Capítulo II LOS PRIMEROS SANTUARIOS DE ISRAEL 1. Los lugares de culto de los patriarcas
Capítulo II
LOS PRIMEROS SANTUARIOS DE ISRAEL
1. Los lugares de culto de los patriarcas
Los israelitas atribuían a los patriarcas la fundación de ciertos santuarios. Evidentemente, el historiador no puede verificar este testimonio, pero debe reconocer que esta tradición está en conformidad con dos hechos: en primer lugar, todos estos lugares de culto se hallan en el límite de las tierras de cultivo y al margen de la zona por donde trashumaban los pastores de ganado menor, lo cual corresponde al estado social de los patriarcas. Luego, estos santuarios no son los que se vieron más frecuentados en la época de los jueces y bajo la monarquía, como hubiese sucedido si se hubiese tratado de inventar retrospectivamente un origen ilustre para ciertos santuarios; hay que exceptuar el caso particular de Betel, que debió a la política su importancia bajo los reyes de Israel. Se observa incluso que todos estos santuarios patriarcales, a partir de la monarquía, se hicieron sospechosos al yahvismo ortodoxo: son ciertamente muy antiguos.
Su fundación responde a las reglas que en otras partes determinaban la elección del lugar de culto. Se establecen allí donde un elemento natural hace reconocer la presencia del Dios de los padres, un árbol, una altura, una aguada, y sobre todo allí donde este Dios se había manifestado en alguna teofanía. Estos santuarios jalonan la ruta de los patriarcas.
a) Siquem. Según Gén 12:6-7 (tradición yahvista), la primera estación de Abraham en Canaán tuvo lugar en Siquem. Se detuvo en el máqóm, es decir, en el lugar santo, donde se halla la encina de Moré, la «encina del Instructor o del Adivino», un árbol al que se pedían oráculos. Era un santuario cananeo, cosa que el texto reconoce y explica añadiendo: «los cananeos estaban entonces en el país». Entonces Abraham le edificó un altar. Éste es, reducido a sus líneas generales, el tipo de los relatos sagrados de fundación de un santuario: teofanía, comunicación divina, instauración del culto.
Pero este santuario está más enraizado en el círculo de Jacob y de sus hijos, según la tradición elohísta. Jacob, al volver de Mesopotamia, acampa frente a Siquem, compra a los hijos de Hamor la parcela de tierra donde había levantado su tienda y erige allí un altar (algunos quieren leer una massebah), al que llama «El, Dios de Israel», Gén33:18-20. Después del pacto concluido con los siquemitas y su ruptura por el ataque pérfido de Simeón y de Leví, Jacob abandona Siquem y se traslada a Betel, Gén35:1-4: es una peregrinación entre dos santuarios, para lo cual hay que purificarse y cambiarse las vestiduras. Los ídolos que poseía la familia de Jacob son enterrados «bajo la encina que está cerca de Siquem», es decir, la encina de Moré en la historia de Abraham; se ha explicado en diversas formas el sentido primitivo de este acto ritual, pero su valor en el relato bíblico es claro: es un abandono de prácticas paganas, como Josué, todavía en Siquem, ordena desechar los dioses extranjeros a los israelitas que han optado por el servicio de Yahveh, Jos24:21-24. Todavía hay otro recuerdo patriarcal que se relacionaba con el santuario de Siquem: allí se mostraba la tumba de José, cuyos restos habían sido trasladados de Egipto, Jos 24:32. Al hablar de los «lugares altos» hemos discutido.¹ esta relación de una tumba o de un monumento funerario con el lugar de culto.
En Siquem fue donde se concluyó el pacto que ligaba a las tribus entre sí y con Yahveh, y Josué, como testigo de esta alianza, erigió «bajo la encina que está en el santuario de Yahveh» (es el árbol de Abraham y de Jacob), una «gran piedra» —hay que entender una massebah—, Jos 24:25-28. Cerca de este árbol, llamado el árbol de la massebah según una corrección generalmente admitida, Abimélek ffue proclamado rey, Jue9:6. Evidentemente es en este santuario donde Roboam encontró las tribus del norte que se aprestaban a reconocerle como rey y allí fue donde su torpeza consumó el cisma político, 1Re12:1-19.
Siquem fue eclipsada por Siló en la época de los jueces y por Betel después del cisma. No obstante, es posible que los redactores deuteronomistas de los libros canónicos echaran un velo sobre la supervivencia de un santuario cuyo culto les parecía estar mancillado con prácticas paganas. Ya hemos visto que no osaron llamar massebah a la «gran piedra» de Jos 24:26, y que ellos mismos o algunos copistas habían probablemente suprimido la palabra massebah en Jue9:6. En el mismo Deuteronomio no aparece el nombre de Siquem, pero este libro ordena que se erijan en el monte Ebal piedras en que se halla inscrita la ley, que se edifique en él un altar, que se proclamen sobre el monte Ebal y sobre el monte Garizim las maldiciones y las bendiciones que están vinculadas respectivamente a la transgresión y a la práctica de la ley, Dt 27; la misma orden se da brevemente en Dt 11:26-32, con la mención de la encina de Moré en un contexto recompuesto. La redacción deuteronomista de Jos8:30-35, refiere, con notables matices, la ejecución de esta orden. Ahora bien, Siquem se halla entre el Ebal y el Garizim, y hay relación segura entre estos textos y el de Jos 24:25-28, en que el pacto entre las tribus se sella en el santuario de Siquem.² Finalmente, Dt 31:10-13 prescribe la lectura periódica de la ley en el transcurso de una fiesta. Se puede suponer que los textos que acabamos de mencionar evoquen un ritual de la renovación de la alianza, que se celebraba en Siquem.
b) Betel. La tradición yahvista atribuye a Abraham la erección de un altar en su segundo campamento de Canaán, entre Betel y Ay, en la breve nota de Gén12:8. Pero, lo mismo que en el caso de Siquem, se atribuye a Jacob la fundación del santuario en el relato circunstanciado de Gén 28:10-22, en que confluyen las tradiciones yahvista y elohísta. Jacob, de camino para Harán, se detiene para dormir en un lugar santo, un mâqôm. Tiene en sueños la visión de una «escala», o más bien una escalera o rampa, que une la tierra con el cielo. Reconoce que este lugar es una bét-el, una «casa de Dios» y la puerta del cielo; nos encontramos aquí con la idea religiosa que expresaba el ziggurat en Mesopotamia.³ Jacob erige como massebah la piedra que le ha servido de cabecera y la unge con aceite. Hace voto, si regresa sano y salvo, de establecer allí un santuario, ai que pagará el diezmo; hasta aquí la tradición elohísta. La tradición yahvista agrega una aparición de Yahveh, que renueva a Jacob las promesas hechas a Abraham. A su regreso de Mesopotamia, Jacob va en peregrinación de Siquem a Betel, donde erige un altar y una estela, Gén35:1-9.Gn35:14-15. Es la tradición elohísta. Esto parece ser como la ejecución del voto hecho en Gén28:20-22, pero es también un duplicado, puesto que se repite la erección de la estela y la explicación del nombre de Betel de Gén 28:18-19.
Los actos del fundador establecen un ritual y son reproducidos por los fieles: había, por consiguiente, en Betel un santuario cuya instalación se atribuía a los patriarcas, al que se iba en peregrinación, donde se ungía una estela y al que se satisfacía el diezmo. La peregrinación está atestiguada en 1Sam10:3, el diezmo en Am 4:4. Según la tradición de Jue 20:18. Jue20:26-28, Betel era lugar de reunión ante Yahveh, donde se le ofrecían sacrificios, se le consultaba, y donde estuvo depositada el arca durante cierto tiempo.
En Betel fue donde Jeroboam, después del cisma político, instituyó un culto rival del de Jerusalén. Volveremos a tratar de esta historia posterior del santuario ⁴ aquí sólo nos interesamos por sus orígenes. Parece ser que, como en Siquem, aquí también el culto de Yahveh sustituyó al de una divinidad cananea. Jacob se detiene en el mâqôm, toma como cabecera una de las piedras del mâqôm, duerme en este máqóm, Gén 28:11; cuando se despierta después de haber soñado, exclama: «¡Qué terrible es este mâqôm.!» Gén 28:17. Esta insistencia invita a dar a máqóm no ya el sentido general de «lugar, sitio», sino el sentido particular de «lugar de culto», que la palabra tiene también. Según Gén28:19; Gn35:7, Jacob dio a este lugar el nombre de Betel, o El-Betel. Ahora bien, El es el jefe del panteón cananeo y Betel fue por largo tiempo un nombre divino en la religión popular de Israel, como lo atestiguan los documentos de la colonia judía de Elefantina y también dos pasajes bíblicos, Am5:4 y más claramente todavía Jer48:13. La revelación que recibe Jacob consiste en que es su Dios el que se manifiesta en este lugar.
c) Mambré. Según Gén13:18, Abraham levantó un altar bajo la encina de Mambré. Aparte de esta breve indicación, Mambré aparece en el Génesis no como lugar de culto, sino como la residencia de Abraham, de Isaac y de Jacob, Gén14:13; Gn18:1; Gn35:27, y sirve para localizar la cueva de Makpelá «frente a Mambré», donde fueron sepultados los patriarcas y sus mujeres, Gén 23:17-19; Gn25:9; Gn49:30; Gn50:13. Sin embargo, junto a la encina de Mambré fue donde Abraham recibió a los tres huéspedes misteriosos entre los que se ocultaba Yahveh, Gén18, y también en Mambré es donde mejor se sitúa, según el contexto actual, la escena de alianza de Gén 15, dos teofanías, por consiguiente, que con el altar y el árbol indican la existencia de un santuario.
Fuera del Génesis, la Biblia no menciona nunca a Mambré, pero textos tardíos señalan una permanencia del culto y una floración de leyendas en torno al árbol sagrado. Según Josefo, Bell. 4, 9, 7 y Ant. 1,10,4, la encina de Abraham existía desde la creación del mundo y se llama Ogyges; en la mitología griega Ogyges era el fundador de Eleusis y estaba, por tanto, relacionado con los misterios. Ahora bien, la escena nocturna de Gén15 está atribuida explícitamente a Mambré en el libro de los LIBRO DE JUBILEOS: 14.Capítulo, 11 y otros libros apócrifos la interpretan como una revelación de misterios: según ellos Abraham vio allí la Jerusalén futura y tuvo conocimiento de los secretos del fin de los tiempos. En los primeros siglos de nuestra era, Mambré era centro de peregrinación donde se veneraba el árbol de Abraham y cada año se celebraba un gran mercado donde, según la descripción de Sozómeno, Hist. Eccl. 2,4, judíos, cristianos y paganos trataban sus negocios y cumplían sus devociones, cada uno según su creencia. Es el último capítulo de una larga historia: las ruinas romanas y bizantinas de Mambré subsisten en ramet el-halil, 3 kilómetros al norte de Hebrón, y bajo estos santuarios posteriores se han encontrado huellas israelitas.
Es verosímil que allí se practicase ya un culto sincretista .que fue desaprobado por el yahvismo ortodoxo. Esto explicaría el ostracismo que fue infligido a Mambré y el silencio de los libros bíblicos a excepción del Génesis. Y en el Génesis mismo esto explicaría la confusión que parece haberse introducido deliberadamente cada vez que se trata de Mambré. En Gén13:18; Gn14:13; Gn18:1, el texto hebreo habla de las encinas de Mambré en plural, mientras que las mejores versiones usan el singular, y el singular es efectivamente lo que requiere el relato de Gén18:4-8: se quiso diluir la veneración supersticiosa que acompaña a un árbol particular, y los intérpretes judíos dieron un paso más convirtiéndolo en la «llanura de Mambré». Se quiso también despojar al santuario de su autonomía confundiendo a los lectores acerca de su localización: «las encinas de Mambré, que se hallan en Hebrón», Gén 13:18, «Makpelá, que está frente a Mambré», en los cinco textos antes citados, siendo así que la tumba de los patriarcas se hallaba enfrente de la antigua Hebrón en Gén 23:19; «Makpelá enfrente de Mambré, que es Hebrón», y Gén 35:27: «en Mambré, Quiryat-Arbá, está Hebrón». Estos textos son de redacción tardía. Desde luego, es posible que sólo se quisiera así relacionar una tumba y un santuario igualmente venerados, como Gén 35:8 menciona a propósito de Betel la próxima tumba de Débora, pero esto parece menos probable que un esfuerzo por reducir al mínimo la importancia religiosa de Mambré.
d) Bersabé. En el límite meridional de tierra santa, el recuerdo de Isaac estaba ligado principalmente al santuario de Bersabé, cuyo nombre se explicaba como el «pozo del juramento» o el «pozo de los siete», Gén21:22-31; cf. Gn26:33. Allí fue donde Yahveh apareció de noche a Isaac y le confirmó la promesa que le había hecho a Abraham, allí edificó Isaac un altar e invocó el nombre de Yahveh, Gén 26:23-25. Jacob, por su parte, sacrificó allí en honor del Dios de su padre Isaac y fue favorecido con una aparición, Gén46:1-4. Pero la fundación del santuario fue finalmente referida a Abraham: Gén 21:33, que tiene todo el aspecto de ser una añadidura, señala que Abraham plantó un tamarisco en Bersabé e invocó allí el nombre de Yahveh El-Olam, Yahveh El de eternidad. Este nombre divino, que no aparece en otras partes, debe de ser el de la divinidad cananea que fue reemplazada por Yahveh. Un buen paralelo de este título divino lo ofrece Samas Olam con la inscripción fenicia de Karatepé y quizá Elat Olam con un amuleto procedente de Arslan-Tas.
Según 1Sam8:1-2, Samuel colocó a sus hijos como jueces en Bersabé, lo que supone que había allí un santuario, como la había en Betel, Guilgal, Mispá y Ramá, donde el mismo Samuel había juzgado a Israel, 1Sam7:16-17. En la época monárquica, los israelitas del norte acudían allá en peregrinación, Am5:5, y juraban por Dod, el Amado, de Bersabé, Am8:14 (corregido, si bien se deba quizá conservar el hebreo: «el camino de Bersabé»), Estos vínculos duraderos entre Bersabé y las tribus del norte son interesantes y confirman la antigüedad del santuario. En este texto el profeta condena este lugar de culto al mismo tiempo que a Guilgal, Betel, Dan y Samaría.
e) Conclusión. El estudio de los santuarios patriarcales conduce a esta conclusión paradójica: por una parte ia tradición multiplicó los lazos que unían a Siquem, Betel, Mambré y Bersabé con los primeros padres; por otra parte, todos estos santuarios fueron condenados por los representantes del yahvismo, explícitamente en el caso de Betel y de Bersabé, implícitamente en el de Siquem y Mambré. Esto no se explica por una centralización del culto, que no interesaba a Amos, a quien acabamos de citar. Esto quiere decir que el yahvismo terminó por reprobar el culto mismo que allí se celebraba. Es verosímil que este culto continuase, sin que al principio nadie lo tomase a mal, el culto que se celebraba en los santuarios cananeos adoptados por los nuevos inmigrantes. Dos veces se cita a la divinidad a la que pertenecían estos santuarios: El-Betel en Betel y El-Olam en Bersabé. Se siente uno inclinado a relacionar con Mambré a El-Sadday, puesto que este nombre divino es mencionado por primera vez, Gén17:1, en un relato sacerdotal, que es a la vez un duplicado del relato de la alianza de Gén15, que se sitúa probablemente en Mambré, y el relato de Gén18, que se localiza explícitamente allí. En cuanto a Siquem, donde se concluían y renovaban pactos, se puede suponer un El-Berit (cf. por lo demás Jue 9:46), un «El de la alianza», paralelo a Baal-Berit, que tenía y conservó un templo en Siquem, Jue 9:4; el redactor deuteronomista condenará más tarde a los israelitas que «dirigen oraciones a Baal-Berit como a un dios», Jue 8:33.
Pero El-Betel, El-Olam, El-Sadday, El-Berit no eran pequeñas divinidades locales diferentes, sino manifestaciones del dios supremo El, cuyo aspecto elevado y universal nos es mejor conocido por los textos de Ras Samra. En esta primera etapa de la revelación bastaba con que los antepasados de los israelitas reconociesen, en estos antiguos santuarios, a El como su Dios único y como autor y garante de las promesas hechas a su raza. El altar que Jacob erige en Siquem se llama «El, Dios de Israel», Gén 33:20, el de Bersabé es «El, el Dios de tu padre», que aparece a Jacob, Gén46:3, y según Éx6:3, Dios se manifestó primeramente a Abraham, Isaac y Jacob con el nombre de El-Sadday. En el período siguiente, la revelación yahvista será más exigente. Yahveh ocupará el lugar y asumirá los más altos atributos de El, los nuevos centros del culto de Yahveh eclipsarán a los antiguos santuarios a los cuales, sin embargo, seguirá adicta la devoción popular, pero esta transición se realizará pacíficamente, sin las luchas en que se afrontarán el culto de Yahveh y el de Baal.
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