127º Las puertas de las celdas eran todas iguales. Pude encontrarla cuando amaneció.
Pablo VI, que era amigo de las parábolas, contaba la historia de Berdiaef, el gran pensador de la iglesia ortodoxa rusa. Un día éste pensador visitó uno de los más famosos monasterios ortodoxos construidos con un bellísimo claustro central sobre el que se abrían, las puertas de las celdas de los monjes. Las puertas eran todas iguales, distinguidas únicamente por el nombre de un santo diferente sobre el dintel.
Cuando llegó la noche cada monje ingresó en su celda y la paz se hizo dueña del claustro. Era una noche muy oscura; ni la luna brillaba en el cielo. Y Berdiaev, dado que no tenia sueño, decidió pasear un rato por el claustro, cuya belleza tanto le había impresionado. Se sintió lleno y feliz andando y viniendo por los corredores tanto que perdió la cuenta de las vueltas dadas por el ancho recinto.
Cuando al fin se sintió dominado por el sueño, tropezó con el problema de distinguir la puerta de su celda, siendo como eran todas idénticas. En una noche totalmente oscura era imposible distinguir los nombres de los santos que las diferenciaban; y no sabía dónde podrían estar las llaves de la luz. ¿Tendría que despertar a unos de los monjes? Su caridad se lo impedía. Sólo tenía la solución de continuar dando vuelvas y vueltas al claustro hasta que llegase la luz del día. Y así hizo.
Y la salida del sol le dio luz suficiente para distinguir su puerta de las demás. Había girado en torno a ella, había pasado ante ella docenas de veces sin llegar a verla, y ahora, ahí estaba facilísima y evidente. Gracias a la luz.
Y Pablo VI comentaba: así nos ocurre a los hombres con la verdad. Vivimos encerrados en la noche del mundo y con frecuencia nos es casi imposible distinguir la verdad de la mentira. Pero sólo la llegada de la luz - de la luz de Cristo - nos permitirá distinguir la puerta de la verdad.
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