Capítulo 3. De cintura para abajo: la Iglesia y el sexo
Preguntas desafiantes
¿Cómo es posible que, en pleno siglo XXI, la Iglesia siga aferrada a la idea de que el sexo solo puede usarse para tener hijos?
Si lo hacemos de mutuo acuerdo y no hacemos daño a nadie, ¿por qué la Iglesia piensa que nuestro amor es malo?
Si lo nuestro es serio, nos queremos y nos vamos a casar, ¿por qué es mejor no tener relaciones con mi novio o novia?
¿Por qué la Iglesia llama «desordenados» a los homosexuales?
¿Qué clase de Dios hace a algunos homosexuales, y luego les prohíbe el sexo?
¿Por qué la Iglesia dice que los anticonceptivos están mal pero en cambio autoriza los métodos naturales de planificación familiar, que sirven para lo mismo?
La visión cristiana de la sexualidad es probablemente su elemento más contracorriente en nuestros días, algo incomprensible para la cultura contemporánea. La ética de la autonomía –reforzada por los mensajes consumistas– no tolera que alguien nos diga lo que podemos hacer con nuestra vida, y menos aún con nuestro cuerpo. «¡Fuera del dormitorio!», parecen decir muchos a la Iglesia.
Para el pensamiento cristiano, en cambio, el sexo no es un asunto moralmente neutro, sino la más profunda expresión de entrega entre un hombre y una mujer, y por eso ha de enmarcarse en un contexto de fidelidad, permanencia y apertura a la vida. Este planteamiento es hoy tan anticultural, que aquellos que intentan vivirlo así son tenidos por raros, por tontos o por las dos cosas.
El cambio de paradigma ha sido velocísimo. Hasta hace dos generaciones, la sabiduría multisecular y la mayoría de las culturas eran unánimes en afirmar que el sexo está destinado al matrimonio. Hoy, el sexo tiene la misma consideración moral que la gimnasia: un elemento de la vida sana y equilibrada. En ese sentido, la Iglesia no ha cambiado, ha sido la cultura la que ha dado un giro copernicano. De hecho, lo que se le recrimina es que siga pensando en el sexo como nuestros abuelos.
En pocas décadas han coincidido varios cambios significativos: la idea de la continencia sexual antes del matrimonio se ha desvanecido a velocidad inaudita; se ha extendido el uso de la anticoncepción artificial, y el aborto cuando aquella falla; los matrimonios fracasan en proporción enorme; la infidelidad abunda… Sexo y familia se han separado, y cada uno sigue por su camino.
Por desgracia, la esperanza de que la «revolución sexual» traería una era de felicidad, sin sentimientos de culpa debidos a las consideraciones propias de una moral estrecha, se ha visto frustrada. El sexo desinhibido y sin complicaciones no ha traído una sociedad pacífica y risueña: hoy la violencia sexual reina por doquier, y causa más víctimas que nunca, principalmente mujeres jóvenes y niños. La separación entre sexo y compromiso no ha curado las lacras de las violaciones, el abuso de menores, ni las feas ramificaciones de la pornografía y la prostitución, que llegan hasta la trata de personas.
En algunos ambientes se atisban ciertos indicios de un cambio de tendencia. La generación actual, que ha experimentado en primera persona las consecuencias de la debacle de la estabilidad familiar, busca para sí algo mejor. Algo –no saben bien qué– les sopla interiormente que el sexo es o debería ser algo más que una gratificación instantánea y consensuada entre adultos, y echan de menos el compromiso. Pero lo que pide la Iglesia es demasiado. Su modelo de amor humano (uno con una y para siempre) es inalcanzable. Por si fuera poco ser fiel a la misma persona toda la vida, la Iglesia añade otro obstáculo: su oposición a los métodos anticonceptivos artificiales. Además, con demasiada frecuencia los matrimonios entre católicos no son dechados de virtudes. Y si, para más inri, quien explica lo que se puede y lo que no se puede es un sacerdote célibe, es aún más difícil escabullirse de la acusación de ser rígidos y utópicos.
El clímax de la controversia se alcanza cuando el Catecismo dice: las relaciones sexuales entre personas del mismo sexo son «depravaciones», y los actos homosexuales son «intrínsecamente desordenados». En ese instante, unos (pocos) se burlan y otros (muchos) se enfadan. Se acusa entonces a la Iglesia de estar en contra de los gais, de favorecer la discriminación, la violencia y un clima de intolerancia contra ellos. Se reprocha a la Iglesia de usar un lenguaje hiriente y hasta poco «cristiano». Se le achaca que ignore el cariño y la generosidad que se da en las parejas del mismo sexo. Hasta se le carga la responsabilidad de la mayor propensión al suicidio y a autolesionarse en los adolescentes con atracción hacia personas del mismo sexo, insinuando que la intransigente actitud cristiana hacia la homosexualidad contribuye a esta marginalización… La doctrina de Jesús es en este punto un auténtico skandalon; una piedra de tropiezo.
Pensar en la intención positiva detrás de las críticas a la Iglesia ayudará a presentar el mensaje cristiano sobre la sexualidad desde el respeto de la persona, la integración de la sexualidad en un proyecto de vida que siga los valores cristianos y la visión del amor como donación. Entenderemos que detrás del rechazo al mensaje cristiano hay una mirada afectuosa hacia a las víctimas; que también nuestros críticos comparten la visión de Dios como un ser misericordioso. Nuestra tarea es mostrar que entender y vivir sanamente la sexualidad es la única manera de construir relaciones duraderas y fructíferas.
Intención positiva
En ocasiones, los detractores de la Iglesia comienzan señalando los fallos y los errores de una rígida moralidad sexual basada en convenciones sociales y roles sociales estáticos. No les falta razón: si en el matrimonio no hay amor, es difícil presentarlo como argumento en contra de la promiscuidad; y la velocidad a la que las familias –también las católicas– se rompen sugiere que la sociedad de hace unas décadas no era el paraíso terrenal. El papa Francisco sostiene la necesidad de rechazar los modelos negativos del pasado y renovar la visión de la familia desde el corazón del mensaje cristiano: «Si bien es legítimo y justo que se rechacen viejas formas de familia “tradicional”, caracterizadas por el autoritarismo e incluso por la violencia, esto no debería llevar al desprecio del matrimonio, sino al redescubrimiento de su verdadero sentido y a su renovación», dice en la Amoris laetitia.
No se puede tampoco minusvalorar la influencia puritana en la historia del cristianismo, que decía que el espíritu es bueno y la carne, perdición; ni tampoco el machismo que permeó (y permea) las relaciones humanas en Occidente hasta hace poco, provocando una asimetría injusta en las familias. Nuestra cultura hace bien en rebelarse contra esa mentalidad y mirar al cuerpo, especialmente al sexo, de manera positiva; y en revalorizar el papel de la mujer en el mundo actual.
Ven la anticoncepción como una forma de proteger a la gente de las consecuencias de sus acciones –embarazos imprevistos– que podrían afectar las vidas de muchos y crearían nuevas víctimas, así como un mecanismo de defensa de la independencia de la mujer, tantas veces sojuzgada por prejuicios patriarcales.
Y rechazan la marginalización social de los homosexuales, tantas veces humillados en público y dentro de sus propias familias: un hecho triste e incontestable. Por no hablar de su criminalización en muchos momentos de la historia, también en el siglo XX, y hasta la castración química forzosa practicada en Estados Unidos y en otros países en la década de los cincuenta: son páginas oscuras de la historia de la humanidad, a las que nadie quiere volver.
¡Viva el sexo!
En la antropología cristiana, el impuso sexual proviene de un lugar muy profundo del ser humano. Se nutre de un deseo de pertenencia y conexión, y es parte fundamental en la construcción del amor entre un hombre y una mujer. Es un don valioso y sagrado, que tiene la capacidad de unir y sanar. En cristiano, hablar de sexo es hablar de amor.
Suele hablarse de tres niveles en el amor entre el hombre y la mujer, como escalones que se van integrando el uno en el otro. El más elemental es el atractivo físico; luego viene el enamoramiento sentimental, que sucede a veces sin quererlo ni buscarlo, y puede pillar por sorpresa; por último, el amor esponsal. El enamoramiento, surgido sin intervención de la voluntad, se convierte en una decisión, tomada libremente, de entregarse al otro, amándolo tal como es y como será. El amor, entendido así, implica un «para siempre». Si tiene fecha de caducidad, ya no será un «te amo» de verdad, sino más bien un «hoy me gustas», «nos lo pasamos genial juntos, pero de ahí a entregarme realmente a ti…».
Cuando hay amor esponsal, la manera de expresarlo en el lenguaje corporal es la entrega del propio cuerpo: el acto sexual. Si no ha habido una entrega de la propia vida con carácter permanente, el sexo no es expresión auténtica de una entrega todavía en ciernes. Los novios, diez minutos antes de la boda, no se han entregado aún (les faltan 600 segundos), y el amor les dice: esperad. Si le quieres, espera. Si no puedes esperar, adelanta la boda… o es que no le quieres de manera plena, hasta el olvido de ti. El amor auténtico es entrega, implica una voluntad de poner por delante las necesidades ajenas a las propias. Ese es el marco de los dos tipos de amor que explica Benedicto XVI en la Deus Caritas Est: ágape (amor de donación) y eros (amor de atracción).
De manera esquemática, la Iglesia mantiene que el sexo es «bueno» si se dan tres elementos: (a) ocurre dentro de una unión y un compromiso para toda la vida; (b) entre un hombre y una mujer; (c) y está abierta a la vida. Cuando el sexo cumple con estos requisitos, se ajusta al designio de Dios. En presencia de esos elementos, el sexo no solo es legítimo, sino muy bueno. Contra todos los dualismos y puritanismos de la historia, que han despreciado lo corporal, la Iglesia defiende no solo la bondad, sino hasta la santidad del sexo. Así dice el Catecismo de la Iglesia Católica:
«La sexualidad, dice la Iglesia, no es solo un magnífico regalo de Dios gracias al
cual podemos experimentar el placer, la alegría y la santidad de la íntima
comunicación entre una pareja (finalidad unitiva de la sexualidad), sino también el
extraordinario medio a través del cual se transmite la vida a un nuevo ser humano
(finalidad procreadora de la sexualidad)».
Un santo reciente lo dijo con palabras rotundas, casi explícitas: «En todos los sacramentos el ministro es el sacerdote; pero ahí no. Ahí el ministro sois vosotros. En otros sacramentos, la materia es el pan, es el vino, es el agua… Aquí son vuestros cuerpos. Recordad lo que decía esta mañana con palabras de san Pablo: no os pertenecéis. Yo veo el lecho matrimonial como un altar: está allí la materia del sacramento. Quereos mucho, santamente, noblemente, sin temor a los hijos».
Esos dos aspectos del acto sexual, unitivo y procreativo, se refuerzan mutuamente. El sexo que está abierto a la vida hace más profundo el vínculo entre un hombre y una mujer precisamente porque está abierto a la vida. Esto no significa que todo acto sexual lleve, o pueda llegar a llevar, a la creación de vida; después de cierta edad, es imposible que suceda. Pero, si las otras condiciones siguen dándose, el sexo mantiene su ecología intrínseca. Se respetan los ritmos propios del cuerpo en la expresión sexual.
Por el contrario, cuando el sexo se da fuera del contexto esponsal, la experiencia muestra que con mucha frecuencia deja de ser una manifestación de amor para convertirse en un acto ansioso y egoísta. El sexo sin compromiso –por placer, por consuelo, para aliviar el estrés o por simple aburrimiento– es habitualmente ocasión de profunda insatisfacción; a algunos les baja la autoestima, y a otros les sube el cinismo. Quien mantiene muchas relaciones sexuales con distintas personas no necesariamente tiene una vida sexual satisfactoria, sino un ansia cada vez más difícil de colmar. El escritor inglés C. S. Lewis anotó, de manera autobiográfica: «Al terminar de construir un templo para él, descubrí que el dios del placer se había ido».
Tampoco funciona cuando se realiza con la esperanza de que lleve a un compromiso. Resulta tentador pensarlo, pero nos engañaríamos. Ciertamente, cuando no existe consentimiento, tienen lugar los peores abusos de la sexualidad humana; pero incluso el acto sexual «consentido» puede ser, y a menudo es, una fuente de tristeza y dolor emocional. ¿Quién no conoce a alguien que se haya sentido tratado como objeto de deseo en vez de como sujeto de amor?
Quizá por eso, la experiencia moderna de la promiscuidad –una gratificación seguida de inmediato por el aburrimiento– va unida al sentimiento –por al menos una de las partes– de haber sido «usado». Sobreviene la sensación amarga de haber dado demasiado de nosotros mismos. Lo que nosotros entregamos en el acto sexual es un conocimiento íntimo –la Biblia describe las relaciones sexuales como «conocimiento»– de nosotros mismos, al que solo deberían acceder aquellos en los que confiamos y a los que amamos.
La confusión y la ansiedad que siguen al sexo sin compromiso –o con compromisos «parciales», descartables– son una prueba de que el sexo tiene un sentido y un significado intrínsecos. En ecología se habla del cuidado de la naturaleza, del respeto por el mundo creado, de no abusar de lo que se nos ha confiado.
La interpretación de la Iglesia es que el propósito del sexo está ligado al verdadero acto de donación y creación. La Iglesia enseña que «cualquier acto matrimonial debe quedar abierto a la transmisión de vida», en palabras de la encíclica de Pablo VI Humanae Vitae, de 1968. Mirando alrededor, es evidente por qué se trata de una de las enseñanzas de la Iglesia que hoy en día tantísimos –entre ellos, muchos católicos– no entienden. Pero es la clave del arco.
Al mantener una sólida conexión entre la actividad sexual y la procreación, una pareja busca abrirse a la posibilidad de estar unidos por el resto de sus días trayendo un hijo o hija al mundo. Solo ese tipo de compromiso hace que el sexo sea expresión de un amor verdadero. La pareja, unida, ayudará a que esta nueva vida crezca y se desarrolle. La nueva persona nacida como fruto de su amor compartirá sus genes; y la pareja, padre y madre, marido y mujer, estará conectada para siempre a través de sus hijos y nietos. Eso sí es «hacer el amor».
Tal es el poder creador del sexo, que la Iglesia lo protege poniendo una cerca a su alrededor, porque ese poder de crear vida puede ser altamente destructivo cuando pierde su razón de ser. El autor inglés G. K. Chesterton se imagina un grupo de niños jugando cerca de un acantilado; mientras haya un muro que los rodee, pueden jugar sin miedo. Sin el muro, este miedo a caerse por el precipicio inhibe su capacidad para jugar. El sexo con amor dentro del matrimonio es ocasión de alegría y de gozo gracias a sus límites. En cambio, el sexo casual por diversión, carente de estos límites, hace que nos invada la ansiedad, el miedo y el vacío; y entonces nos preocupa principalmente que sea «sexo seguro»…
La cosmovisión moral católica da sentido no solo a nuestra realidad biológica y reproductiva, sino a nuestra naturaleza completa: personas que encontramos nuestra máxima realización al dar y recibir amor. Aunque la doctrina de la Iglesia en este asunto a menudo es vista como un «no», es justo lo contrario. El amor conyugal, según explica la Humanae Vitae, es ante todo un amor plenamente humano, es decir, corporal y espiritual al mismo tiempo. No se reduce a una simple efusión del instinto o del sentimiento, sino esencialmente un acto de la voluntad libre, destinado a mantenerse y a crecer mediante las alegrías y los dolores de la vida cotidiana, de forma que los esposos se conviertan en un solo corazón y en una sola alma, y alcancen juntos su perfección humana.
El amor en tiempos de Francisco
En esa carta magna del amor matrimonial que constituye la Amoris laetitia, el papa usa un lenguaje práctico, cercano, esperanzador y existencial, que convierte a este documento en una preciosa ayuda para el camino de maduración en la caridad conyugal.
El punto de partida del papa Francisco en la exhortación postsinodal son los matrimonios «reales», con todos sus límites, dificultades, imperfecciones, luchas y duros desafíos. El Papa está lejos de la utopía romántica: muestra que «muchas familias, que están lejos de considerarse perfectas, viven en el amor, realizan su vocación y siguen adelante, aunque muchas veces caigan a lo largo del camino».
El amor entre los esposos es un camino de amor: «el amor matrimonial no se cuida ante todo hablando de la indisolubilidad como una obligación o repitiendo una doctrina, sino afianzándolo gracias a un crecimiento constante bajo el impulso de la gracia». Nunca «podremos alentar un camino de fidelidad y de entrega recíproca si no estimulamos el crecimiento, la consolidación y la profundización del amor conyugal y familiar».
Francisco insiste por activa y por pasiva que «todo esto se realiza en un camino de permanente crecimiento. Esta forma tan particular de amor, que es el matrimonio, está llamada a una constante maduración». Nos recuerda que «el amor que no crece comienza a correr riesgos, y solo podemos crecer respondiendo a la gracia divina con más actos de amor, con actos de cariño más frecuentes, más intensos, más generosos, más tiernos, más alegres».
En ese camino del amor, la sexualidad cumple un papel principal, ya que «Dios mismo creó la sexualidad, que es un regalo maravilloso», y la dimensión erótica del amor es «don de Dios que embellece el encuentro de los esposos», y la unión sexual es «camino de crecimiento en la vida de la gracia para los esposos». Por lo tanto, la educación y maduración de la sexualidad conyugal «no es la negación o destrucción del deseo, sino su dilatación y su perfeccionamiento».
Francisco invita a los esposos a hacer renacer el amor en cada nueva etapa, y les insiste en que «de ningún modo hay que resignarse a una curva descendente, a un deterioro inevitable, a una soportable mediocridad». El amor conyugal tiene que «renacer, reinventarse y empezar de nuevo hasta la muerte».
También cuando habla de la fecundidad procreativa, se preocupa por situar esta temática a la luz del amor y como consecuencia de él. Por eso explica que el hijo «está presente desde el inicio del amor como una característica esencial que no puede ser negada sin mutilar el mismo amor. Desde el comienzo, el amor rechaza todo impulso de cerrarse en sí mismo, y se abre a una fecundidad que lo prolonga más allá de su propia existencia».
Cara al futuro, el Papa destaca la necesidad de «ayudar a los jóvenes a descubrir el valor y la riqueza del matrimonio» y de «tocar las fibras más íntimas de los jóvenes, allí donde son más capaces de generosidad, de compromiso, de amor e incluso de heroísmo», para invitarles a «aceptar con entusiasmo y valentía el desafío del matrimonio». Señala, además, que «el Estado tiene la responsabilidad de crear las condiciones legislativas y laborales para garantizar el futuro de los jóvenes y ayudarles a realizar su proyecto de formar una familia».
La piedra de escándalo
Al hablar de la sexualidad humana, los puntos de partida de la ética individualista de la autonomía y de la ética cristiana son antitéticos. Para la primera, el único factor relevante es la libertad del individuo, y por tanto su único requisito es el consentimiento mutuo entre adultos. «Mientras no haga (hagamos) mal a nadie, todo está permitido», se oye con frecuencia. Solo hay dos categorías: sexo voluntario (legítimo) y sexo forzado (ilegítimo).
En cambio, la ética cristiana mira al acto sexual desde el conjunto de la persona, de la esencia de la libertad y de la finalidad del acto. Por tanto, para el cristiano lo relevante de veras (dando por supuesto el consenso) es si un acto sexual es conyugal o no. El sexo no conyugal puede tener mil formas, pero el obstáculo principal para ser bueno es ese: que no es conyugal. Lo demás quizá despierte la curiosidad pero, moralmente hablando, es puro accesorio.
Hasta aquí, ningún problema. Nadie se extraña ni se sorprende si oye decir que la Iglesia se opone al sexo libre o al adulterio: entra dentro de lo que se espera de ella. Se puede discrepar, pero –se comenta– «que cada uno diga y haga lo que quiera».
Pero, si se trata de la homosexualidad, la reacción es bien distinta: de rechazo radical. La sensibilidad actual y los abusos históricos han creado un contexto en el que las consideraciones sobre la homosexualidad están intrínsecamente vinculadas con la convivencia social, y por eso quien parece que critica a las personas homosexuales ha de ser rechazado como enemigo de la colectividad. Si la agresión es grave, llega a convertirse en imperdonable: es indispensable castigarlo e incluso expulsarlo de la comunidad. Tal escándalo termina siempre con la eliminación del chivo expiatorio.
Hoy en día, la valoración positiva de la homosexualidad parece ser uno de los dogmas de nuestra sociedad; y cualquier discrepancia tiende a ser castigada con dureza, como se ve en las legislaciones de los países occidentales. En otros ámbitos, las sociedades contemporáneas buscan activamente la pluralidad de puntos de vista y persiguen los monopolios, crean tribunales de defensa de la competencia, y ponen sanciones multimillonarias a quien abusa de su posición dominante (Microsoft, Google, Android o Telefónica lo han sufrido en su propia carne). Aquí no: es un punto tan sensible, vinculado al respeto de las personas, que el disenso es ilegítimo.
Por eso es difícil expresar la posición de la Iglesia, que se fundamenta en promover el respeto a las personas homosexuales y sostiene que los actos homosexuales no ayudan a las personas a ser felices. A veces, quien se pronuncie al respecto, intentando hacer «distinciones» (y más si se hace con un tono duro o irónico), es automáticamente descalificado como «homófobo», se le priva de la posibilidad de defenderse o de rectificar, y se le incluye en una lista de grupos o empresas «de odio antigay». Los activistas LGBT suelen usar con frecuencia ese término, «homofobia», fuera de su contexto propio, la medicina, como estrategia para presentar las ideas del adversario como irracionales: llamar homófobo a alguien no implica razonar sobre sus argumentos, sino un veredicto sobre su capacidad mental. Es una estrategia eficaz porque apunta a una descalificación moral absoluta. Es una etiqueta que justifica el desprecio e, incluso, la agresión. El «etiquetado» homófobo no merece una respuesta: puede ser ignorado.
Los ejemplos abundan en cualquier sector de actividad. En política se puede recordar lo que pasó al político y filósofo Rocco Buttiglione: a pesar de entender y aceptar la distinción entre ley y moral, y de que no había sido nunca acusado de discriminación hacia los homosexuales, no pudo ser nombrado comisario de la Unión Europea por sus opiniones («como católico considero la homosexualidad un pecado, pero no un delito», afirmó ante la asamblea europea). En el ámbito empresarial podría decirse que no se puede dirigir una compañía de Silicon Valley si se opone al matrimonio del mismo sexo, como le pasó en 2014 a Brendan Eich. Apenas nombrado CEO de Mozilla, tuvo que renunciar por las protestas de la comunidad LGBT, pues seis años antes había donado dinero a la campaña en contra de la aprobación del matrimonio del mismo sexo en California (a pesar de que, por aquella época, ni siquiera Barack Obama y Hillary Clinton apoyaban el matrimonio gay). En religión, en 2015 la fiscalía de Málaga abrió diligencias penales contra el cardenal Fernando Sebastián por unas declaraciones suyas del año anterior, en las que se refirió a la homosexualidad como «una manera deficiente de manifestar la sexualidad», y añadió que «muchos casos de homosexualidad se pueden recuperar y normalizar con un tratamiento adecuado».
No se trata solo del reconocimiento de las uniones del mismo sexo como matrimonio (lo veremos en el capítulo 5), sino que lo abarca todo: en un número creciente de países, un pastelero no puede negarse a hacer una tarta para una ceremonia de ese estilo; un médico experto en fertilidad no puede negarse, aunque trabaje en su consulta privada, a tratar a una lesbiana que quiere tener un hijo por su cuenta; una agencia católica de adopciones no puede rechazar dar un niño o una niña a una pareja del mismo sexo; ni unos padres pueden pronunciarse sobre la petición de un hijo o hija de 15 años que solicita en el colegio el cambio de sexo. No son escenarios de ciencia-ficción de un país de ateos, sino algo real aprobado no muy lejos: en 2016, en la Comunidad autónoma de Madrid, gobernada por un partido de centro-derecha.
Lo especialmente negativo de estas situaciones es que exasperan los ánimos de los que participan en la conversación pública, con el riesgo de caer presos de lenguajes y acciones de los activismos. Queda entonces desfigurada la posibilidad de dialogar, de promover desde el respeto iniciativas para exponer la propuesta de la Iglesia sobre la sexualidad, de manera positiva y amistosa.
La situación es de alto voltaje. En una de sus homilías en Casa Santa Marta en 2016, el papa Francisco habló de que, además de las persecuciones cruentas a los creyentes, existe «otra persecución de la que no se habla tanto, disfrazada de cultura, de modernidad, de progreso: es una persecución –se podría decir con ironía– “educada”: tiene lugar cuando se persigue no porque alguien haya confesado el nombre de Cristo, sino por tener y manifestar los valores del Hijo de Dios. ¡Se persigue a Dios Creador en la persona de sus hijos! Lo vemos todos los días, cómo las potencias hacen leyes que obligan a ir por esa vía, y una nación que no sigue esas leyes modernas, cultas, o que al menos no quiere aceptarlas en su legislación, es denigrada, es perseguida educadamente».
Entender las heridas del otro, la motivación que le mueve, aceptar que probablemente actúa con buena intención y promover la cultura del encuentro, se convierten en el primer objetivo a la hora de entrar en el campo minado de la discusión pública y jurídica sobre la homosexualidad. No se ha de perder nunca de vista que estamos hablando de personas, que merecen no solo respeto, sino también amor y un mensaje de esperanza.
En el paradigma de la moral autónoma, la heterosexualidad y la homosexualidad son dos maneras alternativas de vivir la sexualidad, y resulta indiferente vivir de una u otra manera. Cada uno elige con libertad, y nadie debería influir en esa decisión libre… o casi. Hay una cosa que con mucha frecuencia se critica con dureza: la ayuda a quien siente atracción hacia personas del mismo sexo con las llamadas «terapias de reconversión», para quien lo solicite libremente, porque la vive de forma «egodistónica», con disgusto. En ciertos ambientes, hablar de terapia, de tratamientos, de medicinas, es algo completamente prohibido, una violación de los derechos humanos de dimensiones colosales, por mucho que el interesado o interesada lo pida. Es una triste contradicción negarles el derecho a decidir sobre su propia sexualidad.
También puede pasar que se intente silenciar con virulencia a cualquier investigador que no esté de acuerdo con las tesis favorables a equiparar la heterosexualidad con la homosexualidad y cualquier investigación que apoye esa tesis. Por último, se ejerce una presión violenta sobre las instituciones sanitarias y universitarias que, por motivos científicos, antropológicos o religiosos, tienen líneas médicas y de investigación en estos campos, y que son sumamente vulnerables a ataques a su reputación y a sus relaciones con los colegas de sus investigadores, sus alumnos, sus patrocinadores, etc.
Estamos viviendo un momento de péndulo, promovido por activistas y en respuesta a numerosos abusos del pasado (y también del presente). Ante esta encrucijada, la Iglesia proclama la comprensión, el respeto y la defensa de la libertad de las personas con atracción al mismo sexo a actuar como estimen oportuno; y comprensión, respeto y defensa de la libertad de las personas que sienten esa tendencia contra su voluntad, para modificarla y actuar de acuerdo a otro estilo de vida. De lo contrario, se corren dos peligros: dejar que la situación empeore, precisamente por el silencio de los que no lo comparten ante el acoso de diferentes lobbies; y obligar a pasar a la clandestinidad a quienes desean acudir a esos tratamientos y a sus médicos. Triste contradicción que personas por razones de sexo tengan que esconderse de nuevo.
Ese encono se entiende, en parte, por las emociones intensas ante el maltrato y la discriminación sufrida en el pasado. Pero también influye la agenda política de algunos grupos activistas: en la medida en que la atracción al mismo sexo se considera un fenómeno «absoluto» y «no modificable», la orientación sexual puede equipararse al grupo étnico, la religión, el sexo, etc., a la hora de hacer ciertas reivindicaciones.
Visto lo visto, no es arriesgado decir que en la cultura occidental es el tema más difícil de tratar para quien exponga la propuesta cristiana de la sexualidad. Precisamente por eso, es más necesario que nunca hacerlo de manera razonada y sin estridencias, con el tono adecuado. Lo necesitan los fieles, que viven en un entorno claramente hostil en este tema, y necesitan que se les predique el mensaje evangélico. Con esto ya sería suficiente; pero, además, lo exige el servicio a todas las personas. Permanecer callados en medio de la epidemia por miedo al ambiente sería como callar ante el aborto o la trata de personas. La voz de la Iglesia es un servicio a la verdad y una luz para muchas personas, para ayudarles a vivir bajo la inspiración del Evangelio en cualquier situación en que se encuentren.
¿Quién soy yo para juzgar?
En la introducción de este libro pusimos esa frase como ejemplo de reformulación. De un plumazo, el papa Francisco dio un giro al marco usado por el periodista, y puso el foco en el aspecto más desatendido de la doctrina de la Iglesia. Su frase va directamente contra el prejuicio de que pensar que estar en contra de los actos sexuales entre personas del mismo sexo supone estar en contra de las personas. Expresar el respeto por la persona es el primer paso. Consiguió que le escucharan, y con ese punto de partida puede comenzar el diálogo.
La expresión fue tan popular, que es probablemente la frase del Papa más repetida en los medios, y ha pasado ya al imaginario colectivo. Al mismo tiempo, y como sucede siempre con las frases felices, a veces ha sido malinterpretada, instrumentalizada, banalizada.
Esa frase es hoy tan simbólica que resulta útil recordar el diálogo completo en el que se enmarca. En la habitual rueda de prensa al final de un viaje, en el vuelo de regreso a Roma, preguntaron al Papa por un sacerdote que él había nombrado para un puesto de confianza, y del que después se descubrió que había mantenido relaciones homosexuales en un puesto como diplomático de la Santa Sede, hacía años. Francisco, tras referirse a un posible lobby gay en el Vaticano, y decir que todo lobby es malo, señaló:
«Si una persona es gay y busca al Señor y tiene buena voluntad, ¿quién soy yo
para juzgarla? El Catecismo de la Iglesia Católica explica esto de una manera muy
hermosa; dice… Un momento, cómo se dice… y dice: “No se debe marginar a estas
personas por eso, deben ser integradas en la sociedad”. El problema no es tener esta
tendencia; no, debemos ser hermanos… Porque este [lobby] es uno, pero, si hay
otro, otro. El problema es hacer el lobby de esta tendencia: lobby de avaros, lobby
de políticos, lobby de los masones, tantos lobbies: este es el problema más grave
para mí».
Pocas semanas más tarde, el Papa volvió al tema en su entrevista con el jesuita Antonio Spadaro:
«Durante el vuelo en que regresaba de Río de Janeiro dije que, si una persona
homosexual tiene buena voluntad y busca a Dios, yo no soy quién para juzgarla. Al
decir esto he dicho lo que dice el Catecismo (…). Una vez una persona, para
provocarme, me preguntó si yo aprobaba la homosexualidad. Yo entonces le
respondí con otra pregunta: “Dime, Dios, cuando mira a una persona homosexual,
¿aprueba su existencia con afecto o la rechaza y la condena?”. Hay que tener
siempre en cuenta a la persona».
En ambas referencias, el Papa da una lección de moral católica. Nos dice que, a la hora de enjuiciar a una persona –al sacerdote al que se refirió el periodista–, nos hemos de preocupar por el ser. Y la Iglesia no etiqueta a las personas, ni las enjuicia con una condena indeleble. Si esa personas se ha corregido, ¿cómo no la vamos a perdonar? ¿Cómo no voy a tomarme en serio esa «buena voluntad»? Es algo así como decir: no somos lo que hemos hecho, sino lo que hoy hacemos. Dios perdona, y la Iglesia procura seguir su ejemplo, siendo acogedores. El nombramiento que le hice se mantiene, me creo su enmienda, confío en él.
Lo que nunca ha dicho el Papa es que un acto homosexual no se pueda juzgar: dice todo lo contrario, en la misma longitud de onda que el Catecismo. Pensar que el Papa tiene una postura tibia en este campo es pura ignorancia. De hecho, se ha referido a otros aspectos de la agenda política del lobby gay con palabras fuertes: ha calificado la legalización del matrimonio entre personas del mismo sexo como «obra del diablo» y «pretensión destructiva al plan de Dios»; se ha negado a aceptar la propuesta de Francia de nombrar embajador ante la Santa Sede a un homosexual activista; y en su reciente Amoris laetitia se confirma en su oposición al matrimonio homosexual (que le ha valido algunas críticas de sectores LGBT católicos en Estados Unidos):
«No existe ningún fundamento para asimilar o establecer analogías, ni siquiera
remotas, entre las uniones homosexuales y el designio de Dios sobre el matrimonio
y la familia (…). Es inaceptable que las iglesias locales sufran presiones en esta
materia y que los organismos internacionales condicionen la ayuda financiera a los
países pobres a la introducción de leyes que instituyan el “matrimonio” entre
personas del mismo sexo».
Ser, hacer y tender
De vez en cuando se oye repetir: ser gay no es pecado; Dios ama a los gais. Este es el punto de partida. En algunos casos será la mejor respuesta: como se dijo en la introducción, en TV el tiempo es sumamente escaso, y muchas veces no solo hay que rechazar el marco, sino hasta el tema de discusión, y centrarse en lo que uno quiere destacar. La expresión me permite decir algo cierto, y pasar a otro asunto que sea prioritario en ese momento.
Pero, aparte de ser una frase comodín, ¿qué quiere decir? Al espectador superficial le tranquiliza, pero al intelectualmente curioso (o para quien la homosexualidad es un tema vital apremiante, suyo o de alguien querido) le deja insatisfecho. No siempre habrá que explicitar toda la respuesta, pero hay que conocerla, para evaluar cómo expresarla mejor en cada circunstancia.
En la moral cristiana, el ser nunca es malo. Una persona no es buena ni mala por ser blanca o negra, alta o baja, gorda o delgada, sana o enferma, inteligente u obtusa, calva o peluda. El ser humano es bueno, sea como sea, y Dios nos ama como somos. Moral y derecho difieren en muchas cosas, pero tienen en común que valoran actos, no modos de ser. Un juez no mete a nadie en prisión por «ser terrorista», sino por haber puesto una bomba; no encierra a alguien por «ser racista», sino por haber actuado con desprecio hacia otras personas por su etnia. (La moral me juzga también por mis deseos, porque son también actos; pero el Estado no puede enjuiciar nuestras ideas: solo hay delitos de conciencia en los regímenes totalitarios).
En ese sentido, «ser gay», entendido como un modo de ser (sentir atracción por personas del mismo sexo), no es pecaminoso, como tampoco lo es sentir dentro de uno cualquier tendencia hacia algo malo, sexual o no: esnifar cocaína, ir a 200 km/hora, defraudar a Hacienda, cometer adulterio o jugarse al bingo el salario del mes. Lo importante es lo que la persona hace con sus tendencias. Pero hay que tener cuidado, porque es una manera de hablar peligrosa: ¿alguien se atrevería a decir que «ser terrorista (o defraudador) no es pecado»? Claro que no: porque entendemos que «ser terrorista» (o defraudador) no es sentir una tendencia, sino haber cometido actos de ese tipo. Lo mismo debería valer para la expresión «ser gay»: si lo que se quiere decir en lenguaje ordinario es que «serlo es practicarlo», tenemos un problema de comunicación: una incongruencia entre lo que decimos y lo que entienden los que nos escuchan.
La explicación de la propuesta cristiana no se queda ahí: dice claramente que un acto sexual homosexual es gravemente pecaminoso: le hace daño a esas personas. ¿Razón? Todo lo que se ha dicho en el epígrafe anterior: el sexo es una manifestación unitiva muy profunda, que expresa una comunión que solo se puede dar entre hombre y mujer casados. Lo dice expresamente el Catecismo, y el Papa, cada vez que habla de este tema, nos recuerda que a esa fuente hemos de acudir: «Los actos homosexuales son intrínsecamente desordenados. Son contrarios a la ley natural. Cierran el acto sexual al don de la vida. No proceden de una verdadera complementariedad afectiva y sexual. No pueden recibir aprobación en ningún caso».
La Iglesia dice también que la tendencia hacia el mismo sexo es «intrínsecamente desordenada». La sexualidad está inherentemente dirigida a un fin específico, que no puede alcanzarse mediante actos sexuales entre personas del mismo sexo. Mientras que los actos son morales o inmorales, las tendencias son ordenadas o desordenadas, en función de si conducen o no hacia un fin bueno. Los actos homosexuales no lo son, y por tanto la tendencia hacia ellos es desordenada.
Por eso está justificado que quien sienta esa tendencia y quiera reorientarla pueda solicitar ayuda para modificarla. Excede el alcance de un libro de estas características describir las llamadas «terapias reparativas», muchas veces impulsadas por asociaciones de ex gais, y que tienen características y tasas de éxito parecidas a otros cuidados psicológicos comúnmente aplicados en otras situaciones humanas. Lo verdaderamente relevante aquí es defender la libertad de quien siente tendencias homosexuales para seguir con ellas, si lo desea, o para acudir a tratamientos especialistas, si también libremente lo desea.
A veces el término «desordenado» se malinterpreta como si fuera una descripción (ofensiva) de la persona, como si ella misma fuera «pecado», o como si cualquier tendencia hacia el otro sexo fuera ordenada… No basta que una inclinación sexual sea heterosexual para que sea moral. La pornografía, el adulterio o simplemente el abuso del sexo son ejemplos de actividades heterosexuales desordenadas. Pero no indica ningún juicio moral a la persona, ni mucho menos a responsabilizarla de esa tendencia. Sentir esa tendencia no es pecado, y es perfectamente compatible con el grado más alto de virtud: con la santidad.
Ciertamente, el término «desordenado» puede sonar gravemente ofensivo a la luz de los insultos homófobos a lo largo de la historia. En realidad, es un adjetivo utilizado desde hace siglos en la teología moral, antes de que existiera la ciencia moderna de la psiquiatría, y no está relacionada con las persecuciones médicas a los homosexuales del siglo diecinueve y principios del veinte. El lenguaje homófobo aplica el término «desviado» a la persona homosexual; la Iglesia, en cambio, habla sobre los actos, no sobre las personas. Por eso, quizá sería bueno encontrar otro término, y extremar la delicadeza en el tono y el modo de organizar los propios argumentos.
Cómo hablar sobre la homosexualidad
Hablar de la homosexualidad en nombre de la Iglesia o para defender la propuesta cristiana integra seis elementos.
Encuadre antropológico, desde la razón
El primero es el encuadre: partir de la razón, de la antropología. Quizá en el pasado era frecuente acudir a frases de la Sagrada Escritura, en la que los actos homosexuales son descritos con palabras fuertes y contundentes. Hoy en día, en cambio, podría ser un error, porque la explicación «Dios no lo quiere» es poco convincente para parte importante de la población y, sobre todo, porque podrían sonar como condenas a las personas y no a los actos, y por eso fallarían en exponer el primer principio cristiano del respeto a cada persona.
Así lo hizo Benedicto XVI en el libro-entrevista Luz del Mundo: «La sexualidad tiene un sentido intrínseco y un dinamismo que no es homosexual»; y añade: «La evolución ha suscitado la sexualidad con el fin de la reproducción de la especie». El propósito y el sentido de la sexualidad es unir a un hombre y una mujer en amor para dar a sus hijos –y a la humanidad entera– un futuro. «Es una determinación interior que está en su esencia», añade el papa. «Todo lo demás va contra el sentido interior de la sexualidad».
La dignidad de la persona es el punto de partida
El segundo punto se refiere al respeto total y absoluto a la dignidad de la persona. Como tales, quienes se definen como homosexuales tienen los mismos derechos que los que no lo son, y merecen pleno respeto. Así escribían los obispos españoles en 1994:
«Los obispos deploramos que las personas homosexuales sean todavía objeto de
expresiones malévolas y, mucho más, de acciones violentas. Condenamos con
firmeza estos comportamientos que ignoran la dignidad de las personas y lesionan
los principios más elementales de la buena convivencia civil (…). La realidad de la
condición homosexual es frecuentemente difícil y dolorosa tanto por la lucha
personal como por las dificultades de integración social que comporta, agravadas tan
a menudo estas últimas por auténticas discriminaciones y comportamientos
vejatorios de la dignidad personal».
Es preciso acentuar ese punto en los ambientes donde no ha sido así. La Iglesia está en contra de cualquier discriminación por ese motivo, y ha de decirlo alto y fuerte porque muchas veces los filtros son más fuertes que las palabras. No se ha de olvidar que las relaciones sexuales consentidas entre adultos del mismo sexo se encuentran penadas en el ordenamiento jurídico de al menos 75 Estados, de los cuales siete las castigan con pena de muerte (Arabia Saudita, Brunéi, Emiratos Árabes Unidos, Irán, Mauritania, Sudán y Yemen).
Un ejemplo de esa solicitud y cercanía en situaciones difíciles lo dieron los obispos católicos de Pakistán, cuando en abril de 2016 dos miembros prominentes de la comunidad LGBT fueron asesinados a golpe de machete por islamistas radicales. Los obispos se unieron a las voces de condena del ataque, y Mons. Gervas Rozario, presidente de la Comisión Episcopal Justicia y Paz, se unió al luto de las víctimas, y declaró que, «aunque la Iglesia católica no aprueba el estilo de vida LGBT, defiende los derechos humanos de todos», y por eso condenó el asesinato, y señaló que el gobierno tenía una grave responsabilidad por su falta de acción: «La policía tiene que proteger a toda la población del país, sin preferencias religiosas ni políticas». También levantó la voz Rosaline Costa, católica que dirige la ONG Human Rights Trust de Bangladesh: «Dios nos ha dado libertad de elección, y nadie puede perseguir a la gente por su orientación sexual a causa de presuntos valores tradicionales basados en normas religiosas. Una sociedad auténticamente democrática no puede aceptar la violencia en nombre de la religión. El gobierno ha de asegurar que la discriminación de la comunidad LGBT desaparece en nuestro país».
El respeto se manifiesta también en hablar en positivo y un tono adecuado. Como dice el profesor italiano Bruno Mastroianni, hay que evitar la actitud paternalista de expresiones como «hay que ayudar a los gais», «hay que acompañarles en su difícil condición», que suscitan reacciones instintivas de rechazo: «el secreto es proponer la propia visión de familia sin tener que compararla con otras formas de amor. Un cristiano tiene todo el derecho en democracia de proponer lo que considera mejor para la sociedad».
La Iglesia no habla de ciencia
En tercer lugar, la Iglesia no se posiciona en el debate, aún abierto, sobre el origen natural o cultural de la homosexualidad, ni sobre las causas por las que algunos se sienten atraídos por personas de su mismo sexo. El Catecismo simplemente señala que el origen de la homosexualidad «permanece en gran medida inexplicado». En una entrevista en 1997, el entonces cardenal Ratzinger dijo: «Barajamos todas las hipótesis… que [la homosexualidad] sea innata o que se desarrolle bajo determinadas circunstancias».
La Iglesia es prudente, porque la discusión científica sobre la homosexualidad es un terreno minado, y todavía en desarrollo. En algunos ambientes se difunden tópicos como verdades indiscutibles: por ejemplo, que la tendencia sexual está determinada biológicamente y que, por ello mismo, no se puede modificar, y que intentarlo puede ser perjudicial para el equilibrio psicológico. En el otro extremo, la ideología de género sostiene que el género es construcción social, y por tanto cada uno elige el que quiere. Tampoco faltan los que creen que la homosexualidad es un trastorno psíquico con raíces exclusivamente comportamentales o espirituales, y se puede eliminar solo con que el interesado se empeñe de veras. Por eso no conviene entrar en esas arenas movedizas, para no ser instrumentalizado ni por unos ni por otros. Recordemos que estamos hablando de personas, cada una con su historia, sus heridas, sus ilusiones, sus familias, su trabajo, sus proyectos. La dignidad de la persona trasciende su orientación sexual.
Lo cierto es que no se sabe si se nace con esa tendencia o se hace. Las investigaciones para encontrar el «gen gay» (que explicara el origen genético de la homosexualidad), al menos ocho estudios sobre gemelos monocigóticos (con patrimonio genético idéntico), realizados en Australia, los Estados Unidos y en Escandinavia durante los dos últimos decenios, muestran lo contrario.
El enfoque es relevante pues, como dice el doctor neozelandés Neil Whitehead, si la homosexualidad fuera una tendencia innata, establecida por los genes, dicha atracción debería ser idéntica en los gemelos monocigóticos. Sin embargo, los datos de esos estudios indican que, «si un gemelo idéntico tiene atracción por el mismo sexo, la posibilidad de que su gemelo tenga la misma atracción es solo del 11 por ciento para los hombres y del 14 por ciento para las mujeres, aproximadamente». El Dr. Whitehead concluye, por lo tanto, excluyendo los factores genéticos: «Los factores predominantes que crean la homosexualidad en un gemelo idéntico y no en el otro deben ser factores post-parto».
Lo que sí dice la ciencia respecto a la relación entre sexualidad e identidad personal es que la distinción básica y fundamental es que somos varones o mujeres. La diferenciación sexual entre varón y mujer implica diferencias perceptivas, cognitivas, afectivas, sociales y relacionales, que tienen raíces profundas en la biología y la psique humana, hasta llegar incluso al nivel celular. Por contraste, los deseos y atracciones sexuales son fenómenos fluidos, periféricos y variables de nuestra constitución biológica y psicológica.
Insistimos: esos datos médicos –y muchas más investigaciones científicas que no citamos por insuficiencia de espacio– son información útil para el caso en que alguien sostuviera que la ciencia ha demostrado la existencia del origen genético de la atracción hacia el mismo sexo: no es cierto. Pero no forman parte de la exposición de la propuesta católica sobre la sexualidad humana.
Ojo a la terminología ideologizada
En cuarto lugar, quien hable en nombre de la Iglesia no debe aceptar acríticamente términos y postulados pseudocientíficos, que son ideológicos. Se debe cuidar el «campo semántico» que se utiliza, para asegurar el respeto y evitar reforzar posiciones activistas. El término «orientación sexual» puede significar: (1) combinaciones complejas de deseos y de atracciones; (2) comportamientos sexuales; y (3) un modo de definir la propia identidad. Pero la investigación científica muestra que, para muchos individuos, esos tres elementos no se dan juntos. Es, pues, un concepto ambiguo y engañoso, porque tiene la falsa apariencia de una aproximación científica, cuando en realidad de ciencia tiene solo el barniz: es un constructo social inventado en el siglo XIX, tan confuso que hace difícil la misma investigación.
Tampoco la distinción entre «homosexual» y «heterosexual» describe distintos tipos de seres humanos: es una creencia popular que no se basa en la ciencia. Esos términos no captan elementos biológicos ni psicológicos medibles y verificables. La investigación científica sobre la sexualidad humana señala que los deseos sexuales son fenómenos complejos y difíciles de medir, y que están determinados por muchos factores diversos, incluyendo el ambiente y las propias experiencias; y que con frecuencia cambian a lo largo de la vida.
Estos hallazgos coinciden con investigaciones en neurociencia, que muestran que el cerebro puede reconfigurarse a lo largo del tiempo a través de experiencias vitales, como comportamientos y hábitos. Como dice el eminente psiquiatra Norman Doidge, «la libido humana no es una tendencia orgánica y estable, sino que puede sufrir variaciones curiosas, ser alterada fácilmente por nuestra psicología y por la historia de nuestros encuentros sexuales. El gusto sexual está influido por la cultura y la experiencia, y lo que se practica configura luego el cerebro».
Por tanto, cuando se habla de homosexualidad, nos referimos a la conducta. Así lo hace el Catecismo, que habla en términos de relaciones, de actos: «La homosexualidad designa las relaciones entre hombres o mujeres que experimentan una atracción sexual, exclusiva o predominante hacia personas del mismo sexo».
La moral juzga los actos libres, no las tendencias
En quinto lugar, se pueden reafirmar los principios morales básicos: el juicio moral no versa sobre las tendencias, sino sobre los actos libres; y los actos homosexuales son pecados graves, hacen daño a la persona. Al no ser «complementarios» –como lo son entre un varón y una mujer–, los actos sexuales entre personas del mismo sexo se oponen a «la vocación a una existencia vivida en esa forma de autodonación que, según el Evangelio, es la esencia misma de la vida cristiana», según la Congregación para la Doctrina de la Fe; y añade: «Esto no significa que las personas homosexuales no sean a menudo generosas y no se donen a sí mismas».
Por eso, el consejo de la Iglesia es vivir la castidad, como cualquier ser humano. Ni más, ni menos. Vivir el principio que vimos más arriba: el sexo es legítimo solo entre varón y mujer casados. En esto, la continencia es exactamente igual para todos los solteros.
Los estilos de vida favorecen las conductas
En sexto y último lugar, la cultura. La Iglesia considera que el «estilo de vida gay», la «cultura gay», no son beneficiosas, como tampoco la Iglesia promueve el estilo de vida disoluta de un mujeriego. El estilo de vida LGBT, desde una visión antropológica cristiana, no ayuda al pleno desarrollo de la persona. Los católicos pensamos que una persona es más feliz si logra integrar su sexualidad con su identidad de género, y que es posible ayudar a las personas a recorrer esa búsqueda de unidad y de proyecto personal.
Son consejos para hablar en cualquier ámbito, dentro y fuera de los medios. En Amoris laetitia (2016), el papa Francisco se refiere a este tema, en el contexto de la vida familiar. Tras afirmar que «la Iglesia hace suyo el comportamiento del Señor Jesús, que en un amor ilimitado se ofrece a todas las personas sin excepción», se refiere a la situación de las familias que viven la experiencia de tener en su seno a personas con tendencias homosexuales:
«Toda persona, independientemente de su tendencia sexual, ha de ser respetada
en su dignidad y acogida con respeto, procurando evitar todo signo de
discriminación injusta, y particularmente cualquier forma de agresión y violencia.
Por lo que se refiere a las familias, se trata por su parte de asegurar un respetuoso
acompañamiento, con el fin de que aquellos que manifiestan una tendencia
homosexual puedan contar con la ayuda necesaria para comprender y realizar
plenamente la voluntad de Dios en su vida».
¿Por qué la anticoncepción está mal, pero la PFN no?
La doctrina cristiana, compartida por todas las Iglesias hasta hace relativamente poco, ha sido siempre contraria a la anticoncepción. Lo característico de la Iglesia católica es que… sigue pensando como pensaba.
En ese sentido, sigue siendo actual la enseñanza expresada en la Casti connubii de Pío XI (1931): «estando destinado el acto conyugal, por su misma naturaleza, a la generación de los hijos, los que en el ejercicio del mismo lo destituyen adrede de su naturaleza y virtud, obran contra la naturaleza y cometen una acción torpe e intrínsecamente deshonesta». Pío XII mantuvo esta doctrina y la desarrolló, explicando por qué el uso de los períodos infértiles para regular los nacimientos no iba contra la moral.
El Concilio Vaticano II destacó el papel que desempeñaba el sexo en el matrimonio, al acentuar la importancia del «amor conyugal» entre marido y mujer y ponerla al mismo nivel que el elemento procreativo. Este énfasis supuso un cambio respecto a la época anterior, en la que el matrimonio era considerado básicamente –y a veces exclusivamente– una institución para la crianza de los hijos y la estabilidad social. La encíclica Humanae vitae, de 1968, desarrolla la conexión existente entre los dos aspectos, unitivo y procreador, señalando que «usar, en cambio, el don del amor conyugal respetando las leyes del proceso generador significa reconocerse no árbitros de las fuentes de la vida humana, sino más bien administradores del plan establecido por el Creador».
Es bien sabido que cualquier matrimonio cerrado a la posibilidad de tener hijos es inválido. La Iglesia anima a las parejas casadas a decidir cuántos hijos pueden tener de manera responsable. «Se esforzarán ambos, de común acuerdo y común esfuerzo, por formarse un juicio recto, atendiendo tanto a su propio bien personal como al bien de los hijos, ya nacidos o todavía por venir», declararon los obispos de todo el mundo en el documento conciliar Gaudium et Spes. La misma doctrina fue recordada por san Juan Pablo II en la Familiaris consortio.
No son textos superados. En la Amoris laetitia de 2016, el papa Francisco anima a «redescubrir el mensaje de la encíclica Humanae vitae y la exhortación apostólica Familiaris consortio»: insiste en que se ha de promover el uso de los métodos basados en los «ritmos naturales de fecundidad», pues «estos métodos respetan el cuerpo de los esposos, fomentan el afecto entre ellos y favorecen la educación de una libertad auténtica»; recuerda que «los hijos son un maravilloso don de Dios, una alegría para los padres y para la Iglesia. A través de ellos el Señor renueva el mundo».
El método que recomienda la Iglesia para espaciar los nacimientos es conocido como Planificación Familiar Natural (PFN), de la cual hay varios modelos y técnicas. La expansión y popularidad de talleres y cursos donde se enseñan estos métodos se suman a la amplia y poco documentada «revolución silenciosa» en la sociedad actual, similar, en algunos aspectos, a la concienciación sobre nuevos hábitos ecológicos, como el reciclaje.
Hay que reconocer, sin embargo, que la mayoría de los católicos (se calcula que menos del 5 por ciento de ellos sigue la PFN) sabe tan poco de estos métodos como cualquier otra persona. Desconocen que son tan efectivos (y en algunos casos más aún) como los métodos anticonceptivos y, a diferencia de ellos, permiten a la pareja planear los nacimientos sin suprimir la fertilidad.
La Planificación Familiar Natural se basa en el seguimiento de la fertilidad de la mujer mediante la medición de la presencia y consistencia del moco cervical y la temperatura del cuerpo, que son signos de ovulación. Hay varios métodos muy difundidos, como los modelos de ovulación de Creighton, Marquette o Billings, y el «método sintotérmico», que cuentan con un 97-99 por ciento de efectividad. Si la pareja está intentando evitar un embarazo, tiene que abstenerse de tener relaciones sexuales durante el período de ovulación. Si están intentando concebir, sabrán el mejor momento para intentarlo. Esos métodos conllevan gráficos, mediciones y mucha paciencia.
¿Por qué es aceptable el método «natural» para evitar la concepción, y no los métodos «artificiales»? Podrían darse muchas razones por las cuales los métodos naturales son mucho mejores, para la gente y para el planeta: menos medicamentos, etc. Pero el motivo fundamental por el que la Iglesia está en contra de la anticoncepción no es porque sea «artificial», sino porque despoja al acto sexual de su significado. «La diferencia antropológica y al mismo tiempo moral, que existe entre el anticoncepcionismo y el recurso a los ritmos temporales es bastante más amplia y profunda de lo que habitualmente se cree, y que implica, en resumidas cuentas, dos concepciones de la persona y de la sexualidad humana irreconciliables entre sí», dice el Catecismo de la Iglesia Católica.
La pareja que hace PFN asume y acepta su fertilidad tal y como es: un maravilloso don, pero un don que no van a usar esta vez. El marido respeta el ciclo de su esposa y no intenta manipularlo o suprimirlo. En cambio, la pareja que usa métodos artificiales considera su fertilidad como algo negativo, un defecto que hay que eliminar o una enfermedad; mientras que la pareja que hace PFN reconoce la fertilidad como un don y no quiere renunciar al mismo. En palabras de Ashley McGuire, «es de hecho un gran ecualizador, porque, con la PFN, el hombre puede conservar su fertilidad sin hacer que la mujer pierda la suya».
También propicia diferentes tipos de comportamientos. La PFN requiere autocontrol, la virtud de la castidad en períodos de abstinencia «aportando a la vida familiar frutos de serenidad y de paz», como recoge la Humanae vitae; «y facilita la solución de otros problemas; favorece la atención hacia el otro cónyuge; ayuda a superar el egoísmo, enemigo del verdadero amor, y enraíza más su sentido de responsabilidad. Los padres adquieren así la capacidad de un influjo más profundo y eficaz para educar a los hijos; los niños y los jóvenes crecen en la justa estima de los valores humanos y en el desarrollo sereno y armónico de sus facultades espirituales y sensibles».
En marzo de 2015, Marian Crowe recordaba en la revista Commonweal su experiencia vital. Tras casarse en los años sesenta, rápidamente llegó a la conclusión de que la Iglesia no tenía razón en cuanto a los métodos anticonceptivos y los usó hasta el nacimiento de su tercer hijo; y después acudió a la esterilización. Mirando atrás, escribía:
«Me arrepiento profundamente de ambas decisiones. Creo que tanto los
anticonceptivos químicos que tomaba como la esterilización dañaron mi cuerpo.
Hay pruebas de que al menos algunos de los primeros anticonceptivos hormonales
incrementaban el riesgo de padecer diabetes, osteoporosis y cáncer cervical, de
mama o hígado. El uso del DIU se asocia a problemas menstruales y perforación del
útero. Mientras tanto, cuanto más sabía de Planificación Familiar Natural –una
versión actualizada y más efectiva que el método del calendario–, más me
arrepentía de no haberla probado… Además de evitarte sustancias químicas
innecesarias, [la PFN] cultiva la autodisciplina y promueve la comunicación entre
los esposos sobre su vida sexual. Puede incluso ayudarnos a apreciar y a disfrutar
mejor del sexo, como el ayuno ayuda a apreciar la comida. Regulamos y humanizamos muchos aspectos de nuestras vidas imponiendo disciplina y orden.
Para citar a Chesterton, la mejor forma de dar gracias por el maravilloso mundo en
el que vivimos a menudo “es tener la humildad de la restricción: debemos agradecer
a Dios la cerveza y el burdeos, no bebiéndolos en exceso”. Quizá la mejor manera
de dar gracias a Dios por el don de la sexualidad también implica restricción».
La castidad como llamada
Somos criaturas con deseos, no prisioneros de ellos. Decir «no» a algunos deseos e inclinaciones es el principio de la vida moral. La elección es lo que nos hace capaces de amar. No es una moralidad masoquista de sacrificio estoico. Decimos «no» a algo para decir «sí» a otra cosa más importante aún. El crecimiento espiritual no consiste en un esfuerzo ímprobo por conseguir una virtud, sino en una consecuencia de amar a una persona. La castidad no es negativa. La castidad es una virtud y las virtudes son siempre positivas. Las virtudes humanas –y la gracia sobrenatural– nos permiten hacer cosas que serían inalcanzables con nuestras solas fuerzas.
Practicar la castidad es la clave para vivir la sexualidad porque, aunque parezca paradójico, nuestros instintos sexuales no están solo ahí para el sexo. Es la energía que nos ayuda a amar, ya sea dentro o fuera del matrimonio. El impulso sexual, en otras palabras, no está solo para el sexo. Como especifica el Catecismo: «La sexualidad abraza todos los aspectos de la persona humana, en la unidad de su cuerpo y de su alma. Concierne particularmente a la afectividad, a la capacidad de amar y de procrear y, de manera más general, a la aptitud para establecer vínculos de comunión con otro».
Por su naturaleza, las relaciones entre personas del mismo sexo se enmarcan mejor en el amor de la amistad que en el amor erótico o romántico. La Iglesia no pide a nadie que se abstenga de amar, sino que anima a amar a los demás de manera total y completa, en la manera apropiada para cada caso, de manera que esas relaciones puedan ser enriquecedoras y benéficas para ellos y para su entorno.
La Iglesia pide a quien siente atracción al mismo sexo que digan «no» al sexo homosexual, pero no lo hace por motivos «políticos» (para proteger el matrimonio como institución cultural), sino para que digan «sí» al verdadero bien del amor entre personas del mismo sexo –la amistad– «total y completamente». La Iglesia cree que la sexualidad tiene un significado interior muy profundo, relacionado con la autodonación, que no está restringido al acto sexual (y, como la mayoría no tienen sexo todo el tiempo, esto debería ser una buena noticia).
El matrimonio es una de las maneras de expresar y vivir el sentido del cuerpo humano como un don. Pero todos –no solo los heterosexuales o los casados– estamos llamados al amor de amistad y de generosidad, y todos estamos liberados de la tendencia al egoísmo por el amor de otros.
Hay muchas formas en las que el sentido interno de la sexualidad como don y entrega a los demás puede vivirse fuera del matrimonio: una amistad profunda y duradera; la dedicación a los pobres y necesitados; encargos pastorales y misionarios en servicio de la comunidad eclesial; la atención de necesidades familiares extraordinarias, como cuidar de familiares ancianos o enfermos; la enseñanza, el arte o la política… En todos esos campos, los solteros (homosexuales o no) han sobresalido y dado grandes frutos de servicio, en circunstancias en que los casados no lo tienen tan fácil, precisamente porque el matrimonio requiere un compromiso intenso y absorbente hacia una sola persona y los hijos. En cambio, los no casados tienen otros espacios para la entrega que no suelen existir en la vocación matrimonial.
La Iglesia siempre ha dado relieve a esta dedicación a los demás: por supuesto el sacerdocio y la vida consagrada, pero también –desde los mismos orígenes del cristianismo, pasando por la Edad Media, y hoy en día– el celibato por el reino de los cielos de cristianos corrientes. Lo explica san Pablo cuando escribe a los cristianos de Corinto: «El soltero se preocupa por las cosas del Señor, cómo puede agradar al Señor; pero el casado se preocupa por las cosas del mundo, de cómo agradar a su mujer».
Vivir célibes es, por tanto, una opción más de vivir la propia sexualidad, por propia elección o porque así lo exigen las circunstancias, internas o externas. Muchas personas no se han casado –o bien se han tenido que apartar de sus cónyuges para siempre, o por largos años– por razones de servicio a los demás: militares, emigrantes, políticos, profesores, y han permanecido así para servir mejor a una causa grande, civil o religiosa. Entre ellos se cuentan muchas personas con tendencia homosexual, que llevan vidas plenas de amor y entrega a los demás.
La amistad profunda y verdadera no es un premio de consolación. La tradición cristiana no considera el amor de la amistad (philia) inferior al amor romántico (eros), sino que le da una finalidad más importante. El Catecismo contempla la «amistad desinteresada» como una manera de alcanzar la «perfección cristiana». Como dice con gracia la bloguera americana Eve Tushnet, «Jesús no estaba casado, ni dijo nunca: “No hay amor más grande que este: dar la vida por tu mujer”».
La amistad desinteresada no es algo frío, sino que está penetrada por el espíritu del amor al que el Apóstol se refiere al escribir a los Corintios: «El amor no es envidioso ni jactancioso ni orgulloso», y «no exige que las cosas se hagan a su manera». Cuando se vive así, dice el Catecismo, «la amistad representa un gran bien para todos» y «conduce a la comunión espiritual».
El testimonio y la misión de la Iglesia, y su dinamismo espiritual, podrían verse truncados sin los dones que tanto los casados como los solteros aportan a la Iglesia y al mundo. Curiosamente, en una sociedad cada vez más individualista y desarraigada, se ha llegado a ver el matrimonio y las relaciones románticas como las únicas formas en las que se pueden establecer y mantener vínculos humanos íntimos y significativos. Esa mirada estrecha no solo ignora la situación real de las personas homosexuales que han decidido permanecer solteras, sino –y quizá de manera más acentuada– la de los ancianos, los que tienen discapacidades físicas y psíquicas, y la de otros grupos vulnerables.
Más aún, el hecho de que hoy en día tantas personas vivan solas e infelices muestra la necesidad que tiene nuestra sociedad de volver a aprender el valor de la amistad desinteresada, y hacer retroceder la cultura individualista del «usar y tirar», como repite el papa Francisco.
MARCOEXISTENTE
La Iglesia está obsesionada con la sexualidad, ya sea heterosexual u homosexual. Si los homosexuales son también creaturas de Dios, ¿por qué se les condena a una vida de celibato, a vivir vidas infelices y sin amor? ¿Y por qué la Iglesia llama «desordenados» a los actos homosexuales?
La Iglesia tiene una visión anticuada sobre el sexo, que es tan exigente e inhumana, que no es extraño que la mayoría de los católicos practicantes, especialmente en Occidente, ignoren su doctrina.
REFORMULACIÓN
La moral sexual trata de desarrollar nuestra capacidad de amar generosamente a los demás. El contexto adecuado para el sexo es un compromiso de por vida entre marido y mujer. La Iglesia acoge y abraza a los homosexuales, les integra en su comunidad, y les propone un camino positivo de santidad y de servicio a los demás. Los católicos comprometidos que son gais viven vidas fieles y castas. La doctrina de la Iglesia no dice que las personas homosexuales son desordenadas, sino que el sexo está destinado al matrimonio para la donación de los esposos y la fecundidad en los hijos. Tanto la Iglesia como la sociedad en su conjunto se beneficiarían si se dieran cuenta de las diferentes formas que hay de vivir una vida feliz y plena fuera del matrimonio. Los católicos homosexuales que se guían por la doctrina de la Iglesia ofrecen claros ejemplos de esta verdad tantas veces olvidada: la felicidad está en amar a los demás con generosidad, y este amor se puede vivir de diversas formas.
MENSAJESCLAVE
El sexo es una bendición, una llamada al amor, que debe estar enmarcada en el
compromiso y la estabilidad. El sexo debe estar abierto a la vida. Es su fin
último. De no ser así, se miente con el cuerpo.
«Limitar» el sexo a que esté abierto a la procreación no significa coartar la libertad de las personas, sino proteger y valorar el amor verdadero. El sexo es una forma de entrega, un precioso don que ha de ser tratado con respeto. La Iglesia no llama a nadie desordenado, sino a los actos que no están destinados deliberadamente a expresar el amor conyugal abierto a la vida: ya sea entre personas del mismo sexo, como cuando se abusa del sexo entre personas de sexo distinto. La sexualidad implica entrega de uno mismo, y hay muchas maneras de dar y recibir amor que no son sexuales o conyugales. En una sociedad que cree que las uniones románticas son la única forma de relación interpersonal, y en la que aumenta el número de personas que se sienten solas o aisladas, los fieles católicos homosexuales son testimonio de la importancia del amor de amistad, no sexual.
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