184º Una parábola de Tagore: el grano de trigo convertido en oro.
Tagore describe que un mendigo que pasaba de puerta en puerta, conmoviendo los corazones de amigos y desconocidos. Se le veía por las plazas, en los poblados, recorriendo caminos, exponiéndose al peligro de los patoteros y ladrones.
Un buen día, a lo lejos, vio que se acercaba una carroza. ¿Quién será aquel gran señor que se acerca?
Sus esperanzas cobraron alas, el corazón galopaba en su pecho. Se puso parado en mitad de la calle y aguardó firme, sin moverse, el llegar de la carroza.
Se escuchó una orden;. se abrió una puerta decorada en perlas y diamantes y descendió el rey. Los servidores contemplaron atónitos la escena. En un gesto de humildad, el rey se despojó de su corona, se inclinó a la altura del mendigo, abrió su mano derecha y le suplicó. "Mendigo, ¿qué me quieres dar?"
Aquel pobre mendigo temblaba como una hoja. Se esfumaron todas las ilusiones, sus esperanza y, luego, se le llenó el corazón de indignación. ¿Cómo? ¡Un rey quiere algo de mi? Con desprecio entonces sacó de su bolso un grano del trigo que había recibido en limosna y lo puso en la mano enjoyada del rey.
Se oyeron gritos lejanos y risas burlonas. El rey contestó con un gesto de benevolencia; abrió un pequeño cofre de marfil y depositó con cuidado el grano de trigo. Volvió a su carroza y partió. La mirada del mendigo persiguió en el horizonte la silueta de la carroza.
Regresó triste, el mendigo, a su rancho. A la noche sacó de su bolso aquel puñado de trigo para molerlo y cocinar un pan para la cena. Pero cual fue su asombro cuando entre los granos de trigo, descubrió que había un grano de oro.
Comprendió entonces el significado de aquel grano de trigo que había depositado en la mano del rey y se dijo: ¡Si hubiera volcado en la mano del rey todos los granos de trigo! Mi falta de generosidad me castigó.
Jesús nos invita a dar con generosidad porque recibiremos según que habremos sido generosos. "Den y se les dará; recibirán una medida bien llena, apretada y rebosante; porque con la medida que ustedes miden serán medidos" (Luc 6:38). La verdadera pobreza evangélica no se identifica con la pobreza económica. Es pobre, según el evangelio, el que está desprendido de las riquezas materiales y sobre todo desprendido de sí mismo:
Aquel mendigo no supo ser generoso y no recibió lo que él esperaba. Poseía poco pero estaba pegado a lo que poseía. S. Pablo nos dice que "Si reparto todo lo que poseo a los pobres ... pero sin tener amor, de nada me sirve". (1Co 13:3). La regla de oro del evangelio es la siguiente: "Todo lo que ustedes desearían de los demás, háganlo con ellos" (Mat 7:12). Dios exige que lo imitemos en su generosidad y nos promete recompensarnos hasta por un vaso de agua fresca: " El que dé un vaso de agua fresca ... les aseguro que no quedará sin recompensa" (Mat 10:43) (Notable es este adjetivo: "fresca". Estamos en palestina, un país cálido sobre todo de verano y un vaso de agua que no sea fresca no sirve para atenuar el ardor de la garganta).
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