116º ¿Podemos dar de lo que no tenemos? Nosotros los cristianos, ‘sí’.
En mis años de seminarista, escribe Martín Descalzo, me explicaron muchas veces que, también en el mundo de las almas, regía el viejo principio de que "nadie da lo que no tiene" Pero la verdad es que ahora - treinta años después - no estoy tan seguro. Y creo que es más cierta la afirmación de Urs von Balthasar cuando escribe que "el privilegio del cristiano es poder dar más, infinitamente más, de lo que se posee".
Recuerdo, aún hoy, cuánto me escandalizó, en mis años de estudiante de teología, la conferencia de un sacerdote - un apóstol brillante y muy conocido en la España de entonces - que nos decía que no era necesario ser santos para ser eficaces apostólicamente. La idea me pareció entonces un disparate, y me lo sigue pareciendo en el tono en el que aquel conferenciante lo decía; como si la inteligencia, la técnica oratoria etc. pudieran suplir a la santidad del que predica.
Sin embargo, en aquella idea hay una pizca de verdad, sobre todo en la fórmula del teólogo von Balthasar.
Y es que treinta años de ministerio me han enseñado que uno puede dar mucho más de lo que personalmente tiene. Y esto por esta razón elemental: en el mundo de la gracia ningún hombre da nada. Es Dios el único que puede dar, él solo. Y la experiencia de cualquier sacerdote o de cualquier cristiano es que, si él no pone demasiados obstáculos, Dios comunica, a través de él, bienes espirituales que nadie llega a sospechar.
Es lo que Bernanos llamaba "el dulce milagro de las manos vacías" a través de las cuales puede pasar el torrente de Dios.
En el terreno sacramental esto es evidente: ¿No soy yo quien absuelvo; no es mi cuerpo que se hace presente en el altar. Alguien 'actúa' dentro de mí para que eso 'salga' de mi sin ser mío.
A veces te ocurren cosas misteriosas. Un día se acerca alguien a ti y te dice que desde hace veinte años se alimenta de una frase que tú le dijiste una vez. Tú le preguntas de qué frase se trata. Y cuando él te la dice, tú jurarías que esa idea jamás había pasado por tu cabeza.
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