Pragmatismo
Daniel Kalpokas (Argentina), Universidad de Buenos Aires
Conocimiento y verdad
Pragmatismo, instrumentalismo y verdad. El pragmatismo nunca ha sido, ni es actualmente, un movimiento filosófico homogéneo. Desde un principio, las diferencias teóricas entre los clásicos del pragmatismo –Peirce, James, Dewey y Mead– marcaron distancias que, en cierto modo, persisten en la nueva generación –Quine, Rorty, Putnam, C. I. Lewis, Haack, Bernstein, etc.–. Así pues, a lo sumo, puede hablarse de un “parecido de familia” entre los distintos autores pragmatistas, pero no de una doctrina compacta y única. Los orígenes del pragmatismo se remontan a los días del llamado Club Metafísico, en Cambridge, a principios de 1870, donde un grupo de intelectuales de distinta procedencia profesional –entre los que se encontraban Charles Peirce, William James, Chauncey Wright y John Fiske– se reunían con el objeto de reflexionar sobre diversos problemas filosóficos suscitados por El origen de las especies de Darwin y el impacto que el método científico puede tener para la filosofía. El término pragmatismo fue introducido por primera vez por Charles Sanders Peirce (1839-1914) –el fundador de esta corriente filosófica– en su artículo “How to make our ideas clear”, publicado en el Popular Science Monthly, en 1878. El término adoptado por Peirce para su nueva doctrina pretendía poner de manifiesto la conexión inseparable entre cognición racional y propósito racional. Peirce propuso un nuevo método para la clarificación de ideas basado en la llamada máxima pragmática, la cual definió de este modo: “Consideremos qué efectos, que puedan tener concebiblemente repercusiones prácticas, concebimos que tiene el objeto de nuestra concepción. Nuestra concepción de estos efectos es pues el todo de nuestra concepción del objeto” (Buchler, 1955). Según esta máxima, las consecuencias experimentales de un objeto nos dan el significado del concepto de dicho objeto. Decir, por ejemplo, que algo es quebradizo es decir que si se lo golpeara, se haría pedazos. Para comprender el significado de una idea no es menester realizar
efectivamente el experimento; basta con que seamos capaces de concebir las consecuencias experimentales probables y posibles involucradas. A pesar de su profundidad y originalidad, las ideas de Peirce quedaron prácticamente en la oscuridad hasta que William James (1842-1910) les dio popularidad en una conferencia titulada Conceptos Filosóficos y Resultados Prácticos, pronunciada en 1898. Con el término pragmatismo, James se refiere básicamente a dos cosas: al método pragmático tal como lo concibiera Peirce, y también a una nueva teoría acerca de la verdad. Por medio de la aplicación de la máxima pragmática a la noción de verdad, James llegó a su teoría pragmatista de la verdad. Esta sostiene que: “Cualquier idea que nos conduzca prósperamente de una parte de nuestra experiencia a otra enlazando las cosas satisfactoriamente, laborando con seguridad, simplificándolas, ahorrando trabajo, es verdadera; esto es, ‘verdadera instrumentalmente’ (...) la verdad en nuestras ideas significa su poder de actuación” (James, 1978). Una creencia es verdadera, pues, cuando nos orienta con éxito en la práctica. Para John Dewey (1859-1952), el pragmatismo no significaba otra cosa que la actitud de referir toda consideración reflexiva a sus consecuencias, para su significado y prueba definitiva. El instrumentalismo –que es la variante del pragmatismo desarrollada por Dewey– “es un intento de establecer una teoría lógica precisa de los conceptos, los juicios y las inferencias en sus diversas formas, considerando principalmente cómo funciona el pensamiento en las determinaciones experimentales de consecuencias futuras. Es decir, intenta establecer distinciones universalmente reconocidas y reglas de lógica derivándolas de la función reconstructiva o mediadora atribuida a la razón” (McDermott, 1981). Según Dewey, el tradicional ideal cognoscitivo de la contemplación pura debe su origen a la temprana búsqueda de la certeza. Este ideal cognoscitivo es el causante de las usuales dicotomías entre teoría y práctica, hechos y valores, acción y pensamiento. La importancia de la acción en la producción del conocimiento recién fue reconocida a partir de los siglos XVII y XVIII, con el surgimiento de las ciencias experimentales. Tras esta revolución lógica, epistemológica y filosófica, la filosofía debe abandonar su ideal de certeza y ser reconstruida a la luz de la nueva concepción experimental del conocimiento. Derribadas las dicotomías antedichas, la investigación es concebida ahora como la transformación controlada de una situación indeterminada en otra determinada. El valor del conocimiento reside, en última instancia, no en su carácter representativo, sino en su contribución a la adaptación al entorno natural y social.
Del giro lingüístico al resurgimiento del pragmatismo. La escena norteamericana cambió drásticamente en los años cuarenta debido a la inmigración, desde Alemania y Europa Central, de importantes figuras asociadas al positivismo lógico, como Feigl, Carnap, Reinchenbach, Bergmann y Hempel. A principios del siglo XX, los escritos de Frege, Wittgenstein, Russell y Moore habían introducido el giro lingüístico en filosofía, esto es, la idea de que los problemas filosóficos deben ser analizados a partir de cómo aparecen formulados en el lenguaje. Los positivistas lógicos se caracterizaron por otorgarle un fuerte talante antimetafísico a este giro. Al llegar a Estados Unidos, estos filósofos impusieron rápidamente el giro lingüístico en las universidades norteamericanas y desplazaron al pragmatismo sustituyéndolo por la filosofía analítica del lenguaje en su versión neopositivista. Sin embargo, los ataques de Kuhn y Feyerabend a la concepción neopositivista de la ciencia, y la crítica de Quine a los dos dogmas del empirismo contribuyeron al resurgimiento –ahora giro lingüístico mediante– del pragmatismo. En Two dogmas of Empiricism Quine cuestionó dos pilares sobre los cuales se asentaba el positivismo lógico: la distinción analítico-sintético y el reduccionismo. Con respecto al primer dogma, Quine sostuvo que no podía elucidarse la noción de analiticidad (verdadero en virtud del significado) apelando a la noción de sinonimia, ni a la idea de definición ni a la de sustitución salva veritate. Contra el segundo dogma –la creencia de que todo enunciado con sentido debía ser equivalente a una construcción basada en términos que refieren a la experiencia inmediata– Quine señaló el reconocido fracaso de tal intento y sustentó la tesis holista según la cual es la totalidad del conocimiento la que siempre se pone a prueba por medio de la experiencia –y no las hipótesis y enunciados individuales y aislados–. Como consecuencia de ello, Quine sostuvo que son las consideraciones pragmáticas las que nos mueven a moldear nuestra herencia científica a la luz de los estímulos sensoriales. Así pues, en la segunda mitad del siglo XX el pragmatismo, lingüísticamente transformado, retornó al centro de la filosofía estadounidense. A partir de Philosophy and the Mirror of Nature, Richard Rorty (1931) emprendió una crítica radical de la tradición epistemológica moderna, a la cual contrapuso el pragmatismo como filosofía antirrepresentacionista y antifundacionista. Dos puntos distancian a Rorty del pragmatismo clásico: el abandono de las consideraciones en torno del método científico y la sustitución de los análisis del conocimiento basados en la noción de experiencia por un tratamiento de estas cuestiones en términos de lenguaje. En su concepción de la verdad, su crítica
del modelo epistemológico del espectador y el carácter instrumental de las creencias, el pragmatismo de Rorty continúa las sendas de James y Dewey. En cambio, Hilary Putnam (1926) ha desarrollado una forma de pragmatismo más afín a la de Peirce. Para Putnam, cuatro tesis definen el núcleo del pragmatismo: 1. el antiescepticismo; 2. el falibilismo; 3. el abandono de la dicotomía hecho-valor, y 4. la idea de que la práctica es primaria en filosofía. Puede decirse que mientras el pragmatismo de Rorty posee una fuerte impronta romántica, el de Putnam posee un talante inequívocamente ilustrado. Otra continuación contemporánea del pragmatismo peirceano puede hallarse en los escritos de Susan Haack. En Evidence and Inquiry. Towards Reconstruction in Epistemology Haack intenta defender su proyecto de reconstrucción de la epistemología desarrollando una concepción nueva de la justificación –el fundherentismo– que pretende retener ciertos aspectos valiosos de las epistemologías fundacionista y coherentista. Gracias a estos y otros autores contemporáneos, actualmente el pragmatismo ha vuelto a ser una corriente filosófica sumamente influyente dentro y fuera de Estados Unidos, realizando aportes esenciales en teoría del conocimiento, filosofía del lenguaje, filosofía de la mente, filosofía de la ciencia y teoría social.
Referencias J. Buchler, Philosophical Writings of Peirce, New York, Dover Publications, 1955. - W. James, Pragmatism and the Meaning of Truth, Cambridge, Harvard University Press, 1978. - J. McDermott (ed.), The Philosophy of John Dewey, Chicago, The University of Chicago Press, 1981.
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