3. Las reformas centralizadas
3. Las reformas centralizadas
Sin embargo, frente a estos múltiples lugares de culto, el templo de Jerusalén conservó siempre su rango preeminente: como santuario de Estado establecido en la capital, fue siempre el centro religioso del reino de Judá y, a pesar de la existencia de un templo oficial en Betel, atraía también a los fieles del reino de Israel; recordemos a aquellos peregrinos del norte que acudían a Jerusalén a presentar sus ofrendas al templo en ruinas, Jer 41:5.
Dos reyes de Judá intentaron hacer del templo de Jerusalén no sólo el santuario central de la nación, sino el santuario único, fuera del cual ningún culto público sería tolerado. Los libros de los Reyes elogian a Ezequías por haber suprimido los lugares altos, 2Re 18:4, y en el discurso que atribuyen al copero mayor de Senaquerib dicen que «Ezequías suprimió los lugares altos y los altares diciendo a las gentes de Judá y de Jerusalén: "Éste es el altar delante del cual os prosternaréis."», 2Re18:22 = Is 36:7. No hay ninguna razón para poner en duda este informe: Ezequías, aleccionado por la ruina del reino del norte, quiso asegurar la fuerza y la unidad de la nación por un retorno a las tradiciones, y la concentración del culto en Jerusalén bajo su vigilancia era un elemento de esta política. El cronista desarrolla en tres capítulos, 2Cr29, 2Cr30, 2Cr31, la historia de esta reforma que ocupa en su obra más lugar que la de Josías, en la que, por lo demás, se inspira su relato. La reforma comportaba, pues, una purificación del templo, una pascua solemne y una reorganización del clero; la noticia histórica dada por los libros de los Reyes, la supresión de los lugares altos está sumergida en esta larga descripción, 2Cr 31:1. Pero la obra de Ezequías no tuvo consecuencias y su primer sucesor, Manasés, restableció los lugares altos, 2Re 21:3.
El segundo esfuerzo de centralización exclusiva del culto en Jerusalén, bajo Josías, se encuadra también dentro del marco de una gran reforma religiosa, 2Re23, históricamente más garantizada que la que el cronista atribuye a Ezequías. En un momento en que se desorganizaba el imperio de Asurbanipal, Josías se emancipó del yugo de Asiria y quiso devolver a Judá su independencia. Este movimiento nacionalista llevaba consigo el abandono de las costumbres religiosas tomadas de Asiria, y generalmente de los cultos de los dioses extranjeros, los baales, los astartés y otros todavía, que contaminaban el culto del dios nacional, Yahveh. Por lo que concierne a nuestro problema presente, Josías reunió en Jerusalén a todos los sacerdotes de Judá «desde Gueba hasta Bersabé» y suprimió los santuarios de provincias, los «lugares altos», 2Re23:5,2Re23:8-9: el texto indica claramente que se trata de santuarios de Yahveh y de sacerdotes de Yahveh, llamados a reunirse con sus «hermanos» en Jerusalén ¹². La reforma se extendió al antiguo reino del norte: la destrucción del santuario de Betel es un hecho histórico, pero los detalles dados en 2Re 23:15-20 se inspiran evidentemente en el midrás profético que fue insertado en la historia de Jeroboam en IRe13. La conclusión de la reforma fue sellada por la fiesta de la pascua que, como consecuencia de la centralización del culto, fue celebrada por todos en Jerusalén, 2Re23:21-23.¹³ Era el año 621. Pero esta reforma se vio comprometida por los acontecimientos: Josías murió en Meguiddó el año 609, el país volvió a caer bajo el yugo extranjero, primero bajo el egipcio, luego bajo el de Babilonia, y se volvió a los antiguos extravíos: sincretismo en el templo, cultos extranjeros, renacimiento de los santuarios del campo, Jer 7:1-20; Jer13:27 y otros. Entre los dos sitios de Jerusalén, Ezequiel anuncia el castigo de las montañas de Israel y la destrucción de sus lugares altos, Ez6:1-6.Ez6:13. La situación no debió apenas de cambiar en Judá durante el destierro: poco después del retorno, un profeta de la escuela de Isaías condena al mismo tiempo a sus contemporáneos y a sus antepasados, que quemaban perfumes sobre las montañas, Is 65:7. Desde el año 586, el templo estaba en ruinas y, aun cuando seguía siendo frecuentado, cf. Jer 41:4-5, y seguramente se ofrecían en él sacrificios, la historia parecía haber dado un mentís a la reforma de Josías. Ésta, sin embargo, debía por fin triunfar: así la comunidad vuelta del destierro no tendrá santuario en Judá, sino el templo reconstruido en Jerusalén. Es que la reforma se apoyaba sobre una ley escrita, que resistió el desafío de la historia: el Deuteronomio.
4. El Deuteronomio
Los libros de los Reyes presentan, en efecto, la~rerorma de Josías como consecuencia del descubrimiento, en el templo, de un «libro de la ley», cuyas prescripciones hace aplicar el rey, 2Re 22:1-2Re23:3; cf. 2Re23:21. Spgún los Paralipómenos, 2Cr34-2Cr35, la reforma comenzó a partir del año duodécimo de Josías, y el descubrimiento de la ley en su año decimoctavo marcó solamente su segunda etapa. Este detalle merece crédito: es normal que la lucha de Josías contra los cultos extranjeros comenzara desde el momento en que sacudió el yugo asirio, y es verosímil que esta sublevación se produjese en vísperas o a raíz de la muerte de Asurbanipal el año 627-626 a.C. Pero la supresión de los lugares altos yahvistas y la centralización del clero y del culto en Jerusalén están inspiradas evidentemente en el Deuteronomio que es, en cuanto al fondo, el «libro de la ley» descubierto en el templo el año 621.
Actualmente se ha abandonado la opinión que durante mucho tiempo gozó del favor de los críticos, de que este «descubrimiento» era un fraude piadoso y que el Deuteronomio se había escrito para legitimar la reforma de Josías. Es seguramente más antiguo, y estudios recientes parecen haber probado que reunía tradiciones levíticas provenientes del reino del norte, llevadas a Judá después de la caída de Samaría; pero esto no se puede ciertamente aplicar a todas sus prescripciones, y la ley de la unidad del santuario debe examinarse en sí misma. Se halla en el capítulo Deuteronomio 12, donde por el estilo se pueden distinguir dos partes: la primera, Dt 12:1-2, está en plural y enuncia una ley general: los israelitas deben suprimir todos los lugares de culto de Canaán y no pueden realizar actos propiamente cultuales sino «en el lugar escogido por Yahveh, vuestro Dios, para hacer que en ellos habite su nombre»; la segunda parte, Dt12:13-31, da en singular una serie de prescripciones particulares: «Guárdate de ofrecer holocaustos en todos los lugares sagrados que veas; sólo podrás ofrecer holocaustos en el lugar escogido por Yahveh en una de tus tribus», v.Dt12:13-14; órdenes semejantes se dan respecto a los diezmos y a las ofrendas.
La sección en plural se presenta como una redacción más reciente, pero no añade más que la obligación de destruir los santuarios cananeos, que la segunda sólo prohibe frecuentar. La ley fundamental es la misma en las dos secciones: como Israel no tiene más que un solo Dios, tampoco tendrá más que un santuario y un altar. Esto es una novedad, cf. el v.8, en relación con el código de la alianza, que autoriza la presencia divina, Éx 20:40, y en relación con la costumbre antigua que consideraba toda inmolación como sacrificio, lo cual suponía un altar, cf. 1Sam 14:32-35. Como ya no debe haber más que un altar, la misma ley del Deuteronomio autoriza la matanza profana de animales destinados al sustento, manteniendo no obstante la prohibición de comer la sangre, Dt 12:15-16.Dt12:20-25.
Este santuario único es fijado «en el lugar que Yahveh escogió para hacer que habite en él su nombre», fórmula que, fuera de Dt 12, se repite con frecuencia en el resto del Deuteronomio. En la época de la reforma de Josías y en los escritos posteriores que dependen del Deuteronomio, este «lugar» es evidentemente Jerusalén. Pero el lugar se mantiene siempre anónimo: la razón puede ser que este libro, puesto en boca de Moisés, no podía mencionar a Jerusalén; la razón puede ser también que la fórmula se aplicaba primitivamente a un santuario del reino del norte, patria del Deuteronomio, un santuario central — Siquem o Betel — cuyos ministros querían convertirlo en el santuario único de Israel. Es difícil llegar a una conclusión y nos quedamos indecisos entre dos soluciones: o bien la reforma de Ezequías, 2Re18:4, fue estimulada por esta ley formulada ya por los levitas del norte y llevada por ellos a Judá el año 721; la sección Dt 12:1-12, que insiste en la abolición de otros lugares de culto, habría sido añadida después de esta reforma. O bien la ley de la unidad del santuario, en su conjunto es un reflejo de la reforma de Ezequías y se añadió luego a las tradiciones que llegaban del norte y que se compilaban por orden del rey (como se reunían colecciones de proverbios, cf. Prov 25:1); el «lugar escogido por Yahveh» habría, pues, designado siempre a Jerusalén, y la sección en plural, Dt 12:1-12, sería únicamente indicio de una redacción posterior, que quizá hubiera que poner en este caso en relación con la reforma de Josías. A favor de esta segunda solución se puede notar que el relato de la reforma de Ezequías no se refiere a una ley existente, como lo hace la reforma de Josías, y que esta reforma se explica suficientemente por la política real que tendía a establecer un reino fuerte y unido, y finalmente que la fórmula «el lugar escogido por Yahveh para hacer que habite en él su nombre» parece pertenecer a la teología del templo de Jerusalén.¹⁴
El Deuteronomio, en la retorma en que se había constituido bajo Ezequías, fue olvidado, perdido u ocultado en tiempos de la reacción sincretista de Manasés y volvió a encontrarse bajo Josías, y entonces su descubrimiento inauguró (Re) o confirmó (Par) la gran reforma.
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