Capítulo III LA SITUACIÓN DE LA MUJER. LAS VIUDAS
Capítulo III
LA SITUACIÓN DE LA MUJER. LAS VIUDAS
Hemos dicho anteriormente que la mujer llamaba a su marido ba'al, «dueño»; también lo llamaba 'adán, «señor», Gén18:12; Jue19:26; Am 4:1, es decir, que le daba los títulos que daba un esclavo a su amo, un subdito a su rey. El decálogo cuenta a la mujer entre las posesiones del marido, juntamente con la casa y el campo, el esclavo y la esclava, el buey y el asno, Éx 20:17; Dt 5:21. Su marido puede repudiarla, pero ella no puede pedir el divorcio; permanece siempre como menor de edad. La mujer no hereda de su marido, ni las hijas de su padre, excepto cuando no hay herederos varones, Núm27:8. El voto de una muchacha o el de una mujer casada no adquiere validez sino con el consentimiento del padre o del marido, que pueden también anularlo, Núm 30:4-17.
No obstante, la situación de la mujer isfaelita es muy distinta de la de una esclava. Un hombre puede vender su esclava, puede incluso vender a su hija, Éx21:7, pero no puede vender a su esposa, ni aun en el caso de haberla adquirido como cautiva de guerra, Dt21:14. El marido puede repudiar a su esposa, pero ésta está protegida por el acta de repudiación, que le restituye su libertad. Es probable que la mujer repudiada conservase, si no el usufructo, por lo menos la propiedad de una parte del mohar y de lo que ella misma había recibido de sus padres, cf. Jos 15:19; Jue 1:15.
Desde luego, sobre la mujer pesaban los trabajos más duros de la casa, la mujer guardaba los rebaños y trabajaba en el campo, hacia el pan, hilaba, etc. Pero esta actividad exterior no era humillante, sino que le granjeaba consideración. Excepcionalmente, una mujer podía tomar parte en los asuntos públicos. Israel celebraba a Débora y a Yael como a heroínas, Jue4-Jue5. Atalía ocupó durante varios años el trono de Judá, 2Re11, la profetisa Huida era consultada por los ministros del rey, 2Re22:14s, y los libros de Judit y de Ester cuentan la salvación del pueblo operada por las manos de una mujer.
En el interior de la familia aumentaba la estima de la mujer una vez que llegaba a ser madre, sobre todo madre de un hijo varón, cf. Gén16:4; Gn29:31-Gn30:24, con la explicación de los nombres que Lía y Raquel dan a sus hijos. Su marido se aficionaba más a ella y sus hijos le debían obediencia y respeto. La ley condenaba las faltas de los hijos contra su madre no menos que las faltas contra su padre, Éx21:17, Lev20:9; Dt21:18-21; Dt27:16, y el decálogo, Éx20:12, prescribe que se honre igualmente al padre y a la madre, cf. Lev19:3. Los libros sapienciales insisten en el respeto debido a la madre, (Prov19:26; 20:20; 23:22; 30:17;) .Eclo 3:1-16 Los raros relatos que nos permiten entrar en la intimidad de una familia israelita nos presentan a la mujer amada y escuchada por su marido, y tratada por él como igual; por ejemplo, la madre de Samuel, 1Sam1:4-8, 1Sa1:22-23; la mujer de Sunem, 2Re 4:8-24; los dos ancianos matrimonios del libro de Tobías, y no cabe duda de que ésta era la condición ordinaria. Era conforme con las enseñanzas del Génesis: Dios había creado a la mujer como una ayuda adecuada al hombre y a la que el hombre se uniría, Gén2:18.Gn2:24. El último capítulo de los Proverbios celebra a la buena ama de casa, a la que sus hijos proclaman bienaventurada y cuyo elogio hace el marido, Prov 31:10-31.
Sin embargo, desde el punto de vista social y jurídico, la situación de la mujer en Israel es inferior a la que tenía en los grandes países vecinos. En Egipto, la mujer aparece con frecuencia con todos los derechos de un cabeza de familia. En Babilonia, puede adquirir, perseguir judicialmente, ser parte contrayente y tiene cierta parte en la herencia de su marido.
En la colonia de Elefantina y bajo influencias extranjeras, la mujer judía había adquirido ciertos derechos civiles. Ya hemos dicho que podía divorciarse. Podía ser propietaria y, por esta razón, estaba sujeta a los impuestos: una larga lista de contribuyentes contiene 32 nombres de mujeres. Se dan instrumentos de cambio, de donación, etc., en los que aparecen mujeres como contrayentes.
La situación de las viudas exige ciertas observaciones particulares. Un voto hecho por una mujer sigue obligándole aun después de la muerte de su marido, Núm30:10. La viuda sin descendencia podía permanecer unida a la familia de su marido por la práctica del levirato. A falta de levir, podía volver a contraer matrimonio fuera de la familia, Rt 1:9; entre tanto, volvía a habitar con su padre y con su madre, Rt1:8; Gén38:11; cf. Lev22:13, pero la historia de Tamar muestra que su suegro conservaba cierta autoridad sobre ella, Gén38:24. Por lo menos durante cierto tiempo, la viuda llevaba vestidos de luto, Gén38:14; 2Sam14:2; Jdt 8:5; Jdt 10:3. No sabemos cuánto tiempo duraba el luto, pero los tres años y más que lo observa Judit, parecen excepcionales, .Jdt 8:4
Judit era una viuda rica. Pero mucho más frecuente era que las viudas, sobre todo cargadas de hijos, se hallasen en condiciones miserables, 1Re17:8-15; 2Re 4:1-7; cf. la viuda del Evangelio, Mr 12:41-44; Lc 21:1-4. Así, pues, estaban protegidas por la ley religiosa y recomendadas a la caridad del pueblo, juntamente con los huérfanos y los extranjeros con residencia, es decir, todos los que no tenían ya el apoyo de una familia, Éx 22:21, y con insistencia en el Deuteronomio, (Dt10:18;24:17-21;26:12-13;27:19); cf. Is1:17;Jer22:3; por contraste, Is 1:23; Jer 7:6; cf. también Job20:13. Dios mismo es su protección, Sal146:9.
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