84º Un guardia que no sabía lo qué estaba guardando.
Un amigo mío, alcalde de una gran ciudad, se preguntó, con asombro, qué hacía un cierto guardia que vigilaba a diario un determinado jardín. Investigando descubrió que hacía siete años habían ordenado que un guardia vigilase aquel jardín, en el que habían pintado recientemente todos los bancos, para evitar que la gente se untara en ellos. Y siete años después, cuando los bancos no sólo se habían secado, sino hasta habían perdido su pintura... , allí seguía aquel guardia a diario vigilando ... ya no sabía qué. Cobraba su sueldo y esto le bastaba. No le importaba para nada saber lo que estaba haciendo.
Ver una cosa un millón de veces no aguza la vista, sino que la apaga. Por la rutina perdemos la mitad de los gozos de la vida. Los pasteleros, por ejemplo, terminan por aborrecer el sabor de los dulces.
La costumbre, sin embargo, tiene sus ventajas porque nos libera de estar atento a ciertas cosas para poder interesarnos de otra más importantes. Bajamos una escalera sin tanto pensar donde ponemos los pies y así podemos seguir pensando o hablando y riendo y gesticulando con total espontaneidad.
La costumbre nos mitiga, por ejemplo, el recuerdo que tenemos que morir y nos permite vivir sin ansiedad. Habría que vivir siempre como si acabásemos de nacer. Vivir en el asombro, como seres recién estrenados. Sólo entonces saborearíamos la maravilla, el milagro de vivir. No son muchas las personas que saben admirar y asombrarse frente a las maravillas de la naturaleza. Considera como algo natural, obvio y sin importancia. Y así se vive una vida chata, aburrida, sin emociones ni gozos que podrían transformar nuestra existencia y sacarla del anonimato.
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