165º Los milagros ¿suceden solamente en la iglesia católica?
Escribe C. Vallés.
Entre mis alumnos de la universidad había un muchacho hindú cuyo sufrimiento físico y moral me había hecho fijarme en él de manera especial desde el principio Sufría de visión doble en los ojos que ni gafas ni operación podían corregir y que le causaba dolores de cabeza insoportables. Me tomé gran interés por aquel joven que sufría, e hice todo lo que mi celo y fervor de sacerdote joven me inspiraban que hiciera. Recé por él, recé con él, le impuse las manos, ofrecí penitencia. Yo quería abrir paso al evangelio y le recordé al Señor que él mismo, siempre que enviaba a sus discípulos a predicar, les daba el poder de sanar a los enfermos.
De nada sirvieron mis plegarias, mis sacrificios, mis diálogos empeñados con el Señor. Pero, nada, silencio absoluto por parte de Dios. Pasó el tiempo y el muchacho desapareció.
Un día, se me presentó radiante de gozo y felicidad; sus ojos alegres delatando su visión normal, su rostro transfigurado proclamando, antes de que pudiera abrir boca, que todas sus tribulaciones habían pasado y que era ya hombre feliz en alma y cuerpo, entregado a la vida y rebosante de salud.
¿Qué había pasado? Noté sus vestidos de color naranjado, un collar de cuentas negras al cuello, y el medallón con una imagen que yo conocía bien. Era la foto de un famoso gurú hindú que estaba muy de moda entonces y ponía tres condiciones a sus seguidores para asegurarle la felicidad en este mundo y la salvación en el siguiente: que sus vestidos fueran color naranjado( el color sagrado en la India); que llevasen siempre al cuello su foto y que cambiasen su nombre por uno nuevo que él les daría.
Mi muchacho se había acogido a él y al instante habían desaparecido todos sus males.
Sorpresa y alegría de ver curado y alegre a un muchacho, a quien yo quería, asombro de ver salud donde durante meses yo sólo había visto miseria corporal, extrañeza ante el naranjado y la medalla y en el fondo cólera porque un gurú hindú había obtenido pleno éxito donde yo, sacerdote católico, había fracasado.
Y pensar que aquel no era uno de aquellos hombres místicos y modelos de vida. Era un tipo que predicaba cómo la unión con Dios sólo se podía conseguir en la relación sexual. Se hacía llamar 'dios' y vivía lujosamente, dando a entender además que de noche su alma salía de su cuerpo para unirse al dios Brahma para volver a la mañana y entrar de nuevo dentro de su cuerpo.
Y Dios le había dado el poder de hacer el milagro que no pudieron conseguir mis prolongadas oraciones y sacrificios. ¿Cuál fue para mi el mensaje de Dios?
Que Dios es Dios
de todos los hombres y no solamente de los cristianos y que Dios no tiene porque seguir nuestras instrucciones. Él es dueño de romper los moldes que nosotros le proponemos y nadie absolutamente nadie puede manipular a Dios. Dios no queda atrapado ni con su evangelio interpretado por nosotros según nuestros deseos. Dios puede decidir lo que quiere dentro y fuera de su iglesia.
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