180º El príncipe y el mendigo
Hacia la mitad del siglo XVI, el mismo día de otoño, nacieron Eduardo Tudor y Tom Canty, uno príncipe y el otro mendigo. Tom pronto se acostumbró a pasar hambre, a mendigar, a dormir en el suelo y a recibir palizas de su padre, muy dado a las borracheras; Eduardo, en cambio, se acostumbró a vivir una vida de príncipe.
Un buen día Tom se levantó y salió con el estómago vacío pero con la cabeza llena de fantasías, soñaba con ser príncipe. Comenzó a vagabundear por la ciudad; y, casi sin querer, se encontró delante del palacio de Westminster, la fabulosa morada del príncipe Eduardo. Se quedó a las verjas y pudo contemplar al príncipe que estaba solo entre tantos árboles. Sin darse cuenta pegó la cara a los barrotes del portón y, al verlo, uno de los soldados, le gritó diciéndole: "Lárgate de aquí, pordiosero". El príncipe, al contemplar la escena, se indignó y le dijo al soldado: "Ábrele el portón y déjalo entrar".
Tom entró y subieron los dos a la estancia del príncipe. Después de una amigable conversación, Tom le pidió a Eduardo si le dejaba vestirse de príncipe. Se cambiaron las ropas y al mirarse al espejo descubrieron que sus rostros eran idénticos. Así con los vestidos cambiados salieron al jardín para jugar. Pero una vez afuera los soldados confundieron el príncipe con el mendigo y echaron al príncipe a puntapiés del palacio, sin hacer caso. a sus protestas.
Pasaron los días, las semanas y el príncipe, ahora mendigo, no lograba convencer a nadie de su verdadera identidad: "¡Pobrecito! decían, este Tom se ha vuelto loco con tanta hambre. Y al príncipe le tocó vivir en carne propia la dura vida de Tom. Los amigos del mendigo se burlaban cruelmente de él, y el padre de Tom le daba, cada noche, un sin fin de palizas. Pasó hambre y frío, experiencias desconocidas para él.
Cuando al fin descubrieron la verdad, el príncipe volvió a su palacio y a la muerte de su padre, salió al trono.
¿Por qué eres tan compasivo con tus súbditos, y no empleas la severidad de tu padre a la hora de gobernar?" le decía el primer ministro de la corte. Y el rey Eduardo VI respondía: "¿qué sabes tu de pueblo y de opresión? De eso sabemos mi pueblo y yo; pero tú, no"
En realidad delante de Dios todos los hombres son iguales; lo que los distingue no son ni la riqueza, ni el honor, ni ser príncipe o mendigo. Lo que de veras distingue a los hombres es su respuesta positiva o negativa a la propuesta de Dios. Dios nos propone su amor y espera que libremente le respondamos con amor. Que uno viva rico o pobre, príncipe o mendigo, poco importa; lo que cuenta es el corazón. "Dios es amor; quien ama conoce a Dios"(1Jn 4:7).
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