Poder e injusticia
Marcio Fabri dos Anjos (Brasil), Centro Universitario São Camilo
Poder
Los conceptos de poder y de justicia-injusticia se abren para innúmeros aspectos y distintos enfoques considerados por las ciencias. Asumiendo aquí el binomio poder e injusticia, lo hacemos en una aproximación selectiva, como un aporte ético sobre las clamorosas inequidades sociales que sufren la América Latina y el Caribe, en las relaciones de poder. Y, además de eso, también para sugerir que sería insuficiente una reflexión en bioética que no considerara las grandes asimetrías de poder que destruyen vidas concretas y amenazan perspectivas de vida de poblaciones enteras y de la misma Tierra.
Conceptos e identificación metodológica. El poder es, ante todo, una condición inalienable del ser humano, desde su propio espacio físico ocupado por su corporeidad, y por tanto no puede ser demonizado a priori. El poder en este sentido es intrínseco a la ontología de los seres humanos y se encuentra presente en todas las expresiones de su existencia. Un tal poder en para las esferas de la ética, como sabemos, cuando es ejercido con conciencia, libertad y autonomía. Pero el ser humano es también limitado, por su misma condición, y, por esto, la fragilidad es un rostro escondido del poder. El criterio ético para evaluar el ejercicio del poder no puede ser buscado unilateralmente en la persona que lo emplea, sino en la relación con el poder y la fragilidad del otro con el cual se interacciona. En la explotación o desconsideración de la fragilidad del otro se manifiesta la injusticia en el ejercicio del poder. Es por veces complejo identificar y definir la injusticia, entre otras razones, porque el poder muy fácilmente se autojustifica, lleva a la acomodación frente a las fragilidades o, aún peor, tiende a fortalecerse siempre más en la explotación de las fragilidades. El poder establecido se impone como un “derecho adquirido”, muy difícil de ser sociológicamente revertido y así mismo éticamente criticado. Las vidas amenazadas en su calidad o destruidas se presentan siempre por lo menos como sospecha de injusticia en las relaciones de poder. Esto sugiere un paso metodológico en la evaluación ética del poder: dejar hablar, o hacerse oír, desde el dolor del otro, principalmente desde lo que más amenaza su vida; oír su memoria; sondear su futuro.
Herencia histórica y cultural. Latinoamérica, además de los colores de su cordialidad y sus fiestas, carga con una experiencia muy ambigua en los juegos del poder social. Su historia está marcada por profundas asimetrías, particularmente en su paso por el colonialismo avasallador sobre los pueblos indígenas, por la explotación del trabajo esclavo, por el establecimiento de sistemas patriarcales y machistas, y por estructuras de servilismo y dependencia en general. La vida de los que pueden poco, vale poco, esta es la realidad. Tales asimetrías llegan hasta nuestros tiempos, como una pesada herencia cultural, que anestesia la sensibilidad ética para percibirla y la voluntad política para revertirla. Un clima de corrupción deja a la justicia sometida a los intereses del poder. Las inequidades se instalan en la misma estructura de la sociedad y repercuten directamente en las condiciones de salud, habitación, educación, empleo, salario, expectativa de vida. Es muy sintomático que por lo menos la mitad de las poblaciones por debajo de la línea de pobreza en Latinoamérica sean de etnias definidas como indígenas y afrodescendientes. Además de esto, se verifica que “la pobreza de los grupos socialmente excluidos es permanente y no transitoria”. En el ámbito internacional, el continente latinoamericano experimenta desde hace mucho las asimetrías en las relaciones de poder, especialmente por su experiencia de sucesivas versiones de colonialismo. Sus deudas externas e internas y sus recientes dictaduras son signos de sus fragilidades económicas y políticas. En un tal contexto se ubican las vidas de baja calidad o eliminadas. Los tiempos actuales han aportado nuevas connotaciones y desafíos. El neoliberalismo político y particularmente el económico se utilizan para dejar a los individuos a su propia suerte, omitiendo las interpelaciones que derivan de sus fragilidades. El establecimiento de las formas de poder, en cuanto ciencia y tecnología, implica nuevos retos para la evaluación ética del poder, especialmente porque pueden servir a su más grande concentración, en una espiral por la cual el poder genera poder, que queda en las manos de los que lo poseen. El poder técnico se convierte muy fácilmente en poder ético y se torna arrogante y avasallador. Por otra parte, las tecnologías han elevado en mucho el poder de producción y han agudizado el consumo. El mercado, a su vez, especialmente a través de los medios de comunicación de masas, sigue provocando el deseo por los bienes de consumo. Resulta en grandes líneas el despertar de la conciencia de los pobres sobre sus límites de acceso a tales bienes y, por ende, su insatisfacción y violencia. De hecho, la violencia crece asustadoramente en Latinoamérica. Baja el nivel de confianza entre las personas en todas las relaciones sociales, hasta en el simple caminar por
las calles. Algunos indicadores anuncian la necesidad urgente de disminuir las inequidades por el riesgo inminente de tornar el acogedor continente latinoamericano en un espacio poco favorable a la vida en sociedad. Aunque se consideren demasiado alarmistas estas afirmaciones, se pueden ver ahí algunos signos de la incidencia de las asimetrías del poder en la vida social.
Poder e injusticia en la reflexión de la bioética. La experiencia latinoamericana del binomio poder e injusticia obviamente no se agota en las asimetrías, pero sí puede contar con históricas y actuales expresiones que siguen por otro camino. Desde la sensibilidad ética que acompaña a estas expresiones, se consigue identificar dónde se manifiestan las extrapolaciones del poder como injusticia, y al mismo tiempo se toma aliento para impulsar la búsqueda de alternativas. La reflexión de la bioética en Latinoamérica ha sido un espacio para desarrollar tal sensibilidad en sus fundamentos teóricos y en sus planteamientos prácticos para la acción. Su experiencia de poder e injusticia permite naturalmente notar con más claridad la relación que hay entre las estructuras macrosociales y la calidad de vida de las personas; percibir que sus posibilidades de vida, desde la salud, educación, formas de inserción en la sociedad, hasta su momento y modo de morir, pasan por relaciones sociales más amplias, por políticas públicas, por intereses económicos o, en una palabra, por un gran juego de poder en la sociedad. La entrada más explícita de la consideración por las relaciones de poder en la bioética fue bien impulsada por la organización y participación latinoamericana en el congreso internacional bajo el tema “Bioética: poder e injusticia” (Brasilia, 2002). Con esto se ha conseguido llamar la atención de la reflexión bioética mundial respecto a las incidencias, especialmente políticas y económicas, del poder en las decisiones sobre la vida. Los frutos ya se perciben en los contenidos de la Declaración Universal de Bioética y Derechos Humanos, de la Unesco. En síntesis, el binomio poder-injusticia tiene su importancia en la reflexión de la bioética: a) porque las asimetrías de poder que se agudizan en la sociedad, análogamente a las preocupaciones de Potter, representan una amenaza a la sobrevivencia ya en el presente y para el futuro próximo; b) porque en una lectura crítica de los procesos sociales, en clave de contraposición de poderes e intereses, se puede percibir muy claramente la estrecha relación entre las construcciones del poder en la sociedad y las preguntas de la bioética sobre la vida; c) porque una tal lectura crítica ayuda decisivamente a comprender y a identificar los procesos y las estructuras culturales y sociales que favorecen o perjudican las condiciones de vida en el mundo; d) porque la pregunta sobre las
injusticias resulta en un buen camino para poner el poder frente al espejo de la ética; e) porque, sea por caminos de la virtud, o de la responsabilidad, u otros por modelos de reflexión en bioética, el dolor, el sufrimiento y la muerte interrogan frontalmente a los poderes humanos y, por ende, desafían a los seres humanos a humanizarlos. Se puede percibir que el binomio poder-injusticia no será tomado de forma pragmática para extraer posibles evaluaciones operacionales. Pero su consideración en bioética favorece una comprensión más adecuada de las relaciones sociales y una identificación más clara de los desafíos éticos para la construcción de la vida en sociedad.
Referencias Banco Interamericano de Desenvolvimento na América Latina. Inclusão social e desenvolvimento econômico na América Latina, Río de Janeiro, Campus, 2005. - J. C. Chasteen. América Latina, uma história de sangue e fogo, 3a ed., Río de Janeiro, Campus, 2003. - Volnei Garrafa, Leo Pessini (org.), Bioética: poder e injustiça, São Paulo, SBB & Loyola & S. Camilo, 2003.
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