2. Ritos de purificación y de desecración
2. Ritos de purificación y de desecración
En la mentalidad antigua, lo impuro y lo sagrado son dos nociones conexas. Lo uno y lo otro contienen una fuerza misteriosa y temible que obra por contacto y que pone en estado de entredicho. Lo impuro y lo sagrado son igualmente «intocables» y el que es alcanzado por ellos se hace a su vez «intocable» Estas concepciones primitivas aparecen también en el Antiguo Testamento: no se puede tocar el arca de la alianza, ni tampoco se puede tocar un cadáver; la madre debe purificarse después del parto que la ha hecho impura, y el sacerdote debe cambiarse de vestidos después del sacrificio, que lo ha vuelto sagrado. No se trata de una contaminación física o moral, y la santidad así adquirida no es una virtud del alma- son «estados» de los que hay que salir para volver a la vida normal.
En la definición de estos entredichos, en los ritos de purificación y de desecración, la religión de Israel conservó, quizá más que en otros casos, costumbres arcaicas. Es notable que estas costumbres se integraran en la legislación sacerdotal más reciente del Pentateuco: se conservaron, pero adoptando un significado nuevo. Sirvieron para separar a Israel del medio pagano que lo rodeaba y para inculcarle la idea de la santidad trascendente de vahveh y de la santidad que debía guardar el pueblo al que Yahveh había elegido. Era, pues, legítimo que en la síntesis final del Levítico, la ley de pureza, Lev 11-16, se uniese a la ley de santidad. Lev 17-26, como los dos aspectos, negativo y positivo, de una misma exigencia.
a) Sacrificios y abluciones. Los sacrificios ocupan un puesto importante en los rituales de purificación y de desecración: holocausto y sacrificio por el pecado, de la mujer que ha dado a luz, Lev 12:1-8; sacrificio de reparación (o por el pecado) y holocausto por la purificación del leproso. Lev 14:10-32; holocausto y sacrificio por el pecado en caso de impureza sexual del hombre, Lev 15:14-15, y de la mujer, Lev15:29-30; sacrificio por el pecado, holocausto y sacrificio del nazireo que se ha hecho impuro por el contacto con un cadáver, Núm 6:9-12; holocausto, sacrificio por el pecado y sacrificio de reparación del nazireo al final de su voto, Núm 6:13-20.
Pero había otros ritos de purificación o de desecración fuera de los sacrificios o en combinación con ellos y, como lo impuro y lo sagrado se transmitía por contacto, era normal que se emplease el agua para «lavarse» de este contacto. El oficiante del culto, para borrar las impurezas que hubiese podido contraer y penetrar sin peligro en el ámbito de lo sagrado, debía lavarse antes de ejercer sus funciones, Éx29:4; Ex30:17-21; Lev8:6; Lv16:4. Las leyes de pureza prescriben abluciones para la purificación de los vasos, vestidos y personas contaminadas por un contacto impuro, Lev11:24-25.Lv11:28. Lv11:32.Lv11:40; 15 passim; Lv22:6. Pero el agua sirve para borrar también el contagio de lo sagrado: el vaso de metal donde se ha cocido la carne del sacrificio, que es una cosa muy santa, se debe frotar y lavar con abundante agua; si es un vaso de arcilla, se debe romper, Lev 6:21. El día de las expiaciones, el sumo sacerdote, que ha entrado en el santo de los santos, debe cambiarse los vestidos y bañarse, el hombre que ha conducido el buco emisario al desierto y el que ha quemado las víctimas de los sacrificios por el pecado deben lavarse los vestidos y bañarse, Lev 16:23-28; los oficiantes del ritual de la vaca roja están sujetos a las mismas prescripciones, Núm19:7-10.Nm 19:21.
La guerra santa ³«santifica» a los que toman parte en ella, asi como el botín que de ella se reporta; el retorno al estado normal exige una desecración: los guerreros permanecen siete días fuera del campamento, se lavan los vestidos y se purifican, como también los prisioneros; los cueros, tejidos, objetos de madera deben lavarse, los metales se pasan por el fuego y luego se purifican con el agua lustral, Núm 31:16-24.
b) Las cenizas de la vaca roja. Esta agua lustral, mê middah, «agua para quitar la contaminación», se preparaba conforme a un rito especial, Núm 19:1-10. Una vaca roja, sin defecto y que no hubiese llevado el yugo, se inmolaba fuera de la ciudad («fuera del campamento» dice el texto que refiere la institución a la estancia en el desierto) por un lego en presencia de un sacerdote. Se quemaba enteramente, y en el fuego en que se consumía echaba el sacerdote madera de cedro, hisopo y rojo de cochinilla. Las cenizas se recogían y se guardaban en un lugar puro. Para preparar el agua lustral se ponía algo de esta ceniza en un vaso y se le derramaba encima agua viva, es decir, procedente de una fuente o de una corriente de agua. Son ciertos los orígenes paganos y mágicos de este rito: para muchos pueblos el rojo es un color protector que desvía el mal y pone en fuga a los demonios, las cenizas de animales sirven en otras partes para lustraciones, el agua corriente quita la contaminación. Este rito arcaico fue aceptado por el yahvismo, la participación del sacerdote lo hizo legítimo, y lo que no tenía nada de sacrificio fue asimilado a un sacrificio por el pecado; el término se halla en Núm 19:17, cf. v. Nm19:13, y compárese Núm 19:4.Nm 19:8 con Lev 16:27-28.
El agua lustral sirve para purificar por aspersión a quienquiera que haya encontrado un cadáver, osamentas, una tumba, como también para purificar la casa de un difunto y su mobiliario, Núm 19:11-22. Fuera de este pasaje, el agua lustral no se menciona sino a propósito de la purificación del botín en el texto de Núm 31:23, donde parece ser una añadidura sin consecuencias efectivas. Es curioso que esta agua lustral no aparezca en otros lugares en que se trata de la impureza que proviene del contacto con un muerto, y que en este caso la ley de santidad prescriba una ablución de agua ordinaria, Lev 22:4-6, que la ley del nazireato implique en este caso un ritual complicado, pero en el que no interviene el agua lustral, Núm 6:9-12. Por otra parte, los ritos funerarios que conocemos por textos antiguos ⁴ ni siquiera suponen que uno se mancille tocando un cadáver, cf. en particular Gén 46:4; Gn50:1. Las cenizas de la vaca roja y el agua lustral presentan así la paradoja de un rito de apariencia arcaica que se habría conservado al margen de la religión oficial, e incluso al margen de la vida ordinaria del pueblo, antes de incorporarse tardíamente a la legislación sacerdotal.
c) El ritual de la lepra. Un problema análogo plantea el ritual de la lepra, que llena dos grandes capítulos de la ley de pureza, Lev 13-14. Lo que el hebreo llama sára at y que las traducciones modernas interpretan como «lepra» no es — o no es sólo — la lepra que define nuestra medicina. La palabra se aplica a diversas enfermedades de la piel, cuyos síntomas se mencionan en Lev 13:1-44 y que no son los de la lepra en el sentido de nuestra medicina; además se trata de enfermedades curables. El sacerdote, no como médico, sino como intérprete de la ley, es quien ha de decidir si se trata de un caso de «lepra»; el «leproso» es declarado impuro, es segregado de la comunidad y vive fuera de la ciudad, cf. ya 2Re7:3, hasta su curación.
El sacerdote es también quien comprueba que el enfermo han curado Lev 14:3; cf. Mt8:4 y paralelos; Lc17:14. Pero el «leproso», antes de reintegrarse a la vida común, debe ser purificado. Se inmola un ave encima de un vaso que contiene agua tomada de una fuente o de un torrente. Otra ave viva es sumergida en esta agua ensangrentada, a la que se añade madera de cedro, rojo de cochinilla e hisopo, luego se suelta el ave viva en el campo y al leproso se le hace una aspersión y se le declara puro. Al cabo de siete días se rasura todos los pelos del cuerpo, se lava los vestidos y toma un baño: así queda puro, Lev 14:2-9.
Pero el texto continúa: el octavo día ofrece un sacrificio de reparación, un sacrificio por el pecado y un holocausto. Con la sangre del sacrificio de reparación toca el sacerdote la oreja derecha, el pulgar derecho y el dedo grueso del pie derecho del leproso curado y luego unge los mismos miembros con aceite y derrama el resto de éste sobre la cabeza del oferente, Lev 14:10-32. No son ritos de consagración (como en el caso de la investidura del sumo sacerdote, Éx 29:20-21; Lev 8:12), sino ritos de purificación: este mismo papel es el de la sangre en los sacrificios expiatorios5, y las unciones de aceite que se añaden pueden relacionarse con el rito de «purificación de la frente» mencionados en los contratos mesopotamios de liberación de esclavos, y más en particular en el contrato de manumisión de una sierva en Ras Šamra: «He derramado aceite sobre su cabeza y la declaro pura.»
Este capítulo de Levítico14 reúne dos rituales: el primero, v. 2-9, es arcaico: las enfermedades de la piel, que son repugnantes y contagiosas, son causadas por un demonio al que hay que expulsar, en lo cual se hallan ciertos rasgos del ritual de la vaca roja: el valor apotropaico del color rojo, el agua enrojecida con sangre y el rojo de cochinilla, el valor catártico del cedro y del hisopo, el agua viva, el pájaro que se suelta en el campo llevándose el mal; se rasuran los pelos porque llevaban las señales de la enfermedad, Lev 13:2-44 passim. El segundo ritual, Lev 14:10-32, aplica al leproso las reglas levíticas concernientes a los sacrificios de expiación, pero contiene en sí un elemento aberrante: las unciones de aceite, de las que se han citado paralelos extranjeros.
No solamente las personas están sujetas a la «lepra»: las mohosidades de los vestidos, tejidos o cueros, son una «lepra» que los hace impuros. También en este caso toca al sacerdote decidir y secuestrar el objeto. Si el mal se extiende o resiste a un primer lavado, se quema el objeto; si desaparece el mal, se vuelve a lavar el objeto, que es ya reconocido como «puro», Lev13:47-59. Existe también la «lepra» de las casas, salitre o musgo, que da a los muros el aspecto de una piel leprosa, Lev 14:33-53: si el sacerdote reconoce un - caso de lepra, se arrancan las piedras afectadas y se rascan las paredes; si el mal persiste, se derriba la casa; si el mal se detiene, se declara pura la casa, pero es menester expiar el «pecado de la casa», empleándose el mismo rito que para la purificación del leproso, Lev 14:2-9.
Todas estas prescripciones revelan concepciones primitivas y conservan antiguos ritos supersticiosos. Sin embargo, ni de esto ni de las cenizas de la vaca roja y el agua lustral, nada se refiere en los textos anteriores a la cautividad, lo cual nos lleva a una conclusión que parece poder aplicarse a todas las leyes de pureza de Lev 11-16: la comunidad posterior a la cautividad tenía crecientes exigencias de pureza, el temor de la impureza acabó por hipertrofiarse y los legisladores sacerdotales han multiplicado los casos de impureza y sus remedios, tomando a manos llenas e incorporando al sistema levítico supersticiones populares e imponiendo prescripciones tan numerosas que hacían la ley inaplicable. El judaismo postbíblico fue todavía más lejos en este sentido. Lo que había en un principio servido para expresar la santidad de Dios y de su pueblo se convirtió en un formalismo estrecho y en un yugo insoportable, lo que era una protección se convirtió en una argolla. Jesús condenará a los escribas y a los fariseos que imponen pesadas cargas en las espaldas de lós otros, Mt23:4, y cierran a los hombres el reino de los cielos, Mt23:13. Proclamará que la impureza que mancilla es la impureza moral, Mt15:10-20, y san Pablo afirmará que «nada es impuro en sí», Ro 14:14.
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