Modelos de producción rural
Adolfo Boy (Argentina), Grupo de Reflexión Rural (GRR)
Medio ambiente
Lo rural y lo urbano: sociedad y producción. Desde que la humanidad abandonó sus hábitos nómades y se estableció en feudos o ciudades, se formaron círculos o cinturones que las proveían de alimento, medicina, fibras y energía: lo rural. La Revolución Francesa suele vincularse con el crecimiento demográfico de muchas ciudades europeas que recibían el desempleo del sector rural donde las familias se caracterizaban por el crecido número de niños. Las ciudades europeas eran recorridas por mendigos, vendedores ambulantes, rateros, payasos y delincuentes, que dormían en las calles. La pobreza generaba la lógica reacción de la nobleza gobernante que, temerosa de los estallidos sociales, endurecía sus medidas de control y represión. En 1798 Thomas Robert Malthus en su Ensayo sobre la población conmueve al mundo con la teoría de que la población tiene más poder que la tierra en producir alimento. Las predicciones de Malthus no se han cumplido por varias circunstancias: el descubrimiento de la máquina a vapor, el carbón de piedra como combustible y la revolución industrial, la migración a nuevas tierras que eran colonizadas, para luego abastecer a las ciudades imperiales, mejoras en las prácticas agrícolas –dentro de las que puede mencionarse la introducción de la papa (Solanum tuberosum)– y nuevas máquinas con mayor capacidad de laboreo. Las guerras del siglo XX modifican escenarios especialmente en Europa donde el hambre del siglo XVIII parecía haber retornado con la secuela de pestes y destrucción. En la posguerra, Europa centra su preocupación por la “seguridad alimentaria” impulsando, por un lado, la autoproducción y el autoconsumo y, por otro, modelos de escala industrial, sustituyendo mano de obra y conservacionismo por agroquímicos, drogas y maquinaria. En 1966 se crea el Centro Internacional de Mejoramiento de Maíz y Trigo (Cimmyt) en México y comienza a gestarse allí la Revolución Verde, cuyo modelo de producción se basó en llevar al máximo el potencial genético de los cultivos y modificar las condiciones naturales con el uso de insumos externos, fundamentalmente los fertilizantes químicos. Mucho antes de la Revolución Verde, sir Albert Howard (India, 1905), Rudolf Steiner (Austria, 1924), Mokichy Okada (Japón, 1930) y Masanobu Fukuoka (Japón, 1935) habían desarrollado modelos agropecuarios respetuosos de la naturaleza
como respuesta a las agresiones que los nuevos modelos agropecuarios iban perpetrando contra el medio ambiente que cada uno de ellos habitaba. Estos maestros de la agricultura natural, orgánica o biológica, comienzan sus reflexiones desde la autoproducción y el autoconsumo, sistema de nivel familiar que se origina en los comienzos de la civilización y que se supone ligado al término de la etapa recolectora como respuesta de la determinación del hombre a abandonar la vida nómade. Características principales de este modelo son la dimensión humana de todos los factores productivos, la biodiversidad, el respeto por la naturaleza y sus ciclos, las rotaciones, el bajo uso de insumos externos y el no contemplar la venta de lo producido. Por aquellos tiempos no existían los términos ecología y bioética, pero todos ellos daban centralidad a la ética observada en la producción de alimentos, manteniendo un trato casi “religioso” con los factores bióticos. Steiner, creador de la producción biodinámica y fundador de la escuela antroposófica, desarrolla la idea de la tierra viva. Con ligeras variantes, todos ellos coinciden en considerar la incidencia vital de la tierra y el cosmos en los alimentos, y a estos como fundantes de las personas y su comportamiento.
Del autoconsumo al modelo agroindustrial. En América, varios siglos antes de que los europeos llegaran, la Pacha Mama era respetada y cultivada cuidadosamente según las condiciones ambientales, utilizando gran biodiversidad para diferentes regiones y altitudes. Las siembras eran colectivas: cada familia plantaba unas dos hectáreas que alcanzaban para el autoconsumo y para compartir comunitariamente. En 1970, como reacción al crecimiento de las ciudades y el desmejoramiento de la calidad de vida en ellas, Bill Mollisson desarrolla en Australia la permacultura, un modelo de autoproducción y autoconsumo que economiza trabajo humano y obtiene energía exterior de la naturaleza sin sobreexplotarla y privilegiando la belleza y el bienestar y el autoconsumo. Ese modelo de autoconsumo es ejemplo claro de lo que Vía Campesina ha denominado “soberanía alimentaria” y del ejercicio de la “titularidad” propuesta por Sen (Sen, 1981). La autoproducción de alimentos permanece en pueblos originarios de América Latina, África y Asia. Sin embargo, a partir de la creación de la OMC, que mantiene a la agricultura dentro de ella, la globalización resultante desarrolla el modelo agroindustrial que presiona sobre las tierras de los campesinos de autoconsumo, los minifundistas y aun los productores medianos, a los que considera ineficientes. El modelo agroindustrial produce, a gran escala y bajo costo, materias primas a granel (commodities) en monocultivos (soja, eucaliptos, maíz, colza, algodón), con animales en confinamiento
(corrales de engorde; acuicultura). Caracterizan este modelo la gran dependencia de combustibles fósiles, la agresión ecológica (deforestación, profusa utilización de grandes máquinas y agrotóxicos), el impacto social (desocupación, urbanización) y se inserta en un modelo agroexportador (Daly, 1996). Desplaza la capacidad (“titularidad”) de cada persona de conseguir sus alimentos producidos localmente y la transfiere a la industria de alimentos y a los canales comerciales de los supermercados. Así aparecen en países productores de alimentos el hambre y la desnutrición como consecuencia del desempleo rural. El ejemplo más impactante del tránsito del autoconsumo a los agronegocios y los impactos que dicho cambio produce es el de China, que antes de la apertura al mundo occidental y la globalización se caracterizaba por la producción familiar, de bajos insumos para autoconsumo basado en arroz, hortalizas y poca carne. Mao pedía que cada familia china tuviera un cerdo. En la década de los setenta China era el mayor productor mundial de batata (Ipomoea batatas). Esta raíz es de multiplicación agámica, se adapta a todo tipo de tierras, no tolera fertilizantes y no requiere tratamientos sanitarios. Dicha producción de batata tenía como fin principal la alimentación de los cerdos. En la actualidad se ha remplazado la batata por la soja importada desde América y por el maíz, y esto ha provocado el éxodo de campesinos que ya origina un problema de desocupación y hacinamiento urbano que la economía china de explosivo crecimiento no logra frenar. El modelo agroindustrial es tan agresivo que ha cooptado los modelos de agricultura biológica, natural u orgánica, para colocarlos en los canales de comercialización globales, apartándose de uno de los principales basamentos de dichos productos: su origen local y su venta alternativa. Hoy es posible hablar de producción de commodities orgánicas certificadas, vale decir los productos orgánicos al salir del autoconsumo entran en las normas de los supermercados que establecen sus propias reglas, exigiendo certificaciones y trazabilidad (Eure-gap; Buenas Prácticas Agrícolas).
Realidad y desafíos. Una respuesta al modelo agroindustrial han sido los modelos agroecológicos que surgieron en la década de los ochenta basados en los modernos conocimientos de la ecología y su aplicación a la producción agropecuaria comercial para diseñar modelos de agroecosistemas con especial visión de lo social y la sustentabilidad. Caracterizan este modelo la prescindencia del uso de insumos de síntesis química, la biodiversidad, las rotaciones, el bajo empleo de insumos externos y la inserción en el mercado (Sarandón, 2002). La propuesta en sus orígenes era similar a la producción orgánica; sin embargo,
al igual que esta, hoy hay quienes la han transformado en una agricultura alternativa con sustitución de insumos de síntesis química y dentro de los productos certificados. Han pasado dos siglos desde las predicciones de Malthus, y en países como Argentina, que fueron excedentarios en proteínas e hidratos de carbono hasta la Revolución Verde, sus ciudades hoy recuerdan las de la Europa del siglo XVIII en medio de lo que algunos llaman la revolución biotecnológica. Los superpoblados centros urbanos desbordan en violencia y desnutrición mientras dependen del modelo global agroindustrial; lo rural está en extinción, las tierras que producían abundantes alimentos biodiversos hoy son desiertos verdes de monocultivos para la agroindustria que domina el modelo agroexportador, que además se ha convertido en el eje del pago de la deuda externa. La producción de commodities biotecnológicas también adhiere a la teoría malthusiana y se postula para solucionar el hambre del mundo. Pero Argentina al menos indica lo contrario. Por otro lado, el modelo agroindustrial depende de combustibles fósiles cuyas reservas se duda que superen los 25 años futuros. La producción de biocombustibles a partir de aceites vegetales producto del mismo modelo es una salida de dudosa sustentabilidad. La sociedad pospetróleo debe partir de cambios profundos en el consumo, privilegiando los modelos de bajos insumos, de producción y mercados locales, reduciendo al mínimo los gastos de energía en fertilizantes, agrotóxicos, transporte, embalajes, frío o tratamientos térmicos. Este desafío está ausente en los proyectos políticos que ignoran además lo perentorio del tiempo ecológico acelerado por el calentamiento global y la contaminación de tierras, cursos y reservas de agua.
Referencias Herman E. Daly. Beyond Growth, Boston MA, Beacon Press, 1996. - Santiago Sarandón (ed.). Agroecología: el camino hacia una agricultura sustentable, La Plata, ECA-Ediciones Científicas Americanas, 2002-2005. - Amartya Sen. Poverty and Famines: An Essay on Entitlement and Deprivation, Oxford, Clarendon Press, 1981.
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