Emociones morales y acción
Olga Elizabeth Hansberg Torres (México), Universidad Autónoma de México
Bioética › Conceptos éticos
La complejidad de las emociones y su papel en la vida mental se refleja en el papel cambiante que han tenido en la historia de la ética. Han sido consideradas como una amenaza para la moralidad y la racionalidad y también como fundamento de toda individualidad y moralidad. El papel que se asigne a las emociones en la vida moral dependerá, pues, de cómo se conciban las emociones y la moralidad. Sin embargo, actualmente pocos dudan de la importancia de las emociones para el bienestar humano y para la vida moral.
Las emociones. Las emociones son un grupo de estados mentales muy heterogéneo en el que se incluyen tanto las llamadas emociones primarias, como miedo, ira, alegría y disgusto, que tienen expresiones espontáneas que pueden reconocerse universalmente, como también emociones que dependen del intercambio social, de la diversidad cultural y de las características individuales, como agradecimiento, admiración, envidia, remordimiento, culpa, indignación y celos. Lo que distingue a las emociones de otros estados afectivos es su intencionalidad, esto es, el que estén dirigidos a un objeto. Así, Juan tiene miedo de que lo secuestren, terror a los fantasmas, se siente culpable de haberle fallado al amigo, está orgulloso de ser un buen cirujano, ama a Laura y odia a Pedro. Es esencial también distinguir entre episodios emocionales (montó en cólera cuando supo de la traición), disposiciones a tener una emoción (cuando lo ve siente una gran ternura) y emociones a largo plazo (la ha amado siempre). La mayoría de los estudiosos de las emociones se ha ocupado solo de los episodios emocionales y de sus distintos aspectos, entre los que habría que mencionar las sensaciones o experiencia subjetiva de la emoción, los cambios fisiológicos característicos, las expresiones no intencionales, las conexiones con estados cognitivos, evaluativos y otros estados mentales, y las acciones intencionales a las que puede dar lugar.
La explicación de la acción. Un modelo común para explicar acciones intencionales es el de las explicaciones por razones. Un agente actúa intencionalmente cuando lo hace por una razón y la razón causa la acción (Davidson, 1980). Las acciones son sucesos que pueden describirse de múltiples maneras y que se distinguen porque satisfacen al menos una descripción relativa a la cual la acción es intencional. Comprendemos las acciones intencionales cuando entendemos el propósito que tenía el agente al actuar, y cómo creía poder lograrlo, esto es, cuando entendemos las razones para actuar de esa manera. Las razones son combinaciones de creencias y actitudes hacia acciones de cierto tipo. Las actitudes incluyen deseos, impulsos, inclinaciones, gustos, intereses, deberes, obligaciones y valoraciones positivas o negativas. Dar una razón es racionalizar la acción y la racionalización depende de las relaciones entre la descripción de la acción y los contenidos de las creencias y actitudes que la causaron. La racionalización introduce un elemento de justificación: conocer la razón es entender por qué –desde su punto de vista– el agente actuó como lo hizo. El que el agente tuviera una razón para actuar, esto es, el que su acción fuera intencional, no dice todavía nada acerca de si sus razones fueron buenas o malas. Esto tendrá que juzgarse desde alguna perspectiva moral, de
convención social, de efectividad práctica, de coherencia con otras acciones o desde algún otro punto de vista.
Emociones y acciones. Con frecuencia explicamos acciones mencionando emociones: decimos que Juan insultó a su esposa porque estaba celoso o que evitaba hacerse la prueba del VIH porque temía un resultado positivo. Cuando estas explicaciones responden a la pregunta de por qué el agente actuó como lo hizo, muchas veces podemos descubrir en ellas los rasgos de las explicaciones por razones. Es frecuente también explicar emociones apelando a razones: decimos que la razón de que Juan se enojara es que su hijo le mintió. Sin embargo, aceptar que es posible explicar acciones mencionando emociones como parte de la razón de una acción, y explicar emociones apelando a razones, implica una concepción de las emociones para la que son esenciales los estados cognitivos y evaluativos (como creencias, deseos, pensamientos, apreciaciones, valoraciones y percepciones), ya sea como parte constitutiva de las emociones, como antecedentes necesarios o como sus consecuentes. Así, muchas veces es necesario un conjunto de creencias y otras actitudes para que pueda darse una emoción determinada. Por ejemplo, es esencial para la culpa que uno crea que es, en cierta medida, responsable de algo que uno considera moralmente reprobable. La persona que se enoja reacciona ante una acción o situación que considera ofensiva o nociva para ella. El orgullo supone una evaluación positiva de lo que uno cree que es el caso y requiere, además, la capacidad de autoevaluarse: la persona que siente orgullo deberá juzgar que es digna de estima por algo que ha hecho, es o posee. Las emociones también pueden tener como efectos actitudes proposicionales, como el deseo de venganza que surge de la ira o el rencor, o el de reparar el mal causado por el remordimiento. Esta concepción de las emociones es contraria a la que sostiene que las emociones son estados meramente sensoriales y fisiológicos, como los dolores. Es una versión que afirma que, a pesar de que tenemos emociones primitivas que compartimos con los animales, las emociones humanas a menudo adquieren características que las hacen diferentes –o al menos mucho más complejas– que las emociones de los animales no humanos. Esto se debe a que muchas de las emociones humanas dependen de un sistema enormemente complejo de conceptos, de actitudes y otros estados mentales, y de un lenguaje, que les permite a los humanos una amplísima gama de conductas (razonables, irracionales, simbólicas, imaginarias) de las que no son capaces los animales no humanos.
Emociones morales. Es posible argumentar que existen algunas emociones que pueden clasificarse como morales. Esto no excluye que, en principio, todas las emociones puedan intervenir en situaciones morales. Se trata de caracterizar algunas emociones como morales porque requieren un conjunto complejo de conceptos, creencias y actitudes relacionados con la moralidad (Hansberg, 1996). Entre ellas se encuentran la indignación, la culpa, el remordimiento y la vergüenza moral. Son emociones morales porque requieren, de parte del sujeto que las tiene, un sentido de los valores morales y una conciencia, más o menos desarrollada, de las distinciones morales: de lo que es correcto o incorrecto, honroso o deshonroso, justo o injusto. Pero hay diferencias en cuanto a los aspectos morales que intervienen en cada una. La indignación solo es posible en situaciones en las que el individuo que la siente cree que se ha violado una exigencia o principio moral. La indignación y el remordimiento no son emociones de autoevaluación, como lo son la culpa y la vergüenza. La persona que siente remordimiento se ve a sí misma como un agente moral responsable cuyas acciones tienen consecuencias. Quien tiene remordimiento está más preocupado por el daño causado que por su persona. Con la culpa y la vergüenza esto no es necesariamente así. Quien siente vergüenza puede, pero no tiene que, hacer algo para reconstruir la imagen de sí mismo y, en el caso de la culpa, es posible que quiera hacer algo, pero no es necesario que lo haga. A veces se trata más bien de esperar que la persona afectada lo perdone o lo castigue. La vergüenza puede ser moral, por su conexión con el respeto de sí mismo, pero lo que se considere necesario para mantener la autoestima no tiene que ser moral. Para la culpa, lo que el agente ve como prohibido u obligatorio no puede parecerle moralmente irrelevante. Pero la vergüenza no es moral en el sentido de que tenga en cuenta a otros, pues la atención del que la siente se centra, ante todo, en sí mismo. Con la culpa esto no es tan claro si aceptamos que no es una emoción fundamentalmente egoísta, sino que tiene que ver necesariamente con el daño causado. El remordimiento y la indignación, en cambio, sí son morales en el sentido de que ponen una atención mayor en los reclamos de las víctimas que en la propia persona. Hume, entre otros, consideró como morales emociones como la compasión y la simpatía, porque motivan a un comportamiento que tiene en cuenta a otras personas, porque son altruistas. Estas emociones pueden ayudarnos a “ver” que una situación determinada tiene un “ángulo” moral; a tener, por ejemplo, una percepción más aguda de las necesidades y carencias de los otros y a actuar de la manera que, dadas las circunstancias, es la más adecuada para
satisfacerlas o aliviarlas. Otra postura es la aristotélica: la vida virtuosa tiene que ver tanto con las acciones como con las pasiones y, para actuar virtuosamente, hay que aprender a sentir emociones razonables, esto es, emociones hacia los objetos adecuados, con la intensidad adecuada, en los momentos y circunstancias adecuados. Cualquier emoción puede ser relevante para la ética, pues hay una estrecha relación entre las emociones y las virtudes y los vicios. Aquí el énfasis está en la importancia de las emociones para la vida humana; en su naturaleza como componentes de la vida buena, sin la cual la idea misma de moralidad no tendría sentido. Ahora bien, independientemente de cuáles emociones intervengan en la moralidad, una dificultad a considerar es que las emociones a veces promueven acciones razonables, pero en otras ocasiones son factores de irracionalidad, desmesura, parcialidad y distorsión.
Dificultades para las explicaciones por emociones. Aunque los episodios emocionales pueden constituir razones para actuar, no hay que olvidar que también tienen un aspecto de experiencia fenomenológica. Son algo que sentimos de cierta manera. Cuando una emoción se siente con gran intensidad puede influir en las actitudes y acciones de una persona. Si está en un estado de terror o de cólera, es capaz de hacer cosas que quizá no haría si la emoción fuera menos intensa. Así, un individuo puede herir a otro porque piensa que lo ha insultado, aun cuando antes de encontrarse en esa situación pensara que herir a otro es moralmente inaceptable y que los conflictos entre las personas deben resolverse por vías pacíficas. Pero, en el momento crucial, actúa “dominado” por la ira. Su acción es irreflexiva, el agente no decidió hacer lo que hizo, no ponderó las cosas, simplemente lo hizo. Cuando alguien dice que actuó “dominado” por la ira, el miedo o el amor, o que la emoción lo “cegó”, muchas veces no quiere decir que no sabía lo que hacía, sino solo que en esa ocasión no pudo hacer otra cosa, no pudo reflexionar, no pudo tomar en cuenta otros posibles –quizá mejores– cursos de acción, sino que actuó de manera instintiva o por un impulso incontrolable. Sin embargo, actuar irreflexivamente no implica que su acción no fuera intencional, sino solo que no intervinieron otros deseos, creencias y actitudes que normalmente forman parte de sus razones para actuar. La situación contraria sería ignorar la emoción sentida y actuar por otras razones que se consideran más adecuadas. Un ejemplo sería la persona que ayuda a otra a quien detesta, porque se da cuenta que necesita ayuda y que solo ella está en condición de dársela. Actúa por un deseo de ayudar y supera, quizá con esfuerzo, su aversión a hacerlo. A pesar de que algunas emociones nos permiten
apreciar una situación con mayor claridad, en ocasiones las emociones pueden ser fuente de autoengaño. Esto sucede cuando las creencias se originan en y dependen de las emociones. Así, la persona que siente celos puede ver todo como una confirmación de que tiene razones para estar celoso. El enamorado a menudo es incapaz de ver los defectos del ser amado a pesar de que son obvios para los demás. Otra forma en que las emociones pueden distorsionar las cogniciones y cambiar las emociones y las acciones se muestra en el siguiente ejemplo tomado de Elster (2004). A tiene envidia de alguien sin darse cuenta de que la tiene, a pesar de que su comportamiento envidioso es evidente para los demás. Cuando A se da cuenta de su conducta, siente una vergüenza terrible. Esta metaemoción es muy desagradable y puede ejercer presiones cognitivas para redescribir el caso: por ejemplo, A empieza a pensar y a creer que su rival adquirió la posesión codiciada de una manera inmerecida, ilegítima, inmoral o a expensas de A. Esta redescripción de la situación transforma la inaceptable emoción de la envidia en la “bella” emoción de la indignación. Ahora A puede sentirse justificado a actuar en contra de B sin la inhibición que produce el estigma social de la envidia.
A pesar de distorsiones como las anteriores, las emociones son indispensables para entender la conducta humana. Con frecuencia el interés de la explicación se centra, no en una emoción o una acción aislada, sino en la conducta como respuesta a las acciones, actitudes y emociones de otras personas cuya conducta, a su vez, se ven como respuesta a acciones, actitudes y emociones nuestras y de otros. Tener una idea acerca del tipo de cosas que ofenden, agradan, molestan, disgustan, indignan... a otras personas nos permite entender por qué hacen o dejan de hacer ciertas cosas, y nos ayuda a regular nuestra propia conducta con ellas, de tal forma que podamos promover ciertas actitudes y tratar de inhibir otras. Esta capacidad ha sido ejercida por las personas tanto para una convivencia civilizada y respetuosa como para una manipulación y sujeción inaceptables.
Referencias
Jon Elster, “Emotion and Action”, en Thinking about Feeling, Oxford University Press, 2004. - Donald Davidson (1980), Ensayos sobre acciones y sucesos, México, Barcelona, IIF, UNAM, Crítica, 1995. - Olbeth Hansberg, “De las emociones morales”, Revista de Filosofía, 3ª época, vol. IX, Nº 16, Universidad Complutense de Madrid, pp. 151-170. - P. F. Strawson (1974), “Libertad y resentimiento”, México, Cuaderno de Crítica 47, IFF, UNAM, 1992.
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