197º Soy tu esposa, Alberto
La reina Victoria de Inglaterra, quería mucho a su marido Alberto de Coburgo. Alberto no podía llevar el título de rey ni tenía cargo ninguno en el reino. Aún amándose mucho, cada tanto los dos discutían y se peleaban
Un día, después de una discusión particularmente fuerte, el príncipe Alberto se encerró en su cuarto. Poco después, la reina Victoria llegó y golpeó a la puerta. “¿Quién es?” preguntó Alberto. “La reina de Inglaterra", contestó Victoria. La puerta siguió cerrada. La joven esposa golpeó otra vez. “¿Quién es?” “La reina de Inglaterra”. Silencio. Y así por varias veces. Finalmente: “¿Quién es?” “Soy tu esposa, Alberto” Y la puerta inmediatamente se abrió.
Algo semejante sucedió entre María Magdalena y Jesús. “Mujer, ¿por qué lloras? ¿a quién buscas?” Ella creyendo que sería el cuidador del huerto le contestó: “Señor, si tu has sacado a mi Señor, dime dónde lo has puesto y yo me lo llevaré”. Jesús le dijo entonces: “¡María”! Entonces ella se dio vuelta y le dijo: “Rabboni”, maestro mío. (Jua 20:15-16).
Sólo la fe y el amor abre los ojos para conocer a las personas. Nadie puede conocer a una persona con la sola razón. La inteligencia está hecha para conocer las cosas para poderla dominar. A las personas se las conoce con la intuición del corazón. Éste es el único camino para penetrar en el alma del otro. Para poder cocer hace falta una aguja. El hilo puede penetrar y unir las telas, o pegar botones, si una aguja le abre el camino. Sin aguja el hilo nada puede hacer. El amor es la aguja que precede la inteligencia y la razón.
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