2. El templo de Jerusalén y los santuarios rivales
2. El templo de Jerusalén y los santuarios rivales
a) El atractivo de Jerusalén. El altar de David en Jerusalén se conforma a esta regla: se erige en el lugar donde ha aparecido el ángel de Yahveh, 2Sam24:16-25. Pero David había también restituido a Jerusalén el arca de la alianza, el objeto sagrado del culto común de las tribus. De esta manera reanudaba el hilo de la tradición, roto por la cautividad del arca entre los filisteos y, a su modo de ver, debía Jerusalén recoger la sucesión de Siló como santuario central de Israel.⁶ No obstante, este resultado no se obtuvo plenamente en vida de David: aun después de su muerte, Gabaón siguió siendo «el lugar alto más grande», donde Salomón acudió aun antes de ofrecer sacrificios ante el arca de la alianza, 1Re 36:4-15.
Es muy cierto que la presencia del arca legitimaba ya a los ojos de las tribus el rango de capital que el valor de David había granjeado a Jerusalén, ciudad sin tradición israelita, conquistada en época tardía y que era dominio privado del rey, pero sólo cuando el templo de Salomón albergó el arca, vino a ser Jerusalén el centro del culto nacional. Para la dedicación del nuevo santuario había convocado Salomón a los ancianos de Israel, 1Re 8:1; se había acudido desde los confines del reino «desde la entrada de Hamat hasta el torrente de Egipto», 1Re 8:65, y desde entonces no había cesado de afluir a Jerusalén la oleada de los peregrinos, atraídos por el esplendor del culto en el edificio que era el orgullo de la nación.
b) El cisma religioso de Jeroboam. Esto significaba ya una centralización efectiva del culto, pero este atractivo de Jerusalén no dejaba de tener consecuencias políticas: fortificaba la unidad del reino. Precisamente por esto la secesión de las tribus del norte a la muerte de Salomón fue acompañada de un cisma religioso. El motivo se expresa en las palabras atribuidas a Jeroboam: «Si este pueblo continúa subiendo al templo de Yahveh en Jerusalén para ofrecer sacrificios, el corazón del pueblo se volverá a su señor Roboam, rey de Judá», 1Re 12:27.
Para detener esta corriente «hizo becerros de oro y dijo al pueblo: "Bastante tiempo habéis subido a Jerusalén. Israel, aquí tienes a tu Dios que te hizo subir del país de Egipto." Erigió uno en Betel y el pueblo fue en procesión delante del otro hasta Dan», 1Re 12:28-30.
No se trataba de un cambio de religión: el Dios que Jeroboam propone a la adoración de sus súbditos es Yahveh, que hizo salir a Israel de Egipto. La novedad consiste en el símbolo cultual: los «becerros de oro». La palabra 'egel significaba ciertamente «ternero», pero designa también al toro joven, y en este sentido se la debe tomar aquí. Eran imágenes de madera chapeadas de oro. Parece cierto que estas imágenes no se concibieron en un principio como representaciones de Yahveh. En las religiones antiguas de Asia Menor, de Mesopotamia y de Egipto, el animal sagrado no es el dios y no se-confunde con él: encarna sus atributos, adorna o sostiene su trono o le sirve de pedestal. Existen numerosas representaciones de divinidades montadas sobre su animal simbólico. El templo de Jerusalén contenía el arca y los querubines que eran el trono de Yahveh, y Jeroboam tenía necesidad de un equivalente para los santuarios que instituía, por lo cual hizo los «becerros de oro» como soportes de la divinidad invisible. Quizá renovase así una vieja tradición de las tribus del norte: hay relación evidente entre la iniciativa de Jeroboam y el episodio del becerro de oro en el Sinaí, Éx 32; con frecuencia se supone que esta historia fue inventada para apoyar la polémica contra el culto del reino del norte mediante una condena procedente de Moisés y de Dios mismo, pero es posible que el relato conserve un recuerdo antiguo deformado por la hostilidad de los ambientes de Judá: grupos vinculados a Aarón ⁷ tendrían, se dice, el toro como signo de la presencia divina que los guiaba en sus marchas, Éx 32:1-4; 1Re 12:28, como los grupos vinculados a Moisés tenían el arca que los precedía y marcaba sus etapas, Núm 10:33-36.
La prueba de que las medidas de Jeroboam no significaban abandono del yahvismo está en que los textos más antiguos no manifiestan hostilidad a este propósito: ni Elias no Jehú en su lucha contra los dioses extranjeros en Israel se ocupan de los becerros de oro, cf. 2Re10:29. El mismo Amos, que predica en el templo de Betel, no tiene ni una palabra contra la imagen que estaba instalada allí, aun cuando condena las faltas morales y religiosas de Israel. Sin embargo, la elección del toro, aun entendido como simple pedestal de Yahveh invisiblemente presente, no dejaba de ser peligrosa. El toro era el animal atributo del gran dios cananeo Baal y los descubrimientos de Ras Samra ofrecen especial interés en este aspecto. Prescindiendo de cuál fuese la actitud de los espíritus más delicados, no se puede negar que para las masas era inevitable la confusión entre el toro de Yahveh y el toro de Baal, como era inevitable la confusión entre Yahveh y la imagen cultual que significaba su presencia: con esto quedaba abierta la puerta al sincretismo y a la idolatría. De ahí la reacción de los fieles al yah"ismo: la tradición pone en boca de Ahíyyá, el profeta de Siló contemporáneo de Jeroboam, una condenación de estos «ídolos fundidos», 1Re 14:9. Oseas, en la misma época que Amos, dice que el «becerro de Samaría» no es un dios, sino un ídolo fabricado, Os 8:5-6, cf. OS10:5, se envían besos a los becerros en signo de adoración, Os13:2, como se hace a las imágenes de Baal, cf. 1 Re 19:18. Este juicio es también el del redactor deuteronomista de los libros de los Reyes: según él, se sacrificaba a los toros de Dan y de Betel como dioses, 1Re 12:32, y su instalación es el gran pecado de Jeroboam, al que se asociarán todos los reyes de Israel, sus sucesores, cf. en particular 2Re 10:29, y todo el pueblo, 2Re 17:22.
c) Dan y Betel. Pero lo único que había querido hacer Jeroboam era erigir contra Jerusalén dos santuarios rivales. La elección de Dan y de Betel había sido hábil. Estos dos puntos encuadran el nuevo reino: Dan, cerca de una de las fuentes del Jordán, debía servir para las tribus más septentrionales, que tendían siempre a vivir aparte, mientras Betel, cerca de la frontera meridional, detendría a los peregrinos en la ruta de Jerusalén. Además, Dan y Betel tenían, en la tradición de Israel, títulos más antiguos que Jerusalén. Dan era un santuario de la época de los jueces, servido por descendientes de Moisés;⁸ Betel, como lugar de culto, se remontaba hasta Abraham, ⁹y el nieto de Aarón había guardado allí el arca de la alianza, Jue 20:28.
Fuera de la instalación de los becerros de oro, no poseemos más detalles sobre la organización del culto en Dan por Jeroboam ni sobre la historia ulterior del santuario. Amos lo condena al mismo tiempo que a Samaría y Bersabé, Am 8:14, y el redactor de Jue 18:30 dice que el sacerdocio de descendencia mosaica se mantuvo allí «hasta la deportación del país»; los habitantes de Dan fueron deportados por Teglat-Falasar III en 733-732, cf. 2Re15:29, pero parece ser que Dan había perdido ya hacía mucho tiempo su importancia como santuario del reino.
Mejores informes poseemos acerca de Betel. En este sitio santificado por el recuerdo de Abraham y de Jacob,¹⁰ Jeroboam estableció un santuario, una bêt bâmôt, literalmente un templo de lugares altos», mencionado en la estela de Mesá. Nos sentimos inclinados a buscar el emplazamiento de este templo a cierta distancia de la ciudad, en bory beitîn, donde se construyó una iglesia bizantina sobre los restos de un témenos pagano del siglo II d.C. Tenía, desde luego, un altar, 1Re13:1s; 2Re 23:15s, y el oráculo de Am 9:1, pronunciado en este santuario, sugiere que este altar se elevaba delante de una puerta o un pórtico de columnas. Este templo que Jeroboam construyó y proveyó de un sacerdocio y cuyo culto reglamentó, 1Re12:31-32, era, con el mismo título que el de Jerusalén,¹¹ un templo de Estado, un «santuario real», donde Amos profirió su mensaje, Am 7:1 Os. Sobrevivió a la desaparición del reino del norte: según 2Re 17:28, uno de los sacerdotes deportados fue devuelto por el rey de Asiría para que enseñase el culto de Yahveh a los nuevos colonos, y se instaló precisamente en Betel. El altar de Betel y el «lugar alto» construido por Jeroboam fueron destruidos por Josías cuando tuvo lugar la gran reforma, 2Re 23:15.
d) Otros santuarios. Pero ni Dan ni Betel, santuarios oficiales del reino de Israel, ni Jerusalén, santuario oficial del reino de Judá, lograron nunca sustituir los otros lugares de culto. Cada cual seguía frecuentando el «lugar alto» de su ciudad y los viejos santuarios de la época premonárquica seguían siendo lugares de peregrinación. De ello nos informa la redacción deuteronómica de los libros de los Reyes que, en sus instrucciones a los reinos de Israel y de Judá, repite como un estribillo que «los lugares altos no desaparecieron»: de ello nos informan también los profetas que echan en cara a los israelitas el seguir yendo todavía a Bersabé, Am 5:5, y a Guilgal, Os 4:15; Am 4:4; Am5:5. Desde Am7:9 hasta Ez 7:24, los profetas hablan contra «los santuarios» de Israel.
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