capitulo 19
CAPITULO XIX
40. Y no es esto de maravillar, si la luz luce en las tinieblas, pero las tinieblas no la abrazan. En San Juan dice la luz: Mirad cuál amor nos ha dado el Padre, para que seamos llamados hijos de Dios. y en los pelagianos, las tinieblas dicen: «El amor a nosotros, de nosotros mismos procede>. Mas si tuvieran la verdadera, es decir, la cristiana caridad, sabrían bien de dónde procede, porque San Pablo escribe: Nosotros no hemos recibido el espíritu del mundo, sino el Espíritu que proviene de Dios, para que sepamos lo que Dios nos ha concedido. Y San Juan en su primera carta escribe: Dios es amor. Los pelagianos afirman que a Dios lo poseen ellos no por gracia del Señor, sino por virtud propia; y si bien confiesan que el conocimiento de la ley a nosotros de Dios nos viene la caridad, en cambio, creen poseerla por sí mismos. Y no oyen al Apóstol, que dice: El conocimiento envanece, pero el amor edifica. Y ¿puede concebirse algo más sin razón y descabellado y ajeno a la santidad del amor que el estimar procedente de Dios la ciencia, que sin la caridad hincha, y la caridad de nosotros mismos? Y diciendo el Apóstol el amor de Cristo excede a todo conocimiento, ¿cómo se atreven a decir que la ciencia, inferior a la caridad, procede de Dios, y que la caridad, que supera toda ciencia, procede de los hombres? Mas la verdadera fe y la doctrina sana enseñan que ambas proceden de Dios, porque escrito está: Del semblante de Dios procede la ciencia y el entendimiento; y también: El amor procede de Dios; y espíritu de sabiduría y de inteligencia, espíritu de poder, de amor y de dominio propio. Mayor don es la caridad que la ciencia, toda vez que ésta, al darse en el hombre, necesita de la caridad para no hincharse. El amor no tiene envidia, el amor no es jactancioso, no se envanece.
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