Naturaleza y artificio
Alejandro Rosas López (Colombia), Universidad Nacional de Colombia
Medio ambiente
Concepto. La contraposición entre lo natural y lo artificial podría resolverse fácilmente apelando a filósofos como Hume y John Stuart Mill, quienes distinguieron dos sentidos del término ‘natural’: uno en cuanto opuesto a sobrenatural o milagroso, y otro que contrapone lo natural a lo artificial. En el primer sentido, natural es todo aquello que ocurre sin intervención directa de un creador trascendente o sobrenatural, mientras que en el segundo sentido, natural es todo aquello que ocurre según el curso espontáneo de las cosas, dejadas a sí mismas, sin la interferencia voluntaria e intencional del ser humano. Artificial, entonces, es lo que existe precisamente por la intervención voluntaria e intencional del ser humano. Sin embargo, la contraposición natural/artificial tiene también connotaciones valorativas, catapultadas a la atención general en el contexto de la crisis ecológica y de las preocupaciones de los ambientalistas por la destrucción acelerada del medio ambiente. John Stuart Mill sostuvo en un ensayo seminal titulado On Nature, cuya primera edición data de 1867, que estas connotaciones valorativas han existido siempre. ‘Natural’ ha sido usado para “transmitir la idea de recomendación, aprobación o incluso de obligación moral”: “El que un modo de pensar, sentir o actuar sea ‘conforme a la naturaleza’, es visto usualmente como un argumento fuerte en favor de su bondad” (Mill, 1904). Mill señala que en la antigüedad, por ejemplo, los estoicos y los epicúreos rivalizaban entre sí al reclamar ambos, para sus máximas de conducta, el apelativo de “dictados naturales”.
Sentido valorativo. Sería interesante entender cómo se relaciona el sentido valorativo de natural con los
febrero de 2005 después de la ratificación del mismo por Rusia, pero el principal país productor de contaminantes, en la perspectiva de ‘el hombre como dueño de la naturaleza’, persistía en una política contraria a todo universalismo responsable. El 3 de febrero de 2007, la cumbre mundial de científicos del Grupo Intergubernamental de Expertos sobre Cambio Climático, reunida en París, hacía público el informe más serio y preocupante producido hasta entonces sobre el calentamiento global en la Tierra. Allí quedaba claro que en caso de no haber cambios en el comportamiento del hombre con la naturaleza, la catástrofe era no sólo inminente sino irreversible. La bioética quedó convocada así a participar en el debate sobre esos cambios de comportamiento. [J. C. T.]
dos sentidos arriba descritos. No es tarea sencilla, pues si tomamos ‘natural’ en el primer sentido y asumimos una cultura secular en donde lo sobrenatural o no existe o no tiene incidencia causal sobre lo natural, toda acción humana es por necesidad conforme a la naturaleza. Si todo lo que sucede, incluidas las acciones humanas, ocurre conforme a las leyes naturales, entonces es imposible no obrar conforme a la naturaleza. ‘Natural’ no puede así servir para caracterizar, de entre las acciones posibles, aquel subconjunto que podemos aprobar o recomendar. Por otro lado, si tomamos ‘natural’ en el segundo sentido, entonces es imposible obrar de acuerdo con lo natural, pues toda acción humana es artificial por definición, es decir, no puede existir sin la intervención voluntaria e intencional del ser humano. Tampoco en este caso podemos usar ‘natural’ para recomendar o aprobar un subconjunto de acciones distinguiéndolas de otro subconjunto que no sería ‘natural’ en este sentido. Pareciera, entonces, no haber ninguna relación entre las anteriores significaciones de ‘natural’ y la connotación valorativa equivalente a ‘recomendable’ o ‘digno de aprobación’. Sin embargo, como lo señala el mismo Mill, el origen de esta transformación semántica está en la actitud de la conciencia religiosa ante aquellas acciones cuyo propósito específico es mejorar la condición humana modificando la naturaleza. Estas acciones pueden ser interpretadas, a la luz de esa conciencia, como un desafío al orden natural, querido por Dios, y por tanto como un desafío a Dios mismo: “The consciousness that whatever man does to improve his condition is in so much a censure and a thwarting of the spontaneous order of Nature, has in all ages caused … a shade of religious suspicion; as being in any case uncomplimentary, and very probably offensive to the powerful beings … supposed to govern
the various phenomena of the universe, and of whose will the course of nature was conceived to be the expression … though life could not have been maintained, much less made pleasant, without perpetual interferences of the kind, each new one was doubtless made with fear and trembling, until experience had shown that it could be ventured on without drawing down the vengeance of the Gods” (Mill, 1904).
Naturaleza e intervención humana. Es obvio que la vida humana no sería posible sin algún grado de intervención permisible en el curso natural de las cosas. ¿Por qué razón habríamos de considerar ofensivos los diques construidos por humanos, por ejemplo, si no pensamos así de los diques naturales construidos por las nutrias? De ahí que sea necesario matizar la sospecha de la conciencia religiosa y limitar su alcance. So pena de caer en un absurdo imposible, la conciencia religiosa no se puede oponer a toda intervención humana en la naturaleza, sino solo a la que infringe los límites permitidos. La pregunta obvia es: ¿Cómo se determinan los límites que indican lo que es y lo que no es permisible en la modificación del curso natural de las cosas? La idea razonable de limitar lo permisible en la modificación de la naturaleza, puede ser aprovechada por las castas religiosas para establecer los límites a su antojo, con criterios públicamente inaceptables: “The Catholic religion had the resource of an infallible Church, authorised to declare what exertions of human spontaneity were permitted or forbidden” (Mill, 1904). Una solución más aceptable es postular que los límites son puestos por la naturaleza misma, como expresión de Dios si se quiere, pero en todo caso funcionando como criterio independiente de la autoridad y declaraciones de un clero particular. “But there still exists a vague notion that… nature is a model for us to imitate; that with more or less liberty in details, we should on the whole be guided by the spirit and general conception of nature’s own ways; that they are God’s work, and as such perfect; that man cannot rival their unapproachable excellence, and can best show his skill and piety by attempting, in however imperfect a way, to reproduce their likeness” (Mill, 1904).
Frente a una decisión clerical sobre los artificios permisibles, esta solución tiene la ventaja de poner un criterio objetivo, no sujeto a manipulación por la idiosincrasia de un grupo particular. Pero esta solución tampoco satisface. El mismo texto explicita que cuando el criterio para modificar la naturaleza es la imitación, se piensa en una imitación que deja espacio a la libertad. Si la libertad al imitar es lícita, la pregunta sobre los criterios para introducir modificaciones permisibles en la naturaleza equivale a la pregunta sobre qué grado de libertad es permisible al imitarla o recrearla.
La tesis ambientalista. Las dificultades para señalar los límites de lo permisible en la introducción de artificios y artefactos pueden tentar a la adopción de una solución radical: la de declarar sacrosanto lo natural y rechazar de plano todo intento por modificar la naturaleza para mejorar la condición humana. Esto sería acorde con tendencias manifiestas de la ética ambientalista. A diferencia de la tradición antropocéntrica, en la cual la conservación de la naturaleza solo tiene sentido en la medida en que es necesaria para la preservación de la vida humana, la ética ambientalista atribuye un valor intrínseco a la naturaleza, tanto a nivel individual como a los ecosistemas (Callicott, 1999). En su versión más radical, la tesis ambientalista defiende el carácter intocable de lo natural. En esta radicalidad la tesis es insostenible, pues la misma supervivencia humana requiere su intervención en la naturaleza. En mayor o menor grado, toda especie biológica interviene en su entorno para adecuarlo a sus necesidades. Como ya se mencionó, las nutrias construyen diques. Los ejemplos de este tipo podrían multiplicarse. La modificación del entorno por los seres vivos es algo profundamente natural. Una versión menos radical se apoyaría en la distinción entre modificar y destruir la naturaleza, prohibiendo inicialmente las acciones cuya consecuencia, intencional o no, sea la destrucción de las especies naturales. Obviamente, también esta prohibición debe aceptar límites, pues la especie humana libra todos los días una lucha contra virus y bacterias que amenazan su existencia. La selección natural que de manera constante opera sobre los seres vivos implica ineludiblemente procesos naturales que conducen a la extinción de unas especies, a veces por acción de sus predadores o competidores en un mismo nicho. Pero como consecuencia de la explotación industrial, nos enfrentamos a la destrucción acelerada de numerosas especies, con lo cual se amenaza a ecosistemas enteros. En estos casos, es más fácil alcanzar un consenso en la prohibición, independientemente de si se otorga un valor intrínseco o instrumental a la naturaleza.
Sin embargo, aquellos casos de modificación que no impliquen destrucción tendrían que examinarse con otros criterios. Quizás sean estos los casos más comunes y por tanto los más urgentes para la bioética. La medicina introduce constantemente modificaciones en la naturaleza para combatir enfermedades y mejorar la calidad de vida. Los límites de su intervención suelen ser puestos por los límites de lo técnicamente posible, en lugar de ser señalados por criterios éticamente claros. La ausencia de criterios consensuados es especialmente problemática cuando los límites de lo técnicamente posible retroceden día a día, como lo demuestra
la experimentación con células madre, las técnicas para manipular el ADN y la nanomedicina. En la práctica, la vida humana sigue poniéndose como valor último, incluso cuando la medicina se enfrenta a la necesidad de poner otras vidas humanas en la balanza, como en el caso de la investigación con células madre. El problema ético implicado es si es viable sacrificar embriones humanos con el fin de curar enfermedades que amenazan a un número considerable de otros seres humanos.
Referencias J. B. Callicott. Beyond the Land Ethic: More Essays in Environmental Philosophy, Albany, Suny Press, 1999. - J. S. Mill [1874]. On Nature, Londres, The Rationalist Press, 1904. - A. Næss. Ecology, Community, Lifestyle, D. Rothenberg (ed.), Cambridge, Cambridge University Press, 1989. - R. Nash (ed.). American Environmentalism: Readings in Conservation History, New York, McGraw-Hill, 1990. - V. Plumwood. Environmental Culture, New York, Routledge, 2002. - M. Sagoff. The Economy of the Earth, Cambridge, Cambridge University Press, 1988.
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