5. El sacerdote y la enseñanza
5. El sacerdote y la enseñanza
La bendición de Leví en Dt 33:10 confía a los levitas, después del urîm y el tummîm, la instrucción del pueblo: «Enseñarán tus decisiones, mišpatîm, a Jacob, tus instrucciones, tórót (léase en plural), a Israel.» La tórah pertenece al sacerdote, como el juicio al rey, el consejo al sabio, la visión o la palabra al profeta. Tres textos lo dicen claramente: «Sus príncipes juzgan por presentes,sus sacerdotes enseñan por salario, sus profetas predican por dinero», Miq3:11; «La tôrah no llegará a faltar al sacerdote, ni el consejo al sabio, ni la palabra al profeta», Jer18:18; «Al profeta se le exigirá una visión, la tôrah faltará al sacerdote, el consejo a los ancianos», Ez 7:26.
Se ha querido derivar tórah del verbo yârâh «echar,lanzar», excepcionalmente «echar las suertes», Jos18:6; así pues, se ha ligado esta función al papel oracular del sacerdote y se ha comparado con el asirio têrtu que significa «oráculo». Pero el empleo de la palabra y los verbos que la acompañan indican más bien que tórah viene de la raíz yrh, empleada frecuentemente en la forma factitiva para significar «indicar, enseñar». La tórah es, pues, propiamente una instrucción, y la traducción corriente por «ley» es imperfecta.
Esta «ley» es confiada por Dios a los sacerdotes, Dt 31:9.Dt31:26, puesto que proviene de Dios: según Dt 33:10, ellos enseñan a Israel las tórót de Yahveh, cf. Os 4:6, y el sacerdote que enseña es un «mensajero de Yahveh Sabaot», Miq2:7. Esta enseñanza se daba naturalmente en el santuario, al que el sacerdote estaba adscrito y al que se acudía en peregrinación, o para ofrecer un sacrificio, o sencillamente para consultar a su ministro; por consiguiente, la enseñanza de la tórah quedará hasta el destierro restringida al templo, y textos como Is 2:3= Is4:2; Dt 31:10-11 se apoyan en un uso muy antiguo.
Originariamente la tôrah es una breve instrucción sobre un punto particular, una regla práctica de conducta, principalmente para la celebración del culto en que el sacerdote es especialista: él es quien ha de decidir entre lo santo y lo profano, entre lo puro y lo impuro, y quien ha de enseñarlo a los fieles, Lev10:10-11; Ez 22:26; Ez44:23. Después del retorno del destierro, el profeta Ageo pide a los sacerdotes una tórah sobre el contagio de la pureza y de la impureza, Ag 2:11-13; se propone a los sacerdotes una cuestión sobre la oportunidad de un ayuno, Zac 7:3.
Pero sería abusivo restringir a esta casuística el papel docente de los sacerdotes. Prescindiendo de la cuestión de los orígenes, textos como Os 4:6 y Jer 2:8 indican que la competencia de los sacerdotes se extendía más allá de las prescripciones estrictamente cultuales. Al mismo tiempo que la tôrah sacerdotal venía a ser la tôrah, la ley, el conjunto de las prescripciones que rigen las relaciones del hombre con Dios, y los sacerdotes eran reconocidos como sus intérpretes; al mismo tiempo que se acentuaba la preocupación por disponerse interiormente bien para que el culto fuese agradable a Dios, los sacerdotes vinieron a ser maestros de moral y de religión. Los profetas desempeñaron el mismo papel, aunque de manera diferente: el profeta es el hombre del dâbâr, de la palabra, el portavoz de Dios que le inspira directamente lo que debe decir en tal o cual circunstancia, el instrumento de una revelación actual de Dios, mientras que el sacerdote es el hombre de la tórah, el depositario e intérprete de una ciencia, da'at, que viene ciertamente de Dios, pero en una revelación pasada, transmitida por los canales humanos de la tradición y de la práctica.
A partir del destierro, la enseñanza de la tórah deja de ser monopolio de los sacerdotes. Los levitas, excluidos de las funciones propiamente sacerdotales, se convierten en los predicadores y los catequistas del pueblo; finalmente la enseñanza se dará fuera del culto, en las sinagogas, y la clase de los escribas y doctores de la ley, accesible a los legos, significará más que la casta sacerdotal.
6. El sacerdote y el sacrificio
En la bendición de Leví, las funciones propiamente cultuales de los sacerdotes aparecen en último lugar: «Ponen el incienso a tus narices y el sacrificio sobre tu altar», Dt 33:10. Esta posición subordinada puede chocar si se piensa en la situación posterior en que la ofrenda de los sacrificios era la función sacerdotal por excelencia: Filón, De Vita Moysi, 2 (3), 29, dice que en pascua todos son sacerdotes, puesto que todos inmolan el cordero, y la Carta a los Hebreos dice que «todo sumo sacerdote está establecido para ofrecer dones y sacrificios», Heb5:1; Heb8:3. Pero aquí nos hallamos ya al término de una larga evolución, de la que Dt 33:10 sólo marca una etapa.
Sin hablar de los sacrificios de los patriarcas en una época en que el sacerdocio no estaba todavía constituido, en la época de los jueces ordena Dios a Gedeón construir un altar y ofrecer un holocausto, Jue 6:25-26; Manoah, padre de Sansón, es invitado por el ángel de Yahveh a ofrecer un holocausto, que es aceptado, Jue 13:16-23. En el antiguo relato sobre la infancia de Samuel, su padre Elqaná sacrifica en persona en Silo, 1Sa1:3-4.1Sa3:21; 1Sa2:19; el sacerdote Elí aparece sólo como guardián del santuario, 1Sam1:9; el «derecho del sacerdote», violado por sus hijos, se refiere únicamente a la atribución de una parte de las víctimas a los sacerdotes, 1Sam 2:12-17, y una añadidura al relato primitivo reserva a los sacerdotes la función de subir al altar y hacer humear la ofrenda, 1Sa 2:27-36.
Saúl, David y Salomón sacrificaron, y ya hemos explicado en otra parte que esto no significaba que los reyes de Israel fuesen sacerdotes,⁶ pero tampoco significa que en su época no desempeñasen los sacerdotes un papel sacrificial. Acaz en persona ofrece el primer sacrificio sobre el nuevo altar que ha hecho construir, pero luego debe oficiar el sacerdote Urías, 2Re 16:12-16. Poco antes de esto, seguramente en la primera mitad del siglo VIII a.C., las bendiciones de Moisés de Dt33 recibieron en el reino del norte su forma definitiva, sin excluir los v. 8-11, que conciernen a Leví, y la oblación de los sacrificios era entonces reconocida como un privilegio del sacerdocio. En Jerusalén, antes del destierro, los compiladores de la ley de santidad justifican las reglas especiales de pureza impuestas a los sacerdotes, por la santidad de sus funciones: ellos son quienes llevan al altar los holocaustos y las porciones de los otros sacrificios, Lev 21:6.
En efecto —y esto es importante—, el sacerdote del Antiguo Testamento no es propiamente un «sacrificador» en sentido de «inmolador». Pudo encargarse de la matanza de la víctima, pero esto fue siempre una función accesoria y no fue nunca privilegio exclusivo suyo. Según Éx 24:3-8, atribuido generalmente a la tradición elohísta, Moisés ordena a jóvenes, que no hay ninguna razón de creer que fuesen sacerdotes, inmolar holocaustos y sacrificios de comunión, pero Moisés en persona es quien recoge la sangre y rocía el altar y al pueblo. La ley sacrificial estipula explícitamente que la víctima es inmolada por el oferente en persona. Lev1:5; Lev3:2.Lev3:8.Lev3:13; Lev4:24.Lev4:29.Lev4:33. Cuando el oferente no estaba en estado de pureza ritual y en los grandes sacrificios públicos, 2Cr 30:17; Ez 44:11, esta acción era ejecutada por el clero inferior. La función del sacerdote comenzaba con la manipulación de la sangre, ya que es la parte más santa de la víctima, Lev 17:11-14, pero sobre todo porque entra en contacto directo con el altar; igualmente, el sacerdote es siempre quien presenta y deposita sobre el altar la parte del sacrificio que corresponde a Dios. Esto es tan cierto que en los sacrificios de aves, en que la víctima debe ser muerta sobre el mismo altar, el oferente pierde su derecho a inmolarla, Lev1:14-15; Lv 5:8. Para significar el descenso de los sacerdotes de los lugares altos después de la reforma de Josías, se dice que no podían «subir al altar», 2Re23:9. Un texto escrito por la misma época dice que los sacerdotes han sido escogidos para «suhir al altar», 1Sam 2:28. También por el hecho de que el incienso debe quemarse sobre el altar, la incensación es un privilegio de los hijos de Leví, según Dt 33:10, de los descendientes de Aarón según Núm 17:5; 1Cr 23:13, y el rey Ozías es castigado por haberse arrogado este derecho, 2Cr26:16-18. Así pues, el sacerdote es con toda propiedad el «ministro del altar» y esta expresión cristiana halla en el Antiguo Testamento su verdadera ejecutoria.
El papel de los sacerdotes en los sacrificios, precisado de esta manera, es ciertamente antiguo, pero se fue afirmando progresivamente a medida que iba desapareciendo su papel oracular y se repartía con otros su papel docente. Por una evolución inversa, cada vez les fue quedando más reservada la acción sacrificial hasta convertirse en función esencial, por lo cual la ruina del templo señaló el fin de su influencia: la religión de la tórah sustituyó al ritual del templo y los sacerdotes fueron suplantados por los rabinos
7. El sacerdote como mediador
Estas diferentes funciones tienen un fundamento común: cuando el sacerdote transmite un oráculo, comunica una respuesta de Dios; cuando da una instrucción, una tôrah, y más tarde cuando explica la ley, la tôrah, transmite e interpreta una enseñanza que viene de Dios; cuando lleva al altar la sangre y las carnes de las víctimas y cuando hace humear el incienso, presenta a Dios las oraciones y las peticiones de los fieles. Representante de Dios cerca de los hombres en las dos primeras funciones, representante de los hombres cerca de Dios en la tercera, es en todo caso un intermediario. Lo que la Carta a los Hebreos dirá sobre el sumo sacerdote, se aplica a todo el sacerdocio: «Todo sumo sacerdote tomado de entre los hombres está establecido para intervenir en favor de los hombres en sus relaciones con Dios», Heb 5:1. El sacerdote es un mediador, como lo son también el rey y el profeta. Pero estos últimos lo son por un carisma personal, como elegidos de Dios; el sacerdote lo es por estado: el sacerdocio es una institución de mediación. Este rasgo esencial se encontrará en el sacerdocio de la ley nueva, participación del sacerdocio de Cristo mediador, hombre y Dios, sacerdote único y víctima perfecta.
Guarda este contenido en tu perfil
Inicia sesión o crea tu cuenta para guardarlo.