;
b) otra cuota fija para los gastos que el marido quiera hacer;
c) otra cuota fija para que la mujer la gaste en sus cosas con entera libertad.
De esta última cuota ella debe vestirse, hacer los gastos superfluos que le parezca, etc.
Llévala contigo siempre que sea posible.
Dedícale algunos ratos para que pueda hablar contigo de lo que ella quiera, y escúchale de buena gana.
Interésate frecuentemente por su salud y esmérate en atenciones cuando no se encuentre bien.
Una de las cosas que más ilusiona a una mujer es ver sus deseos cumplidos, sin necesidad de exponerlos. Procura esforzarte por adivinarlos y satisfacerlos...
No le regatees alabanzas cuando se presente la ocasión. Sobre todo si es joven, no dejes de decirle alguna vez que ese vestido le sienta bien, o que con ese otro peinado te gusta más. Que no le falten tus elogios a su belleza y a sus cualidades. Es posible que los reciba de otros hombres y le falten de quien con más razón debe esperarlos.
El amor conyugal está hecho de mil detallitos aparentemente sin importancia, que sin embargo contribuyen mucho más de lo que se cree a la felicidad del hogar. El amor se alimenta de pequeñeces, de insignificantes detalles. Las delicadezas son el lenguaje habitual del amor.
Es mucho lo que puede contribuir a la felicidad de un hogar la ternura de un hombre para con su mujer, y los detalles de consideración y delicadeza que tenga para con ella. Hazle algún regalo por su santo, en el aniversario de la boda, etc., aunque sea una pequeñez. No es el valor material de la cosa, sino la delicadeza del recuerdo y del regalo lo que llega al corazón.
Con más razón debes tener otras atenciones y delicadezas que no cuestan dinero, como son algunas muestras de cariño, reconocer sus valores y esfuerzos por atenderte, alabarla delante de otras personas, mostrarte orgulloso de ella: pocas cosas hacen más feliz a una mujer que el sentirse apreciada.
Ten cuidado de no prodigar tus alabanzas hacia otras mujeres delante de la tuya. Evita los piropos o atenciones excesivas a otras mujeres.
Y si lo que haces es complacerte comentando viejos amores del pasado, es algo que lógicamente a tu mujer ha de dolerle profundamente.
No elogies los encantos de tu secretaria o de tu vecina. Que de ninguna manera pueda ella encontrarse subestimada por ti. Por el contrario, no regatees elogios sinceros a tu esposa, y sé con ella tan amable y tan atento como cuando te enamoraste de ella.
Vuestra intimidad no debe ser origen de descuidos, desatenciones y negligencias que enfríen vuestro cariño.
Mucha delicadeza. Si vas a llegar tarde a cenar, procura avisar a tu mujer.
No manches sin necesidad, ni seas desordenado. Cosas que para ti no tienen importancia, a ella le ponen nerviosa y serán motivos de disgustos.
Cuando la mujer se enamora sueña con el hombre ideal. Por eso es fácil que se sientan molestas, descontentas, o defraudadas ante pequeños defectos de su marido que hacen derrumbarse a sus ojos el mito de «hombre ideal» que se habían formado.
Por eso no basta ser fiel, amoroso, y capaz de triunfar en la vida.
Tienen importancia sobre todo, aquellos defectos que en público pueden ponerla en ridículo: tratar mal a un camarero, dar una propina tacaña, llevar los zapatos sucios, una mancha en la corbata, petulancia en querer llevar siempre la razón, vanidad hablando siempre de sí, presunción poco varonil; contemplarse en los espejos como una mujer, etc.
También tienen importancia detalles que se relacionan con ella; ir por la calle a un paso que ella no puede seguir; seguir leyendo el periódico cuando ella te habla, sin hacerla caso, o escucharla con cara de mala gana; humillarla (y mucho menos en público) diciéndole cosas desagradables, como por ejemplo: «Tú cállate, que de esto no entiendes ni una palabra».
Hay maridos que no hablan con sus mujeres; sólo mandan.
Muchas mujeres se quejan de que su marido sólo es cariñoso con ella cuando desea relaciones sexuales.
El marido debe ser cariñoso con su esposa aunque no tenga intención de llegar al acto conyugal.
En este caso debe procurar que sus caricias íntimas no provoquen el orgasmo, pero si éste se produjese inesperadamente, no debe tener preocupación moral. Así opina el célebre moralista Häring que añade: «Es un deber fomentar el amor conyugal no sólo en el contexto del acto conyugal completo, sino también y especialmente, en los momentos en que los esposos no tienen intención de practicar el acto conyugal».
Para procurar la felicidad de tu esposa debes caer en la cuenta de que su psicología es distinta de la tuya.
Puede ser que tu proceder impetuoso para exigir lo que tienes derecho, a ella -por naturaleza menos pasional que tú- le parezca brutal.
Debes, por lo tanto, proceder en esto con moderación, delicadeza y cariño.
La mujer es más lenta y necesita preparación.
«El marido debe darle gran importancia al juego sexual previo. Debe tratar de crear el deseo sexual de la esposa antes del coito. Tener sexo sin preparar a la esposa, sin un beso, ni un cariño, es algo que el esposo no debe nunca hacer. Por lo menos debe dedicar cinco o diez minutos antes del coito a crear un ambiente sexual. Con palabras de cariño, con besos, abrazos y las caricias que más halaguen a su esposa. Debe conquistar en cierto modo, a la esposa cada vez que le va a pedir sexo».
«El hombre puede alcanzar el orgasmo en dos minutos. En cambio la mujer es frecuente que necesite de diez a quince minutos de estimulación activa para llegar al mismo resultado. Es que la voluptuosidad en la mujer es más un acto psíquico que fisiológico. Es preciso saberla despertar juiciosamente, sin violencias ni brusquedades hasta que se entregue totalmente en un acto de amor».
«Por eso el hombre debe evitar ser brusco, desconsiderado, impaciente. No debe exigir lo que no haya sido capaz de hacer desear a su mujer. La mujer también se apaga más lentamente después del orgasmo, por lo tanto, conviene seguir ocupándose de ella, acariciándola durante unos momentos».
«Es frecuente que a ella le sobrevengan varios orgasmos sucesivos (tres o cuatro), abarcando una duración de uno a cinco minutos. Es esencial que el hombre no se separe durante este período, si quiere dar a la mujer el placer que desea.(...) La mujer debe quedarse con la impresión de que se la ama por ella misma; que no es un objeto que se abandona después de usado.
»Algunos testimonios de profundo amor en el posludio tienen una importancia capital.(...) La relación conyugal es un acto de amor. Nace en el amor y aporta a la pareja una intensificación de este amor. Pero es necesario que sea un amor de donación, un amor generoso en que la atención al «tú» predomine siempre sobre la búsqueda de la satisfacción propia».
Si en lo que ocurre en el lecho conyugal no está presente la ternura, es muy probable que aquello resulte insatisfactorio.
El marido no puede olvidarse de los derechos de su mujer.
Si la deja insatisfecha será para ella una tortura y terminará aborreciendo el acto conyugal. El acto matrimonial debe ir saturado de ternura.
Prolongar el cariño en este momento es de los puntos más apreciados por la mujer. La ternura ennoblece la sensualidad, sin extinguirla. Cuando ésta falta, el acto conyugal queda enormemente empobrecido. La unión psíquica del amor vale mucho más que todas las satisfacciones sensitivas.
El ideal es que el orgasmo sea simultáneo. Por eso el hombre debe dominarse y no eyacular hasta que la mujer dé indicios de que se acerca al orgasmo.
«Tras el orgasmo, hombre y mujer deben seguir pendientes el uno del otro. La separación brusca de los cuerpos en tales momentos es un mal final, ya que traduce poca ternura. El acto sexual más completo es aquel que se prolonga tras el orgasmo, manteniendo unida a la pareja en un abrazo interminable».
Ha dicho el Papa Juan Pablo II: «El marido que trata a su mujer sin amor, sino sólo como objeto de satisfacción del instinto, adultera con su propia esposa».
No es raro el fenómeno de la frigidez en la mujer que no llega al orgasmo en el acto conyugal con su esposo. Eso tiene fácil solución consultando con un médico. Podría ser solución el que la mujer no se contente con estar pasivamente dejando que él lo haga todo. Si ella participa activamente en el juego sexual, puede remediar su mal.
«El primer coito es un momento delicado. El joven, casi siempre hiperexcitable, puede tener poca paciencia, ante una muchacha poco despertada sexualmente... Es excepcional que la desfloración sea realmente dolorosa. Si el esposo la realiza en el ambiente de ternura y profundo amor que es normal en los primeros días del matrimonio, la mujer no experimentará ningún trastorno. La mínima hemorragia que se produce frecuentemente al rasgar el himen, no tiene consecuencias; sin embargo, conviene dejar que se produzca la cicatrización durante tres o cuatro días absteniéndose de relaciones sexuales en este breve período. Es un verdadero sacrificio para el marido, pero será apreciado por la mujer».
Hoy hay una excesiva preocupación por la técnica sexual y la mecánica del orgasmo. Esto hace que le coito pierda la espontaneidad de un acto que debe brotar del amor, y lo que resulta es de un efecto contrario a lo que se pretendía.
Dice el Dr. May en Love and Will: «No es sorprendente que las tendencias contemporáneas hacia la mecanización del sexo tengan mucho que ver con el problema de la impotencia. La característica distintiva de la máquina es que puede realizar todos los movimientos, pero nunca siente».
«Durante algunos años proliferaron abundantemente los libros sobre técnicas sexuales. Recientemente se ha dicho que más matrimonios se han visto perjudicados por estos libros que los que se han beneficiado. El énfasis en la técnica hace que se dé más importancia a la mecánica que a las propias relaciones.(...) Es un acercamiento egoísta en el que cada uno busca su propia autosatisfacción. (...) El otro es un accesorio para su placer solitario».
«En la relación sexual se trata principalmente de amor y no de técnica. La preocupación por la mecánica sexual puede agotar el amor y convertirlo en una caricatura desgraciada y artificiosa del mismo. En cambio, el amor y la generosidad mutua llegarán a conseguir, por sus insospechados caminos, resultados muy superiores a los “técnicos”. Esta preocupación por las técnicas sexuales tiene su base en el concepto de que el hombre no es más que un animal desarrollado; y, por lo mismo, lo más importante en sus relaciones sexuales será la cantidad de placer físico que ellas puedan producir. Todo esto es una idea absurda y muy triste acerca de la naturaleza humana y del amor conyugal.
»De esta idea absurda proviene en algunos la obsesiva y maniática ansiedad por buscar resultados siempre más artificiosos. Ansiedad y manía que tantas veces lleva al callejón sin salida del hastío sexual o de las aberraciones sexuales.
»Se asemeja a la actitud del gastrónomo que estuviera estudiando y planeando laboriosamente cada plato, con ansiedad de conseguir siempre el máximo placer de su comida. En realidad, éste goza en comer mucho menos que la gente normal.
»Lo mismo ocurre en la vida conyugal; los “técnicos” se enredan en ansiedades y preocupaciones artificiosas, mientras que los esposos normales se aman libres de preocupaciones, sin que la ansiedad por el máximo placer físico posible pueda empeñar su espontaneidad, su alegría y su gozo al entregarse mutuamente; factores éstos mucho más importantes para la plenitud de la felicidad sexual. Volvemos a repetir que no hay mejor técnica para el ajuste sexual que el verdadero amor mutuo, la consideración hacia el otro y el deseo de cada uno de hacer feliz a su pareja.
»En el sexo se repite lo que ocurre en tantos otros aspectos de la vida: que da mucha más felicidad el dar que el recibir. Aquí tiene esto una especial significación, porque, esencialmente, el acto conyugal es un don»
El amor conyugal no es una simple aventura de goce apasionado. El goce físico debe estar al servicio de la ternura. La unión sentimental debe preceder a la unión de los cuerpos: esta última se convertirá así en expresión de un amor que ya existe en los corazones.
El acto conyugal debe ir siempre saturado de ternura. Si este acto «no nace del amor va contra el recto orden».
«El encuentro genital será de verdad auténtico si entre los esposos hay una constante y concreta actitud de amor mutuo, demostrada prácticamente a lo largo de las más diversas situaciones de la vida.
»Es necesario, en efecto, recordar que la unión sexual, para estar verdaderamente en consonancia con la naturaleza humana, no puede reducirse solamente a la búsqueda de sensaciones voluptuosas, sino que debe expresar sobre todo una fusión completa entre el hombre y la mujer, penetrando simultáneamente sus facultades del cuerpo y del espíritu».
No es lo mismo amor que deseo. El amor es del alma y el deseo es del cuerpo. El amor matrimonial debe ser total: de alma y de cuerpo.
Decálogo de la esposa:
vida.
1. - El hogar será lo que tú hagas de él. Ésa debe ser la gran obra de tu
2. - Te corresponde la administración inmediata de los bienes. Sé previsora, prudente y con gran sentido común.
3. - Que tu buen gusto y tus desvelos -más que tu dinero- hagan del hogar un refugio acogedor para cuantos constituyen tu familia.
4. - Procura seguir siendo siempre la novia de tu marido. Y que ello se note tanto en tus palabras como en tu presentación.
5. - Jamás olvides que antes que tus mismos hijos -y por supuesto tus padres- está tu esposo.
6. - Que tus palabras, tu alegría y tu sosiego sean alivio y descanso para cuantos constituyen tu hogar, o se acercan a él.
7. - Tu primer deber hacia tus hijos se llama ternura. Sobre ella, como base, te será fácil ir ejercitando, a una con tu marido, ese arte difícil y delicado que se llama educar.
8. - No grites, ni pierdas los estribos. Te harás obedecer mejor si dices a tus hijos las cosas con calma.
9. - Pon especial cuidado en el orden y administración del hogar: en las horas de las comidas, y en la prudente economía.
10. - Finalmente, si tienes la dicha de tener fe, busca tu apoyo en Dios, pues en Él encontrarás siempre la fuerza y la gracia que necesitas para llevar adelante tu hermosa misión en la vida.
Decálogo del esposo:
1. -Soluciona tu vida -al menos en lo fundamental- antes de constituir una familia
2. - Tu trabajo es importante, pero que no te absorba de tal modo que te robe un tiempo que debes a los tuyos.
3. -El buen humor, la permanente serenidad de espíritu, es el regalo más valioso que puedes ofrecer a tu esposa y a tus hijos.
4. - Tu esposa debe ser tu mejor amiga y compañera. Y has de tener hacia ella las mismas atenciones, al menos, que tenías cuando era sólo tu novia.
5. - Respeta su campo de trabajo. Pocas cosas hay tan ridículas y perjudiciales como un marido quisquilloso y entrometido en lo que es propio de su mujer.
6. - Si tu esposa está en condiciones de ejercer una profesión salvando el cuidado del hogar- permíteselo.
7. - En relación con tus hijos, no olvides que el educar es un arte. Arte difícil y delicado, integrado por un poco de ciencia, mucho de buen sentido y, sobre todo, mucho de amor.
8. - El ejemplo es la clave de la educación. Gánate con tu proceder el respeto y la obediencia.
9. - Sé muy hombre en todo, pero ten presente que esto es perfectamente compatible con las muestras de afecto que los tuyos necesitan.
10. - Y si tienes la dicha de ser creyente, que Cristo sea la luz y la alegría de tu vida en el cumplimiento de tus deberes de padre y esposo.
Decálogo del matrimonio y del hogar:
1. -Antes que la profesión, incluso antes que los propios hijos -y precisamente por el bien de ellos- está vuestro amor de esposos, para el cual tenéis que saber encontrar «vuestro tiempo».
2. - Paternidad responsable, sí; pero si el Señor os da una familia numerosa, aceptadla como el mayor de los bienes.
3. - Que vuestro hogar esté siempre abierto para vuestros familiares y amigos.
4. - Que en vuestro hogar haya siempre un sitio de honor -como en vuestro corazón- para quienes os dieron la vida.
5. - Respetaos mutuamente vuestro campo de acción.
6. - Sed con vuestros hijos enérgicos en lo esencial y flexibles en lo accidental.
7. - No dramaticéis las cosas sencillas. Simplificad las cosas trágicas.
8. - La belleza, el buen gusto y el orden deben ser algo característico de vuestro hogar.
9. - Que una religiosidad sencilla y auténtica envuelva en una sana espiritualidad vuestro hogar.
10. - Aceptad vuestra situación. Como dice Quoist: «Si no podéis construir el castillo soñado, construid una cabaña. Pero no seréis felices en vuestra cabaña mientras sigáis soñando con el castillo».
El psicólogo Bernabé Tierno en la revista EL SEMANAL escribió un artículo titulado: Cómo matar el amor. Lo resumo así: - Cada día eche en cara a su pareja todos sus fallos. - Muéstrese habitualmente malhumorado, aunque no tenga motivo. - No pierda la ocasión de provocar una tormenta aunque el motivo sea nimio. - No reconozca nunca a su pareja mérito o cualidad alguna. No le alabe nunca. - No se muestre satisfecho de los detalles que tenga con Vd. Todo es poco.
otro.
- No se le ocurra nunca mirar las cosas desde el punto de vista del
- Flirtee con otra persona para provocarle celos.
Haz lo contrario de todo esto y fortalecerás tu amor.
f) Procreación de los hijos: «El Señor se ha dignado sanar el amor de los esposos, perfeccionarlo y elevarlo, por el don especial de la gracia y de la caridad. Un tal amor, asociando a la vez lo humano y lo divino, lleva a los esposos a una entrega libre y mutua de sí mismos, comprobada por sentimientos y actos de ternura, e impregna toda su vida. Supera, pues, con mucho, la inclinación puramente erótica que, cultivada con egoísmo, se malogra rápida y lamentablemente».
La Iglesia alaba a las familias numerosas.
Dice el Vaticano II: «Son dignos de mención muy especial los que de común acuerdo, bien meditado, aceptan con generosidad una prole más numerosa, para educarla dignamente».
Sin embargo también recomienda una paternidad responsable.
«Frecuentemente se ha caricaturizado la posición de la Iglesia Católica como si recomendase a los esposos tener el mayor número de hijos que sea posible concebir biológicamente en el interior del matrimonio.
»¡Y esto es falso!
»La Iglesia invita, ciertamente, a una fecundidad generosa; pero controlada, es decir, atenta a los diversos factores en juego.
»Pero es verdad que, al insistir sobre la esencial apertura del amor a la fecundidad, la Iglesia, sobre todo en nuestros días, pone en tela de juicio los ideales de la sociedad de consumo.
»Ésta inculca a muchas jóvenes parejas que, para su propia dicha, y la de los futuros hijos, deben (...) establecer sólidamente el confort doméstico, tras lo cual, podrá venir el hijo.
»Si te dejas atrapar por esta concepción materialista de la felicidad es claro que serás conducido, como tantos otros, a colocar los primeros años de tu vida conyugal bajo el signo, no de la paternidad responsable, sino de la esterilidad sistemática.
»La terrible regresión demográfica que amenaza con la extinción de los viejos países de la cristiandad en Occidente, manifiesta las consecuencias mortales de esta sociedad de consumo que, en su hedonismo egoísta, acaba por vaciarse de consumidores. (...) Por un vuelco suicida de los valores se encamina hacia la muerte».
«El matrimonio y el amor conyugal están ordenados por su propia naturaleza a la procreación y educación de los hijos.
»Desde luego, los hijos son don excelentísimo del matrimonio y contribuyen grandemente al bien de sus mismos padres. (...) En el deber de transmitir la vida humana y educarla, lo cual hay que considerar como su propia misión, los cónyuges saben que son cooperadores del amor de Dios-Creador, y como sus intérpretes.
»Por eso, con responsabilidad humana y cristiana cumplirán su obligación con dócil reverencia hacia Dios.
»De común acuerdo y esfuerzo se formarán un juicio recto, atendiendo tanto al bien propio como al bien de los hijos, ya nacidos o todavía por venir, discerniendo las circunstancias del momento y del estado de vida, tanto materiales como espirituales, y, finalmente, teniendo en cuenta el bien de su propia familia, de la sociedad y de la Iglesia.
»Este juicio, en último término, lo deben formar ante Dios los esposos personalmente.
»En su modo de obrar, los esposos cristianos tengan en cuenta que no pueden proceder a su arbitrio, sino que siempre deben regirse por la conciencia, que hay que ajustar a la ley divina misma, dóciles al Magisterio de la Iglesia, que interpreta auténticamente aquella, a la luz del Evangelio. Esa ley divina muestra el pleno sentido del amor conyugal, lo protege e impulsa a su verdadera perfección humana.
»Así, los esposos cristianos, confiados en la Divina Providencia y fomentando el espíritu de sacrificio, glorifican al Creador y se perfeccionan en Cristo cuando con generosidad, sentido humano y cristiano de su responsabilidad cumplen su misión procreadora.
»Entre los cónyuges que cumplen así la misión que Dios les ha confiado, son dignos de mención muy especial los que, de común acuerdo, bien ponderado, aceptan con magnanimidad una prole más numerosa para educarla dignamente.
»El matrimonio no es solamente para la procreación, sino que la naturaleza del vínculo indisoluble entre las personas y el bien de la prole requieren que el amor mutuo de los esposos mismos se manifieste ordenadamente, progrese y vaya madurando.
»Por eso, si la descendencia, tan deseada a veces, faltara, sigue en pie el matrimonio, como intimidad y participación de la vida toda, y conserva su valor fundamental y su indisolubilidad».
Dice el Papa Juan Pablo II: «el cuerpo del hombre y de la mujer no son sólo para la procreación, sino que deben expresar el amor mutuo, en una donación recíproca que refleje la unión de los espíritus y la comunión íntima de las personas, imágenes de Dios».
«Esta funcionalidad amorosa de la actividad sexual es inseparable del acto mismo, de manera que si carece de ella, el ejercicio sexual no pasa de un nivel zoológico.
»Por lo tanto, elemento esencial de la bondad ética del ejercicio sexual es que éste realice de hecho el significado amoroso que le caracteriza como acción humana.
»El ejercicio puramente biológico de la sexualidad humana es contrario a la naturaleza racional y espiritual del hombre.
»Bajo este aspecto, la actividad sexual puede quedar éticamente viciada tanto dentro como fuera del matrimonio por un doble efecto no siempre coincidente: por estar privada de su comunicación amorosa -gozar sin amor- y por no realizarse de manera natural dejando sin consumar lo que el mecanismo sexual tiende a consumar en conformidad con el plan establecido por Dios en el orden biológico de los sexos»
El Concilio Vaticano II, después de hablar de la paternidad responsable y de revalorizar la función del amor en el matrimonio dice que «el amor matrimonial se ve frecuentemente profanado por el egoísmo, el hedonismo y las prácticas ilícitas contra la generación».
El niño debe ser amado y deseado desde el primer momento en que se conoce su concepción.
Dice Marta Cogollos, psicóloga de niños, que las hormonas que la mujer embarazada transmite al feto dependen de su estado de ánimo.
Por ellas el niño se entera si es amado y deseado o rechazado.
Numerosos médicos, psiquiatras y psicólogos hablan de este «diálogo endocrino» en el que el niño se entera del estado de ánimo de su madre hacia él.
Esto influye en el comportamiento posnatal del niño.
g) Planificación familiar: Los hijos son un don de Dios. A nivel humano, lo más grande que podemos hacer es transmitir la vida.
«Es también deseo de dar, de comunicar lo que nosotros hemos recibido. Deseo de fructificar, de contribuir al porvenir de la humanidad. (...) Es un acto de esperanza. Un sentimiento de que la vida es un don y de que “lo que no se da, se pierde”».
Los hijos deben ser fruto del amor y de la paternidad responsable.
Pablo VI, en la encíclica Humanae vitae, dice: «En la misión de transmitir la vida, los esposos no quedan libres para proceder arbitrariamente, como si ellos pudiesen determinar de manera completamente autónoma los caminos lícitos a seguir, sino que deben conformar su conducta a la intención creadora de Dios, manifestada en la misma naturaleza del matrimonio y de sus actos, y constantemente enseñada por la Iglesia. (...)
»La Iglesia, al exigir que los hombres observen las normas de la ley natural interpretada por su constante doctrina, enseña que cualquier acto matrimonial debe quedar abierto a la transmisión de la vida».
Con todo, los que por alguna razón no lleguen a este ideal «no se desanimen», dice Pablo VI, sino que «recurran con humilde perseverancia a la misericordia de Dios».
Con ocasión de la Humanae vitae muchos matrimonios católicos se inquietaron. Para tranquilizarlos, los obispos franceses publicaron un documento exponiendo la doctrina tradicional de la moral católica sobre el conflicto de deberes.
Decían: «Impedir la concepción no puede ser nunca un bien. Es siempre un desorden. Pero este desorden no es siempre culpable. Puede efectivamente suceder que un matrimonio se encuentre ante un verdadero conflicto de deberes, en particular cuando la observancia de los ritmos naturales no les proporciona una base suficientemente segura para la regulación de los nacimientos.
Cuando alguien se halla ante una alternativa de deberes, porque no puede evitar un mal sea cual fuere la decisión que adopte, la prudencia tradicional aconseja que se considere delante de Dios qué obligación parece ser la más grave en tal circunstancia».
A veces puede haber razones para limitar el número de hijos, o espaciarlos
No es prudente que la mujer quede embarazada a partir de los cuarenta años.
Los métodos naturales de la regulación de nacimientos son morales.
La diferencia entre métodos artificiales y naturales en la planificación familiar es que en aquellos se utilizan medios físicos (el preservativo, el abortivo DIU), químicos (espermicidas), u hormonales (píldoras) para frustrar la concepción.
En cambio los métodos naturales se limitan a elegir los días infecundos, en lo cual no hay nada inmoral. «Por este motivo todo método natural es llamado también "método de abstención periódica". »Como tal, todo método natural es "no-conceptivo" y no "anticonceptivo", porque no supone ningún acto positivo que tenga por objeto destruir las posibilidades naturales de una concepción».
Utilizar elementos artificiales es sólo lícito cuando se trata de corregir imperfecciones (dentadura postiza); pero no cuando se trata de frustrar lo que es conforme a la naturaleza.
«La gran diferencia entre métodos naturales y artificiales está en que los artificiales, al truncar artificialmente la procreación (...) impiden la creación de un alma por parte de Dios. (...)
»El recurso a los métodos naturales de control de nacimientos es algo cualitativamente diferente, ya que haciendo el acto en el período infecundo de la mujer, se está haciendo algo que Dios, en su infinita sabiduría, había previsto.
»No es un acto de rebelión contra Dios, ni un impedimento a su acción creadora. Es seguir el camino que Él mismo ha establecido, y con el que ha dado a la mujer espacio infecundo suficiente para que se pueda realizar el significado unitivo del amor conyugal, cuando el procreativo no es posible por las circunstancias de la vida.
»La significación moral, por tanto, de los dos métodos es completamente diferente».
«Recurriendo a los días agenésicos de los ritmos de la fecundidad, los esposos no se erigen en dueños y señores del don de la vida».
Algunos dicen que los métodos naturales de regulación de la natalidad, que se someten a los «ritmos biológicos», quitan la espontaneidad de la vida sexual en el matrimonio. Pero «espontaneidad no significa comportarse según el impulso del instinto en cada momento. Lo que al hombre le hace ser hombre es precisamente la capacidad de integrar, de valorar y de escoger lo que es bueno para sí y para el otro en cada momento. Por lo tanto, comportarse espontáneamente a nivel sexual puede significar renunciar al acto sexual por un bien mayor (...) practicando una abstinencia periódica de las relaciones».
Desde el Concilio Vaticano II «, el lenguaje de la Iglesia sobre el matrimonio ya no distingue entre el fin primario (la procreación) y el fin secundario (la ayuda mutua de los esposos). Prefiere hablar de dos dimensiones fundamentales del matrimonio».
«Por la unión de los esposos se realiza el doble fin del matrimonio: el bien de los esposos y la transmisión de la vida. No se pueden separar estas dos significaciones o valores del matrimonio sin alterar la vida espiritual de los cónyuges ni comprometer los bienes del matrimonio y el porvenir de la familia. Así, el amor conyugal del hombre y de la mujer queda situado bajo la doble exigencia de la fidelidad y la fecundidad».
«El amor sexual tiene dos fines esenciales: la unión de las personas y la transmisión de la vida. Lo que reprueba la Iglesia de Cristo es perseguir el primero excluyendo el segundo; no sólo a nivel de intención,
sino por una manipulación sobre el vínculo estructural entre el amor y la fecundidad».Los dos fines son complementarios.
Según el Concilio Vaticano II el matrimonio es una comunidad de vida y amor orientada a la procreación. Por lo tanto la procreación no es esencial a cada uno de los actos. Puede haber motivos razonables para renunciar a la dimensión procreadora, con métodos lícitos moralmente.
«Aunque los métodos naturales han hecho progresos prometedores, son desdeñados por muchos. Para algunos es humillante que la Iglesia tuviese razón en esta materia y fuera auténticamente profética cuando se la acusaba de ser retrógrada y anticuada. Y no olvidemos que en los métodos artificiales hay en juego grandes intereses económicos mientras que los métodos naturales son gratuitos.
El Dr.Germán Knaus, austriaco, y el Dr.Yusaku Ogino, japonés, descubrieron simultáneamente, en 1923, que la ovulación de la mujer tiene lugar trece días antes del comienzo de la menstruación, con una fluctuación de dos días antes o después, cualquiera que sea la duración del ciclo. Puesto que el óvulo vive unas veinticuatro horas, una mujer puede conocer su período de fertilidad. Una tecnificación de este método es averiguar el día de la ovulación haciendo una gráfica de la temperatura basal de la mujer. Los termómetros especiales para esto traen un librito explicando el modo de utilizarlos.
Como el espermatozoide permanece vivo unos dos días dentro del útero, resulta que los días fecundos se reducen a tres cada mes.
Desde hace algún tiempo se vende en farmacias un aparato llamado OVULATOR, que observando la cristalización de la saliva, indica los días fértiles y estériles del ciclo femenino. Hoy con los trabajos de fecundación «in vitro» se ha vuelto a hablar de este procedimiento al que se da una fiabilidad del 90%42.
En 1975 se ha publicado en España un libro del Dr. Billings, australiano, que ya lleva veinte ediciones en cuatro idiomas. Billings ha descubierto un método para regular la natalidad que es muy fácil, natural,
sano y barato (sin instrumentos ni productos), moralmente lícito y, según parece, el más seguro de todos. Se basa en la observación del moco vaginal. La experiencia de la Organización Mundial de la Salud, por las estadísticas realizadas en cinco países, le da al método Billings una eficacia del 99% de éxitos. Hoy es practicado por cincuenta millones de matrimonios en el mundo.
El Método Sintotérmico, que es la combinación del Método Billings con otros parámetros, puede llegar al 99’2% de seguridad, según los resultados dados por la OMS en Biologic of fertility control by periodic abstinence (Informe técnico 369/67), si se enseña adecuadamente siguiendo el Learning Package of Familiar Fertility, OMS, 78.
El Dr. Billings, Decano de la Facultad de Medicina de la Universidad de Melbourne (Australia), estuvo en Madrid en mayo de 1984 y afirmó: «Mi método es eficaz, por lo menos, en el 99% de los casos. Más eficaz que el abortivo DIU y el preservativo.
El método Billings es más seguro que el preservativo. Según la revista The Medical Letter (XVII,6/marzo 1995) el preservativo sólo garantiza el 88% de seguridad.
Y tiene la ventaja de ser un método natural, sencillo y barato. Sin los inconvenientes psíquicos de la ligadura de trompas y vasectomía»;
Además no tiene los inconvenientes de la píldora.
La píldora anticonceptiva produce cáncer de útero, afirma el Royal College of General Practitioners, después de 20 años de investigaciones.
En el número de septiembre de 1989 The Lancet, una de las revistas médicas más importantes del mundo, se dice que las mujeres que toman anticonceptivos presentan una probabilidad de cáncer de mama 75% superior a las mujeres que no las usan.
Y en la misma revista, 344(1994)1390, también se dice que la toma de anticonceptivos orales duplica el riesgo de padecer cáncer de útero.
En el «Vademécum Internacional de Especialidades Farmacéuticas» que tienen casi todos los médicos españoles se dice que «se ha demostrado que las mujeres que toman anticonceptivos orales sufren alteraciones cardiovasculares en proporción superior a las que no las toman».
Los peligros de los anticonceptivos fueron confirmados por el Primer Ministro inglés Tony Blair. En respuesta a una pregunta en el parlamento Blair comunicó que durante los últimos diez años 104 mujeres han muerto en Inglaterra a causa de la píldora. Mientras otras 2.400 mujeres han sufrido serios problemas de salud debido al uso de los anticonceptivos
«Los efectos secundarios de la píldora anticonceptiva son muy conocidos. (...) Un total de cuatrocientos veinticinco accidentes cerebrales por año podrían ser atribuidos al uso de anticonceptivos orales en Estados Unidos. (...) Según la revista médica JAMA, ha sido observada la asociación entre anticonceptivos orales y el cáncer de pecho».
Con razón dice el Dr. Benigno Blanco: «Al consumidor de tabaco se le advierte que el tabaco perjudica la salud, pero a la usuaria de anticonceptivos se le oculta los riesgos que asume».
En el telediario de varias cadenas del miércoles 25 de octubre de 1995 se dijo que la píldora anticonceptiva había ocasionado embolia a varias mujeres que la usaban.
«Madrid.- El Ministerio de Sanidad envió el pasado viernes una circular a todos los ginecólogos que trabajan en España advirtiéndoles de que algunos anticonceptivos orales de tercera generación pueden provocar tromboembolismo venoso, (...) y en ocasiones extremas la muerte».
El Instituto Federal de Medicamentos de Berlín informa que la píldora anticonceptiva «Diane», de los Laboratorios Schering, puede producir cáncer de hígado. Esta píldora ha sido utilizada por millones de mujeres, también en España
Más de cien mujeres del Reino Unido, que usaron la píldora anticonceptiva, sufrieron trastornos graves por coágulos de sangre y trombosis, y siete de ellas murieron. Por eso sus familiares presentaron una demanda contra los laboratorios Schering, Wyeth y Organon que las fabricaron.
Un estudio del gobierno comunista chino demuestra la eficacia del sistema Billings.
El gobierno chino ha experimentado en la provincia de Nanchino, una de las más pobladas de la nación, el método de la ovulación, conocido comúnmente con el nombre de «Método Billings». Los resultados son categóricos: entre las 922 parejas que lo han adoptado como método de planificación familiar durante un año, tan sólo cinco mujeres han quedado embarazadas. Es decir, el 0,5%. El grado de eficacia de este método es superior, por ejemplo, a los dispositivos de anticoncepción femeninos utilizados por la mujer.
El resultado arrojado por el estudio de las autoridades chinas sobre el método Billings aparecerá en el próximo número del «Medical Journal» de Pekín y fue adelantado el 28 de febrero por el mismo doctor John Billings en un congreso organizado por la Universidad Católica de Roma con motivo de la celebración de los treinta años de la publicación de la encíclica de Pablo VI «Humanae Vitae».
«La reunión del método ogínico con el del Dr. Billings es el modo más seguro de todos los conocidos».
La organización mundial que lleva la enseñanza y el control del Método Natural de ovulación Billings es la WOOMB, cuya sede en Madrid está en la calle JOSÉ CALVO, 23, bajo centro. Teléfono 91 450 50 11. FAX: 91 450 50 76. - 28039 Madrid.
Se puede recibir información sobre el método Billings en:
www.juanpabloesp.org
http://usuarios.maptel.es/loiola
y en <pfn@edunet.es>
En España se enseña en centros de diferentes ciudades, dependiendo fundamentalmente de las asociaciones Pro-Vida: información en la Secretaría General, teléfono 93 204 71 11, de Barcelona, o en centros de ADEHFA: información en el teléfono 91 241 40 83, de Madrid.
Voy a poner aquí las direcciones de los centros WOOMB de información y enseñanza en distintas capitales de provincia:
Madrid: Dra. Ana Mercedes Rodríguez. c/ José Calvo, 23, bajo centro..Tel.:91 450 50 11. FAX: 91 450 50 76. Madrid 28039. E-mail: woomb.imena@omc.telprof.es
Centro de Regulación. T.:915335659.
Mónica Aisa. Centro de Regulación Natural. San Francisco de Sales,
34. 20003-Madrid. T.: 915 335 659.
Isabel Valdés. Clínica Salvia. López Pozas, 40. 28036. Madrid.T.:913 507 034.
Centro
Virgen de Olaz. Meléndez Valdés,36,1º,D.28015-Madrid.T..915 433 017. José Ignacio Tubio. Clínica Moncloa. T.: 915 957 000. Isabel López de Ceballos. T.: 915 626 015. Albacete: Arancha Merino. Teléfono: 967 502 459. Alcalá de Henares: Dª Mercedes Otero. T.: 91 888 66 86. Alicante: Dª Ana Such. T.: 96 512 61 81. - Dr. J. A. Muñoz Puller: Pl. Navarro Rodrigo,12,.Bajo. 03007-AB.
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T.:972204212
Granada: Dª Mª Ángeles Martínez de Victoria. T.: 958 25 42 89 Inmaculada García Calvo. T.: 958 571 477 Isabel Rodríguez Peralta. T.: 958 273 379. María José Sánchez. T.: 958 226 937. Enriqueta Blanco. San Antonio, 70, 7º, dcha. T.: 958 259 303. Gloria Muñoz. Centro de Salud del Zaidín. T.: 958 813 011. Guadalajara: Dª Concha Aparicio Altamirano. T.: 949 223 490 y 949 224 696. Huelva: María Asunción Febrer. 21400. Ayamonte. T.: 959 321 047. Huesca: Dña. Victoria García Caballero. c/ Alta, 1 bis, 28. 22193-Arascués (Huesca). T.: 974 22 12 27 Jaén: Centro de Salud San Felipe. Mª Dolores Chica. T.: 953 320
377. La Coruña: Dra. Helvia Temprano. Hospital Teresa Herrera. 15006-La Coruña. T.:981 178 000, extensión 20 156 - T.: 981 28 54 00, ext. 215. Las Palmas de Gran Canaria: Carmen Serrano Sánchez. T.: 928 418 990 Laura E. Felipe Gil. Calle Schubert, 11, 3º, pta. 11(Casablanca 1). 35016-Las Palmas. T.: 928 418 990. - Mª. Dolores Hernández. T.: 928 321
073. León: Purificación Blanco. Cardenal Landázuri 27. 24003-León.T.:987 23 10 20 Asunción Quirós. Calle Monasterio Carracedo, 3-11 C. 24400-Ponferrada (León). T.: 987 415 689. Lérida: Arancha Merino Thomas. Obispo Irurita, 12. escalera, 9, 3º,1ª. 25006 - Lérida. Tel.: 973 27 35 30. Centro Médico, Av. Blondel,70, 1º: T.: 973 27 40 51 María Ferrer. Hospital Arnau Vilanova. T.: 973 248 100 Noelia Mas. Av. Blondel, 5, 2º C. 25002-Lérida. T.: 973 274 061. Málaga: Dr. Joaquín Fernández. Pintor Sorolla,2. Málaga-
29016. T.:9522243 67 Murcia: Cándida Vicente Gil. Avenida Ronda Norte, 9, 4º dcha. escalera izq. 30009 - Murcia.Tel.:968 299 606. Mikaela Menárguez. Calle Isaac Albéniz, 10. 30009-Murcia.
T.:9682833818.- Mikaela Menárguez, e-mail:mmc@fonocom.es Orense: Hermelinda Esteve.Quintela Cañedo,11. 32001-Orense.T.:988215 758 Palma de Mallorca: Dra. Candelas Cardero. Calle Juan Maragall 37,1º,1ª. 07006-Palma.T.: 971 274 103 Pamplona: Dª Teresa Jaurrieta Galdiano. Pl. del Castillo, 44, 3º, izq.
31001. - Pamplona (Navarra). Tel.: 948 22.90 94. José María Echevarría. San Fermín, 45, 1º, izq. 31003-Pamplona.
T.:948237413
Ponferrada (León): Dª Asunción Quirós Álvarez. Monasterio de Carracedo, 3, 11C. 24400 - Ponferrada (León). Tel.: 987 41 26 89. Reus: Carmen Paya. Calle A. Gaudí, 76, 1º, 1ª. 43203-Reus.Tel.:977 311 476 Salamanca: Pablo Pascual.La Plaza (Farmacia). La Fregeneda. T.: 923 51 50 12 Salamanca - Tel: 923 247 972 Franca Tonini. Universidad Pontificia de Salamanca. T.: 923 213 039 San Sebastián: Dª Ana Munilla. c/ M. Gardoqui, 1, 1º, izq. 20013-San Sebastián.Tel.: 943 320 645; 943-27-8193. E-mail: ix9754@xpress.es Santa Cruz de Tenerife: Mª Luz Fariña. c/ Santiago Beyro,15.. 38007-Sta. Cruz de Tenerife. T.:922 214 9 63 Segovia: Juana Alonso. Calle Velasco, 17. 40003-Segovia. T.:921 460 655. Sevilla: Marina Cuadrado Ruiz. Av. Luis de Morales, 24, escalera 3, 3º D. 41018-Sevilla. T.:954 530 001. Dra. Mª del Carmen de la Cuadra, Apartado 6213. T.: 95 490 50 19 Dra. Mercedes Tarancón Jiménez. Centro de Salud. 41520-Viso del Alcor (Sevilla). T.: 95 574 12 85. Soria: Conchita Martínez. Calle Rosell, 12. 42190-Las Casas (Soria).T.:975 224 713 Tarragona: Dr. J. M. Martínez. Calle Pau Casals, 11, 5º. 43003-Tarragona. T.: 977 218 262 Carmen Paya. c/ A.Gaudí, 76, 1º, 1ª. 43203-Reus (Tarragona). Tel.:977 311 476. Toledo: Dª Mª Carmen Ramos Peñalver. Av.Guadarrama, 8, 5º. 45007-Toledo.Tel.: Tel: 925 232 768 Dª Concepción Gutiérrez Arias. Bargas (Toledo). Tel.: 925 493 043.-Valencia: Ana de Andrés Pardo. Burriana, 42. -46005-Valencia.T.:963528153. Dra.Ana Otte. T.:96 362 53 67. Dra. Mª Argaya. C/ Salvador, 6, bajo dcha. 46003-Valencia. T.: 963 918 545 Conchita Medialdea. Porta de la Mar, 6,2º,8ª. 46006-Valencia. T.: 963 517 942. Valladolid: Dra. Nieves González Rico. Paraíso, 3, 1º dcha. 47003-Valladolid. Tel.: 983 25 30 07; 983 47 89 87. Centro Médico. c/ Joaquín Velasco, 5. 47014-Valladolid. T.: 983 333
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Zaragoza: Dra. Pilar Traver. Calle Dr. Casas, 12, 2º, dcha. 50008.-Zaragoza. Tel.: 976 233 755 y 49 91 96.
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La Humanae vitae ha presentado a los esposos «un ideal de ética conyugal cristiana, a cuya realización han de tender progresivamente los fieles, y que exige no pocas veces un gran esfuerzo. Tanto, que en algunos casos se podrá dudar, con fundamento, de la culpabilidad grave de los esposos en el incumplimiento de su deber en casos particulares. Puede ocurrir, dada la fragilidad humana, que los esposos, a pesar de sus buenas intenciones, no respondan siempre a la exigencia de un amor fecundo, según la norma cristiana. No por esto han de considerar todo esfuerzo inútil y apartarse de los sacramentos. Por el contrario, si el pecado les sorprendiese todavía, no se desanimen, sino que recurran con humilde perseverancia a la misericordia de Dios, que se concede en el sacramento de la penitencia».
El Papa Juan Pablo II ha dicho el 22 de noviembre de 1981, en la Familiaris consortio: «La Iglesia es ciertamente consciente también de los múltiples y complejos problemas que hoy, en muchos países, afectan a los esposos en su cometido de transmitir responsablemente la vida. Conoce también el grave problema del incremento demográfico, como se plantea en diversas partes del mundo, con las implicaciones morales que comporta. Ella cree, sin embargo, que una consideración profunda de todos los aspectos de tales problemas ofrece una nueva y más fuerte confirmación de la importancia de la doctrina auténtica acerca de la regulación de la natalidad, propuesta de nuevo en el Concilio Vaticano II y en la Encíclica Humanae vitae. Por eso, junto con los Padres del Sínodo, siento el deber de dirigir una acuciante invitación a los teólogos a fin de que, uniendo sus fuerzas para colaborar con el Magisterio Jerárquico, se comprometan a iluminar cada vez mejor los fundamentos bíblicos, las motivaciones éticas y las razones personalistas de esta doctrina. Así será posible, en el contexto de una exposición orgánica, hacer que la doctrina de la Iglesia en este importante capítulo sea verdaderamente accesible a todos los hombres de buena voluntad, facilitando su comprensión cada vez más luminosa y profunda; de este modo el plan divino podrá ser realizado cada vez más plenamente, para la salvación del hombre y gloria del Creador (...). También en el campo de la moral conyugal la Iglesia es y actúa como Maestra y Madre. Como Maestra, no se cansa de proclamar la norma moral que debe guiar la transmisión responsable de la vida. De tal norma la Iglesia no es ciertamente ni la autora ni el árbitro. En obediencia a la verdad que es Cristo, cuya imagen se refleja en la naturaleza y en la dignidad de la persona humana, la Iglesia interpreta la norma moral y la propone a todos los hombres de buena voluntad, sin esconder las exigencias de radicalidad y de perfección. Como Madre, la Iglesia se hace cercana a muchas parejas de esposos que se encuentran en dificultad sobre este importante punto de la vida moral; conoce bien su situación, y a veces verdaderamente atormentada por dificultades de todo tipo, no sólo individuales, sino también sociales, sabe que muchos esposos encuentran dificultades no sólo para la realización concreta, sino también para la misma comprensión de los valores inherentes a la norma moral. Pero la misma y única Iglesia es a la vez Maestra y Madre. Por eso, la Iglesia no cesa nunca de invitar y animar, a fin de que las eventuales dificultades conyugales se resuelven sin falsificar ni comprometer jamás la verdad. En efecto, está convencida de que no puede haber verdadera contradicción entre la ley divina de la transmisión de la vida y la de favorecer el auténtico amor conyugal. Por esto, la pedagogía concreta de la Iglesia debe estar siempre unida y nunca separada de su doctrina. Repito, por tanto, con la misma persuasión de mi Predecesor: «No menoscabar en nada la saludable doctrina de Cristo es una forma de caridad eminente hacia las almas».
El Obispo de Namur (Bélgica) André Léonard dice: «Hay situaciones angustiosas. Pienso especialmente en las mujeres que son víctimas de un cónyuge irresponsable (alcohólico, intemperante) que no las respeta y es capaz, con violencia, de imponerles embarazos manifiestamente contraindicados. En estos casos, es claro que la mujer se encuentra en situación de legítima defensa, y que la contracepción puede y debe garantizar su justa libertad. El Señor nos pide, por medio de su Iglesia, no disociar el amor y la fecundidad. Pero cuando no existe amor, y la mujer es prácticamente violada, aunque lo sea por su marido, evidentemente que no está obligada a preservar su fecundidad. Lo que debe ser respetado es el vínculo de la fecundidad con el amor, no con el alcohol o con la violencia del instinto. Se trata de prepararse contra una violación (en sentido amplio) por medio de la contracepción. El caso del aborto es totalmente diferente. La condena a muerte de un niño concebido no puede ser un remedio moral ni siquiera para una violación».
A los matrimonios con dudas en este punto, les dice el Cardenal Ratzinger «yo les aconsejaría que consultaran a su director espiritual, que pidieran consejo al sacerdote, porque estas cosas no se pueden dilucidar en abstracto».
97,8. UNCIÓN DE LOS ENFERMOS. Se llama también extremaunción por ser el último sacramento que recibe el cristiano antes de salir de este mundo. Con él recibe un aumento de gracia para superar victoriosamente la última batalla de la vida.
Es un sacramento en el que, por la unción con óleo bendecido y la oración del sacerdote, se confiere a los fieles, que han alcanzado el uso de la razón, están gravemente enfermos y arrepentidos de sus pecados, al menos con atrición, la salud del alma y la del cuerpo si les conviene.
En caso de necesidad se puede emplear cualquier otro óleo vegetal: de linaza, girasol, cacahuete, algodón, etc. Aunque el apropiado sea el de oliva.
Cuando uno está en peligro de muerte, hay que avisar al sacerdote para que le dé los auxilios espirituales propios de estos momentos, es decir, para que le confiese, le dé el Santo Viático y la Unción de los Enfermos. No se debe esperar a que el enfermo esté demasiado grave con peligro de que, cuando llegue el sacerdote, ya no tenga lucidez y calma para hacer una buena confesión.
Nadie se muere por llamar a tiempo al sacerdote.
En cambio, son muchos los que mueren en pecado por haber llamado al sacerdote demasiado tarde.
Cargan con enorme responsabilidad los que, viendo a sus parientes, amigos, vecinos, etc., en peligro de muerte, no avisan a tiempo al sacerdote para que les asista.
Puede ser que muchos se condenen por un amor mal entendido de sus familiares.
Temen que el enfermo se asuste al recibir los auxilios espirituales, y no temen que se presente ante el juicio de Dios con el alma en pecado. Como si en el incendio de una casa no se quiere avisar a los vecinos que están durmiendo por temor de asustarles. ¡Vaya una caridad tan rara!
Además, en caso de que el enfermo se asuste, este susto será pasajero, y una larga experiencia enseña que los enfermos cuando se confiesan y comulgan se quedan muy tranquilos. ¡Es natural! Un católico en peligro de muerte, siempre se alegra de recibir los auxilios de un sacerdote.
Algunas personas comprometen a su familia para que les avisen con tiempo cuando llegue el momento de recibir los Últimos Sacramentos. En cambio, ¡qué tremendo remordimiento deben tener los que se sientan culpables de haber dejado morir a un enfermo sin los auxilios espirituales! Por el contrario, ¡qué consuelo tan grande deben sentir aquellos a quienes se deba que el enfermo hiciera una buena confesión antes de morir! Y, ¡qué agradecimiento tan grande les guardará ese alma por toda la eternidad!
Pero el que se haya condenado porque las personas que le rodeaban no quisieron llamar a tiempo al sacerdote, ¿qué sentimiento guardará para con ellos?
Recuerdo una vez que fui a visitar a un enfermo que yo sabía que estaba grave. En cuanto me quedé a solas con él me dijo:
- «¡Qué alegría he sentido, Padre, al verle entrar por esa puerta! Estaba deseando llamarle, pero no me atrevía para no asustar a la familia».
Al salir me dice la familia:
- «¡Cómo le agradecemos, Padre, que haya Vd. venido. Lo estábamos deseando, pero no nos atrevíamos a decírselo al enfermo, para que no se asustara!»
¿Qué te parece?
Unos y otros deseando llamar al sacerdote; y, por un miedo absurdo de ambas partes, un enfermo iba a morir sin confesión. ¡Qué barbaridad!
En cambio, después de la confesión, ¡qué tranquilidad para todos!
Por otra parte, es sabido que uno de los efectos de la unción de los enfermos es dar al enfermo la salud del cuerpo si le conviene.
Dice el Apóstol Santiago: «¿Está enfermo alguno de vosotros? Llame a los presbíteros para que oren sobre él y lo unjan con el óleo en el nombre del Señor».
Si para dar la unción de los enfermos se espera a que la situación sea ya irreversible, entonces el recobrar la salud será casi un milagro, y la Unción de los Enfermos, de suyo, no hace milagros.
La Unción de los Enfermos debe recibirse cuando el enfermo está todavía en uso de sus sentidos.
Para recibir la unción, el enfermo debe estar grave; pero no es necesario que el peligro sea de muerte inminente. Basta que la enfermedad sea tal que haya amenaza de peligro real por enfermedad o vejez.
La Unción de los Enfermos puede administrarse otra vez si «recobrada la salud, vuelve la gravedad».
A los muy ancianos se les puede administrar la extremaunción aunque no estén enfermos, pues la vejez es ya una enfermedad incurable.
Este sacramento debe recibirse en estado de gracia. Por eso cuando el que va a recibir la Unción de los Enfermos está en el uso de sus sentidos, debe antes confesarse. Pero si hay peligro de que cuando llegue el sacerdote, haya perdido el sentido, tiene obligación de hacer antes un acto de contrición. El peligro de muerte debe estar dentro del cuerpo de la persona. Por eso no puede administrarse la extremaunción a un criminal antes de ser ejecutado, ni a los soldados antes de la batalla.
En caso de necesidad puede administrarse la extremaunción a los recién fallecidos; pues la muerte es la separación del alma y del cuerpo, y es difícil señalar el momento preciso de esta separación.
La muerte aparente no coincide siempre con la muerte real.
«La muerte no viene de repente. Es un proceso gradual de la vida actual a la muerte aparente, y de ésta a la muerte real».
Se conocen casos de vuelta a la vida después de una muerte clínica, sin intervención de milagro alguno. La única señal de muerte real es la putrefacción del cadáver.
Cuando ésta se presenta con caracteres inequívocos, la muerte real es del todo cierta. «Solamente hay una señal de la muerte absoluta: la putrefacción».
Debe administrarse la Unción de los Enfermos, aunque el enfermo no haya podido confesar, pues basta que tuviera atrición para que con este sacramento se le perdonen sus pecados, incluso graves.
Hoy la Iglesia permite la incineración de los cadáveres... Las cenizas de los cadáveres deben guardarse con todo respeto. Mientras la legislación eclesiástica o civil no disponga otra cosa, yo sugiero que el mejor sitio de estas cenizas es el nicho de un familiar.
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