01 De la inmortalidad del Alma
DE LA INMORTALIDAD DEL ALMA
1. A.– Bastante se ha interrumpido nuestra obra, el amor es impaciente, y las lágrimas no cesan hasta que no se le da lo que pide; emprendamos, pues, el segundo libro.
R.– Comencemos, pues.
A.– Y confiemos que Dios nos asistirá.
R.– Confiemos, si esto mismo está en nuestra potestad.
A.– Nuestra fuerza es Él mismo.
R.– Ora, pues, con la máxima brevedad y perfección que te sea posible.
A.– ¡Oh Dios, siempre el mismo!, que me conozca, que te conozca. He aquí mi plegaria.
R.– Tú que deseas conocerte, ¿sabes que existes?
A.– Lo sé.
R.– ¿De dónde lo sabes?
A.– No lo sé.
R.– ¿Eres un ser simple o compuesto?
A.– No lo sé.
R.– ¿Sabes que te mueves?
A.– No lo sé.
R.– ¿Sabes que piensas?
A.– Lo sé.
R.– Luego es verdad que piensas.
A.– Ciertamente.
R.– ¿Sabes que eres inmortal?
A.– No lo sé.
R.– De todas estas cosas que ignoras, ¿cuál prefieres saber antes?
A.– Si soy inmortal.
R.– ¿Amas, pues, la vida?
A.– Lo confieso.
R.– Y si supieras que eres inmortal, ¿te darías ya por satisfecho?
A.– Será una gran satisfacción, pero insuficiente aún para mí.
R.– Y con este hallazgo insuficiente, ¿cuánto será tu gozo?
A.– Sin duda, muy grande.
R.– ¿Ya no habrá lugar a lágrimas?
A.– Ninguno en absoluto.
R.– Y si resulta de la indagación que en la vida ya no progresarás en el conocimiento que posees, ¿podrás moderar tus lágrimas?
A.– Me haré un mar de lágrimas y la vida misma perderá todo valor para mi.
R.– Luego amas la vida, no por sí misma, sino por la sabiduría.
A.– Apruebo la conclusión.
R.– ¿Y si la misma ciencia te sirve para hacerte desgraciado?
A.– No admito de ningún modo lo que dices; pero si así fuera, nadie podría ser feliz, porque la ignorancia es lo que me hace desgraciado ahora. Si, pues, la ciencia hace miserable, eterna será la miseria.
R.– Ya veo adónde vas. Pues como piensas que nadie es desdichado por la sabiduría, es probable que la inteligencia haga bienaventurado. Pero sólo es bienaventurado el que vive, y nadie vive si no existe; tú quieres ser, vivir, entender, y existir para vivir, y vivir para entender. Luego sabes que existes, sabes que vives, sabes que entiendes. Y aún quieres ensanchar tu saber y averiguar si estas cosas han de sobrevivir siempre, o si han de perecer, o si permanecerá alguna de ellas para siempre y alguna otra no, o si admiten aumento y disminución, suponiendo que sean eternas.
A.– Así es.
R.– Luego, probando que siempre hemos de vivir, se concluirá que existiremos siempre.
A.– Se sigue de ello.
R.– Queda, pues, por averiguar el problema del entender.
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