capitulo 18
CAPITULO XVIII
37. Todos estos preceptos del amor, es decir, de la caridad, son de tal naturaleza, que si el hombre creyese haber hecho algo bueno, pero sin caridad, totalmente se equivoca. Y en vano se darían al hombre estos mandatos si no gozara de libre voluntad. Pero ¿quién, sino el mismo Dios, da a los hombres este amor a Dios y al prójimo, que por la ley antigua y la nueva se manda? Bien es de notar que la gracia prometida en la antigua se da en la nueva, y que la ley sin la gracia es letra que mata; con la gracia, en cambio, es espíritu que vivifica. Si la caridad no procede de Dios, sino de los hombres, razón tienen los pelagianos; mas si de Dios procede, hemos vencido a los pelagianos. Sentémonos, pues, todos en torno al apóstol San Juan, y que éste nos diga: Carísimos, amémonos los unos a los otros. Y cuando en estas palabras comiencen ya los pelagianos a ver el albor de su triunfo y digan: « ¿Por qué se nos manda amarnos sino porque de nosotros depende?», continúa San Juan, y confundiéndolos dice: Porque el amor procede de Dios. No viene, pues, de nosotros, sino de Dios. Y si se nos dice: amémonos los unos a los otros, porque el amor procede de Dios, es, sin duda, para advertir a nuestro libre albedrío que buscar debe el don de Dios. Lo que ciertamente sin fruto alguno se le advertiría si antes no se le diese algo de caridad, de manera que en el mismo precepto encuentre ya fuerza para cumplirlo. Cuando se nos dice: Amémonos los unos a los otros, ley tenemos; cuando se añade: Porque el amor procede de Dios, la gracia se anuncia; porque la sabiduría de Dios lleva en sus palabras la ley y la misericordia. Y por eso se escribió en el Salmo: Bendición dará el legislador.
38. Nadie, pues, os engañe, hermanos míos; no amaríamos nosotros a Dios si El primero no nos hubiese amado a nosotros. Esto mismo dice San Juan sin ambages: Nosotros le amamos a él, porque él nos amó primero. La gracia nos hace amantes de la ley, y la ley sin la gracia, prevaricadores, lo que consta por las palabras de Nuestro Señor: No me elegisteis vosotros a mí, sino que yo os elegí a vosotros. Si nosotros hubiésemos sido los primeros, por nuestro mérito nos amaría El: le habríamos elegido primero nosotros a El para merecer ser por El elegidos. Pero Dios, que es la misma verdad, dice bien otra cosa, que a la vanidad de los hombres abiertamente se opone: No me elegisteis vosotros a mí. Si, pues, no elegisteis, sin duda ninguna que no amasteis. Y ¿cómo habían de elegir a quien no amaban? Sino que yo, dice, os elegí a vosotros. Y ¿no fue después, cuando ellos le eligieron y antepusieron a todos los bienes de este mundo? Mas porque fueron elegidos, eligieron, y no al contrario. Nulo es el mérito de los hombres que eligen si la gracia de Dios—elector—no los previniese, y por eso, bendiciendo San Pablo a los Tesalonicenses, les dice: El Señor os haga crecer y abundar en amor unos para con otros y para con todos. Y esta bendición dio para que nosotros nos amáramos quien primero dio la ley mandándolo. Y en otro lugar de la misma carta, porque ya en algunos veía realizado su deseo, dice: Debemos siempre dar gracias a Dios por vosotros, hermanos, como es digno, por cuanto vuestra fe va creciendo, y el amor de todos y cada uno de vosotros abunda para con los demás. Dijo esto para que no se envanecieran de tanta gracia de Dios recibida, creyéndola quizá cosa propia. Porque se acrecienta vuestra fe y abunda la caridad entre vosotros, hemos de dar gracias al Señor y no alabaros a vosotros, como si esto se debiese a vuestras personas.
39. Escribiendo a Timoteo, dice: Porque no nos ha dado Dios espíritu de cobardía, sino de poder, de amor y de dominio propio. Y hemos de evitar, en la interpretación de estas palabras del Apóstol, el juzgarnos faltos del temor de Dios, que es don excelso suyo, del cual dice Isaías: Y reposará sobre él el Espíritu de Jehová; espíritu de sabiduría y de inteligencia, espíritu de consejo y de poder, espíritu de conocimiento y de temor de Jehová. No el temor por el que Pedro negó a su Maestro, sino el espíritu de aquel temor al que Cristo se refería cuando dijo: Temed a aquel que después de haber quitado la vida, tiene poder de echar en el infierno; sí, os digo, a éste temed. No importa el temor por el que podríamos negarlo y que ofuscó a San Pedro. Este temor lejos de nosotros debe estar; así lo dijo Jesucristo: No temáis a los que matan el cuerpo, y después nada más pueden hacer. No recibimos el espíritu de este temor, sino el de fortaleza, caridad y templanza. De este espíritu dice el Apóstol escribiendo a los Romanos: Nos gloriamos en las tribulaciones, sabiendo que la tribulación produce paciencia; y la paciencia, carácter probado; y el carácter probado, esperanza; y la esperanza no desilusiona, porque el amor de Dios ha sido derramado en nuestros corazones por medio del Espíritu Santo que nos fue dado. Que la tribulación, por consiguiente, no termine con la paciencia, sino más bien la produzca, no se debe a nosotros y sí al Espíritu Santo, que nos fue dado; a esa caridad don de Dios como enseña el Apóstol: Paz, dice éste a los Efesios, sea a los hermanos, y amor con fe. Grandes bienes; pero diga de dónde proceden. Y contesta: De Dios Padre y del Señor Jesucristo. Grandes bienes son éstos, en verdad, mas pura gracia de Dios.
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